Regulación: la maldición oculta

Las regulaciones casi siempre se introducen con la mejor de las intenciones.

En los servicios financieros, su objetivo es impedir que corredores y bancos sin escrúpulos estafen al público mediante malas prácticas. Se prohíbe a los fabricantes producir artículos peligrosos para los niños o el medio ambiente, o que puedan fallar por una mano de obra deficiente. Sin embargo, la intervención del Estado en los asuntos comerciales se apoya en bases endebles, es coherente con la negación del papel y el funcionamiento de los mercados, y responde a un afán dominante de interferir.

Esto contrasta con una comprensión verdadera de por qué funcionan los mercados libres, y del control que el consumidor ejerce sobre los precios y la oferta, subordinándolos a sus decisiones subjetivas. En consecuencia, la regulación se basa en una creencia irreflexiva de que el individuo necesita la intervención del Estado para que se mantengan los estándares y para que se eliminen las malas prácticas. La suposición errónea es que los mercados libres animan a fabricantes y proveedores de servicios sin escrúpulos a defraudar al consumidor, cuando en realidad la reputación se convierte en la relación primordial en el comercio.

Dado que la regulación del sector privado tiende hacia prácticas monopolísticas, el Estado se ve de forma natural como el árbitro independiente que garantiza el juego limpio. Pero el Estado, una vez que ha impuesto regulaciones, tiene muchas dificultades para detenerse ahí, ya que las presiones políticas siempre empujan a modificar e intensificar el control burocrático. Además, las consecuencias imprevistas de regulaciones anteriores nunca se corrigen aboliéndolas. En lugar de eso, se introducen más capas de control regulatorio para intentar resolver los problemas resultantes. Así, vamos derivando hacia una regulación cada vez mayor, sin ser conscientes de su verdadero coste económico.

Quien defienda la regulación tiene que explicar el éxito de Alemania tras la guerra. Su economía había sido destruida, primero por la maquinaria bélica nazi y después por los bombardeos aliados. Olvidamos con facilidad el estado de ruina en que se encontraba el país, con personas que pasaban hambre de verdad en pueblos y ciudades tras la contienda. La solución militar conjunta de británicos y estadounidenses fue ampliar e intensificar el racionamiento de la época de guerra y arrojar la ayuda del Plan Marshall sobre el problema.

Entonces, el Consejo Económico Bizonal nombró director de economía a un hombre llamado Ludwig Erhard, que de hecho se convirtió en ministro de finanzas. Decidió, pese a las reservas de británicos y estadounidenses y a la oposición de los socialdemócratas, recién reconstituidos, acabar con el control de precios y el racionamiento, lo que hizo en 1948. Estas medidas siguieron a su reforma monetaria de junio de ese año, que contrajo la oferta monetaria en torno a un 90%. También redujo drásticamente el impuesto sobre la renta del 85% al 18% para ingresos anuales superiores a 2.500 marcos (el equivalente a 595 dólares estadounidenses).

Los economistas de la escuela austriaca comprenderían y recomendarían esta estrategia, pero va por completo contra la corriente burocrática. Se dice que el general Lucius Clay, gobernador militar de la zona estadounidense y a quien Erhard rendía cuentas, le preguntó: «Herr Erhard, mis asesores me dicen que lo que ha hecho es un terrible error. ¿Qué responde a eso?»

Erhard respondió: «Herr General, ¡no les haga caso! Mis asesores me dicen lo mismo».i

Por la misma época, un coronel estadounidense se encaró con Erhard: «¿Cómo se atreve a relajar nuestro sistema de racionamiento cuando hay una escasez generalizada de alimentos?»

Erhard respondió: «No he relajado el racionamiento, lo he abolido. De ahora en adelante, el único cupón de racionamiento que necesitará la gente serán los marcos alemanes. Y trabajarán duro para conseguirlos, ya lo verá».ii

El coronel estadounidense no tuvo que esperar mucho. Según los relatos de la época, a los pocos días de la reforma monetaria de Erhard las tiendas se llenaron de productos, porque la gente comprendió que el dinero que recibía por ellos conservaría su valor. Ya no hacía falta rebuscar lo básico para vivir, así que el absentismo laboral se redujo a la mitad y la producción industrial aumentó más de un 50% solo en la segunda mitad de 1948.

Erhard había pasado los años de la guerra estudiando economía de libre mercado y planificando cómo estructurar la economía alemana para la posguerra. Huelga decir que su enfoque de libre mercado lo convirtió en un opositor reconocido desde hacía tiempo al socialismo nazi, un hecho que reforzó su credibilidad ante las autoridades militares encargadas de reparar la economía alemana. Fue uno de los primeros miembros de la Sociedad Mont Pelerin, un grupo de economistas de libre mercado cercanos a la escuela austriaca, fundado en 1947 y cuyo primer presidente fue Hayek.

Erhard entendió simplemente que acabar con toda regulación de precios, introducir un dinero sólido y reducir drásticamente la carga fiscal eran los requisitos básicos para reactivar la economía, y que el Estado debía resistir la tentación de intervenir y reducir su papel en ella. Siguió siendo un ministro de finanzas de enorme éxito durante catorce años, antes de suceder a Adenauer como canciller en 1963.

Erhard no solo permitió que unos mercados libres sin trabas sacaran rápidamente a Alemania de la devastación económica, sino que, al recibir el reconocimiento público por ese éxito, estuvo al frente de la economía el tiempo suficiente para asegurar que la intromisión burocrática se mantuviera a raya en adelante. Su legado benefició a Alemania, a pesar de las acciones por lo general destructivas de sus sucesores.

