El socialismo ha dejado atrás la versión marxista en la que el Estado es dueño de los medios de producción y ha pasado a otra en la que la producción sigue en manos de particulares, pero muy regulada, lo que recuerda al modelo fascista-socialista de Mussolini.
Pero, tras casi nueve décadas, este modelo se enfrenta al colapso, igual que el colapso soviético llegó a los sesenta y siete años. Este artículo analiza el modelo socialista moderno, actualiza el problema del cálculo económico que Von Mises identificó en 1920 y explica por qué sigue fracasando en el socialismo actual. Por último, anticipamos las consecuencias para los gobiernos y sus monedas emitidas por el Estado.
Introducción
Estados Unidos está en año de elecciones presidenciales. La elección es entre el socialismo de los republicanos y el de los demócratas, siendo el primero una versión más suave del segundo. Otra diferencia es que la Administración del presidente Trump paga cada vez más las facturas del Gobierno socializando el dinero, mientras que el tío abuelo Joe quiere subir aún más los impuestos a los ricos (lo que en la práctica significa no a los ricos, sino a las clases media y baja), además de deshojar el árbol del dinero mágico.
En Gran Bretaña, quienes nos alegramos de que un partidario del libre mercado llegara a primer ministro con un fuerte mandato electoral hemos sufrido una mayor restricción de la libertad personal que la impuesta por ningún gobierno británico desde el racionamiento de posguerra. Es cierto que no se previeron la Covid-19 ni los confinamientos, pero ¿recuperarán los británicos alguna de las libertades que hasta ahora se les han restringido? Y quienes tenemos buena memoria reflexionamos sobre el hecho de que la imposición de impuestos, es decir, la socialización de nuestros ingresos, con los conservadores casi siempre es más onerosa que con los laboristas. No debía ser así.
De una forma u otra, la socialización de nuestra riqueza, nuestro dinero y nuestra libertad por parte del establishment «avanza a este paso mezquino, día tras día, hasta la última sílaba del tiempo recordado». Nos guste o no, ahora todos somos socialistas. Es un hecho de nuestras vidas, aunque no de nuestras inclinaciones. Se dice que la destrucción de nuestro dinero y de la riqueza que nos queda es por el bien común, frente al capitalismo, que según los socialistas enriquece a unos pocos y es profundamente inmoral. Ellos, los socialistas, se han hecho con la superioridad moral y nos conducen a su plano superior. Afirman que es un avance hacia una humanidad mejor. Su visión utópica tiene como meta final el fin de la desigualdad social, y a medida que el Hombre avance hacia ella, la raza humana descartará el capitalismo y las luchas de clases que lo acompañan.
Ya no deberíamos definir el socialismo por su objetivo posmarxista, la adquisición por parte del Estado de los medios de producción y el fin de la propiedad. El fracaso del Estado organizador a la hora de producir los bienes que demanda el consumidor quedó plenamente al descubierto con el colapso de la URSS y el fin del monopolio del Estado chino sobre la producción. Pero eso no ha detenido al socialismo, que simplemente ha evolucionado hacia una nueva forma dominada por el modelo socialdemócrata. El propio nombre es una contradicción. Lo social es loable y lo democrático es inclusivo, pero si se juntan, los electores acaban entregando al Estado poder sobre ellos mismos.
La filosofía socialdemócrata plantea algunas preguntas fundamentales. Si es un sistema mejor que los supuestos males del capitalismo, ¿por qué la cooperación social no evoluciona hacia él por voluntad de la gente corriente, sin necesidad de un gobierno organizador? ¿Por qué se necesitan líderes que obliguen, organicen y fuercen a las personas a desprenderse de sus ingresos y su riqueza por su propio bien común? ¿Quién se beneficia?
Se dice que se benefician los enfermos y los pobres mediante la redistribución de la riqueza. Pero las pruebas son abrumadoras: una burocracia estatal no es mejor en esta función humanitaria que las organizaciones benéficas independientes. La réplica del socialista es que nadie debería depender de la caridad, a lo que quienes valoran su libertad suelen ser demasiado torpes para responder preguntando: ¿por qué no, cuando la alternativa es la coacción del Estado respaldada por la cárcel?
