El Partido Republicano de EE. UU. anunció hace poco su intención de crear una «comisión del oro» para examinar la viabilidad o no de volver al patrón oro. Esto plantea cuestiones importantes que contradicen el consenso económico neoclásico, por lo que seguramente generará controversia.
Si se nombra la comisión, sus miembros tendrán que volver a aprender cómo funciona el oro como dinero, asumir las consecuencias de su reintroducción y comprender por qué mezclar papel sin respaldo y oro es un compromiso defectuoso.
El oro como dinero es fundamentalmente distinto del entorno de papel moneda en el que operamos hoy. El oro no puede ser manipulado por el gobierno, mientras que el dinero fiduciario da a los gobiernos la flexibilidad de política monetaria a la que están acostumbrados. Cambiar flexibilidad por inflexibilidad es difícil de justificar, sea cual sea el argumento económico. Eliminar la opción del dinero fácil también podría dejar potencialmente insolventes a muchas empresas que en un entorno monetario flexible se consideran poco apalancadas.
Por esta razón, es probable que cualquier propuesta de patrón oro no llegue hasta el final. También está la cuestión de cuánto oro poseen realmente los bancos centrales, tras décadas negando su papel monetario e interviniendo con la liberación de metal precioso para desalentar cualquier idea de que es dinero.
El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. La realidad es que cualquier intento de volver al patrón oro supone un incómodo retroceso del reloj. Esto no pretende menospreciar los beneficios del dinero sano: si nos hubiéramos mantenido en él desde el principio, no nos enfrentaríamos a la crisis económica actual.
La única manera de que el oro vuelva a ser dinero es que el dinero fiduciario se destruya a sí mismo, lo cual, al ritmo actual, es cuestión de quizá no más de uno o dos años. Pero supongamos, generosamente, por un momento que se considera seriamente un patrón oro. En ese caso, se argumentará que no hay suficiente oro. Se equivocan: es una cuestión de precio, porque el oro es infinitamente divisible. Se argumentará que no poder ampliar la cantidad de oro más rápido que los ritmos actuales de extracción es deflacionario. Es cierto que a largo plazo los precios expresados en oro caerán; pero es un error suponer que la caída de los precios disuade del consumo, como le dirá cualquiera de la industria de la electrónica de consumo. El origen de este error procede, creo, de una reducción al absurdo de los efectos económicos de una fuerte reducción de la cantidad de dinero.
Más importantes son las diferencias desconocidas entre las reservas oficiales de oro y la situación real, y bastante más importante es el poder que un patrón oro daría a China, que declara por debajo de lo real sus reservas de oro y sería una de las grandes beneficiadas de un precio más alto del oro. La razón por la que es una pérdida de tiempo estudiar un nuevo patrón oro tiene menos que ver con las desventajas del oro como dinero, erróneamente supuestas, y más con lo que nuestros dirigentes políticos consideran inaceptable de las disciplinas que impone. Es más que probable que esta propuesta se olvide discretamente.