Sobre la financiación monetaria y las monedas de platino

Todo el mundo en el ámbito financiero tiene ya claro que las políticas monetarias aplicadas por los bancos centrales han fracasado por completo en sus objetivos.

Los banqueros centrales siguen adelante sin inmutarse, continuando su viaje en el tren del dinero a toda velocidad hasta el final de la línea, un tren del que saltar conlleva el riesgo de sufrir graves lesiones. Los economistas independientes que no trabajan para un banco central tendrían que estar ciegos para no ver el fracaso, así que algunos de ellos están ideando soluciones imaginativas.

Su planteamiento tiene un problema. Aunque reconocen el fracaso, en sus intentos de encontrar soluciones alternativas utilizan los mismos principios macroeconómicos que condujeron al fracaso en primer lugar. Veamos un ejemplo clásico del género, que es de dominio público. Adair Turner, en un documento presentado en una conferencia organizada por el FMI el pasado noviembre, recomienda lo que él llama financiación monetaria. Lord Turner propone un esquema por el cual el Gobierno de EE. UU. inyecta dinero en la economía mediante gasto sin crear deuda pública. Además, plantea que la deuda pública existente en el balance de la Fed se canjee por un activo «a cobrar del Gobierno» que no devengue intereses y no sea reembolsable.

Esta no es la única forma en que Lord Turner ve posible hacer llover dinero sobre nosotros, pero te haces una idea. Opina que sería una medida puntual para sacar a la economía de la deflación, y confía en que funcionaría porque da a entender que la teoría no admite dudas. Dice que, por tanto, es una cuestión de voluntad política, pero que si por algún motivo inesperado no funciona, el Gobierno de EE. UU. debería introducir un conjunto de normas para poder volver a utilizarla, con sus controles y contrapesos, por supuesto. ¡Sigue montado en el tren del dinero!

La convicción de Lord Turner de que la economía es incuestionable ilustra la miopía de los macroeconomistas modernos. No está claro si descarta la teoría económica austriaca porque la desconoce o por su firme creencia en lo más avanzado del neoclasicismo poskeynesiano. Esto hace que su recomendación a favor de la financiación monetaria parezca otro triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Además, si se introducen normas para el uso de la financiación monetaria, a cualquier gobierno le resultará demasiado tentador seguir obteniendo dinero sin un coste aparente. Siempre, siempre, siempre se justifica como «de interés nacional». En este punto, Lord Turner parece ingenuamente confiado.

Nunca he obtenido de los macroeconomistas una respuesta directa sobre por qué creen que empobrecer a la inmensa mayoría de las personas mediante la continua degradación tanto de sus ahorros como del poder adquisitivo de sus salarios tiene que dar lugar a una economía más fuerte. Degradar la moneda para financiar una serie de soluciones rápidas ha sido siempre la intención de la política monetaria, y esta propuesta es solo el último ejemplo. El defecto fundamental en que se basa el argumento son los intentos cada vez más desesperados de estimular la demanda agregada. La única vez que el estímulo de la demanda agregada ha tenido éxito más allá de los límites de un ciclo crediticio concreto ha sido bajo una economía plenamente dirigida, donde se ordena a las personas, bajo amenaza de sanción estatal, qué producir y qué consumir, y se elimina de la ecuación el dinero, que es el medio del cálculo económico.

Estimular la demanda agregada ni siquiera funciona dentro de un ciclo crediticio, si se tienen plenamente en cuenta el avance temporal de la degradación monetaria y el ajuste final de los precios. Reprimir los tipos de interés tampoco funciona, porque lo único que ocurre es que la demanda se desplaza del consumo presente al consumo diferido, lo que introduce distorsiones en una economía que pueden parecer un resultado positivo.

Aquí es donde los partidarios de gestionar la demanda agregada resultan especialmente deficientes. Quieren hacernos creer que el crecimiento económico potencial se reduce cuando aumenta el ahorro, pero si los estadísticos dejaran de subestimar los beneficios económicos de invertir en órdenes superiores de producción, quizá se entendería mejor el papel del ahorro en una economía. Este punto se ha admitido en parte en Estados Unidos con la publicación trimestral de la producción bruta, que incluye las actividades intermedias que caracterizan el montaje de bienes de capital. Esta inversión en mejorar la producción es el destino de una gran parte de nuestro ahorro y, si se subestima, es poco probable que se aprecie el valor del ahorro.

Por desgracia, los medios financieros rara vez transmiten la producción bruta, pero por mucho que se repitan datos como este, no basta para persuadir a los economistas neoclásicos de que abandonen sus queridas creencias sobre la gestión de la demanda. Por eso muchos de ellos están cambiando ahora su enfoque del estímulo monetario al fiscal. Como un perro con su hueso, se niegan a rendirse, y las recomendaciones de política de economistas como los profesores Krugman y Summers podrían estar a punto de vivir un renacimiento.

Este es también el núcleo del argumento de Lord Turner. Sostiene que el límite a la creación de deuda no debería aplicarse al gasto público. En la práctica reconoce que la financiación mediante deuda está llegando al final del camino, así que, en lugar de aceptar los límites que impone el mercado al gasto público, deberíamos buscar maneras de eludirlos. La financiación monetaria se presenta como un enfoque nuevo, pero, salvo por los detalles operativos, es algo muy viejo.

