Vigilancia de la inflación: cuidado con los idus de marzo

El presidente Biden ya ha visto aprobado como ley su paquete de estímulo de 1,9 billones de dólares, y no será el último del actual ejercicio fiscal. El covid no ha terminado y es seguro que repuntará con nuevas variantes el próximo invierno.

Pero incluso suponiendo que no sea así, aún tenemos que lidiar con las secuelas de las condiciones previas al covid, en las que los bancos se habían quedado sin capacidad en sus balances, junto con unos aranceles comerciales dirigidos principalmente contra China. Estas condiciones eran un doble de las de finales de 1929, y entre el 8 de febrero y el 20 de marzo el índice S&P500 siguió fielmente una trayectoria similar a la de octubre de 1929.

En la medida de lo posible, este artículo cuantifica la financiación inflacionista del gasto público de marzo a septiembre del año pasado, y ya ve indicios, según las propias cifras de la CBO, de que esa respuesta excepcional al covid se ha superado en la primera mitad del actual ejercicio fiscal, que está a punto de terminar. Apunta a algo que nadie ha previsto realmente: que el ritmo de inflación monetaria ha superado la capacidad del sistema bancario para absorberlo.

Incluso si EE. UU. logra salir de los confinamientos en los próximos meses, el legado del giro del ciclo crediticio, los aranceles comerciales y la interrupción de las cadenas de suministro amenaza con una depresión de gran alcance. No cabe duda de que la inflación monetaria se acelerará, y ya empezamos a ver las consecuencias en la subida de los rendimientos de los bonos.


Introducción

Ha pasado casi un año desde que, el 23 de marzo de 2020, la Fed respondió a las presiones del mercado bursátil recortando su tipo de interés de referencia hasta el límite del cero y, tres días después, aumentó la relajación cuantitativa hasta 120.000 millones de dólares al mes. Se destinarían otros 300.000 millones de dólares en crédito a empresas, empleadores y consumidores. El Primary Market Corporate Credit Facility y el Secondary Market Corporate Credit Facility permitieron a la Fed apoyar directamente los precios de los bonos corporativos de las grandes empresas. Y el Term Asset-Backed Securities Loan Facility facilitaría la emisión de valores respaldados por activos que financian tarjetas de crédito, préstamos estudiantiles y préstamos para automóviles. Además, se pondría crédito a disposición de los municipios mediante otros dos programas.

Y así sucesivamente. Oficialmente, la Fed respondía al coronavirus en su función de garantizar la estabilidad del mercado. Su énfasis en apoyar a las empresas que de otro modo despedirían a sus empleados reflejaba su mandato de aspirar al mayor nivel de empleo compatible con su mandato de inflación. Por si la expansión del dinero provocaba una subida de los precios de consumo, el pasado agosto la Fed cambió su objetivo de inflación, que pasó de un 2 % a una media del 2 %, lo que le da margen para no modificar la política monetaria si se supera el objetivo.

Mucho más importante es que, sin el estímulo de marzo, el S&P500 se estaba hundiendo, igual que otros activos financieros de renta no fija y los precios de las materias primas. Si hay algo que aterra a la Fed, es la deflación. Y eso fue lo que de repente tuvo delante.

Una crisis en el mercado de repos en septiembre anterior nos había alertado de la incapacidad del sistema bancario para seguir expandiendo el crédito bancario con el que sostener la actividad económica. Al principio, los inversores prestaron poca atención, pero a principios de febrero de 2020 la bolsa empezó a desplomarse de golpe, y el S&P perdió un 32 % hacia los idus de marzo. Para un banco central que creía en el efecto riqueza de la subida de las cotizaciones bursátiles, era vital evitar un colapso de la confianza de los inversores que se retroalimentara, al estilo de 1929. Esa era la amenaza existencial de entonces, y había

seguido al intento del presidente Trump de repatriar la industria manufacturera estadounidense desde China mediante la imposición de aranceles a las importaciones de productos chinos.

En esencia, las condiciones financieras y económicas se encaminaban hacia una repetición del crac de Wall Street de 1929, que desembocó en la depresión de los años treinta. En aquel momento, el crédito bancario se había expandido durante los felices años veinte sobre la expansión monetaria de Benjamin Strong, alimentando una burbuja bursátil de proporciones históricas. El detonante de su estallido fue la Ley arancelaria Smoot-Hawley, que el Senado aprobó en un debate celebrado entre el 23 y el 29 de octubre de 1929. En el proceso, su alcance se amplió: de la cobertura más limitada, destinada a contener el daño que esperaban los mercados financieros, pasó a ser una ley arancelaria global que añadía más de un 20 % a los aranceles Fordney-McCumber de 1921.

