Por qué los economistas no pueden predecir las recesiones

El propósito de este artículo es llamar la atención sobre la incapacidad crónica del establishment económico para predecir las recesiones. La próxima vez que oigas a un economista hacer un pronóstico en los medios de comunicación generalistas, tu suposición por defecto debería ser que se equivoca.

¿Por qué lo afirmo? Un economista del FMI, Prakash Loungani, realizó en 2000 una investigación interesante sobre la precisión de las previsiones de los economistas. Con datos de una publicación llamada Consensus Forecasts (editada por Consensus Economics), que los gobiernos utilizan ampliamente como fuente de estimaciones independientes de crecimiento económico, Loungani descubrió que, de las 60 recesiones registradas desde 1989 en los 63 países de la muestra, solo dos se habían previsto en abril del año anterior y dos tercios seguían sin detectarse en abril del año en que se produjeron. Además, las previsiones de los analistas, tanto del sector privado como del público, apenas diferían entre sí y tenían un fuerte sesgo hacia el optimismo.i

Loungani fue entrevistado hace poco para un programa de la BBC, en el que actualizó su estudio original. En esa entrevista afirmó que, a lo largo de tres décadas, de las 150 recesiones registradas solo se habían previsto dos, lo que implica que desde el cambio de siglo no se ha predicho ninguna.ii La tasa de fallos ha subido al 100 %, en lugar de bajar, como cabría esperar de unos modelos económicos que se actualizan a la luz de la experiencia. Como es lógico, Loungani admitió que era impopular entre sus colegas por revelar su fracaso total y absoluto.

Es un recordatorio oportuno de que la pregunta tan acertada que formuló la reina a finales de 2008 sobre el hecho de que los economistas no predijeran la gran crisis financiera dio en el clavo. Como ejemplo de humor involuntario, un consenso de macroeconomistas, que constituyen el establishment económico, estudió entonces la cuestión y más de un año después escribió a Su Majestad una carta de tres páginas para explicar por qué no era culpa suya y, lo que es más importante, tampoco de su método. Lo resumieron así:

«…. el hecho de no prever el momento, el alcance y la gravedad de la crisis, y de no evitarla, aunque tuvo muchas causas, fue principalmente un fallo de la imaginación colectiva de muchas personas brillantes, tanto en este país como a escala internacional, a la hora de comprender los riesgos para el sistema en su conjunto.»iii

Dicho de otro modo, entender el riesgo es una función financiera que se ejerce en los mercados, no una función de la predicción económica. Sin embargo, a pesar de que la comunidad académica no ha aportado ningún valor predictivo a nuestras vidas, los gobiernos siguen recurriendo a ella como base para gestionar la economía y prever los ingresos fiscales. Las previsiones son esenciales para la gestión económica. Si no se puede predecir o medir el resultado, la política económica carece de justificación y no debería emprenderse. El fracaso total y continuado del establishment macroeconómico a la hora de cuantificar los efectos de las políticas que recomienda no se toleraría en un mundo racional. Su versión de la ciencia lúgubre no aporta ningún beneficio a la humanidad.


El FMI y el Brexit

A pesar de las pruebas, aportadas por un economista del propio FMI, de su total incompetencia, el FMI no ha reconocido la inutilidad de predecir resultados económicos. Además, parece que, cuando intentan predecir una recesión, en lugar de pronosticar por error un crecimiento económico demasiado optimista, también se equivocan. Advirtieron, junto con el Banco de Inglaterra y el Tesoro, de que votar a favor del Brexit sería un desastre económico para el Reino Unido. Sin embargo, la economía ha prosperado y el desempleo ha caído a su nivel más bajo en cuarenta años. Advirtieron de que la inversión industrial se hundiría. Sin embargo, continuó a un ritmo acelerado, una vez que la incertidumbre causada por el negativismo del establishment terminó con el referéndum. Advirtieron de que la City sufriría mucho, excluida de los mercados de la UE. La City sigue prosperando. La única vez que el establishment, incluidos el FMI, el Tesoro británico y el Banco de Inglaterra, decidió prever una recesión en lugar de un crecimiento continuado, se equivocó por completo.

