Una lección romana sobre la inflación

«Si bien es deber del ciudadano apoyar al Estado, no es deber del Estado apoyar al ciudadano» – Presidente Grover Cleveland

Lo que el presidente Cleveland señaló en la década de 1880 era que los individuos y los intereses creados no tenían derecho a un trato preferente por parte de un gobierno elegido para representar a todos. Porque, si se concede una preferencia, siempre es a costa de otros.

Esos tiempos quedaron atrás hace mucho, y el último presidente que adoptó esta postura fue Calvin Coolidge, en la década de 1920. Le siguió Herbert Hoover, que fue un intervencionista convencido. Según se cuenta, Coolidge dijo de su vicepresidente: «Ese hombre no me ha dado más que consejos, y todos malos». Franklin Roosevelt criticó a Hoover por sus desastrosas políticas de intervención, consiguió desbancarlo en las elecciones de 1932 y después lo superó con una intervención aún mayor. Las salidas de oro provocadas por el creciente gasto público y por las políticas monetarias de la Fed llevaron en 1933 a la suspensión de la convertibilidad del oro para los ciudadanos estadounidenses y, en 1934, a la devaluación del dólar, de 20,67 a 35 dólares por onza de oro.

Desde entonces, el intervencionismo no ha dejado de crecer, no solo en Estados Unidos, sino en todas las demás naciones avanzadas. La socialización de los ingresos y los beneficios y la regulación de nuestra conducta por parte de los gobiernos dominan hoy la actividad económica. A pesar de las advertencias de los teóricos del dinero sólido, un proceso iniciado hace casi un siglo todavía no ha desembocado en un colapso económico, aunque los peligros de unos pasivos estatales cada vez mayores son una amenaza creciente para la estabilidad económica.[i]

Un punto que casi todo el mundo ignora es que el gasto público es un lujo caro para cualquier economía, pues inmoviliza recursos de capital de la manera más ineficiente. Además, los gobiernos destruyen la riqueza personal mediante los impuestos, el desvío del ahorro y la inflación monetaria. Sin embargo, tanto la observación como la lógica económica dejan claro que una economía exitosa es la que, por el contrario, maximiza la prosperidad personal.

Lo ilustra con claridad la diferencia entre Venezuela y Estados Unidos. Venezuela ha transferido, de forma abierta y encubierta, casi toda la riqueza personal a su gobierno socialista en nombre de la igualdad para todos. Los costes del gobierno han aumentado de forma exponencial en relación con sus fuentes de financiación disponibles, lo que adelanta el día en que el orden económico y civil desaparezcan por completo. Estados Unidos, a pesar de décadas de crecimiento del gasto público, todavía no ha confiscado la mayor parte de la riqueza de sus ciudadanos, aunque el proceso se ha acelerado en los últimos años.

Sin embargo, es probable que el problema se convierta en un asunto más público en los próximos meses, quizá desencadenado por un aumento de las emisiones de bonos del Gobierno de EE. UU. en un momento de descenso cíclico de la demanda de bonos. Este descenso responde a la mejora de las perspectivas económicas mundiales, lo que significa que los bancos aumentarán el crédito a las empresas no financieras en detrimento de las actividades puramente financieras.

Al mismo tiempo que la administración del presidente Trump aumenta su déficit presupuestario, la Fed intenta normalizar su balance reduciendo su exposición a bonos. Si a esto sumamos reducciones marginales en una exposición al dólar estimada en 17 billones de dólares en carteras de propiedad extranjera, tenemos el potencial para una tormenta perfecta en el mercado de bonos de la moneda de reserva.[ii]

Ya hemos visto un fuerte aumento de los rendimientos de los bonos en los últimos seis meses: el del bono del Tesoro estadounidense a 10 años, que es el de referencia, ha pasado del 2,06 % al 2,94 % actual. En términos históricos, y dado el objetivo de inflación del 2 % de la Fed, el valor temporal de este bono sigue siendo bajo, a pesar del aumento de los rendimientos hasta ahora. Eso, suponiendo que la Fed limite realmente la inflación al 2 %.

