Vender el yuan en corto es peligroso

El pasado domingo (31 de enero), Zero Hedge publicó un artículo que llamaba la atención sobre los grandes nombres de la comunidad de los fondos de cobertura que apuestan fuertemente por que el yuan sufrirá una importante devaluación en cualquier momento, entre los próximos meses y quizá los próximos tres años.

La impresión que se transmite es que esta opinión es universal, casi con exclusión de cualquier otra.

Un cínico del mercado señalaría que, cuando todo el mundo está corto, ya no queda nadie que venda, así que es un buen momento para comprar. Puede que sea cierto, y da a las autoridades chinas la oportunidad de estrangular sin piedad a los bajistas si así lo desean. Sin embargo, como señala Zero Hedge, algunas posiciones bajistas adoptan la forma de opciones de venta y no de posiciones cortas al descubierto, de modo que las pérdidas de los fondos de cobertura en este caso se limitarían a la prima de la opción si la operación sale mal. En su lugar, quien les vendió las opciones acabará absorbiendo las pérdidas en la medida en que, a su vez, no haya cubierto sus posiciones correspondientes.

La ventaja de comprar opciones de venta OTC a largo plazo es que puedes esperar a que una estrategia financiera dé sus frutos. Por lo tanto, la motivación para comprarlas tiene menos que ver con el momento de mercado y más con las expectativas económicas.

En su versión más simple, la opinión común parece ser que China sufre los problemas de deuda que siguen a una expansión excesiva del crédito bancario, cuyo desmantelamiento se espera que conduzca a una deflación devastadora. Esta opinión se nutre de diversas maneras de las conclusiones de Irving Fisher en su análisis de la depresión de los años treinta, y quizá de la descripción de los ciclos económicos impulsados por el crédito de la escuela austriaca. A ello se puede añadir la experiencia de las burbujas de crédito modernas, en particular las secuelas de la crisis de las hipotecas de alto riesgo de 2007/08, que sigue fresca en la mente de los gestores de fondos de cobertura. Todo ello equivale a un batiburrillo de ideas impulsivas y, en consecuencia, se da por hecho que será necesaria una gran devaluación para reducir los precios de las exportaciones de China, de modo que su mano de obra siga siendo competitiva y empleada.

Hay muchos ejemplos empíricos que refutan la idea de que la devaluación sea el camino hacia el éxito exportador, así que resulta algo misterioso que se vea como un resultado seguro para el yuan. La raíz de la idea de que la devaluación es una panacea económica para China es la supuesta mejora que aporta a la balanza comercial. Y aquí el misterio se hace más profundo, porque la caída de los precios de las materias primas importadas ha aumentado en realidad el superávit comercial de China, hasta el punto de que el superávit de todo 2014, equivalente a 382 000 millones de dólares, fue superado solo por los últimos siete meses de 2015, mientras que al mismo tiempo se suponía que la economía se estaba derrumbando. El superávit comercial total de 2015, de 613 000 millones de dólares, fue un récord por un margen muy amplio. Una devaluación no es en absoluto necesaria por motivos comerciales.

Por el contrario, el superávit comercial de China es una plataforma segura desde la que impulsar reformas basadas en el mercado. Y aquí el objetivo tiene más que ver con permitir que la población acumule riqueza personal, aumentando el número de personas de clase media en lugar de destruirla. Es un concepto ajeno a los macroeconomistas occidentales, lo que les deja incómodos con sus ambiciones antimercado e intervencionistas. Tienen una noción monetarista y keynesiana según la cual la devaluación contrarresta la deflación de precios que creen que afronta China, fomenta una inflación moderada y estimula los «espíritus animales». Todo esto depende de la cuestión general de si refugiarse en la manipulación monetaria resuelve realmente algo y, lo que es más importante, de si las autoridades chinas también creen en estas teorías.

Las autoridades chinas parecen mostrar poco interés por las suposiciones macroeconómicas de moda. En cambio, la motivación de la dirigencia va en contra del pensamiento político occidental. China está formada por más de cuarenta grupos étnicos distintos que, sin un gobierno central fuerte, probablemente estarían enfrentados entre sí. La democracia al estilo occidental conduciría simplemente a una guerra civil y a la desintegración del Estado, como se ha visto en otros lugares como Irak, Afganistán, Egipto, Libia y ahora Siria. Por eso el partido comunista estatal reprime sin piedad cualquier discrepancia política.

Los líderes chinos saben que la opresión política solo puede funcionar si no interesa económicamente a las masas oponerse a su gobierno. Por eso utilizan el mercado para aumentar la riqueza individual y son plenamente conscientes de que no mejorar la situación de la gente corre el riesgo de fomentar la disidencia. Son los factores económicos, y no la representación democrática, los que alinean el interés de la dirigencia con el del pueblo.

Esto es lo que impulsa la política económica. La dirigencia tiene un enfoque mercantilista, muy parecido al de la Compañía de las Indias Orientales cuando gobernaba la India. Quienes trabajaban con John Company, como se la conocía, tenían la oportunidad de acumular grandes fortunas y, si sobrevivían a las enfermedades y las fiebres, estos nababs regresaban a Gran Bretaña y se convertían en terratenientes. La élite china está motivada de forma similar y está condicionada por la lealtad al Estado y a sus objetivos comerciales.

