Por qué se disparará la inflación de precios

Hay aspectos clave de la economía que los monetaristas neoclásicos al parecer no comprenden; el más importante, dada la descripción de su puesto, es la relación entre el dinero y los precios.

Son como conductores que conducen basándose en el caos y la destrucción que ven por el espejo retrovisor. Esto es lo que ocurre cuando se usan precios históricos para orientar la política monetaria.

Todos somos conscientes, aunque sea por simple lógica, de que si se aumenta la cantidad de dinero, los precios subirán a medida que ese dinero adicional se gaste. Lo que se entiende menos es que los precios pueden cambiar de forma drástica debido a variaciones en la preferencia por el dinero frente a los bienes. Un ejemplo de ello fue la caída de precios durante la crisis financiera de hace cinco años, cuando los consumidores sobreendeudados reaccionaron a la crisis bancaria mundial. Se aplicaron con urgencia intervenciones gubernamentales en los mercados de bienes de capital, como el de la vivienda y el del automóvil, para evitar que los precios se desplomaran. Los cambios en la preferencia por el dinero pueden ser muy drásticos, como demostró aquel episodio.

Desde entonces, las preferencias por el dinero no han cambiado mucho. A pesar de la enorme expansión de la cantidad de dinero en las principales economías, los precios de los bienes se han mantenido en general estables, aunque las estadísticas oficiales del IPC tienden a ser interesadas más que indicadores fiables de la inflación de precios. En lugar de alimentar subidas de precios, el dinero se ha destinado a reducir el endeudamiento o a la especulación en los mercados de capitales.

Lo importante es entender que hace cinco años se produjo un gran cambio puntual a favor del dinero, lo que sugiere que el próximo gran cambio será en dirección contraria; no porque de repente a todos nos vaya a apetecer gastar otra vez, sino porque nos gustará todavía menos el dinero. Esto no quiere decir que algunos de nosotros no vayamos a ser más cautos, sino todo lo contrario. Si las perspectivas económicas empeoran, será porque recortamos el gasto en bienes no esenciales. Sin embargo, es improbable que el efecto de este menor gasto sobre los precios sea ni de lejos tan drástico como el que vimos durante la crisis bancaria.

¿De dónde vendrá, entonces, una menor preferencia por el dinero? La pista está en todo ese dinero adicional que se ha canalizado hacia los mercados de capitales desde la crisis bancaria. Cuando los factores alcistas de la deuda pública y de otros activos financieros sean sustituidos por la perspectiva de subidas de los tipos de interés y caídas de precios, habrá una desbandada en una amplia gama de mercados. Y en ese momento la reacción de los monetaristas de los bancos centrales será crucial.

Es prácticamente seguro que el desplome de los precios de los bonos y de otros activos desencadenará una nueva crisis al socavar las garantías que respaldan todo el sistema bancario. Los bancos centrales no verán otra alternativa que mantener los tipos de interés lo más bajos posible y acelerar la expansión de la cantidad de dinero para evitar una nueva crisis sistémica. Esto es válido para todas las divisas principales, no solo para el dólar estadounidense. Por tanto, el efectivo será una alternativa poco atractiva frente a la posesión de activos financieros, lo que deja a las materias primas esenciales y a las coberturas monetarias, como los metales preciosos, como único refugio para el capital monetario.

Es probable que la calma actual en el flujo de noticias negativas termine en unos meses. Solo sirve para ocultar el reposicionamiento de los fondos soberanos y de otros inversores institucionales previsores, que buscan protegerse ante este suceso cada vez más seguro.

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