Las apelaciones a la moral son una tapadera endeble, un disfraz para la transferencia de riqueza de la gente corriente al Estado. El Estado es hoy una organización que parasita a sus electores para llevar adelante su propia agenda. Por lo tanto, debemos dejar a un lado las apelaciones a la moral si queremos entender el daño que el socialismo ha hecho a la gente corriente y a su progreso económico. Sin ambición ya por adquirir los medios de producción, el socialismo moderno ha evolucionado hacia una forma fascista, un hecho que, cuando se les señala a los socialdemócratas, provoca negación y horror inmediatos, porque en su lenguaje eso es de derechas y extremo, y se asocia erróneamente con el capitalismo de libre mercado.
Ser fascistas sin saberlo
La acusación de que la planificación socialdemócrata es fascismo se demuestra con facilidad. Algunos sostienen que los orígenes del fascismo se encuentran en el siglo XIX, cuando filósofos europeos expresaron ideas que solo más tarde fueron calificadas de fascistas. Pero el movimiento fascista propiamente dicho comenzó en Italia, cuando Benito Mussolini, entonces un marxista declarado, era el defensor italiano más enérgico del paraíso marxiano por venir.
En 1914, al estallar la Gran Guerra, los comunistas italianos la declararon una lucha entre imperialistas y explotadores del proletariado. En su opinión, el proletariado debía mantenerse al margen y no ser explotado por ninguno de los bandos, a la espera de la inevitable guerra civil que allanaría el camino hacia la destrucción del capitalismo y daría el poder a los trabajadores.
Tras adoptar en un principio la posición comunista italiana de abstenerse de la guerra, Mussolini se alineó después con los nacionalistas contra los austriacos imperialistas. Fue un movimiento oportunista y un intento de captar el apoyo de las bases comunistas. Tras la Primera Guerra Mundial, el movimiento del partido comunista italiano flaqueó, y Mussolini, con su nuevo partido fascista, ocupó el vacío. Los miembros abandonaron a los comunistas y se unieron en masa a los fascistas de Mussolini, porque apenas había una diferencia apreciable entre el socialismo de Mussolini y el de los marxistas italianos. Su manifiesto de 1919 era anticapitalista y se presentaba como un socialismo con renovado vigor. A partir de ahí, evolucionó hacia la defensa de un intervencionismo agresivo y después hacia el nazismo, que se desarrollaba en paralelo. El credo económico nazi era sencillo: los capitalistas pueden poseer los medios de producción siempre que obedezcan las órdenes del Estado. En otras palabras, las empresas eran dirigidas y reguladas por el Estado en lugar de ser de su propiedad.
Esto describe con precisión el socialismo actual. Los socialistas ya no consideran necesario que el Estado posea los medios de producción; basta con que los controle mediante la regulación y los dirija con subvenciones e impuestos selectivos. También deja al descubierto la ignorancia intelectual de los tontos útiles que siguen ciegamente las consignas.
La pérdida de los medios de cálculo económico
Hemos establecido que los objetivos de los socialdemócratas de hoy se diferencian poco, en lo esencial, de los de los fascistas del periodo de entreguerras. Pero esto modifica nuestro análisis respecto al de Ludwig von Mises en 1920, que escribió un importante ensayo titulado «El cálculo económico en la comunidad socialista»[i], el cual dio origen a lo que se conoció como el debate sobre el cálculo socialista. Mises demostró por qué la propiedad pública de los medios de producción estaba condenada al fracaso. El eje de su argumento era la incapacidad del Estado para realizar los cálculos necesarios para asignar los medios de producción, una función que solo pueden intentar con éxito empresarios independientes que arriesgan sus propios recursos.
El socialismo institucional de hoy es ahora fascista, en lugar de seguir las líneas marxistas que debatieron Mises y los economistas socialistas hace un siglo. El fracaso del socialismo marxista se debió a las razones que Mises predijo. Esas razones deben seguir aplicándose hoy a la parte de una economía socialista que corresponde al gasto público que no se redistribuye en forma de prestaciones sociales ni se adjudica al sector privado mediante concursos competitivos. Lo que quede entonces del gasto público carecerá de la base del cálculo económico, que no puede realizarse. Pero las prestaciones sociales y los contratos públicos plantean una cuestión distinta: la distorsión de una economía por un gasto dirigido por el Estado hacia usos que de otro modo no se darían, y el uso derrochador de todas las formas de capital que, de lo contrario, la empresa privada desplegaría con mayor eficiencia.