Esto constituye la base del ciclo de planes económicos quinquenales, que pueden considerarse el equivalente de los planes de negocio, algo desconocido en la política occidental. La decimotercera edición comienza con el año del mono, el lunes, y sus detalles completos se publicarán en marzo. Ya sabemos que nos dirá cómo se orientará la producción para mejorar los ingresos y el nivel de vida de los trabajadores peor pagados. Se impondrán mayores controles a la contaminación y al uso de los recursos hídricos. Internet recibirá más recursos económicos dentro del proyecto «Internet Plus». Los seguros sociales aumentarán y se ampliarán hacia una mejor sanidad y mejores pensiones. Y, por último, las reformas financieras seguirán liberalizando los mercados.

Lo que no se mencionará en estos planes, que son para consumo interno, es la geopolítica, la guerra financiera entre China y Estados Unidos. Es en este aspecto del futuro de China donde los gestores de fondos de cobertura parecen lamentablemente ignorantes. Y es un grave error ignorar la importancia de la geopolítica tanto para China como para Estados Unidos, porque puede tener un efecto mucho mayor sobre el tipo de cambio CNY/USD que cualquier otra cosa. Si al lector le queda alguna duda de que se está librando una guerra financiera, merece la pena leer íntegro el discurso que pronunció el pasado abril el general de división Qiao Liang, estratega del Ejército Popular de Liberación. Aquí hay una traducción. De las muchas citas disponibles, la mejor para mostrar por qué los chinos consideran que el poder financiero sustituye al poder militar es la siguiente:

«Unas pocas pulsaciones en el teclado de un ordenador pueden mover miles de millones, o incluso billones, [de dólares] de capital de un lugar a otro. Un portaaviones puede seguir el ritmo de la logística, pero no puede seguir el flujo de capital. Por lo tanto, es incapaz de controlar el capital global.»

Conviene hacer en este punto una observación sencilla: no se gana una guerra financiera socavando tu propia moneda. Lo que hay que hacer es socavar la moneda del enemigo.

Esto es precisamente lo que China está haciendo con el dólar. El año pasado China elevó el prestigio de su moneda en el escenario mundial al forzar al FMI, contra la voluntad de Estados Unidos, a incluirla en la cesta de los DEG. Este año planea establecer contratos de oro y petróleo denominados en yuanes, dos mercados clave de materias primas en los que ahora domina la demanda china. China también ha creado el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras para que actúe como brazo financiero de una revolución industrial en toda Asia, que estará liderada por China. Con éxito, ha sustituido, a efectos de este proyecto transasiático, a las diversas organizaciones multinacionales creadas tras los acuerdos de Bretton Woods.

Así, 2015 fue el año en que China sentó las bases para sustituir al dólar en toda Asia, Oriente Medio y el norte de África, así como en el África subsahariana, donde también domina comercialmente. 2016 será el año en que el dólar vea cómo su estatus hegemónico queda cada vez más confinado a América, Europa Occidental, Japón, partes cada vez menores del sudeste asiático y los mercados financieros occidentales.

Esto nos lleva a otra consideración que ignora la comunidad de fondos de inversión libre centrada en Estados Unidos: es probable que el dólar sufra un duro golpe en 2016. Además del daño causado por la internacionalización de la moneda china y la pérdida del estatus hegemónico que ello supone para el dólar, las fuerzas deflacionistas están aumentando en la economía interna de Estados Unidos, que se asfixia bajo una carga de deuda ya demasiado grande para soportarla. El análisis que los fondos de inversión libre aplican a China sería más apropiado aplicarlo más cerca de casa, y en este caso la Fed probablemente buscará la manera de devaluar el dólar para contrarrestar una recesión que se avecina. Y a diferencia de China, que tiene un superávit comercial récord, Estados Unidos tiene un déficit comercial creciente.

La política monetaria estadounidense está fracasando y la Fed está a la defensiva. China, por su parte, tiene un plan: reubicar la mano de obra que ahora fabrica bienes baratos y sensibles al precio para Estados Unidos y otros países. La parte baja de la fuerza laboral será reciclada profesionalmente y empleada de nuevo tanto en producción de mayor valor como en el desarrollo de infraestructuras a escala de toda Asia. El desarrollo asiático estará encabezado por el yuan como moneda común para las liquidaciones transfronterizas.

En resumen, las autoridades chinas no consideran necesaria ni deseable una devaluación significativa del yuan. El anuncio de que China empezará a fijar el objetivo del yuan frente a una cesta de monedas y no frente al dólar es coherente con la estrategia de socavar el valor del dólar. Con unas reservas en dólares que se acumulan a un ritmo récord debido al superávit comercial, China no debería tener problemas para mantener el tipo del yuan que elija. En todo caso, buscará deshacerse de dólares por considerar que están sobrevalorados en relación con las materias primas que necesita para el futuro. China venderá sus dólares no para proteger el yuan, sino para deshacerse de una moneda sobrevalorada.

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