Fue ese mes cuando se hundió Wall Street, y el 24 de octubre fue bautizado como el Jueves Negro, cuando el Dow perdió un 11 % en la apertura. La semana siguiente trajo el Lunes Negro y el Martes Negro, con la continuación de las caídas.

A finales de 2019, las proporciones de expansión del dinero y del crédito en relación con la imposición de aranceles eran distintas de las de 1929. La expansión tanto del dinero como del crédito era mucho mayor, tras haberse acumulado a lo largo de varios ciclos crediticios a los que no se permitió depurarse. La ley Smoot-Hawley fue global, mientras que los aranceles comerciales actuales se dirigían principalmente a la segunda mayor economía después de la de EE. UU. y, por tanto, eran menos extensos. Sin embargo, la combinación era posiblemente tan peligrosa como la de finales de 1929.

Nunca se insistirá lo bastante en que no hay que basarse únicamente en la evidencia empírica, sino considerar desde una postura teórica la destrucción económica causada por los aranceles y combinarla después con el colapso cíclico del crédito bancario. Basta pensar un momento en las consecuencias de esa combinación y en la posterior mala gestión de dichas consecuencias para explicar buena parte de la historia económica entre principios de los años veinte y los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Y, en consecuencia, nos corresponde tomarnos igual de en serio una combinación similar en los años previos a los acontecimientos actuales.

En febrero y marzo de 2020, el repentino hundimiento de las cotizaciones fue inquietantemente parecido al crac de septiembre y octubre de 1929, tanto en magnitud como en duración. Una diferencia crucial es que en 1929 la burbuja bursátil no fue inflada deliberadamente por las políticas monetarias, sino que era simplemente un efecto secundario de estas. Hoy, la Fed admite abiertamente que su objetivo es impulsar la bolsa mediante la relajación cuantitativa para crear un efecto riqueza que, en opinión de los responsables políticos, es necesario para mantener la confianza en la economía.

En 1929 había un patrón oro operativo, lo que significaba que la depresión de la actividad económica provocaba una caída de los precios. Hoy las monedas son puramente fiduciarias y la política acordada consiste en expandir sus cantidades para evitar que los precios caigan. No logrará evitar una nueva depresión, sino que solo servirá para ocultarla. Hay que distinguir entre las políticas intervencionistas fallidas tanto de Hoover como de Roosevelt, que entorpecieron el ajuste de los mercados y la reasignación de todas las formas de capital, y el efecto monetario. Bajo el patrón oro había un reflejo fiel de las consecuencias económicas de aquella fatídica combinación de crédito en colapso y aranceles comerciales. De haberse dejado actuar, la depresión habría durado quizá unos dieciocho meses, en eco de la depresión de 1920-21, olvidada hoy, pero igual de profunda.

El intervencionismo actual lo abarca todo, y los gobiernos asumen que, al tomar el control total mediante la regulación, la financiación inflacionaria y la supresión de los tipos de interés, el sistema económico moderno nunca fallará. El crac del mercado de febrero y marzo de 2020 puso en cuestión esa suposición. La aceleración aún mayor de la financiación inflacionaria y de la supresión de los tipos de interés al amparo de los confinamientos por la covid fue la respuesta de los estatistas. Y es importante entender a la luz de eso lo que ocurrió después y lo que continúa ocurriendo hoy.

La pandemia: de marzo a septiembre de 2020

Por supuesto, la enorme expansión monetaria desencadenada en marzo del año pasado se presentó a los mercados y al público como una respuesta a la crisis del covid. La Fed se enfrentaba a varios problemas. Con amplios sectores de la producción y del consumo simplemente paralizados, todas las naciones avanzadas sufrieron un desplome repentino de la actividad económica, que resultó ser el mayor jamás visto. Los peligros que suponían el giro del ciclo del crédito y los aranceles comerciales, capaces de hundir la economía y las bolsas, quedaron discretamente olvidados. En su lugar surgió una suposición, fomentada por las autoridades, según la cual el covid era, y sigue siendo, el único problema, y todo volverá a la normalidad cuando terminen los confinamientos. Aunque la recuperación en forma de V pasó a ser en forma de U y después en forma de L, se sigue insistiendo en que la normalidad volverá.

