Una de las alegrías de entrevistar a algunas de las mejores mentes del mundo de las finanzas y la economía es que te alertan sobre factores importantes que quizá no habías considerado del todo. Eso fue lo que me ocurrió con Chris Martenson en Madrid la semana pasada (la entrevista se publicará en el sitio web de GoldMoney en las próximas semanas). Nos recuerda que la disponibilidad y el precio del petróleo son fundamentales para nuestro futuro económico.
El argumento básico es este: muy poco de lo que ocurre en nuestras vidas sería posible sin petróleo. Es necesario para la minería, la agricultura, la industria, el transporte y la distribución. El consumo mundial está aumentando y la extracción se ha estabilizado. Los países exportadores de petróleo consumen más, lo que deja saldos menores para aquellos con déficit de petróleo. El coste de extracción está subiendo con fuerza: mientras que hace cincuenta años extraer cien barriles costaba un barril de energía, nos dirigimos hacia nuevos yacimientos donde la proporción es de un barril por cada tres. Nos enfrentamos a un choque de trenes entre el aumento del consumo mundial y la disminución de la producción neta exportable.
Conocemos esta historia, pero la mayoría subestimamos su importancia, así que merece la pena repetirla. El siguiente gráfico (basado en estadísticas de Statistical Review of World Energy 2011 de BP) resume el problema.

La línea negra es la media móvil a cinco años del balance entre la producción anual y el consumo, representados por las columnas negras. El último año con superávit de producción fue 1981, hace treinta años, y desde entonces el mundo ha recurrido a las reservas estratégicas y a los inventarios para atender la demanda de consumo, a un ritmo que ahora se está acelerando. Las columnas azules representan el balance europeo, que se ha beneficiado del petróleo del Mar del Norte, ahora en fase de agotamiento. Las columnas rojas representan a Norteamérica y México, cuya producción se deteriora desde 1984. Pero lo más alarmante es el déficit de Asia-Pacífico, las columnas amarillas, que se ha disparado en los últimos veinte años.
El gráfico muestra con claridad un desequilibrio entre producción y consumo que no puede prolongarse mucho más. El mundo se encuentra ahora atrapado entre una demanda inflexible, porque el petróleo es vital para nuestra propia existencia, y una producción neta en descenso. Esto explica el precio del petróleo, que es la línea azul del segundo gráfico (comentaré el oro dentro de un momento).

Ha habido tres fases: la primera, cuando la OPEP elevó el precio del petróleo; la segunda, cuando entraron en producción yacimientos no OPEP más costosos que pusieron un techo a los precios; y, por último, la tercera, en la que los precios se han multiplicado por siete hasta ahora. Es esta tercera tendencia la que no parece tener escapatoria. El gráfico está en escala logarítmica, lo que significa que los precios suben a un ritmo exponencial desde 1998.
Con el desequilibrio entre producción y consumo llamado a agravarse, solo puede haber un resultado: precios considerablemente más altos. Según las estadísticas de BP, que muestran que la materia prima más vital del mundo lleva treinta años en déficit de oferta, el desenlace lógico es una explosión de precios. Y como con la flexibilización cuantitativa habrá dinero adicional en los mercados para pagar precios más altos, mejor no pensar en las consecuencias para la inflación global de precios. Con estos datos, por tanto, podemos confirmar el análisis de Chris Martenson.
Vivir con una crisis de suministro energético exigirá un cambio radical en nuestro estilo de vida, a la baja. La mejor protección financiera frente a este escenario parece ser el oro físico, que ha seguido bastante bien el precio del petróleo a lo largo de los años, como muestra el segundo gráfico, y cabe esperar que siga haciéndolo. Al fin y al cabo, la combinación de la expansión monetaria global más rápida de la historia en tiempos de paz y unos precios del petróleo en alza es un desastre inflacionista en ciernes.