Una cura para el virus del dinero

Una moneda sana debe reflejar nuestra relación con la naturaleza.

Dos billones de dólares es el coste estimado del proyecto de ley de estímulo fiscal que el Senado de EE. UU. aprobó esta semana. Durante las dos últimas semanas, gobiernos y bancos centrales de todo el mundo han decidido combatir los efectos del coronavirus conjurando, en conjunto, más de 10 billones de dólares en programas de estímulo fiscal, políticas extraordinarias de expansión cuantitativa e incentivos fiscales de emergencia. Todos estos programas, por bienintencionados que puedan parecer, tendrán en última instancia el mismo desastroso resultado: depreciar el dinero, ganado históricamente, que hoy poseen los ahorradores, y aumentar mañana lo que los gobiernos deben a la sociedad.

Las dos últimas décadas han ido revelando que la depreciación monetaria es la política elegida por defecto por nuestros líderes políticos y económicos ante cualquier crisis, ya sean guerras, plagas o quiebras bancarias. Es una condición que podemos diagnosticar como el virus del dinero. Su presencia se detecta si el huésped presenta los siguientes síntomas: (1) la negativa a participar en un debate intelectual sobre el papel del dinero, la naturaleza y la cooperación humana en la era moderna; (2) la creencia de que el dinero es un artificio con el que el hombre puede dominar la naturaleza; y (3) el desprecio por el orden natural intrínseco al mundo exterior, desde el rendimiento de las cosechas hasta los ciclos de recolección, la escasez geológica, el tiempo y la energía.

Dicho de forma sencilla, nuestros líderes no tienen una filosofía del dinero. En su lugar, se apoyan en proyecciones de tendencias económicas y modelos estadísticos que residen en el pensamiento abstracto y no en la realidad. Esto lleva a nuestros líderes a tomar decisiones precipitadas y arbitrarias, desde paralizar economías hasta declarar caprichosamente qué constituye un «negocio esencial». Creen que, mientras nos quedemos en casa y ellos impriman suficiente dinero, la naturaleza proveerá como por arte de magia la vitalidad de la que todos dependemos.

En todo esto, lo que vemos en quienes están infectados por el virus del dinero es una falta de comprensión y de aprecio por la relación innata entre el hombre y la naturaleza, que es la fuerza ineludible que guía toda cooperación humana.

Quiero proponer una cura para el virus del dinero mediante el avance de una filosofía del dinero que revele la misteriosa sinergia entre el dinero, el hombre y la naturaleza para quienes buscan un retorno a la meritocracia natural. Con meritocracia no me refiero a una forma de gobierno ni a una organización jerárquica de la sociedad, sino a un sistema en el que una persona recibe compensación y recompensa por un trabajo que aporta valor a otros dentro de un sistema cooperativo. Nuestra comprensión confusa y moderna del dinero da lugar a una relación parasitaria entre el hombre y el mundo natural. Para establecer una auténtica equidad social y una prosperidad colectiva, debemos restablecer qué es realmente el dinero y cómo debe funcionar correctamente.

La economía de la naturaleza

En la teoría económica contemporánea, una abstracta «división del trabajo» y una «demanda agregada» medida de forma subjetiva se consideran los faros de la prosperidad. Estas teorías ignoran la dependencia temporal existencial de todos los cooperadores de un sistema cooperativo no clánico respecto de los productos de la cooperativa primaria, es decir, de los alimentos y combustibles de energía metabólica. Dicho de forma sencilla: no todos los productos son iguales. Aquí residen los límites naturales de gigantes de la economía como John Maynard Keynes y Adam Smith: se puede sobrevivir mucho tiempo sin bicicletas ni alta cultura, pero ninguna civilización puede sobrevivir sin alimentos.

Mi comprensión del dinero es sencilla: el mundo natural, la cooperación humana y el mundo financiero son una y la misma cosa, tan inextricablemente conectados hoy como lo han estado desde los albores de la civilización humana. Una economía es un sistema de cooperación humana, y el hilo invisible que une el mundo natural con la cooperativa humana es un sistema evidente de leyes naturales.

La principal de estas leyes naturales es la omnipresente tensión entre la energía y la entropía, por un lado, y la escasez natural, por otro. Estas fuerzas gobiernan perpetuamente el mundo dentro del flujo irreversible del tiempo, que avanza hacia delante. Como sistema termodinámico, la moneda fundamental del orden natural en el tiempo es la energía metabólica en forma de alimentos y combustibles, que son corpóreos y efímeros. La energía metabólica es la fuente de toda vida, trabajo y movimiento; solo pueden producirla agentes humanos que negocian directamente con la naturaleza para generar y conservar un excedente que supere sus necesidades inmediatas de supervivencia.