Hace apenas una semana, el FMI decidió intentarlo de nuevo con una actualización de su informe Perspectivas de la economía mundial, publicada el 19 de julio. Este es un ejemplo de las suposiciones del FMI:

«El resultado del voto en el Reino Unido, que sorprendió a los mercados financieros mundiales, implica la materialización de un importante riesgo a la baja para la economía mundial. En consecuencia, las perspectivas globales para 2016-17 han empeorado, a pesar del mejor comportamiento de lo esperado a principios de 2016»iv

Así pues, tras admitir que se equivocó por completo en su previsión para el Reino Unido, ahora el Brexit sirve al FMI como excusa para revisar a la baja unas expectativas anteriores demasiado optimistas. Parece que el Brexit va tan en contra del manual del establishment que no pueden dejarlo en paz. Sin embargo, es difícil resistirse a la tentación de concluir que, como indicador contrario, el informe WEO es una buena noticia para las economías británica y mundial.

Hay una explicación sencilla para este fracaso absoluto de las previsiones, que los planificadores pasan por alto. Aunque las distorsiones y las consecuencias imprevistas de las intervenciones monetarias y económicas se acumulan y de vez en cuando desencadenan una crisis, el resto del tiempo la gente sigue con su vida. No se queda de brazos cruzados esperando instrucciones de los economistas del gobierno sobre cómo debe comportarse. Por lo tanto, las intervenciones del Estado tienen resultados limitados, aunque impredecibles.


Por qué las previsiones económicas nunca funcionarán

El historial impecable de malos consejos de los economistas de la corriente dominante es realmente asombroso, y sin embargo, en conjunto, seguimos creyendo en ellos. Parte del problema es sistémico: quien discrepa del consenso general se busca problemas. Sin duda, a un economista de carrera le conviene mucho más pasar desapercibido y no ganarse entre sus colegas fama de inconformista. Eso explica, y justifica, el conformismo del pensamiento de grupo. Pero aun así no explica del todo la casi perfecta falta de correlación entre las previsiones económicas y los resultados.

La raíz del problema está en la evolución de la teoría macroeconómica desde la Primera Guerra Mundial, y más concretamente desde la Segunda. Empezando por el sistema bancario, se animó cada vez más a los economistas a ir contra la economía clásica de libre mercado e inventar un papel positivo para el Estado y sus organismos. Tras la Primera Guerra Mundial, la Junta de la Reserva Federal de EE. UU. pasó a encargarse de supervisar la expansión de la oferta monetaria, incluido un intento de crear un mercado de letras de descuento que rivalizara con el de Londres, lo que alimentó aún más la expansión del crédito.

La Fed, bajo la presidencia de Benjamin Strong, ayudó al Banco de Inglaterra a mantenerse en el patrón oro. Las funciones monetarias y políticas de la Fed dejaron de ser exclusivamente nacionales. Se volvieron internacionales y contribuyeron a los excesos monetarios de los locos años veinte a escala global. Después, el presidente Hoover, seguido por el presidente Roosevelt, promovieron respectivamente la intervención directa del Estado en la economía estadounidense tras el desplome de Wall Street, desafiando a los mercados libres.

Existe un argumento creíble, que queda fuera del alcance de este artículo, según el cual, si se hubiera dejado a los mercados libres resolver el desorden económico derivado del estímulo monetario excesivo de la Fed y de la expansión del crédito bancario en los años veinte, la depresión habría terminado en uno o dos años. En cambio, los políticos interfirieron constantemente, intentando proteger empleos y mantener a flote empresas que no eran viables. Frenaron el libre comercio mediante la ley arancelaria Smoot-Hawley. Los resultados fueron desastrosos y prolongaron la depresión. Pero, pese a las pruebas claras en sentido contrario, economistas destacados como J. M. Keynes persistieron en creer que la intervención del Estado era superior a los mercados libres.

Hay muchas razones por las que todo esto es erróneo, pero la que resulta central para el fracaso actual de las previsiones es la suposición equivocada de que el PIB mide el consumo económico. Solo mide el valor monetario del consumo incluido en un índice selectivo, que no es lo mismo. Además, confunde una identidad contable con una economía dinámica, en la que la demanda de mañana siempre avanza y, por tanto, es distinta de la de hoy.

Degradar el dinero crea una apariencia estadística de crecimiento económico, que depende del desfase entre la creación de dinero y su efecto en los precios recogidos en un índice selectivo de precios de consumo. Y como la subida de los precios necesariamente va por detrás de la entrada del nuevo dinero que la provoca, el PIB ajustado con el índice selectivo de precios normalmente será un número positivo mientras la cantidad de dinero y crédito siga expandiéndose. Sin embargo, el ritmo al que este nuevo dinero eleva el índice de precios es, en sí mismo, impredecible.

Las dos excepciones habituales son cuando el nuevo dinero se destina a elementos que no están en el índice (en particular, activos y otros bienes que no son de consumo) y cuando la acumulación de deuda desemboca en una crisis de crédito y en la destrucción del crédito.

