En su discurso de la victoria, el presidente electo Trump afirmó que se propone hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande mediante el gasto en infraestructuras.
Por desgracia, es poco probable que tenga margen de maniobra para lograr esta ambición y, además, aplicar los recortes de impuestos previstos, porque las finanzas del Gobierno ya se encuentran en una situación precaria.
También es cada vez más probable que el próximo ejercicio fiscal se caracterice por una inflación de precios creciente y por subidas tardías de los tipos de interés, en un contexto de aumento de los precios de las materias primas. Siendo así, las finanzas públicas no solo ya son frágiles, sino que es probable que lo sean aún más a partir de ahora, sin necesidad de gasto adicional en infraestructuras ni de estímulo fiscal. Hasta ahora, la mayoría de los análisis fundados sobre las perspectivas de inflación se han centrado en los efectos negativos de una política monetaria expansiva sobre el sector privado. Ante el inminente nombramiento de un nuevo presidente con ideas propias, este artículo dirige nuestra atención a los efectos sobre las finanzas del Gobierno.
Los gastos del Gobierno ya van a aumentar, debido a la inflación de precios, más de lo que sugeriría el deflactor del PIB. El deflactor es siempre una estimación rebajada de la inflación de precios. Al mismo tiempo, los ingresos fiscales tenderán a ir por detrás de cualquier aumento derivado de la inflación de precios. Además, el efecto de transferencia de riqueza de la inflación monetaria durante un periodo prolongado reduce la capacidad del sector privado no financiero para pagar los impuestos necesarios que compensen el menor poder adquisitivo de una moneda en inflación.
Trump es un empresario. Esas personas suelen pensar que dirigir la economía de un país es simplemente un proyecto empresarial a mayor escala. No es así. Los países pueden considerarse organizaciones sin ánimo de lucro, y los democráticos se mueven por el consenso de intereses particulares diversos. El único enfoque sostenible es dar un paso atrás y dar a las personas la libertad de gestionar sus propios asuntos, y desalentar con discreción el negocio del lobbying. El presidente Calvin Coolidge lo expresó mejor que nadie: «Quizá uno de los logros más importantes de mi administración ha sido ocuparme de mis propios asuntos».
La política monetaria está plagada de incoherencias teóricas
A Trump le ofrecerán muchos consejos, todos malos. Además del habitual cabildeo de los grupos políticos, Wall Street y la Fed se han montado su propio mundo acomodado, libre de intervención política, donde roban discretamente a los pobres y se recompensan a sí mismos y a sus allegados del mundo empresarial mediante la inflación monetaria, justificada como política monetaria. Excepcionalmente, Trump aún no ha sido comprado por los bancos, a diferencia de los presidentes anteriores. Pero seguro que los bancos encontrarán pronto nuevas formas de restablecer su influencia y mantener su estilo de vida financiado con dinero fiduciario. Sin embargo, es probable que la Fed anime a la administración Trump a estimular la economía mediante el gasto en infraestructuras, porque el estímulo monetario ha fracasado en sus objetivos económicos.
Entre los malos consejos que recibirá Trump estarán los de los economistas profesionales, y sus asesores más cercanos deberían leer este breve ensayo para entender por qué conviene ignorarlos. Los economistas interpretan mal lo que representa el producto interior bruto, y creen que un aumento del PIB es crecimiento económico. Esto es incorrecto. El PIB es solo un total monetario de transacciones durante un periodo determinado, normalmente un año. El propio concepto de crecimiento económico es también absurdo, porque lo que crece (o disminuye) es la riqueza, al igual que la cantidad de dinero y de crédito. Para que una economía crezca, es decir, se haga más grande, hay que anexionar territorio adicional y su población. Incluso los economistas cuasi austriacos emplean erróneamente el término «crecimiento» para referirse al desarrollo económico. Von Mises debe de estar revolviéndose en su tumba.