Toda acción humana tiene lugar en el presente objetivo: el «ahora» continuo en el que percibimos y actuamos, común y universal a todos los seres humanos. El presente continuo o «ahora» es explícitamente objetivo porque se despliega dentro del orden natural, de modo que cualquier acto de la voluntad humana se convierte en una realidad externa que se encuentra con consecuencias reales conforme a la ley natural. El tiempo, la escasez y la termodinámica se conjuran para asegurar nuestra dependencia perpetua de un flujo constante de energía metabólica. El hombre debe cosechar continuamente alimentos y combustibles en el tiempo si quiere sobrevivir.

En los sistemas de cooperación humana en los que una parte de la población se dedica a producir alimentos y combustibles más allá de sus necesidades individuales (la cooperativa primaria), y otra parte se dedica a oficios e industrias que no producen alimentos ni combustibles (la cooperativa secundaria), la cooperativa secundaria pasa a depender, en el tiempo, de la cooperativa primaria para obtener la energía metabólica que hace posibles toda la vida y todo el trabajo.

En efecto, todos los miembros de la sociedad cooperativa dependen necesariamente del tiempo, lo que significa que existe una exigencia inmediata, ineludible y constante de producción de energía metabólica por parte de los cooperadores primarios, es decir, los agricultores. (La cooperativa primaria incluye tanto a los productores de alimentos como a los de combustibles de energía metabólica: agricultores, cazadores, pescadores, recolectores, mineros del carbón, leñadores, etcétera. Sin embargo, por simplicidad, a menudo usaré al «agricultor» como el agente que representa a todo el conjunto de la cooperativa primaria a la que me refiero.) A su vez, los agricultores dependen en el tiempo de lo que la naturaleza provee y de su disposición a trabajar con ella en el presente.

Los cooperadores primarios y secundarios son evidentemente consumidores de energía, pero hay una distinción importante: los cooperadores secundarios consumen energía, pero no la producen. Consideremos un ejemplo que lo demuestra con claridad. Pregúntate: ¿qué industrias podrían ir a la huelga sin afectar materialmente a la calidad de vida colectiva de un sistema de cooperación humana?

Un político, por ejemplo, puede estar en huelga durante semanas y meses (y a menudo lo hace durante los cierres del Gobierno), pero el agricultor o el empleado de una compañía eléctrica no pueden hacer huelga más de unos pocos días sin que se vea amenazada la resiliencia de la prosperidad social. Sin energía metabólica, los cooperadores secundarios se ven obligados a volver a formas de cooperación más primarias. Eso es precisamente lo que ocurre durante una recesión.

El hecho de que la cooperativa secundaria dependa en el tiempo de la actividad de la cooperativa primaria, unido a la realidad de la escasez natural, introduce costes de oportunidad observables, medibles y predecibles, tanto en tiempo vivido como en gasto de energía metabólica por parte de la cooperativa primaria, a los que toda acción humana permanece sujeta. Estos costes de oportunidad, a su vez, fijan las relaciones de recompensa meritoria en la producción, el transporte y el almacenamiento de alimentos y combustibles, a medida que estos se agotan y deben reproducirse de nuevo. Esta característica ejemplifica el circuito de retroalimentación entre la naturaleza y la humanidad: de la tierra al agricultor, de este a la comunidad en general, y vuelta a empezar.

En consecuencia, la prosperidad de cualquier individuo o sistema cooperativo es un estado de excedente de energía metabólica. Cuanto más alineadas estén nuestras actividades cooperativas con el orden natural en el tiempo, más resiliente, sostenible y pacífico será ese estado de prosperidad. Cuanto más dure un estado de prosperidad, más probable es que lleve a la satisfacción de nuestros deseos personales como agentes libres, al maximizar nuestro tiempo personal para dedicarlo a un ocio con sentido: formar un hogar, desarrollarnos culturalmente, alcanzar la elevación espiritual o cualquier otra forma de esparcimiento. Esta satisfacción afirma la nobleza de la experiencia humana como recompensa justa, basada en el mérito, por la contribución individual de tiempo y energía metabólica al logro de la prosperidad colectiva.

Si la prosperidad es un estado sostenible y resiliente de excedente de energía metabólica compuesta por alimentos y combustibles, y si estos alimentos y combustibles efímeros los producen algunos cooperadores, pero no todos, se deduce que todos los miembros del sistema de cooperación humana dependen en el tiempo de la reproducción continua de la energía metabólica.