Entretanto, al igual que los de otras naciones, el déficit presupuestario de EE. UU. simplemente se disparó. Al cierre del ejercicio fiscal, a finales de septiembre de 2020, había subido a 3,142 mil millones de dólares, lo que representa el 48 % del gasto total. Pero si se toma el segundo semestre, de finales de marzo a finales de septiembre, el daño es mucho peor que el que ocultan las cifras anuales. La figura 1 extrae los ingresos y los gastos del segundo semestre estimando los cambios entre lo que se conocía en marzo de 2020 y el resultado final. Las cantidades están en miles de millones.

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El déficit entre marzo y septiembre, de 2,595 mil millones de dólares, fue un 62 % mayor que los 1,604 mil millones de ingresos. Dicho de otro modo, solo el 38 % de los gastos se cubrió con ingresos y el resto se obtuvo en los mercados de bonos. A esto hay que sumar la variación de la cuenta general del Gobierno en la Fed, que entre marzo y septiembre aumentó en 1,262 mil millones de dólares.

No toda esta financiación fue directamente inflacionista, porque la tasa de ahorro se disparó durante los confinamientos. Pero en ese período las tenencias de bonos del Tesoro de EE. UU. de la Fed aumentaron en 1,105 mil millones de dólares, cifra que puede tomarse como aproximación del componente inflacionista de la financiación del déficit presupuestario por parte de la Fed. Quedan así 2,752 mil millones de dólares (es decir, el déficit de 2,595 mil millones más 1,262 mil millones de la cuenta general, menos 1,105 mil millones de la Fed) financiados con otras fuentes.

Podemos suponer que parte de esos 2,752 mil millones se financió con fondos de seguros y de pensiones, a partir de una combinación de flujos de caja y de la reposición de inversiones compradas por la Fed a través de sus bancos como parte del programa de QE. La participación directa del público explicará una parte de la financiación del déficit, pero el resto es financiación mediante crédito bancario. Reconociendo la importancia de la participación de los bancos, la Fed suspendió el 1 de abril, durante un año, el ratio de apalancamiento suplementario, excluyendo específicamente los valores del Tesoro de EE. UU. en los balances de los bancos y sus depósitos de reserva en la Fed. Esto crearía el margen necesario para expandir los balances y así acomodar la financiación del déficit público mediante la expansión del crédito bancario, además del QE dirigido a los inversores institucionales.

En su comunicado del 1 de abril, la Fed reconoció que las condiciones de liquidez en los mercados del Tesoro se habían deteriorado rápidamente y que, con las importantes entradas de depósitos de clientes, los bancos se estaban quedando sin capacidad en sus balances. Seis meses después, el crédito bancario se ha expandido en 1,250 mil millones de dólares, buena parte del cual tendría que reducirse si la suspensión del ratio de apalancamiento suplementario se interrumpe, como está previsto, a finales de este mes.

Podemos identificar dos problemas emergentes. El primero es la falta de capacidad de balance del sistema bancario, ya señalada. El segundo es que, en el ejercicio fiscal hasta septiembre, el Gobierno de EE. UU. absorbió ahorro del sector privado en grandes cantidades, que dejó de estar disponible para la inversión económica genuina. En cambio, la política económica consiste, por un lado, en mantener a flote empresas zombi en nombre de la preservación del empleo y, por otro, en frenar el progreso económico mediante la escasez de capital. Algo tiene que ceder, y es casi seguro que ello se traducirá en una tasa aún mayor de inflación monetaria.

Ese es el contexto del actual ejercicio fiscal.

El ejercicio fiscal actual

Hasta ahora, en la primera mitad del actual ejercicio fiscal, se han aprobado dos planes de estímulo: el primero fue un paquete de 900 000 millones de dólares aprobado a finales de diciembre, y el segundo es el recién aprobado paquete de Biden de 1,9 billones de dólares. Antes del paquete de estímulo de Biden, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) había actualizado su previsión para el conjunto del año e incluía un déficit presupuestario de 2,258 billones de dólares. Si se suma el paquete de Biden, que la estimación de la CBO no incluía, la cifra supera los 4 billones, frente a los 3,132 billones del ejercicio fiscal anterior.

Es cierto que cabe esperar que el paquete de Biden se desembolse en los próximos meses. Pero, para la primera mitad del actual ejercicio fiscal, hasta finales de marzo, y con el paquete de Biden incluido, el compromiso de déficit asciende a más de 3 billones de dólares, que se compara con nuestra estimación, basada en cifras de la CBO, de 2,595 billones para la segunda mitad del ejercicio fiscal de 2020. Por lo tanto, la tendencia del déficit sigue siendo al alza, incluso según las estimaciones oficiales.

