Uno de mis lectores habituales ha planteado el importante tema de la ley de Say, que tanto los keynesianos como los monetaristas modernos niegan con rotundidad.
Necesitan que este axioma fundamental sea falso para justificar el estímulo estatal de la demanda agregada. O la ley de Say es correcta y la intervención del Estado perturba la economía, o es errónea y los economistas modernos hacen bien en ignorarla y en llevar su ciencia más allá.
La base del estímulo económico poskeynesiano asume que puede producirse una ruptura entre consumo y producción, y que la respuesta correcta es que el gobierno intervenga para reactivar una demanda en declive. Es la explicación preferida de la depresión de los años treinta. Evidentemente, habría que descartar la ley de Say.
Este artículo vuelve sobre el tema, explica en qué se equivocó Keynes, redefine la ley para incluir el dinero como un bien y explica por qué la política de oferta es menos destructiva que la gestión de la demanda. La ley de Say es esencial para entender por qué una intervención estatal creciente para reactivar la demanda económica no puede funcionar, y nos ha llevado a la crisis actual.
Un poco de historia
La ley de Say se atribuyó por primera vez al empresario y economista francés Jean-Baptiste Say, quien escribió a principios del siglo XIX que:
Conviene recordar las circunstancias que están detrás del conocimiento de Say. No solo vivió la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, sino que además experimentó no uno, sino dos colapsos monetarios hiperinflacionarios: primero los assignats y después los mandats. Francia también había sufrido el hundimiento del papel moneda de John Law en 1720. Por tanto, Say sabía perfectamente que el dinero puede ser muy perecedero, y habrá observado que la gente lo usaba solo como puente temporal entre su producción y su consumo. De ahí el contexto de la cita sobre deshacerse del dinero.
La ley de Say no exige las condiciones de un patrón oro ni de un dinero sólido, como algunos podrían pensar. Es un principio fundamental de toda la humanidad que sus economías se caracterizan por la división del trabajo, la condición en la que se basa la ley. El mercado es un término laxo para referirse a los intercambios de bienes y servicios en general, por lo que a veces se llama a la ley de Say la ley de los mercados, pero cabe señalar que se aplica incluso en una economía dirigida que suprime la libertad personal.
El primer intento de escapar del corsé de la ley de Say fue el de Malthus en sus Principios de economía política (1820). David Ricardo y otros lo refutaron con éxito, de modo que la ley de Say pasó a ser ampliamente aceptada. El único economista que acabó por derribarla a satisfacción de sus seguidores fue Keynes, y de hecho toda su Teoría general[ii] dependía de que se demostrara que la ley de Say era falsa. Keynes afrontó esta realidad y la atacó al principio de su libro, despachándola en unas cuatro páginas (capítulo 3.1).
Los supuestos de Keynes
Keynes atacó por primera vez la ley de Say de forma indirecta, en lo que llamó la teoría clásica del empleo, que según él se basaba en dos postulados. El primero era que el salario es igual al producto marginal del trabajo, y el segundo, que la utilidad del salario cuando se emplea un volumen dado de trabajo es igual a la desutilidad marginal de ese nivel de empleo. Pero la veracidad, o no, de estas afirmaciones no tiene nada que ver con la ley de Say. Lo que hizo Keynes fue sacarnos por la tangente para evitar abordar la cuestión central, tratando un tema distinto.
Cuando pasamos a su siguiente tema, el principio de la demanda efectiva (capítulo 3.1), concluye su ataque afirmando que:
Esto tergiversa por completo la ley de Say. No trataba del precio de demanda agregada de la producción, ni del precio de oferta agregada para todos los volúmenes de producción, ni siquiera del empleo. Keynes levantó un hombre de paja para derribarlo. Conviene volver a exponer lo que significa realmente la ley de Say, para que no quede ninguna duda, con un lenguaje que un niño pueda entender y que un economista de torre de marfil no pueda negar. Esta es mi versión modificada:
Es un hecho. Fíjate en que mi definición modificada incluye el dinero como bien económico, mientras que la original de Say no lo hacía, pero incluirlo no invalida su ley. Más bien la refuerza, porque deja claro que no hay excepciones. El tratamiento que daba Say al dinero, como algo de lo que uno se deshace rápidamente, sin duda era cierto en su época. Eso pasa por alto que el propio dinero tiene un valor de uso, igual que cualquier otro bien económico, que en este caso representa el almacenamiento temporal del esfuerzo y del trabajo.