Como ya hemos establecido, el agricultor siempre produce el excedente primario de energía metabólica que, en las circunstancias adecuadas, puede extenderse a otros. Por tanto, para que un sistema de cooperación humana alcance y mantenga la prosperidad, debe incentivar al agricultor a producir continuamente más energía metabólica de la que necesita para sus propias necesidades individuales, de modo que pueda compartirla con otros miembros del sistema que no producen energía metabólica. Al investigar estas circunstancias naturales y necesarias, empezaremos a responder a la pregunta fundamental: ¿qué es el dinero?

Definir el dinero

Para animar al agricultor a producir para quien no lo es, y al productor de combustible a producir para quien no produce combustible, hay que mantener un sistema de recompensas basado en el mérito que reparta los beneficios de forma equitativa conforme a esta misma ley de la dependencia del tiempo. A su vez, deben corresponder mayores recompensas a los cooperadores individuales que son concienzudos y tienen aptitud para producir más que otros. Eso implica madrugar más, trabajar más horas, planificar mejor, fallar menos que los demás y adaptarse mejor al cambio a medida que se despliega el flujo del orden natural.

De este modo, la inversión individual de tiempo del cooperador primario y su gasto de energía metabólica se miden y se recompensan según las exigencias del mundo natural: si tiene éxito por esta vía basada en el mérito, la naturaleza lo recompensa con un excedente. Por la misma razón, un excedente ganado por parte de la cooperativa primaria es bien recibido y se fomenta, porque aporta más vitalidad a los procesos termodinámicos que están en el corazón del sistema de cooperación humana. Esto cubre la carencia existencial de energía metabólica de la cooperativa secundaria que, como agentes de voluntad libre, ha decidido delegar en otros su dependencia del tiempo respecto al excedente de energía metabólica.

En las sociedades clánicas, la motivación de los productores de energía metabólica para generar y mantener un excedente procede de los lazos de confianza compartida y de proximidad que mantienen unido al clan. El problema es que el estado clánico de cooperación humana no puede durar para siempre y no se adapta a escalas mayores. Como muestra cualquier lectura de la historia, estos sistemas de cooperación dependen de una «coincidencia de deseos» que resulta cada vez más improbable a medida que las comunidades humanas se amplían y se vuelven más complejas. En resumen, la confianza y el parentesco no son viables como moneda de cooperación más allá de clanes pequeños y familiares, y depender de esas conexiones sociales limitará la capacidad de una sociedad para avanzar hacia formas de cooperación más complejas y resistentes, y alcanzar así la prosperidad.

En un sistema de cooperación humana no clánico, es necesario introducir el dinero para medir de forma neutral y, así, recompensar equitativamente a los cooperadores primarios que producen los excedentes de energía metabólica de los que dependemos todos. El dinero debe permitir que el excedente pase del agricultor al que no lo es de un modo que mida y recompense el esfuerzo del agricultor, es decir, la energía metabólica y el tiempo que ha gastado. Además, el intercambio del excedente del cooperador primario por dinero debe medir, comunicar y representar a la vez la energía metabólica del producto obtenido de la inversión individual de tiempo y energía del cooperador primario en su negociación con la naturaleza.

Hemos llegado ya a entender qué es el dinero y qué debería ser: el dinero es un rasgo fundamental del orden natural que impone un único sistema de recompensa basado en el mérito, el cual garantiza que un sistema de cooperación humana no clánico esté anclado a las exigencias de la naturaleza, tal como las descubre y negocia el agricultor. El dinero motiva a actores independientes, tanto de la cooperativa primaria como de la secundaria, a cooperar con personas que no conocen, de culturas y civilizaciones mucho más allá de sus fronteras, trascendiendo así los lazos de parentesco y asegurando que todo el sistema colectivo se oriente hacia la prosperidad.

En relación con esta filosofía del dinero, el equilibrio o la alineación con el orden natural (es decir, el equilibrio, la paz o la armonía) significa simplemente que el agricultor que se relaciona directamente con la naturaleza está suficientemente motivado y recompensado para seguir produciendo un excedente de energía metabólica dentro del presente objetivo. Por desgracia, la escasez natural hace que toda la energía metabólica, tanto los alimentos como los combustibles, sea efímera, lo que la hace insostenible como dinero durante un periodo de tiempo significativo. Las fuentes de energía deben metabolizar los procesos termodinámicos que dependen de ellas; los alimentos y los combustibles se consumen enseguida o se descomponen y, por tanto, no se pueden acumular.