No se pueden descartar nuevos paquetes de estímulo entre marzo y septiembre, aunque solo sea porque la pandemia ha provocado una desestabilización económica continuada. No cabe duda de que la administración Biden es especialmente favorable a la financiación mediante inflación. También debemos aceptar que los métodos de cálculo del IPC ocultan las pruebas del aumento de los precios de bienes y servicios y que la inflación monetaria suma al total nominal del PIB. Aumentar la cantidad de dinero no es solo el camino de menor resistencia, sino que además lo fomentan la corrupción y la tergiversación estadísticas. La transferencia de riqueza desde los asalariados y los ahorradores para pagarlo, que es económicamente destructiva, se ignora por completo.

Pero volvemos una y otra vez al problema del balance de los bancos. Los balances bancarios simplemente se han quedado sin capacidad para absorber más financiación inflacionista. El pasado abril, la Fed anunció la solución temporal de suspender el ratio de apalancamiento suplementario (SLR), que penaliza a los bancos que superan los niveles obligatorios de la relación entre el balance total y el capital propio. Esa suspensión debe terminar este mes, a menos que se renueve. En el momento de redactar este texto (10 de marzo) no había señales de una prórroga.

En otro lugar, he escrito sobre las consecuencias. En pocas palabras, a menos que se prorrogue la suspensión del SLR, los bancos no tendrán más opción que rechazar depósitos, y la única manera de hacerlo es recuperar los costes de la penalización del SLR cobrándolos. Es decir, los bancos comerciales introducirán tipos de interés negativos sobre los depósitos, al principio para los depósitos nuevos y después, probablemente, extendidos a los saldos de los clientes existentes. Desde mi advertencia en este sentido, el analista bancario de Goldman Sachs ha confirmado la tesis y la ha cifrado en 2 billones de dólares.[i]

A partir del informe H8 de la Fed (página 5), vemos que la estimación de 2 billones de Goldman parece derivarse de forma independiente de los registros de la Fed. En la Figura 2 se muestra un resumen de las estimaciones de la Fed sobre los saldos totales de los bancos comerciales.

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Hay varios puntos que merece la pena señalar, en un momento de expansión monetaria masiva, con un aumento estimado del 46 % a lo largo del año hasta finales de febrero, medido por la oferta monetaria austriaca:

Estas cifras solo reflejan la situación actual y aumentarán a medida que la Fed continúe con su QE mensual de 120 000 millones de dólares y el Tesoro de EE. UU. siga con su programa de financiación. Incluso una prórroga de la suspensión del SLR para las tenencias de bonos del Tesoro y los activos de reserva en la Fed no resuelve el problema. A menos que la Fed declare explícitamente que la prórroga es permanente, los bancos tendrán que gestionar sus balances partiendo de que el SLR acabará restableciéndose.

El problema de la capacidad de los balances no va a desaparecer, lo que significa que los bancos tendrán que vender activos más arriesgados para dejar sitio a un aumento de sus tenencias de bonos del Tesoro de EE. UU. y de sus saldos en la Fed, derivado no solo de su propia actividad, sino también de la de sus clientes institucionales inversores. Esto ocurre en un momento en que la economía no financiera se enfrentará a enormes desafíos.

Perspectivas económicas de marzo a septiembre

Los confinamientos por la pandemia continuarán después de marzo, no solo en EE. UU., sino también en otras grandes jurisdicciones. La economía mundial no estará libre de la covid este año, con la probabilidad de un nuevo repunte con nuevas variantes el próximo invierno. A esta distancia, lo único que cabe sugerir es que, en el margen, una administración demócrata probablemente favorecerá el control sobre la libertad personal a costa de la actividad económica.

El tiempo dirá si esta preocupación está justificada. Mientras tanto, el daño causado al ocio, al transporte aéreo y al turismo es considerable. Los confinamientos han llevado a la quiebra a centros comerciales y a sus inquilinos. Sectores industriales enteros han perdido unas ventas de tal magnitud que amenazan con la bancarrota, debido a que el sector minorista ha cerrado de hecho en muchas zonas. Ha habido beneficiarios, en particular las ventas en línea. Pero, tomada en conjunto, la economía ha sufrido algo equivalente a una depresión en toda regla.