Las actividades económicas que siguen regidas por los principios del libre mercado, en las que los empresarios buscan obtener beneficios anticipando con acierto las necesidades y los deseos de los consumidores, están hoy muy reguladas y restringidas. Los burócratas del Estado controlan en la práctica las formas y características de los bienes y servicios que ofrecen los productores. Afirman proteger al consumidor de capitalistas especuladores sin escrúpulos. En ocasiones, las normas impuestas por el Estado logran ese objetivo, pero es erróneo sostener que los mercados libres no habrían igualado, o incluso superado, los estándares de producto fijados por el régimen regulador del Estado, porque claramente interesa a todo productor ofrecer el mejor producto al mercado, a menos, claro está, que el regulador estatal proteja al productor de la competencia. Esto ocurre con demasiada frecuencia.
Por qué fracasa la burocracia y triunfan los mercados libres
Los burócratas y quienes los apoyan —los socialistas y los sindicatos— no entienden los precios. Creen firmemente en la teoría del coste de los precios, según la cual el precio de un producto final lo fija su coste de producción. Esta teoría es también central en la economía marxista, que surgió antes de la teoría del precio marginal y que declaró que los precios los determina el coste del trabajo y que, por tanto, son explotadores. El economista austriaco Carl Menger fue uno de los tres descubridores independientes de la teoría del precio marginal en la década de 1870. Menger demostró que en los mercados libres los precios son puramente subjetivos: dicho de otro modo, los precios los fijan las preferencias de los consumidores y corresponde al productor anticiparse a ellas y responder a ellas.[ii]
Esta división entre la creencia burocrático-socialista y la evidencia de los mercados libres separa dos propuestas completamente distintas: la gestión burocrática del Estado y los mercados libres.
Solo entendiendo cómo funcionan los distintos sistemas podemos explicar los defectos de la burocracia en un contexto económico. Los mercados libres funcionan sobre la base de la propiedad y de su uso sin trabas para la producción de bienes y servicios. La propiedad utilizada en la producción obtiene su valor de ella, por lo que, si se priva a la propiedad de todo valor monopolizándola, no puede haber cálculo económico.
Es un mito socialista que la propiedad privada dé a los capitalistas poder sobre las personas. Es cierto que los capitalistas controlan los recursos, pero sus amos son los consumidores, a quienes deben satisfacer organizando de forma eficaz su propiedad y sus demás recursos. En términos económicos, es la forma más pura de democracia.
La carga regulatoria sobre los sectores consolidados que producen bienes y servicios se ha vuelto cada vez más gravosa. Al verse obligadas a satisfacer a los reguladores en lugar de a los clientes, las empresas se centran cada vez menos en los clientes. El regulador sustituye por completo al cliente en la escala de importancia cuando al proveedor de bienes o servicios el Estado le garantiza un margen sobre los costes y le concede un monopolio. Estas empresas extienden el control del Estado sobre el consumidor y, aunque nominalmente pertenecen al sector privado, deben considerarse parte del Estado a efectos del análisis económico, porque operan según un esquema estatista de costes más margen regulado.
Teniendo en cuenta influencias como estas, los sectores privados sin trabas de las economías modernas son menos importantes de lo que se suele pensar, y la mayoría de las empresas están más lastradas por la gestión y el control burocráticos de lo que normalmente se cree. Los mercados supuestamente libres están dirigidos por burócratas y administradores que han optado por una vida fácil, con ingresos y pensiones seguros, en la que no tienen que emitir juicios, sino solo administrar normas sin mayor reflexión ni responsabilidad por sus actos.
¿Quién paga todo esto?
Una economía dirigida por un Estado que posee los medios de producción no puede tener éxito porque no puede calcular. Solo puede recurrir a la fuerza, como demuestran las masas de personas asesinadas por los soviéticos y los comunistas chinos en sus intentos de que el socialismo marxista se consolidara. Ahora que esa forma de socialismo ha quedado al descubierto por sus fracasos, el socialismo moderno se encuentra en un punto intermedio: conserva algunos vestigios de propiedad estatal, combinados con un control y una regulación fascistas de la producción privada.
No es difícil entender por qué las economías contemporáneas tienen dificultades bajo estas cargas, y no necesitamos recurrir a la evidencia empírica para explicarlo. Pero, con unas economías modernas sobrecargadas de ineficiencias económicas derivadas de la mala inversión de capital escaso dirigida por el Estado, se encaminan hacia el mismo fracaso general que sufrieron los soviéticos. Un colapso similar de nuestros gobiernos socialistas solo se ha aplazado hasta ahora por la existencia parcial de mercados. Pero, como política económica, aumentar el ritmo de transferencia de riqueza de productores y consumidores mediante impuestos para sostener el Estado socialista ha llegado por fin al final del camino.