La verdad es que el aumento del PIB anual es simplemente un registro del aumento de la cantidad de dinero que se ha incorporado a la economía de un año al siguiente. Ese aumento tiene que proceder de un incremento de la cantidad de dinero en circulación originado en el banco central, o de un incremento del nivel de crédito bancario creado por los bancos comerciales, y lo más probable es que sea una combinación de ambos. Donde se lee crecimiento económico, debe leerse crecimiento de la cantidad de dinero y de crédito. La falsa lógica, el concepto de que una subida del nivel general de precios es económicamente beneficiosa, queda ahora al descubierto, porque la subida de precios solo refleja la degradación monetaria, no un aumento de la demanda.
Se introduce un error más. El método para ajustar el PIB y hacerlo «real» consiste en corregirlo con una cifra que representa la inflación de precios. Pero el PIB es la suma monetaria de todas las transacciones registradas durante el período, y ya incluye la inflación monetaria. Ajustarlo además con una estimación de la inflación de precios es un intento superfluo de aplicar a una cifra posterior del PIB un efecto retardado sobre los precios, derivado de una inflación monetaria anterior, para que parezca real. La causa y el efecto están separados por un período de tiempo indeterminado y no es posible identificarlos ni atribuir uno al otro. Tampoco se tiene en cuenta la subjetividad de los precios. El uso de deflactores es la confirmación definitiva de que se ignora lo que el PIB representa en realidad.
El resultado es que, para que el «PIB real» suba, se necesita un aumento continuo y acelerado del total de dinero y de crédito bancario. La consecuencia de todos estos errores y malentendidos es que el análisis macroeconómico siempre es incorrecto. Además, se excluyen elementos que deberían formar parte del total del PIB, porque los estadísticos quieren centrarse únicamente en el consumo, con la optimista convicción de que el Estado puede gestionar la demanda de los consumidores al margen de otros factores económicos. Esto significa que se ignora el flujo y reflujo de fondos entre las actividades comerciales y las bancarias, una fuente importante de distorsión estadística, lo cual es otra razón por la que los efectos de las políticas monetarias y crediticias sobre la inflación de precios nunca pueden aproximarse a lo que esperan los economistas, incluso si se pudiera identificar el desfase temporal entre ambos. La inflación de los precios de los activos, excluida del PIB, no es menos significativa que la inflación de los llamados precios de consumo, pero oficialmente la inflación de activos no existe y, en cambio, el aumento del valor de los activos se acoge con agrado por su efecto riqueza artificial.
Por eso a los banqueros y a los gestores de activos les encanta la inflación monetaria. El efecto sobre los precios de los activos los enriquece en relación con otros agentes, y la riqueza se transfiere a Wall Street a costa, en última instancia, de Main Street. Inevitablemente, la inflación de precios no se queda embotellada en las clases de activos excluidas del cálculo del PIB, porque se filtra hacia los bienes y servicios que sí se incluyen en la medición del PIB, tan seguro como si esa primera parte de la economía fuera un colador.
El tiempo que tarda el dinero adicional en pasar al consumo cotidiano es, como ya hemos dicho, impredecible y puede ser considerable. Los precios de las acciones, los bonos y la vivienda han experimentado una inflación sustancial, pero los artículos de consumo han registrado subidas de precios más discretas, por ahora.
Por qué los ingresos del Gobierno se resentirán
En un período de inflación de precios inducida por la política monetaria, los impuestos nunca pueden sostener el gasto público, porque el efecto de la degradación monetaria destruye los ahorros y los ingresos de la gente corriente. Ocho años después de la crisis de Lehman, el efecto acumulado del crecimiento del crédito ha diluido el poder adquisitivo del dólar en un 44 % estimado, suponiendo una inflación media de precios realista del 7,5 % en los últimos ocho años, que, hay que admitirlo, supera en un 5 % aproximadamente el aumento anual oficial del IPCi. Partiendo de esta hipótesis, no sorprende que la carga combinada de los impuestos y la degradación de la moneda esté frenando la economía de manera tan profunda, incluso sin tener en cuenta las transferencias de riqueza provocadas por la inflación antes de la crisis financiera.