Durante esta crisis, la gran mayoría de los empleados asalariados, que normalmente viven al día, habrá sufrido mucho. ¿Quién puede olvidar las colas para recibir comida formadas por caros SUV, Mercedes y BMW, todos ellos obviamente comprados a crédito, mientras sus derrochadores propietarios se enfrentaban a la realidad de la interrupción de sus ingresos?

El desembolso de fondos mediante cheques del gobierno a estas personas habrá ayudado enormemente. Pero su distribución indiscriminada ha dado lugar a una minoría significativa de la población con más dinero en sus cuentas bancarias del que está acostumbrada a tener y que no ha podido gastar. Esto se refleja en el aumento de los depósitos bancarios que muestra la Figura 2 anterior. En consecuencia, la producción ha caído mucho más que una décima parte, mientras el dinero inflado está en manos de unos consumidores con ganas de gastar. Y quienes están desempleados han visto aumentar sus subsidios por desempleo.

El desequilibrio entre una producción obstaculizada y una demanda impaciente de los consumidores hará subir los precios. Y como el efecto se produce en el margen, es probable que los precios suban más rápido de lo que se espera en general. A esto podemos añadir otro elemento: la interrupción de las cadenas de suministro, que sigue causando un caos logístico. Y también podemos añadir los efectos de un dólar más débil sobre los precios de las materias primas.

Cuando los productores intenten responder a la liquidación de los saldos de efectivo de los consumidores, descubrirán que los componentes vitales para la producción, en forma de materias primas y bienes semiprocesados, simplemente no estarán disponibles o se prometerán para un futuro lejano. Las cantidades insuficientes que haya reflejarán esa escasez en sus precios. Y si tienen la suerte de encontrar una manera de sortear estas dificultades, los productores que aumenten su producción comprobarán que los bancos estarán más interesados en reclamar préstamos que en proporcionar capital circulante.

Por la forma en que se construye, el IPC no reflejará plenamente las subidas de precios. Los alimentos y los servicios básicos podrían incluso quedar sometidos a controles de precios, el predecible último recurso de un gobierno que inflaciona. Y hay que entender que la combinación de una economía no financiera inundada de dinero para el consumo hará subir el PIB nominal, que los planificadores estatistas tomarán como prueba de éxito. Imaginad que el método estadístico moderno hubiera definido las condiciones económicas de Alemania, Austria, Hungría y Polonia a principios de la década de 1920. La supresión de las pruebas de las subidas de precios mediante los métodos del IPC, combinada con la emisión de dinero, mostraría la recuperación económica más espectacular. Al principio se aclamaría como un éxito extraordinario de la política económica, hasta que se fuera comprendiendo la verdadera situación económica provocada por la inflación monetaria. Parece que EE. UU. y otras naciones se están embarcando en este camino de descubrimiento.

Pero, dado que el estímulo keynesiano se considera el único medio de que disponen los gobiernos para financiar sus déficits, no hay escapatoria, solo escalada. Basta un conocimiento elemental de aritmética para entender que cuanto más se inflaciona, más se diluye y más hay que inflacionar. Si se incorpora el factor de destrucción de riqueza, el proceso se vuelve hiperinflacionario. EE. UU. ya está en este rumbo monetario, aunque muy pocos observadores se dan cuenta todavía.

Se ignoran las condiciones económicas previas a la covid

Incluso suponiendo un regreso irreal y rápido a las condiciones económicas anteriores a la covid, seguimos teniendo los efectos devastadores de un desplome del crédito bancario pendiente, la quiebra de bancos de todo el mundo con capital insuficiente para absorber las pérdidas resultantes (casi todos ellos) y el legado de la versión actual de Smoot-Hawley: los esfuerzos del presidente Trump por cerrar el comercio con China.

Las cadenas de suministro siguen en el caos. Esto es lo que publicó el New York Times a comienzos de esta semana:

«Frente a la costa de Los Ángeles, más de dos docenas de buques portacontenedores cargados de bicicletas estáticas, aparatos electrónicos y otras importaciones muy demandadas llevan hasta dos semanas a la espera.

En Kansas City, los agricultores tienen dificultades para enviar soja a compradores de Asia. En China, los muebles destinados a Norteamérica se acumulan en las fábricas.