Por eso hace falta un dinero que no sea la energía metabólica en sí, sino que la encarne y la sobreviva. Dicho de otro modo: el dinero debe ser una encarnación de energía metabólica que sea naturalmente escasa y superior en el tiempo a cualquier posible excedente de alimentos y combustibles de energía metabólica, sea cual sea su cantidad, origen o tipo.

El oro es el dinero de la naturaleza

A través de nuestra exposición, podemos ver por qué, incluso hoy, las propiedades naturales del oro lo convierten en el mejor dinero para alinear la acción y la ambición humanas con las leyes de la naturaleza, fomentando así una prosperidad colectiva y sostenible. La función natural del dinero es medir de forma neutral el esfuerzo y recompensar con equidad el mérito dentro del presente objetivo. Por sus propiedades naturales, entre ellas su escasez y su inalterabilidad física a lo largo del tiempo, el oro es el ejemplo natural de los ideales de neutralidad, objetividad y equidad que la naturaleza exige al dinero. Por último, el oro es corpóreo pero permanente, mientras que todas las demás formas de energía metabólica, incluidos los alimentos y los combustibles, son corpóreas pero efímeras.

Por ello, el dinero en forma de oro real y tangible fomenta un sistema de cooperación natural basado en el mérito, en el que las recompensas por el esfuerzo humano se distribuyen con mayor abundancia entre aquellos nodos cooperativos que aportan los excedentes primarios de energía metabólica y que trabajan con mayor eficacia junto a la naturaleza para crearlos. Quienes ganan este oro gracias a su esfuerzo meritorio, ya sea el agricultor más destacado de una comunidad o un aventurero buscador de petróleo, tienen entonces el poder de negociación para decidir cómo asignar su oro dentro de su comunidad.

En definitiva, el oro como dinero es la única forma de garantizar que las industrias no primarias permanezcan alineadas con el orden natural, del mismo modo que la meritocracia individual del cooperador primario está alineada con la naturaleza. Bajo un sistema cooperativo así, cuando una sequía daña las cosechas, la adversidad y la volatilidad las sufren por igual todos los miembros de la colectividad. Cuando la cosecha es buena, la colectividad prospera.

La medibilidad constante del oro como encarnación singular de la energía metabólica, que se manifiesta en su peso objetivo y evidente, lo ha convertido en la forma natural del dinero desde al menos la aparición de la escritura en Sumer, en el segundo milenio a. C. Esta práctica se mantuvo a lo largo de la historia de la humanidad en la mayoría de los sistemas cooperativos humanos hasta 1971, cuando el presidente Richard Nixon anunció que suspendía «temporalmente» la convertibilidad del dólar estadounidense en oro.

Aunque muchos esperan que la suspensión sea permanente, la definición de dinero que acabo de exponer sigue siendo hoy la ley del país en Estados Unidos. Según el artículo 1, sección 10 de la Constitución de los Estados Unidos, el dinero se define como oro o plata, ya que se prohíbe a los estados utilizar cualquier otra cosa como moneda de curso legal. Según las leyes de acuñación de 1792 y 1834, un dólar se define de forma más específica como un peso de oro o de plata.

Mientras los políticos y los economistas siguen sorteando estas exigencias constitucionales y legales, el mercado del oro sigue demostrando que funciona como dinero por excelencia. Desde 1971, aunque ya no sea dinero para todos, el oro ha seguido funcionando como el dinero principal de los gobiernos, los ricos y los banqueros centrales a la hora de liquidar las transacciones cooperativas más importantes.

Con el divorcio actual, sin precedentes históricos, entre el «dinero» y los metales preciosos medidos objetivamente que siempre lo han definido, las monedas fiduciarias abstractas han ganado terreno, lo que ha provocado una volatilidad sin precedentes en las economías mundiales y ciclos de inflación, recesión y depresión devastadoramente graves y alarmantemente frecuentes.

En una era en la que los efectos de estos ciclos de tormenta y tensión monetaria nunca se han sentido con tanta intensidad a escala humana, en la que las disparidades entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco son cada vez más pronunciadas, y en la que la movilidad socioeconómica se ve limitada y reprimida, volver al dinero objetivo y tangible en forma de oro es la cura para la plaga económica contemporánea. Esta cura debería adoptarse por quienes buscan un regreso a la meritocracia natural, a la prosperidad colectiva y sostenible, y a un mayor equilibrio entre esfuerzo y ocio, del que nos hemos desviado drásticamente.
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