El ritmo al que la mayor parte de la eurozona se encamina hacia la insolvencia se está acelerando. El plan de rescate para los bancos españoles, cuya cuantía parece haberse fijado provisionalmente con la intención de impresionar a los mercados, apenas ha provocado un rebote pasajero. Lo único que ha conseguido es volver a poner de manifiesto la impotencia de las autoridades ante las múltiples trampas de la deuda. Entonces, ¿cuál es la respuesta?
Depende del propósito que haya detrás de la pregunta. Si se busca una solución genuina, la respuesta es recortar rigurosamente el gasto público en todos los países que dependen de los mercados para financiar sus déficits presupuestarios o refinanciar sus deudas existentes. Solo un superávit presupuestario convincente conducirá a una bajada de los costes de endeudamiento. La objeción a esta solución es en parte política y en parte fruto del prejuicio económico neoclásico. La primera sigue anteponiendo los objetivos sociales a los económicos, mientras que el segundo ha quedado demostrado de forma convincente que es erróneo. Si no, explícanos cómo sabe realmente un gobierno la mejor manera de reactivar una economía hasta la recuperación, sin ignorar la acumulación de pruebas del pasado. Explica por qué esos países, impulsados por el consumo que tanto aman por igual keynesianos y monetaristas, se han convertido en casos perdidos, mientras que las economías basadas en una cultura del ahorro desafían de forma persistente toda la teoría neoclásica al hacer que sus ciudadanos vivan mejor, en todos los casos.
La respuesta es que la intervención del gobierno es destructiva. Los impuestos y la regulación son las herramientas con las que el gobierno perturba la función social primordial de los seres humanos: intercambiar su trabajo en beneficio mutuo. El gobierno no es un sustituto: su deseo, consciente o inconsciente, es controlar la vida de las personas para sus propios objetivos sociales. Esta es la motivación que hay detrás de la destrucción del ahorro y su sustitución por una acumulación de deuda; y para el propio gobierno, supone unos pasivos futuros crecientes. Revertir la acumulación de intervenciones pasadas, algo necesario si se quiere mejorar lo suficiente la situación de un país para escapar de la quiebra total, va en contra de todas las razones por las que un político moderno se dedica a su oficio.
Por tanto, es más probable que el propósito de la pregunta sea encontrar una solución sin recortar el gasto público y, si es posible, permitiendo incluso que aumente. Por eso se sigue contratando a keynesianos y monetaristas pese a su pésimo historial. Así que se encontrará una alternativa a afrontar la realidad, y la pista, como observó Sherlock Holmes, está en el perro que no ladró durante la noche.
A pesar de las señales que llegan de todas partes de que las grandes economías se están estancando, resulta extraño que los principales bancos centrales no se hayan entregado a más flexibilización cuantitativa. Se podría argumentar con cierta convicción que es porque no ha tenido el efecto deseado y porque, si un país lo hiciera por su cuenta, correría el riesgo de debilitar su moneda. Pero posiblemente haya otra razón: que los principales bancos centrales observan la crisis europea con la creciente conciencia de que la eurozona está a punto de hundirse con terribles consecuencias para todos. La única solución final será una ronda coordinada de múltiples flexibilizaciones cuantitativas, a la que se sume el Banco Central Europeo, cuando el resultado sin ella sea tan evidentemente nefasto que ni siquiera Alemania pueda oponerse.