En las dos últimas semanas, los titulares han pasado de Grecia a Italia. Los comentaristas financieros y económicos que descartaban a Grecia como una pieza menor de la maquinaria de la eurozona están ahora seriamente alarmados y no ven más solución a la crisis de deuda soberana de Europa que el remedio a corto plazo de lograr que el Banco Central Europeo imprima grandes cantidades de dinero.
Critican el enfoque de dinero sólido de Alemania, pasando por alto que ha sido clave para su éxito económico, y prefieren elogiar la economía de dinero fácil de los poco exitosos «PIIGS» (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). Y cuando los escuchéis, recordad que ninguno de ellos previó esta crisis, cuando para los economistas austriacos era evidente desde los primeros días de la crisis bancaria.
Los keynesianos y los monetaristas creían que los problemas que afloraban en los PIIGS se resolverían con crecimiento económico, que llegaría siempre que los gobiernos mantuvieran el gasto deficitario. Como demuestran ahora los hechos, este análisis era erróneo, y por eso los keynesianos están ahora confundidos. Deberían abrir su mente y asimilar la teoría económica austriaca para comprender bien la acción humana y cómo afectan el dinero y el crédito a las personas.
Lo primero que aprenderán es que los beneficios económicos de la expansión del crédito son un mito. Lo único que hace, mediante un proceso de redistribución de capital (de los ahorradores a quienes son los primeros en recibir el dinero nuevo), es distorsionar la economía y limitar su potencial a largo plazo. Al bajar los tipos de interés y desviar recursos del sector privado de la producción genuina al gasto público, la economía se vuelve menos eficiente y se producen malas inversiones. El error ha sido considerar solo los beneficios visibles, como la creación de empleo a corto plazo, e ignorar los efectos destructivos de la financiación mediante déficit.
Las distorsiones creadas por el dinero fácil y el gasto deficitario tratarán de revertirse de forma natural, tan seguro como que la noche sigue al día. La recesión que sigue al auge temporal es la manera en que una economía se cura del dinero poco sólido y de la intervención del gobierno. A los gobiernos intervencionistas les cuesta aceptarlo porque golpea el corazón de su razón de ser. Y aunque imprimir dinero y crédito es siempre popular entre un electorado que no entiende qué ocurre con su dinero, revertir el proceso se nota enseguida y es tremendamente impopular.
Esto nos devuelve a los problemas de la eurozona. La creación del euro hace doce años permitió a los bancos expandir el crédito de forma masiva, en la creencia equivocada de que el riesgo soberano había desaparecido. El resultado fue que gobiernos derrochadores se aprovecharon del crédito barato. Los gobiernos de la eurozona, en particular los de los PIIGS pero también Francia y Bélgica, han despilfarrado enormes sumas para evitar que se deshagan las malas inversiones y otras distorsiones económicas, prefiriendo perpetuar las malas inversiones existentes. La única solución es dejar que se deshagan, que es justo lo que los mercados financieros (léase la realidad) los están obligando a hacer ahora.
Lo que estamos viendo, que los mercados deshacen distorsiones económicas del pasado, es un proceso necesario y, por tanto, beneficioso, algo que pasa completamente inadvertido. Si los gobiernos tuvieran el sentido común de entenderlo, aún no es tarde para planificar con acierto unas economías regeneradas y una Europa más sólida. Por desgracia, la reacción instintiva de la clase política y de sus asesores es seguir como hasta ahora a toda costa, aplazando este ajuste necesario y aumentando su gravedad final.
Ver cómo continúa la destrucción económica no produce alegría alguna a quien está bien informado. Por dura que sea a corto plazo, la élite de la UE necesita empezar a prestar atención a los remedios de la Escuela Austriaca para los males financieros de Europa, y hacerlo rápido.