Un artículo del profesor Lew Spellman ha llamado la atención de los observadores más atentos y bien podría ser importante. Spellman, que en el pasado fue economista en la Fed y asistente del presidente del Consejo de Asesores del Presidente, sostiene que el oro se está convirtiendo discretamente en un activo bancario básico como garantía, en un momento en que la alternativa, las obligaciones soberanas, se vuelve peligrosamente inestable como base de valor. Se trata de un economista del sistema que sugiere que los mercados están eligiendo el oro como alternativa al dinero emitido por decreto gubernamental.
Incluso sugiere que poseer oro permitiría a los bancos aumentar el apalancamiento de sus balances. El mercado de metales preciosos de Londres lleva seis meses presionando en este sentido y, a nivel gubernamental, los chinos llevan tiempo insistiendo en que el oro tenga un papel monetario de carácter supranacional. Fuerzas poderosas reconocen las ventajas y, si el Comité de Basilea, que está estudiando el asunto, acepta que los bancos utilicen el oro como capital de nivel 1, se crearía una demanda considerable de metal precioso físico, pues todo ese oro tendría que mantenerse físicamente de forma asignada.
Quien entienda el papel histórico del oro comprenderá la importancia del argumento a favor de un mayor apalancamiento bancario. La propiedad directa de metal precioso por parte de un banco es preferible a mantener el dinero fiduciario emitido por un banco central. Debería aumentar la confianza en cualquier banco y en el sistema en su conjunto. Dados los valores relativos, las compras de metal precioso por parte de los bancos harán subir el valor del oro como capital de nivel 1 en relación con otros activos admisibles, lo que aumentará aún más su atractivo a efectos regulatorios sin que el banco propietario del oro tenga que hacer nada.
El inconveniente es la política. Desde el shock de Nixon en 1971, el Gobierno de EE. UU. ha intentado convencer al mundo de que el oro no tiene ningún papel monetario. Habría que lograr que el Tesoro de EE. UU. aceptara que, después de todo, el oro podría ser superior al dólar de papel. Sin duda ese giro se puede dar, pero la preocupación sería que el reconocimiento oficial del oro como forma de dinero perjudicara al dólar y otorgara un poder considerable a los chinos, que llevan tiempo acumulando oro procedente de sus propias minas.
Esto plantea la pregunta de cuánto oro poseen realmente los chinos. Llevan más de mil años extrayéndolo y, si hemos de creer a Marco Polo, hace setecientos años había enormes cantidades de oro tanto en el Imperio chino como en Japón. Es seguro que el World Gold Council lo registra por debajo de su valor real y, aunque esa producción y la posterior puedan estar guardadas en algún lugar, no habrá sido destruida. Es una apuesta razonable que parte de ella siga en China, bajo el control del gobierno, el heredero último de los legados dinásticos.
¿Por qué importa esto? Importa porque, si se acepta el oro como garantía definitiva, el equilibrio del poder monetario pasa de EE. UU. a China. China ya está buscando la manera de realizar los pagos del comercio asiático sin usar el dólar y está lista para empezar a usar oro para saldar su balanza comercial con Irán. Es un avance importante, el resultado previsible de los intentos de EE. UU. de imponer las condiciones del comercio.
China está lista para usar el oro con fines monetarios, al igual que buena parte de Asia y de Oriente Medio. Europa se está desmoronando y necesita oro como garantía para su sistema bancario. Los bancos centrales de todo el mundo, desde México hasta Ucrania, están aumentando sus reservas de oro y, según el FMI, solo en marzo doce de ellos añadieron 58 toneladas a sus reservas, presumiblemente anticipando su regreso al papel monetario. El precio oficial de 42,22 $ es un chiste viejo que ya no hace gracia a nadie. ¿Qué me dice, señor Presidente?