¿Sufrirá el dólar estadounidense una hiperinflación?

La hiperinflación de una moneda suele describirse como un suceso, como si un día todo fuera normal y al día siguiente la hiperinflación se manifestara en toda la economía.

Esta descripción explica, por ejemplo, cómo se suelen ver las hiperinflaciones que destruyeron las monedas de Alemania en la década de 1920, de Serbia en la de 1990 y, más recientemente, de Zimbabue.

Sin embargo, las hiperinflaciones no son espontáneas. No aparecen «de la nada». Por tanto, es más exacto describir la hiperinflación como un proceso. Hay muchos pasos en el camino hacia la hiperinflación que acaban llevando, finalmente, a la destrucción de una moneda.

El Gobierno de EE. UU. dio hace poco un gran salto por ese camino. Al suspender el techo de deuda, que es el límite que él mismo se impone sobre cuánto puede endeudarse, eliminó el último freno que quedaba a la propensión de los políticos a gastar dinero. Abandonó la última apariencia de disciplina en el gasto federal.

Cada año desde la crisis financiera de 2008, el Gobierno federal de EE. UU. ha registrado un déficit operativo de más de un billón de dólares. Como gasta más de lo que ingresa, necesita pedir prestados dólares para financiar esos déficits. Estos préstamos hacen crecer su deuda total, por lo que el techo de deuda debe elevarse periódicamente para que pueda seguir endeudándose. El último techo, de 16,4 billones de dólares, se alcanzó en enero.

En lugar de abordar el gasto descontrolado, los políticos de ambos partidos acordaron suspender el techo de deuda, lo que significa que no habrá límite a lo que el Gobierno federal puede gastar y pedir prestado hasta el 18 de mayo. El 19 de mayo, el techo de deuda se elevará al importe total de la deuda pendiente a esa fecha y, en consecuencia, entonces habrá que volver a plantear el límite de deuda para permitir más endeudamiento con el que financiar lo que probablemente será otro año con un déficit superior a un billón de dólares. Espero plenamente que este esquema se utilice repetidamente para evitar afrontar cualquier límite.

Este mecanismo se parece de forma inquietante a una medida que tomó el presidente Nixon en agosto de 1971. En lugar de abordar los desequilibrios financieros a los que se enfrentaba el Gobierno de EE. UU., optó, según sus palabras, por «suspender temporalmente» el vínculo constitucional del dólar con el oro. Su suspensión «temporal» dura ya 42 años. Esta observación plantea un punto importante.

Esta suspensión actual del techo de deuda no va a ser temporal. A partir de ahora, cada vez que llegue el momento de debatirlo, espero que los políticos sigan prorrogando la suspensión una y otra vez. Siempre tomarán la opción política más cómoda, igual que hicieron los políticos en las hiperinflaciones de Alemania, Serbia y Zimbabue.

El techo de deuda nunca fue un gran límite, porque se ha elevado decenas de veces a lo largo de los años, pero sí cumplía una función: ponía de manifiesto la falta de voluntad política para controlar el gasto. Y, lo que es importante, la grave situación financiera del Gobierno federal se hacía evidente cada vez que se alcanzaba el techo. La última vez que se alcanzó, EE. UU. perdió su calificación crediticia Triple A.

El gasto descontrolado de un gobierno es siempre la causa de la hiperinflación. El techo de deuda había sido el último obstáculo que quedaba frente al gasto ilimitado del Gobierno federal. Al suspenderlo, el Gobierno de EE. UU. se ha dado un cheque en blanco y ha dado un gigantesco salto por el camino que lleva a la hiperinflación del dólar estadounidense.

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