El contraste con el desempeño económico de Gran Bretaña fue notable: allí el racionamiento no se levantó definitivamente hasta 1954, y su gobierno socialista y contrario al mercado de la posguerra nacionalizaba industrias clave. El contraste entre el renacimiento de Alemania y el declive de Gran Bretaña no podía ser más marcado.

Lo importante es que los mercados libres demuestran ser más eficaces que los regulados para asegurar el progreso económico. El mismo fenómeno se observó en Hong Kong, donde John Cowperthwaite consiguió impedir que sus propios funcionarios locales y la Oficina Colonial de Londres impusieran regulaciones a la economía de la isla en los años de posguerra. Cowperthwaite fue más o menos contemporáneo de Erhard y se retiró como secretario de Hacienda de Hong Kong en 1971. Sin embargo, pese a esta prueba indiscutible de que los mercados libres y sin regular funcionan mejor, la clase política nunca puede resistir la compulsión de regular.

Las regulaciones pretenden eliminar los riesgos de la vida, un objetivo en el que el Estado fracasa de forma evidente. Las empresas consolidadas colaboran gustosas con el Estado en la fijación de las regulaciones, en parte porque pueden influir en su alcance y en parte porque les permite prescindir del énfasis que de otro modo deberían poner en su reputación en un mercado libre.

Siempre recordaré un almuerzo con el director general de una conocida empresa de apuestas de diferencial (spread betting), antes de que estas se regularan en el Reino Unido. Cuando le pregunté si veía las propuestas de regular su negocio como una imposición, me respondió que todo lo contrario. Esperaba con interés la legitimidad que la regulación de la Securities and Futures Authority, el regulador de entonces, daría a su negocio. Y hasta hoy, las apuestas de diferencial y productos similares siguen regulados como productos de inversión. Es una actividad financiera legítima y convencional, en lugar de un casino de productos financieros.

Es evidente que una empresa regulada no tiene que apoyarse en su reputación, ya que en teoría sus clientes están garantizados por las regulaciones. La intención es que la gente corriente ya no tenga que plantearse si es seguro operar con tal o cual corredor o banco. Igualmente, el corredor y el banco dejan de considerar al cliente su prioridad máxima. Esa relación es ahora con el regulador.

Los clientes están ya tan acostumbrados a la regulación que les cuesta imaginar cómo funcionarían las cosas sin ella. ¿Quién no querría la protección de un regulador gubernamental que garantice el juego limpio? Pues bien, hay quienes se han desilusionado. Pregunta a quienes confiaron su dinero a un Bernie Madoff regulado, o a quienes vieron sus depósitos de margen perdidos en un agujero negro llamado MF Global.

Sin duda siempre habrá quienes sufran por quiebras empresariales cuando creían contar con la protección del Estado. Por supuesto, no podemos conocer el contrafactual, es decir, cuántas quiebras habría en un sector de servicios financieros sin regular, pero sí sabemos que las regulaciones estatales fallan habitualmente en proteger al público.

Las regulaciones también se han vuelto extremadamente complejas y costosas, y en gran medida los reguladores tienen que confiar en que las empresas reguladas trabajen conforme al espíritu de las normas. Qué ingenuidad. Resulta muy conveniente para las grandes empresas, que pueden permitirse con facilidad los abogados que les asesoren sobre cómo aprovechar en su favor unas regulaciones que ellas mismas redactaron.

Los competidores más pequeños, la principal amenaza para las empresas consolidadas en los mercados libres, quedan prácticamente excluidos de la fijación de las reglas. Tomemos el árido asunto de la Directiva de Biocidas de la UE. Los fabricantes que llevan veinte años utilizando plata elemental han tenido que trabajar para obtener la aprobación en toda la UE de su uso como biocida, a pesar de que este uso seguro y no tóxico ya está sobradamente probado y establecido. Los trámites legales y burocráticos han exigido a las empresas afectadas gastar hasta ahora aproximadamente 1 millón de euros cada una, y la cifra sigue creciendo. Quizá sea una cantidad menor para miembros del grupo de trabajo sobre la plata como Dow Chemical y BASF, pero es totalmente desproporcionada e inasumible para las empresas competidoras más pequeñas.

La batalla entre un sector establecido que manipula la regulación en perjuicio de sus competidores menos poderosos responde al mismo principio de fondo que rige las relaciones entre los gobiernos de las naciones avanzadas y las de las naciones en desarrollo. La regulación compleja y costosa ha sido durante mucho tiempo un útil elemento disuasorio frente a la competencia extranjera más barata. Pero las prácticas anticompetitivas solo funcionan durante un tiempo, y los recién llegados extranjeros, basados en mercados más eficientes, sin regular o poco regulados, se han vuelto demasiado poderosos para que los burócratas occidentales los frenen. La misma dinámica de libre mercado que benefició a Alemania y Hong Kong en la posguerra la aprovechan hoy numerosos países, con China, Rusia y ahora India a la cabeza.

Esta es la razón de fondo por la que Occidente se enfrenta al fracaso económico mientras las naciones recién industrializadas son tan dinámicas. El viejo mundo se hunde en arenas movedizas de regulación burocrática y anticompetitiva, mientras que el nuevo orden se asienta sobre el terreno más firme de los mercados libres.

Los historiadores del futuro que relaten el declive relativo de la UE, Estados Unidos y Japón lo tendrán fácil, siempre que establezcan la conexión entre el éxito económico y la ausencia de regulación, tan claramente demostrada por Ludwig Erhard y John Cowperthwaite.

iEdwin Hartrich: The Fourth and Richest Reich.
iiibid. Ambas citas aparecen relatadas en The Concise Encyclopaedia of Economics: The German Economic Miracle, artículo de David Henderson.


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