También deja en evidencia la descripción simplista que hace Keynes de la ley de Say, que excluye por completo el dinero. Sin embargo, en circunstancias normales, las tenencias de efectivo físico del público son estables en conjunto, lo que significa que el componente no monetario de la economía puede considerarse un traspaso de producción al consumo. Las circunstancias en las que esto podría cambiar son en realidad bastante limitadas: ante una recesión, la gente opta por aumentar sus saldos bancarios en lugar del efectivo físico. Y los saldos bancarios, por supuesto, se reciclan hacia prestatarios que los gastarán. Si eso no ocurre, se trata de un problema bancario o comercial, normalmente derivado de la destrucción de crédito falso, y no de un problema de la ley de Say.
Gestión de la demanda frente a gestión de la oferta
Hay una diferencia fundamental entre dar un empujón a la economía estimulando la demanda, que era el enfoque de Keynes, y estimular la oferta. Estimular la demanda mediante la inflación monetaria puede tener un efecto beneficioso temporal, que se revierte a lo largo del ciclo crediticio. La inflación monetaria destinada a que la gente gaste más equivale a engañar a todo el mundo, algo que, como dice el refrán, no se puede hacer todo el tiempo.
Los intentos de hacerlo acaban desencadenando un ciclo económico inducido por el crédito, en el que al auge le sigue la caída. El auge es la gente siendo engañada, y la caída, la constatación de que la han tomado por tonta. Los gobiernos pueden jugar a esto y demostrar que, en una fase del ciclo crediticio, han estimulado el consumo y que, por tanto, la ley de Say parece inválida, pero si se considera el ciclo completo, la ley de Say resulta ser válida después de todo.
Estas intervenciones repetitivas nunca se han abandonado desde la época de Keynes, a pesar de que los economistas de la posguerra insisten en que con el tiempo mejoran su comprensión económica y su gestión de la demanda. Son esos mismos economistas los que se niegan a reconsiderar su rechazo de la ley de Say. Ya no es una opción realista para ellos, porque las consecuencias económicas de volver a aceptar la ley podrían hacer colapsar todo el sistema financiero como un acto deliberado de política.
En cambio, estimular la producción mediante el gasto público funciona con la ley de Say y no contra ella, porque el Estado pasa claramente a ser cliente del sector privado. La transferencia de bienes va de los productores al gobierno como consumidor. Podemos cuestionar la sensatez del gasto público y la suposición de que sea un buen uso de los recursos nacionales. Podemos criticar los programas de empleo artificial y los puentes a ninguna parte, y sabemos que lo que suele llamarse políticas de oferta es deficiente por otros motivos. Pero, como medio de intervención económica, es preferible a los intentos de gestionar la demanda, aunque solo sea porque no entra en conflicto con la ley de Say.
Las políticas de oferta, por sí solas, no conducen automáticamente a un ciclo económico inducido por el crédito, mientras que con la gestión de la demanda este resultado está prácticamente garantizado. Pero sí plantea la cuestión de un Plan B y de cómo puede el gobierno reducir su participación en infraestructuras, gasto en defensa e intervenciones similares sin consecuencias adversas. Pero eso es un asunto que va más allá de la ley de Say.
Otras implicaciones
Mi definición simplificada de la ley de Say debería dejar mucho más claro que la tarea de refutación que se impuso Keynes era imposible, y que toda la base de su nueva economía se asienta en una falacia fundamental, en lo que equivale a negar el hecho incuestionable de que en toda transacción hay un comprador y un vendedor, y las consecuencias que de ello se derivan. Va de suyo que una economía que funcione correctamente depende de que compradores y vendedores sean genuinos, de que los bienes sean los descritos y de que el dinero pagado a cambio sea aceptable. Una vez establecido este punto, podemos pasar a las implicaciones para aclararlas aún más, y que pueden resumirse en las siguientes proposiciones.
1. Producimos bienes y servicios que podemos consumir nosotros mismos, y el excedente lo venderemos a otros, para poder adquirir las cosas que no producimos.
2. No es necesario que consumamos nada de nuestra propia producción, sino que podemos venderla toda a otros, para adquirir los bienes y servicios que necesitamos o deseamos.
3. El consumo incluye el consumo diferido, y la parte que se difiere es irrelevante para la ley, porque el producto de la producción lo gasta otra persona.