Los lectores deberían dar más credibilidad a ShadowStats.com y al índice Chapwood como mejores medidas de la inflación de precios, que actualmente registran entre un 6 % y un 10 %, que a las estimaciones gubernamentales, claramente sesgadas.

No debería sorprendernos que estas dinámicas den lugar pronto a una rebaja de la calificación de los bonos del Gobierno de EE. UU. y de sus finanzas. En lugar de aceptar pasivamente el discurso monetario de la Fed, cabe esperar que las valoraciones se rijan por una evaluación adecuada del riesgo de los bonos. Suponiendo que la Fed siga conteniendo los tipos de interés, las curvas de rendimiento de los bonos se empinarán y el coste de los intereses para el Tesoro aumentará para toda su nueva deuda, salvo para los préstamos a muy corto plazo. Después de dormitar durante el periodo de tipos de interés cero, nos despertaremos con cierta brusquedad ante los riesgos que hemos ignorado colectivamente durante demasiado tiempo.

Por lo tanto, al pensar en el riesgo, es probable que la economía de la inflación pase a ocupar el centro de nuestros pensamientos. Y a medida que los rendimientos de los bonos se ajusten al alza, seremos cada vez más conscientes de la trampa de la deuda en la que se encuentra el Gobierno de EE. UU. Un aumento de un punto porcentual le cuesta 216 000 millones de dólares adicionales en intereses. ¿Pagará esto el presidente Trump recortando el presupuesto total? Es improbable, a la vista de lo ocurrido hasta ahora. Y cuando empecemos a pensar en cuál debería ser el valor temporal de la deuda del Gobierno de EE. UU., posiblemente un dos por ciento por encima de un IPC en alza, pero muy manipulado, ¿cómo quedará en las cuentas del gobierno un aumento de los costes de endeudamiento de quizá tres o cuatro por ciento, o incluso más?

La presión para aumentar el ritmo de transferencia de riqueza desde el productivo sector privado no hará sino crecer a medida que suban los rendimientos de los bonos. Y cuanta más riqueza se transfiere, menos queda por transferir. Esta era la realidad subyacente que enfrentó el Imperio romano, cuando el derrochador Nerón redujo el contenido de plata del denario para pagar a sus soldados, tras quedarse sin dinero. Entre otros actos costosos, prendió fuego a buena parte de Roma para reconstruirla, y según la leyenda tocaba la lira mientras tanto. Quizá fuera una metáfora, pues según Suetonio, Nerón se dedicaba a las artes, al sexo y a la depravación, y además era, evidentemente, un pirómano. Si Nerón manipuló algo, fue la moneda. Unos cuarenta y tres emperadores posteriores a Nerón continuaron el proceso de depreciación hasta la destrucción monetaria final bajo Diocleciano, más de dos siglos después.

Un siglo de depreciación monetaria impulsada por el gasto incluye hoy la carga adicional (adicional a la prodigalidad romana) de las promesas hechas al público general, en desafío a la máxima del presidente Cleveland. Según la tasa a la que se descuenten estos pasivos financieros futuros, equivalen a entre cinco y diez veces el PIB actual de Estados Unidos, y probablemente a bastante más en proporción en el caso de Japón y de muchos Estados miembros de la UE. Ni siquiera unas cifras de inflación de precios muy manipuladas pueden ocultar la trampa de la deuda en la que los gobiernos están ahora visiblemente atrapados, y que, según todos los precedentes, se afrontará con una depreciación monetaria cada vez más rápida.

Desde la presidencia de Herbert Hoover, el Gobierno de EE. UU. ha estado haciendo rimar, sin darse cuenta, la economía estadounidense con la romana. Igual que los emperadores de Roma depreciaron la moneda para pagar su derroche y su soldadesca, Estados Unidos y sus aliados occidentales han depreciado sus divisas para pagar el gasto social y militar.

El gasto militar excesivo fue un tema romano: o se paga a los soldados o muere el emperador. Diocleciano, 225 años después de Nerón, llegó a emitir un edicto en piedra que prohibía a los comerciantes subir los precios. El comercio cesó, y Roma y otras ciudades se vaciaron por falta de alimentos.