Los llamamientos a exprimir a los ricos con impuestos aún más altos no están logrando convencer al público general de que ese sea el camino a seguir. Ahora que estamos inmersos en la crisis de la Covid-19, la gente corriente sabe que la retirada de los programas de ayuda del Gobierno no puede compensarse con impuestos más altos para recuperar los ingresos públicos perdidos sin hundir la economía. Solo los burócratas de las oficinas gubernamentales, seguros en sus empleos y sus pensiones y actuando como funcionarios irreflexivos, pasan por alto este punto fundamental. Solo puede haber una solución desesperada, la que entienden los banqueros centrales, que reafirman que imprimirán lo que haga falta para financiar los déficits públicos.
Cuando los socialistas se quedan sin gente a la que despojar de su riqueza mediante impuestos explícitos, recurren a la inflación. En tiempos modernos, es un proceso que se remonta a la depresión de la década de 1930. Esta construcción social fascista lleva ya ochenta y siete años evolucionando en Estados Unidos, si tomamos como punto de partida las políticas socializadoras de Franklin Roosevelt y su prohibición de poseer oro; incluso más tiempo que el experimento soviético, que comenzó con la fundación de la Unión Soviética en 1922 y terminó con la caída del Muro de Berlín en 1989.
Durante los últimos cuarenta años, la economía estadounidense se ha financiarizado; es decir, los recursos económicos se han desplazado de la economía no financiera a la financiera. Es la consecuencia de las reformas financieras de la década de 1980, cuando Londres vivió su «big bang» y Estados Unidos abandonó la ley Glass-Steagall, que había prohibido a los bancos minoristas realizar actividades de banca de inversión. Con la combinación de estos hechos, los bancos asumieron todas las actividades financieras, incluida la creación de mercado en valores, materias primas y derivados, utilizando la expansión del crédito bancario para aplicar recursos de capital prácticamente ilimitados a estas funciones. Al contar con licencia de los gobiernos, se ha convertido en una extensión del control estatista sobre los precios, con la ventaja de que, a través de sus agentes bancarios, los gobiernos podían usar la expansión de la masa monetaria amplia para financiar el gasto público y extender el efecto riqueza mediante el alza de los mercados bursátiles, mientras suprimían los precios de las materias primas al aumentar su oferta sintética.
El coste de esta financiarización ha sido el estancamiento económico en las actividades no financieras, con la producción de bienes exportada a las economías de Asia oriental, impulsadas por el ahorro, mientras los bancos se han vuelto dependientes de la especulación financiera para obtener beneficios. Ahora están fallando en su mandato original de sostener a las empresas no financieras.
Además de sus fallos cíclicos habituales, el sistema bancario se enfrenta ahora a las consecuencias del fracaso del propio socialismo, del que se ha beneficiado en el pasado mediante la socialización del dinero a través de la inflación del crédito bancario.
La Covid-19 y sus confinamientos han puesto de manifiesto la fragilidad de todo el sistema: han llevado a empresas a la quiebra y han hecho que los bancos se muestren reacios a prestar, prefiriendo reclamar sus préstamos. Cualquier observador independiente de la evolución económica solo puede llegar a una conclusión lógica: la financiación de la expansión económica mediante crédito bancario ha llegado por fin a su fin, y las quiebras bancarias generalizadas son cada vez más inevitables. La inflación monetaria como medio de financiar al Estado recae ahora cada vez más en los bancos centrales, incluso sin una crisis bancaria. Y aquí conviene señalar que el crédito bancario en dólares estadounidenses es actualmente un múltiplo de 3,4 veces la masa monetaria M1[iii].
La figura 1 muestra cómo el M1 en dólares estadounidenses, principalmente efectivo y depósitos a la vista, ha aumentado a tres ritmos de crecimiento progresivamente mayores desde la década de 1980: un ritmo constante hasta la crisis de Lehman, un ritmo notablemente más rápido desde entonces y, por último, un ritmo casi vertical desde marzo del año pasado, todos indicados con las líneas con flechas.