4. No es necesario que intervenga el dinero, y la ley abarca también el trueque.
5. Quien adquiere bienes y servicios de otros sin producir algo con que pagarlos debe obtener los medios de otra persona, que haya producido bienes y servicios por encima de su propio consumo.
6. La ley de Say se aplica a todos los agentes económicos, incluido el Estado.
Estas proposiciones deberían ser evidentes por sí mismas. Para ampliar la Proposición 6, conviene señalar que la ley de Say se aplica tanto en una economía dirigida como en una economía de mercado. Si el Estado actúa como canal para la producción y distribución de bienes, no puede eludir el hecho de que la producción dirigida por el Estado está sujeta a la ley de Say, igual que el libre mercado, porque el Estado no puede anular la realidad de la división del trabajo.
Es posible que Keynes fuera consciente de sus contradicciones, porque desplazó su ataque hacia los ahorradores por retener su consumo. El gasto no se retiene (Proposición 3 anterior), porque el dinero ahorrado se recicla a través del sistema financiero hacia otra persona que lo pide prestado para gastarlo. El dinero se gasta en otras cosas, nada más.
Consecuencias poskeynesianas
Al tomar un subconjunto de la economía, los empleados y su papel en ella, Keynes ignora la aplicación más amplia de la ley. Sin este artificio, no habría podido separar la demanda agregada del consumo agregado y, por tanto, afirmar que existían condiciones en las que la demanda agregada era insuficiente para la oferta potencial. En el fondo, esta fue su explicación de la gran depresión de los años treinta y su motivación subyacente para escribir su Teoría general. Como se mencionó antes, argumentó falsamente que, si la ley de Say fuera válida, no podría haber habido desempleo masivo en aquella época.
Ya hemos tratado la suposición de Keynes de que la ley de Say trata del empleo o de su ausencia. La causa del desempleo masivo de los años treinta no tuvo nada que ver con la ley de Say, sino que se encuentra en otra parte. Fue la consecuencia natural de la expansión del crédito en la década anterior. Es cierto que el consumo total disminuyó, pero también lo hizo la oferta total. Aunque la medición estadística nunca puede captar el panorama completo, la evidencia era que la ley de Say siguió siendo cierta durante todo aquel período de desempleo masivo.
Los desempleados, es cierto, vivían en circunstancias difíciles, pero nunca estuvieron ausentes de la economía, como insinuaba Keynes (véase la Proposición 5 anterior). Seguían gastando lo poco que les llegaba. Los comedores sociales y otras donaciones de bienes de primera necesidad se producían y consumían sin dinero (Proposición 4). La caridad es el proceso por el que el producto de la producción, de una u otra clase, se distribuye para el consumo de los pobres (de nuevo la Proposición 5). Igualmente, las prestaciones sociales del Estado (Proposición 5) se financian con la producción de otros mediante impuestos y degradación monetaria. Siempre se aplica la transferencia de la producción al consumo, con dinero o sin él.
Los economistas convencionales de hoy que niegan la verdad enunciada por Say viven en las nubes. La verdad, expuesta por Hayek, que lo conoció personalmente, es que Keynes en realidad sabía poco de economía.[iii] Su Teoría general, según el testimonio de Hayek y el análisis de este artículo, equivale a un enorme engaño, que el establishment ha acogido por lo que promete. La clase política se lo ha creído por completo y lo ve como un salvavidas que justifica la intervención económica positiva del Estado. Los economistas convencionales lo ven como una justificación de su empleo, a medida que se escriben más y más artículos para justificar la economía keynesiana y monetaria frente a una evidencia negativa cada vez mayor.
Resulta especialmente triste que Francia le haya dado la espalda a la sabiduría de Say, junto con la de sus otros notables economistas franceses del siglo XIX, y haya optado en su lugar por un cóctel letal de Marx y Keynes.
Negar la realidad de la ley de Say se convirtió en el fundamento de las políticas actuales de los gobiernos y los bancos centrales de todo el mundo. En esa negación reside la razón principal por la que dichas políticas están fracasando de forma evidente.
[i] A Treatise on Political Economy – J-B Say, 1803, traducido por CR Princep, 1855. http://www.econlib.org/library/Say/sayT15.html
[ii] The General Theory of Employment, Interest and Money, Keynes 1936.
[iii] Véase la entrevista de Hayek con Leo Rosten, septiembre de 1975. https://www.youtube.com/watch?v=y8l47ilD0II
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