Es una variante de la propuesta de la moneda de platino de un billón de dólares para resolver el límite de deuda, que surgió hace dos años. La idea era aprovechar un vacío legal que permite al Gobierno de EE. UU. emitir una moneda de platino ordinaria con un valor nominal de un billón de dólares que, al depositarse en la Fed, da al Gobierno un crédito de un billón de dólares. Tanto con esta propuesta como con los planes de Lord Turner, la Fed acaba con un balance que incorpora una enorme cantidad de fondo de comercio en el Gobierno de EE. UU.

Técnicamente, funciona. Al fin y al cabo, cuesta ver con qué fundamento un auditor tendría la osadía de cuestionar el acuerdo, dada la supremacía del Gobierno de EE. UU. Además, ya existe un arreglo similar con un pagaré del Tesoro de EE. UU. que representa 8.134 toneladas de oro, valoradas hoy en 325.000 millones de dólares. Nadie sabe si ese oro existe realmente: podría haber desaparecido todo, pero ¿qué auditor se atrevería a cuestionar la validez de un pagaré del Tesoro?

Salvo que la Fed no tiene auditor.

El esquema de financiación monetaria depende de que dos categorías de víctimas lo acepten. La primera es el pueblo estadounidense, que rara vez cuestiona asuntos monetarios que apenas entiende, y la segunda son los extranjeros, que podrían asustarse. Esquemas como la financiación monetaria y las monedas de platino de un billón de dólares destilan desesperación financiera. Es probable que se respondan con una rebaja de la tan cacareada plena fe y crédito del Gobierno de EE. UU., lo que aceleraría el abandono del dólar como única moneda de reserva mundial. Si se pone en marcha el esquema, coincidirá con que la Fed esté impulsando, a través de sus canales mediáticos encubiertos, el argumento de que hay que eliminar el efectivo en billetes, salvo las denominaciones pequeñas. Los mayores tenedores de efectivo en dólares son extranjeros fuera de Estados Unidos, y no hace falta mucha imaginación para ver en qué circunstancias esos dólares podrían cambiarse por otras divisas y, en ocasiones, por oro.

Como ya se ha dicho, esquemas como la financiación monetaria y las monedas de platino están diseñados para estimular la demanda agregada, y se asume que el regreso de la inflación de precios a un nivel como el dos por ciento puede tomarse como prueba de éxito. Es un grave error, basado únicamente en la teoría cuantitativa del dinero, que se aplicaba demostrablemente al oro en tiempos de Cantillon y Ricardo, pero que es un efecto secundario en las divisas fiduciarias. Lord Turner no hace esta distinción.

Hoy, el factor determinante del poder adquisitivo es la confianza del público, que se expresa en la preferencia relativa entre mantener dinero y mantener bienes. Basta un pequeño cambio en esta preferencia para alterar de forma notable el nivel general de precios, sin ningún cambio significativo en la actividad económica, porque tanto consumidores como productores, que son simplemente facetas distintas de las mismas personas, quieren mantener menos dinero. Por eso a los bancos centrales les cuesta tanto controlar el resultado de la política monetaria.

Los macroeconomistas cometen otro error en su diagnóstico de los problemas económicos. Al centrarse en el PIB nominal, solo miden la inyección de dinero adicional en la economía, no su uso productivo. Lo que pasan por alto es que la mayoría de la gente hace su vida diaria, fabrica cosas y gasta la mayor parte de su sueldo, mientras ahorra un poco. El problema surge cuando las autoridades monetarias y los bancos comerciales empiezan a manipular el dinero, el medio de cálculo económico, lo que provoca falsos auges y recesiones inevitables. La intervención monetaria y los macroeconomistas son el problema de fondo, no la economía.

Sin embargo, la intervención continua durante décadas ha provocado una escalada de la deuda. La deuda se ha ido acumulando hasta el punto de resultar incómoda para demasiados agentes económicos, una incomodidad que ya no se alivia con tipos de interés más bajos. Ha sido la injerencia monetaria la que ha llevado a la economía estadounidense a una trampa de deuda. Y, como buen estatista, Lord Turner cree haber encontrado una salida para el Gobierno, pero no aborda el problema del sector privado.

Si se adopta algo parecido a la financiación monetaria, es de suponer que los banqueros centrales esperarán que acabe llevando a tipos de interés más normales. Sin la información del mercado es imposible saber cuál es el nivel de normalidad, pero si suponemos que los banqueros centrales lo equiparan a un tipo de los fondos federales de entre el tres y el cinco por ciento, los costes de endeudamiento implícitos erosionarían drásticamente las finanzas del Gobierno, por su dependencia de la deuda a corto plazo. Del mismo modo, las deudas incobrables se dispararían en el sector privado.

En conclusión, la propuesta de financiación monetaria de Lord Turner no se sostiene. Parece que el dólar ya ha tocado techo, si el oro como indicador adelantado sirve de guía, en cuyo caso es más probable que la combinación de la prohibición del efectivo en billetes grandes y la financiación monetaria hunda el dólar a que estimule la demanda agregada.

 

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