En todo el planeta, la pandemia ha alterado el comercio de forma extraordinaria, ha encarecido el transporte de mercancías y ha añadido un nuevo reto a la recuperación económica mundial. El virus ha desbaratado la coreografía del traslado de carga de un continente a otro.» Chaos strikes global shipping, New York Times, 7 de marzo

El artículo continúa diciendo que hay contenedores en lugares equivocados, en puertos africanos y sudamericanos, vacíos y sin recoger. La alteración de las cadenas de suministro de Estados Unidos es de una magnitud comparable a la producción bruta de la economía, estimada en 37 billones de dólares, a lo que se suma el importe de las importaciones y exportaciones en el extranjero. La amenaza para la financiación del comercio es considerable y esta semana ha llevado a Greensill a la insolvencia: un actor relativamente pequeño, financiado por Credit Suisse y por clientes institucionales inversores de bancos con sede en Londres.

La alteración ya segura de la financiación del comercio todavía no está en el radar de casi ningún analista. Pero, con los bancos de EE. UU. y de otros países sin margen en sus balances y con el deseo de reducir su exposición al riesgo, es otro factor que amenaza con paralizar la economía mundial. ¿Y cuál será la respuesta de las autoridades? Inflar o morir, o quizá habría que decir ahora inflar y morir.

Los mercados tienen la incómoda costumbre de exigir una compensación por la inflación prevista y por su efecto en el poder adquisitivo de una moneda. Sean cuales sean los métodos que emplee un banco central para negar esa compensación a quien posee la moneda, solo consigue minar su tenencia: primero en los mercados de divisas y después entre su propia población. Entonces suben los tipos de interés. En las últimas semanas hemos visto cómo los rendimientos de la deuda pública, muy reprimidos, empiezan a subir de forma alarmante. Pero eso es solo el principio. Será cada vez más caro para el Gobierno seguir con su financiación inflacionista haciendo que la Fed compre bonos del Tesoro a distancia a cambio de efectivo. Unido a la falta de espacio en los balances del sistema bancario, habrá que idear nuevas vías.

Quizá la moneda digital prevista, que esquiva a los bancos, sea una solución buscada. Quizá la Fed abandone la farsa de la flexibilización cuantitativa. Quizá se retome la idea de una moneda de platino de un billón de dólares. Pero todas son variaciones sobre el tema del dinero fiduciario y no servirán de nada. Los molestos extranjeros seguirán queriendo tipos de interés más altos, y cuanto más se quede la Fed por detrás de sus expectativas, más débil será la moneda.

Además de dejar al descubierto la bancarrota de las finanzas públicas, el aumento de los rendimientos de los bonos hará estallar la burbuja financiera inflada por medios monetarios. Cuando eso ocurra, también caerán el dólar y todas las demás monedas fiduciarias que no tomen medidas para evitarlo. Pero los mercados se anticipan a los hechos, así que no hará falta que ocurran realmente. La cuestión de cuándo una crisis de mercado acabará con las políticas monetarias de la Fed y, con ellas, con la financiación del gasto inflacionista es la consideración más importante que tenemos hoy ante nosotros.

Por ahora, el establishment inversor cree en tres falsedades: que la Fed seguirá controlando los mercados, que las estadísticas del IPC reflejan fielmente la pérdida de poder adquisitivo del dólar y que el crecimiento económico no es solo una suma de dinero. En los mercados de divisas se llegará a un punto de inflexión cuando las estadísticas oficiales sean cuestionadas y rechazadas. La caída del dólar frente a las materias primas cobrará entonces una nueva dimensión.

Ayer, tras ver aprobado por ley su paquete de estímulo de 1,9 billones de dólares, el presidente Biden prometió anunciar sus planes para el futuro. Tras digerir estas cifras, ¿empezarán los mercados a hacer una estimación más realista de los efectos sobre el dólar?

Posdata

Adivino:     ¡César!

César:            ¡Ja! ¿Quién llama?

Casca:              ¡Que cese todo ruido: silencio de nuevo! (la música se detiene)

César:            ¿Quién es el que me llama entre esta multitud? Oigo una voz más aguda que toda la

                        música gritar «¡César!». ¡Habla! César se ha vuelto para oírte.

Adivino:     Cuídate de los idus de marzo.

César:            ¿Quién es ese hombre?

Bruto:            Un adivino te advierte que te cuides de los idus de marzo.

César:            Ponedlo ante mí; dejad que le vea la cara.

Casio:           Amigo, sal de entre la multitud; mira a César.

César:            ¿Qué me dices ahora? Habla otra vez.

Adivino:     Cuídate de los idus de marzo

César:            Es un soñador; dejémoslo: pasad




[i] Según informó Zerohedge: https://www.zerohedge.com/markets/goldman-does-slr-math-stumbles-huge-2-trillion-problem
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