Valor subjetivo y monedas

«La promesa del emisor» es una expresión que he utilizado recientemente para describir el respaldo de las monedas fiduciarias. El propósito de este artículo es definirla con más detalle, dado que es cada vez más probable que los mercados de divisas la pongan en duda en lo que respecta al euro.

Para empezar, debemos definir la principal diferencia entre el oro y una moneda fiduciaria. El oro no tiene precio cuando se utiliza como dinero, más allá de aquello por lo que se intercambia en bienes. Como dinero, era único: todas las sociedades lo demandaban en todas partes para liquidar su comercio interior y exterior. El dinero fiduciario solo se utiliza para liquidar transacciones en la jurisdicción a la que corresponde, y los extranjeros que acaban con él lo cambian por su propio dinero fiduciario, porque fuera de su jurisdicción no es dinero.

Esta regla tiene tres excepciones básicas. El dólar, por su convertibilidad original en oro, se convirtió en un sustituto del oro y, como consecuencia de ese legado, aún conserva un papel internacional. Una segunda excepción se da cuando los gobiernos intervienen y acumulan tenencias de dinero fiduciario extranjero. Y la tercera, cuando se acumula la propiedad de divisas extranjeras con fines especulativos. Fuera de eso, una moneda fiduciaria no tiene ningún valor útil fuera de su jurisdicción.

Su validez se basa en una promesa del banco central emisor y del gobierno correspondiente de que realmente tiene valor. El valor de esa promesa se evalúa de forma subjetiva en los mercados de divisas, donde los operadores comparan las monedas fiduciarias. El resultado es que el poder adquisitivo de una moneda fiduciaria puede disminuir de forma sustancial en los mercados de divisas antes de que se vea alterada su función monetaria interna. El dólar, por ejemplo, ha perdido la mayor parte de su poder adquisitivo desde que quedó completamente desvinculado del oro en 1971, pero los estadounidenses siguen pensando de forma automática «tengo 10 dólares para gastar: ¿qué me compro?» en lugar de «tengo que deshacerme de estos 10 dólares antes de que pierdan aún más valor».

Todos pensamos así con nuestras respectivas monedas fiduciarias, y el momento en que dejemos de hacerlo marcará el inicio de un colapso de la confianza en la promesa del emisor. Este podría ser el talón de Aquiles del euro, porque no hay ningún gobierno identificable que esté realmente dispuesto a respaldar al Banco Central Europeo y, a medida que se intensifica la crisis, crece el riesgo de que los propios ciudadanos de la eurozona consideren que la promesa no está a la altura.

El dinero fiduciario lo gestionan en los bancos centrales economistas neoclásicos que creen entender la teoría de los precios. El euro corre el riesgo de un colapso repentino, y no está claro que los responsables del BCE lo entiendan. Ni siquiera está claro que comprendan que la hiperinflación no es, como sugiere el uso moderno del término, una subida acelerada del precio de los bienes. Es, en cambio, un colapso del valor del dinero fiduciario que surge de una reevaluación de la promesa del emisor por parte de los usuarios nacionales.

El futuro del euro está esencialmente ligado a un conjunto de gobiernos dispares. Si alguno de ellos se marcha, se arriesga a provocar un colapso de su valor que escape por completo al control del BCE.

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