Ahora debemos considerar cómo avanzará la financiación inflacionista si el crédito bancario deja de estar disponible para el sector privado no financiero. El préstamo bancario al sector privado no financiero asciende actualmente a 11 billones de dólares[iv], el doble de la cifra de M1, lo que nos da una idea de cuánto tendría que aumentar el dinero en sentido estricto, respecto a su actual ritmo acelerado, para que la Fed evite una recesión inminente en la economía no financiera. Y eso sin tener en cuenta otro factor importante que requiere financiación inflacionista: el mantenimiento de la burbuja de activos financieros, que es esencial para la ilusión de que todo va bien.
La magnitud de la inflación monetaria de los bancos centrales que aún está por llegar es mucho mayor que la anterior y, por tanto, está destinada a socavar de forma radical el poder adquisitivo del dólar. A su vez, las finanzas del Gobierno de EE. UU. se verán debilitadas por la cantidad de dólares necesaria y por el efecto sobre los tipos de interés del dólar. Otras naciones están en una posición mucho peor y, como la URSS a finales de la década de 1980, se están quedando rápidamente sin opciones.
Epílogo
Este análisis ha puesto de manifiesto los fallos de la intervención del Gobierno en los mercados libres. Como era previsible, la carga creciente de la intervención gubernamental sobre cualquier economía hará que esta rinda por debajo de sus posibilidades, y restará eficacia a la función principal de los mercados libres, que es satisfacer las necesidades y los deseos de los consumidores.
Los consumidores consumen porque tienen empleo y se especializan en su trabajo para maximizar su producción y, con ello, su capacidad de comprar lo que necesitan y desean. Pero, a lo largo de las décadas, los consumidores han pasado a depender cada vez más de los gobiernos, ya sea porque los emplean como burócratas o funcionarios en los sistemas nacionalizados de educación y sanidad, o porque les garantizan el empleo mediante regulaciones. Son quienes más se benefician de los mercados libres, pero no los entienden ni simpatizan con ellos. La pérdida de los mercados libres y su demonización por parte de los socialistas probablemente harán que, cuando fracase el actual régimen socialista internacional, se culpe a los mercados libres.
Parece que nos acercamos rápidamente a ese punto de fracaso. En el gráfico de la Figura 1 podemos ver cómo la oferta de dinero en sentido estricto ya se ha acelerado en tres fases, y cómo el fracaso de la expansión del crédito bancario conducirá a una depreciación aún mayor de la moneda. Y probablemente ese sea el desenlace más optimista, suponiendo que las quiebras bancarias se limiten estrictamente en lugar de extenderse de forma sistémica. La dependencia que los estatistas tienen de la financiación inflacionista aumentará hasta el punto de que se perderá toda confianza en las monedas fiduciarias.
Hemos hecho comparaciones con el fracaso de la URSS tras sesenta y siete años, y hemos señalado que el actual modelo fascista de socialización ya lleva funcionando ochenta y siete. Cuando fracasó la URSS, había un modelo económico mejor al que los soviéticos podían remitirse. El nivel de vida y la abundancia de alimentos y bienes de consumo en las tiendas occidentales eran una comparación evidente con la miseria soviética, y fue la libertad económica relativa la que lo logró. Nuestro fracaso no tendrá esa comparación. Es probable, en cambio, que los estatistas señalen otro modelo económico con la esperanza de seguir con el control estatal.
Será una situación confusa que durará mientras los gobiernos, en su bancarrota, intenten mantener el control sobre los acontecimientos económicos. Necesitaremos que el mayor número posible de personas explique a los políticos que el camino hacia la riqueza nacional no es el socialismo, sino los mercados libres y un Gobierno pequeño.
[i] Disponible en https://mises.org/library/economic-calculation-socialist-commonwealth
[ii] Los otros dos economistas fueron Leon Walras, que intentó desarrollar una teoría del equilibrio general, y William Stanley Jevons, que creía que la oferta y la demanda estaban relacionadas matemáticamente, el antecedente más temprano de las teorías macroeconómicas de Keynes. Jevons, en particular, no supo apreciar el papel de las preferencias humanas en la fijación marginal de precios. Menger explicó su razonamiento en su obra Grundsätze der Volkswirtschaftslehre (Principios de economía), publicada en 1871.
[iii] Es un cálculo aproximado, resultado de dividir la oferta monetaria M2 entre M1.
[iv] Véase https://fred.stlouisfed.org/series/QUSPBMUSDA
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