Donald Trump y sus predecesores han supervisado métodos más sofisticados para lograr el mismo resultado. Durante los últimos cuarenta años, los precios de los bienes y servicios se han controlado oficialmente manipulando las cifras de inflación, aunque en realidad los precios han seguido subiendo.[iii] Los compromisos de gasto del gobierno vinculados a la inflación se han recortado y se ha engañado a los beneficiarios del Estado. Eso no puede durar para siempre.

Los aumentos salariales, que normalmente acompañan a la subida de los precios, se han sustituido por el sencillo recurso de fomentar la expansión del crédito bancario para financiar el consumo personal, junto con medidas que desincentivan el ahorro. En consecuencia, la deuda de los hogares estadounidenses asciende ahora a 13,15 billones de dólares[iv] y financia un gasto de consumo personal de 13,717 billones.[v] Es un moderno juego de humo y espejos que desvía la atención de un problema de fondo.

La comparación con Roma tiene otra semejanza preocupante. Las monedas romanas de plata y oro eran la principal divisa del mundo conocido. El dólar estadounidense es hoy la moneda de reserva mundial, y casi todas las demás 170 y pico monedas fiduciarias gubernamentales están alineadas con él o hacen referencia a él. Un colapso acelerado del dólar arrastra a la mayoría de ellas, tan seguro como la depreciación romana empujó al mundo a la Edad Oscura.

En lo que llevamos de artículo, hemos visto que la economía estadounidense nos ofrece un ejemplo de trampa de la deuda moderna que, si no se afronta, llevará inevitablemente a una aceleración de la inflación monetaria y, en última instancia, a un colapso del poder adquisitivo del dólar.  La mayoría de las demás naciones se encuentran en la misma situación, aunque los altos niveles de endeudamiento personal son más endémicos en Estados Unidos y el Reino Unido que en cualquier otro lugar. En consecuencia, cuando llegue el colapso monetario final, los derrochadores anglosajones sufrirán un destino algo distinto del de los ciudadanos de las naciones que ahorran habitualmente.

La próxima fase de la actual degradación monetaria

El próximo gran gasto al que se enfrentan los gobiernos y sus bancos centrales es una futura crisis crediticia, que probablemente llevará la historia de la inflación a una velocidad vertiginosa. Quizá sea un momento diocleciano moderno, el acto final de la degradación monetaria antes de que se apaguen las luces, y nosotros (solo metafóricamente, es de esperar) abandonemos las ciudades para buscarnos el sustento en el campo. Una crisis crediticia es siempre la culminación de un ciclo de crédito, propio de las economías desestabilizadas por unos bancos centrales que intentan estimular el consumo mediante trampas monetarias.

El momento de la próxima crisis crediticia se acerca rápidamente, como expliqué en mi reciente artículo «¿Cuándo se producirá la próxima crisis crediticia?»[vi] Debemos estar preparados para que ocurra antes de que acabe el año. Lo decisivo es que las perspectivas de inflación para el año o los dos años siguientes dependerán de la respuesta de los bancos centrales. Si no rescatan a los bancos comerciales con inflación monetaria, el sistema bancario mundial casi con toda seguridad se derrumbará. Suponiendo que se evite este desastre, harán falta enormes cantidades de dinero adicional, posiblemente mucho mayores que las que se necesitaron para rescatar al sistema bancario mundial en 2008/09.

Aquel rescate ya fue de proporciones históricas. Pero existe el riesgo de que esta vez no lo consigan, porque desde la última crisis crediticia todas las naciones del G20 acordaron introducir procedimientos de rescate interno (bail-in) en lugar de rescates externos (bail-out). El razonamiento era que los gobiernos asumieron el coste de la crisis de Lehman, cuando deberían haberlo soportado los tenedores de bonos y los grandes depositantes. Eso es lógico para rescatar a bancos concretos o el sistema bancario de un país pequeño, pero probablemente causará dificultades en una crisis sistémica más amplia, porque los tenedores de bonos manipularán el sistema para protegerse.