El motor de la inflación de precios no es, como parecen creer los economistas neocambridgianos, la demanda de los consumidores que esperan, sino la acumulación de depósitos bancarios a la vista y de ahorro que, junto con el efectivo, suma casi 12 billones de dólares en una economía con un PIB inferior a 19 billones. Es una economía sobrecargada de dinero en depósitos de disponibilidad inmediata en muy pocas manos. Bastará un ligero cambio en la preferencia general respecto a esa enorme suma para socavar su poder adquisitivo, medido en bienes y servicios.
No es momento de que los planificadores económicos sigan cometiendo el error de no entender algunos principios básicos de economía. Y el presidente electo Trump parece a punto de embarcarse en un New Deal al estilo de Roosevelt, prometiendo hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande renovando y reconstruyendo su infraestructura, junto con recortes de impuestos al estilo de Reagan. Qué desafortunado, entonces, que, con China y Estados Unidos impulsando a la vez sus economías mediante el gasto en infraestructuras, el resultado inevitable sea que los precios de las materias primas no alimentarias suban y suban.
Trump entiende una sola cosa, que es el desarrollo inmobiliario, con la habilidad financiera de un hábil jugador de Monopoly. Apalancarse es algo normal para un empresario que juega con fichas por valor de unos pocos miles de millones en un mercado de billones, pero es un juego totalmente distinto apalancar el propio mercado de billones.
Los bancos centrales, que entienden poco de mercados y menos aún de economía, como hemos demostrado, están más que dispuestos a fomentar el gasto deficitario de los gobiernos, porque ellos mismos no pueden ofrecer ninguna otra respuesta. Eso deja a un Gobierno de EE. UU., con una relación deuda/PIB que ya supera el 100 %, lanzándose a una ola de gasto para rescatar una economía en declive.
Los asesores más cercanos del presidente Trump harían bien en ser conscientes de estos peligros y deben disuadirle de embarcarse en una política de gasto excesivo y recortes de impuestos. El componente de degradación monetaria que financia un déficit presupuestario cada vez mayor solo empobrecerá aún más a los sufridos protagonistas de la economía real, y las emisiones adicionales de deuda pública necesarias encarecerán el coste de endeudamiento para todos. En lugar de eso, debería reducir los compromisos generales de su administración y dejar de interferir en la vida de la gente. Que tome nota de Silent Cal Coolidge y se convierta en un gran presidente. Le deseo suerte.
iConsulte http://www.shadowstats.com/alternate_data/inflation-charts. La estimación del 7,5 % es aproximadamente la tasa calculada por Shadowstats, usando la metodología del Gobierno vigente desde 1980. Esto se compara con una tasa oficial anual del IPC de en torno al 2,4 % de media. El índice Chapwood (http://www.chapwoodindex.com/) muestra una tasa media de inflación aún más alta en las grandes ciudades, de aproximadamente el 10 % de media en los últimos cinco años.
Las opiniones y los puntos de vista expresados en este artículo son los de su(s) autor(es) y no reflejan los de Goldmoney, salvo que se indique expresamente. El artículo tiene fines meramente informativos de carácter general y no supone que Goldmoney o el autor o los autores le presten asesoramiento jurídico, financiero, fiscal, de inversión o contable. No debe actuar ni confiar en ninguna información contenida en el artículo sin antes obtener asesoramiento profesional independiente. Se ha procurado que la información del artículo sea fiable; no obstante, Goldmoney no garantiza que sea exacta, completa o actualizada, ni que deba tomarse como indicación de resultados futuros, y no debe confiarse en ella como tal. Goldmoney no se hará responsable de ninguna reclamación, pérdida, daño o molestia causados por la información o las opiniones contenidas en este artículo, y cualquier acción emprendida como consecuencia de ellas corre por su cuenta y riesgo.