En realidad no hace falta ser un Einstein para entender esto. Una vez asimilado bien este punto, queda claro que el PIB no es más que una identidad contable histórica e incompleta, que no nos dice nada sobre la economía futura. Aun así, los economistas son ciegos ante las pruebas. Las preguntas que plantea el fracaso de la macroeconomía moderna a la hora de cuantificar los resultados de las políticas socavan la lógica misma de la intervención. Si se derriba esa lógica, es fácil demostrar que el sistema monetario controlado por el Estado es el responsable de las recesiones, los hundimientos y los desplomes periódicos.

Esa es la causa de nuestros males económicos, no los mercados libres. Habría que desterrar los bancos centrales y la banca de reserva fraccionaria, y sustituirlos por dinero sólido. Piensa en todos esos economistas que se quedarían sin trabajo al saber que han desperdiciado su vida y entenderás por qué se aferrarán a sus ilusiones hasta el final.


Una previsión en la que puedes confiar

La economía, o al menos la parte basada en el sector privado, es dinámica y progresa. Pensar en ella como una entidad estática e inmutable, que es el supuesto en el que se basa el análisis macroeconómico actual, es sencillamente un error. Su progreso no puede medirse ni predecirse, y es el progreso lo que importa.

Lo que sí se puede predecir con mayor facilidad son las consecuencias económicas de que un Estado persiga sus objetivos. Los gobiernos de las principales economías europeas y estadounidense han llegado al límite de la subida de impuestos para pagar su gasto. En su lugar, ahora recurren al endeudamiento, junto con la inflación monetaria, para financiar su exceso de gasto.

El deterioro de las finanzas públicas, en lo que con precisión podemos calificar de Estados del bienestar, se está acelerando y ya está fuera de control. Una demografía desfavorable, con poblaciones envejecidas, aumenta con rapidez los costes de pensiones y sanidad. Por tanto, sabemos que el gasto público sigue aumentando a un ritmo insostenible, aunque podamos tener opiniones distintas sobre el valor actual neto de esas obligaciones futuras. La consecuencia es que el sector privado ve cada vez más reprimida su capacidad de acumular la riqueza necesaria para sostener el gasto del Estado.

También está el legado de la deuda pública, cuyo coste ha aumentado a medida que lo ha hecho su volumen. La inmensa carga de esta deuda solo se ha compensado temporalmente mediante las políticas de tipos de interés ultrabajos de los bancos centrales. Basta un modesto aumento de los tipos de endeudamiento para amenazar con desestabilizar las finanzas públicas, de tan grande como se ha vuelto esta carga. Y los tipos de interés subirán con el tiempo.

Los tipos de interés subirán, en parte porque no pueden bajar más y en parte porque nos encontramos en una fase, dentro de un ciclo global coordinado de expansión del crédito, que con el tiempo amenazará con una caída significativa del poder adquisitivo de las monedas fiduciarias. Y a medida que disminuya el poder adquisitivo del dinero, los precios subirán y obligarán a los bancos centrales a elevar los tipos de interés. A pesar de la generalizada resistencia a entender que el problema es la expansión del crédito, esta es una predicción que se puede hacer con total confianza.

También podemos prever la magnitud de las exigencias de los distintos gobiernos a sus sectores privados. Y aquí debemos distinguir entre los Estados con grandes cargas de bienestar y los que no las tienen. Hasta que llegue la fase de crisis del ciclo crediticio global inducido por el Estado, los países con bajos costes de bienestar simplemente superarán a los Estados del bienestar.

Y, por último, sabemos que el ciclo crediticio inducido por el Estado es predecible, aunque su recorrido en el tiempo y su magnitud puedan variar. A la expansión del crédito le sigue una crisis crediticia, siempre. La expansión del crédito es la causa raíz de cada recesión posterior. Entiende eso y entenderás la futilidad del sistema. Sin embargo, es poco probable que veamos a los economistas convencionales dejar de pronosticar cifras de PIB sin sentido. Pero al menos como individuos, deberíamos saber que nos iría mucho mejor si entendiéramos que el ciclo económico es en realidad un ciclo crediticio, y aceptáramos que las predicciones macroeconómicas carecen de sentido.


i Véase How Accurate are Private Sector Forecasts? Cross-Country Evidence from Consensus Forecasts of Output Growth. Prakash Lougani, IMF Working Paper

ii Véase: http://www.bbc.co.uk/programmes/p058qrkt

iii Véase https://www.euroresidentes.com/empresa_empresas/carta-reina.pdf

iv Véase http://iwww.imf.org/external/pubs/ft/weo/2016/update/02


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