Los grandes depositantes solo tienen dos vías de escape, ahora que la alternativa de retirar billetes en grandes cantidades está prácticamente cerrada. Pueden comprar activos físicos, a cualquier precio, para deshacerse de sus saldos bancarios, o bien comprar materias primas físicas. Y al principio de la lista de materias primas debe estar el oro, seguido de la plata, porque se aceptan ampliamente como medios de intercambio en todas partes. A estas alternativas quizá podamos añadir ahora las criptomonedas, cuya titularidad es entre pares y que constituyen una reserva de valor alternativa.

Pero cuando vendes una divisa para comprar un activo, simplemente se la pasas a alguien dispuesto a comprarla. El lector atento advertirá que, con toda probabilidad, no habrá demanda de las divisas más arriesgadas, y posiblemente tampoco del propio dólar. En otras palabras, lo que en el pasado ha sido una crisis sistémica para el sistema bancario mundial podría convertirse rápidamente en una crisis sistémica de las propias divisas.

Una caída de las divisas es un riesgo creciente

El futuro es, por definición, desconocido, y solo podemos especular sobre cómo evolucionarán las cosas. Sin embargo, a diferencia de la experiencia romana, que tardó 225 años en destruir por completo el denario, a sus sucesores y al propio imperio, la actual oleada de destrucción monetaria parece estar a punto de terminar, tras solo un siglo más o menos.

Los bancos centrales han sido conscientes de algunos peligros sistémicos, y por eso tienen tanto interés en llevarnos hacia una sociedad sin efectivo. Sin efectivo, no puede haber una corrida bancaria a la antigua usanza. Su respuesta a cada crisis crediticia sucesiva ha sido restringir los medios con que empresas y personas pueden protegerse en caso de colapso sistémico.

Pero ahora, mucho después de que el presidente Cleveland hiciera la observación que encabeza este artículo, los intentos de sus sucesores de ganarse el favor electoral han provocado un aumento de los costes que, claramente, está fuera de control. La combinación de una trampa de deuda tendida a los gobiernos por los tipos de interés más altos y la insostenibilidad de la deuda del sector privado amenaza con una crisis financiera y monetaria en todo el mundo, de la que cualquier rescate mediante la impresión de dinero probablemente será efímero.

El ritmo al que se acelerarán a partir de ahora la inflación y la destrucción de las divisas de papel dependerá de la rapidez con que las personas con conocimientos financieros y el público en general despierten ante la verdadera magnitud del fraude monetario que los gobiernos han perpetrado hasta ahora. La expansión de la base monetaria y del crédito bancario no se ha reflejado en las estadísticas oficiales de precios, que se han manipulado con ajustes hedónicos para ocultar las pruebas. Es de esperar que el despertar a la realidad, la de que todos los gobiernos han abusado gravemente de las divisas fiduciarias, sea repentino y, como alimañas atrapadas, la gente corriente descubrirá que todas las vías de escape se han cerrado.

Los precios se ajustarán inevitablemente, de forma más brusca que si se hubiera descontado más parte de las manipulaciones monetarias a medida que se producían. Si los efectos de la inflación romana durante más de dos siglos avanzaron con la lentitud pesada de un carro de bueyes cargado, la de hoy podría acelerar de repente como un Ferrari italiano.



[i] Aquí hablamos de intervención política, que podría decirse que comenzó con la Primera Guerra Mundial. La intervención monetaria empezó antes, con el desarrollo de los bancos centrales.

[ii] Esta sobreponderación del dólar en las carteras extranjeras es el resultado natural de la fortaleza que el dólar mostró en el pasado, algo que ya no ocurre. En junio de 2016 alcanzó un récord de 17,39 billones de dólares.

[iii] Sobre las distorsiones de los métodos hedónicos, véase https://www.theburningplatform.com/2018/02/19/do-you-believe-in-bls-unicorns/

[iv]  Es cierto que esta cifra incluye las hipotecas, pero muchas se contratan simplemente para financiar el gasto de consumo. Véase https://www.newyorkfed.org/microeconomics/hhdc.html

[v] Véase https://fred.stlouisfed.org/series/PCE

[vi] https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/when-will-the-next-credit-crisis-occur


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