La consecuencia más reciente de la mala gestión económica en Europa fue el fallido intento de reforma constitucional en Italia esta semana.
Los italianos ya han tenido bastante del fracaso económico de su gobierno y se niegan a darle más poder.
La UE y el proyecto del euro han sido un desastre económico para todos los participantes, incluida Alemania, que acabará viéndose obligada a dar por perdidos los ahorros, ganados con esfuerzo, que ha prestado a otros miembros de la eurozona. Sabemos con absoluta certeza que el euro se autodestruirá y que la eurozona se desintegrará.
Lo sabemos por una razón por encima de todas. La clase política y el BCE se guían por creencias económicas (no puedo dignificarlas llamándolas teoría razonada) que garantizarán ese resultado. Además, insisten en utilizar estadísticas que son incorrectas para la función que se les asigna, y el mejor ejemplo es el PIB, que he criticado sin cesar y que no repetiré aquí. Asimismo, los estadísticos del gobierno tergiversan las cifras, y el IPC y las cifras de desempleo son ejemplos claros.
Este artículo toma una columna escrita por William Hague para el Daily Telegraph y publicada a principios de esta semana para ilustrar la profundidad del malentendido que sufre incluso un político relativamente lúcido, con esta mezcla de disparates y propaganda estadísticai. También se refiere a un discurso pronunciado esta semana en Liverpool por Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, que demuestra lo alejado que está también él de la realidad. Muchas de las ideas erróneas suyas y de lord Hague las comparte casi todo el mundo, por lo que en su mayoría pasan inadvertidas.
Lord Hague básicamente culpa al euro de todos los males de Europa: «…... ha hecho más pobres a algunos países, como Italia y Grecia, mientras otros se enriquecen», opina, y sin duda es un sentir común. Pero la culpa nunca es de la moneda, sino de quienes intentan usarla para lograr resultados políticos y, inevitablemente, fracasan en su empeño.
Antes de que existiera el euro, cada moneda ofrecía tipos de interés distintos, que reflejaban la valoración del mercado sobre el riesgo de prestar. Así, el gobierno griego, al endeudarse en dracmas, solía tener que pagar más de un 12 % de interés, mientras que Alemania podía pagar un 3 % por el mismo vencimiento en marcos. El hecho de que hubiera tipos distintos en monedas distintas imponía disciplina de mercado a los prestatarios.
Tras la introducción del euro, los tipos de interés de los prestatarios soberanos convergieron hacia el más bajo, que era el de Alemania. El motivo fue que los bancos podían apalancar sus préstamos en los mercados de bonos y monetarios para ganar dinero fácil con el diferencial entre los tipos alemanes y los demás, sin riesgo, bajo el supuesto de que todo el tinglado estaba garantizado por la UE y el BCE. Era perfectamente razonable esperar este resultado, pero no está claro si los mandarines de Bruselas eran lo bastante listos como para saber que ocurriría. Si lo eran, demostraron desconocer las consecuencias finales, y si no, simplemente eran unos ignorantes, y punto.
Estos mismos operadores doblegaron las reglas que ellos mismos habían fijado originalmente para permitir que los países se unieran al euro. Según el Tratado de Maastricht, para poder ser miembro un Estado debía tener un déficit presupuestario inferior al 3 % y una deuda pública inferior al 60 % del PIB. Ni Alemania ni Francia cumplían los requisitos al principio. Y en el caso de Grecia, el Gobierno griego sencillamente mintió, con el pleno conocimiento y el estímulo de los demás miembros. No, Lord Hague, los culpables fueron los responsables políticos, no la moneda en sí.
Pero él continúa: «La pertenencia al euro ha puesto a los italianos en una senda permanente hacia el empobrecimiento». No es así. Fueron los italianos quienes usaron dinero barato denominado en euros para endeudarse de forma desmedida. Ellos, y solo ellos, son responsables de la mala gestión de su economía y de sus problemas de deuda, que, dicho sea de paso, superan ahora en otro 75 % el límite del 60 % de Maastricht.
Entonces, ¿quién vigila eso?
Lord Hague también saca a relucir el bulo de que el euro beneficia a Alemania: «Los alemanes siguen exportando con facilidad y acumulando superávit, mientras los italianos tienen dificultades y se endeudan más». Esta afirmación entrecomillada es sin duda cierta a primera vista, pero es un error culpar al pobre euro. La culpa corresponde, más bien, a los desequilibrios fiscales, a las diferentes tasas de expansión del crédito bancario y al horror añadido de TARGET2. Este último artificio pretende compensar los desequilibrios monetarios que de otro modo se producirían por los desequilibrios comerciales. Pero sus diseñadores parecen haber ignorado por completo que la única forma de controlar los desequilibrios comerciales es mediante la escasez y la acumulación de dinero que resultan, respectivamente, de los déficits y los superávits comerciales. En cambio, TARGET2 cubre la falta de dinero que causa el exceso de importaciones y reduce el excedente de dinero que se acumula en manos de los exportadores. Recicla el dinero gastado por los italianos para que pueda gastarse de nuevo, o incluso atesorarse fuera de Italia, ad infinitum. TARGET2 es una prueba viviente de lo ridículo del proyecto del euro.
Lord Hague hace una excepción a su argumento y a su conclusión al citar la mayor productividad de Alemania y sugerir que la única salida era que el Sr. Renzi aplicara reformas audaces para elevar la productividad italiana al nivel de la alemana. No dice cuáles podrían ser esas reformas. Yo se lo puedo decir: el nuevo Gobierno debería reducir su peso del 52 % del PIB a menos del 40 %, y cuanto menos, mejor. La reasignación de capital de la destrucción gubernamental al progreso del sector privado hará maravillas. Las políticas fiscales deberían favorecer a los ahorradores. Al mismo tiempo, habría que dejar que los italianos de a pie sigan con sus vidas y hacerles entender que el Estado no está para mantenerlos con subsidios.
Por último, la conclusión de Lord Hague, aunque es correcta desde el punto de vista jurídico, es incorrecta desde un punto de vista estrictamente económico. Afirma que salir del euro es un problema mucho más difícil que salir de la UE, ya que no hay un artículo 50 que activar. Da a entender que, si Italia simplemente vuelve a la lira, hay pocas dudas de que esta se hundirá rápidamente arrastrando consigo a sus bancos, porque los acreedores de Italia seguirán esperando cobrar en euros mientras que el coste de endeudarse en liras aumentará sin remedio con rapidez, lo que minará las finanzas públicas.
Sin embargo, contrariamente a todo lo que se ha enseñado a los keynesianos y que ellos a su vez enseñan a estudiantes crédulos, el objetivo económico de la independencia monetaria debería ser una moneda sólida, no una depreciación continua. Italia tiene oro suficiente para establecer por sí misma un patrón de cambio oro, o bien podría operar una caja de conversión con el euro, para asegurar que la lira conserve su valor para los acreedores extranjeros. Cualquiera de los dos caminos exige algo novedoso de los políticos italianos: tienen que apretar los dientes con las finanzas públicas y permitir que el capital se reasigne de las empresas moribundas a nuevas actividades empresariales dinámicas. Se puede hacer, e Italia surgiría rápidamente como una nueva fuerza industrial.
¿Pero se hará? Por desgracia, no hay ni la más remota posibilidad, y aquí debemos darle la razón a Lord Hague. Al igual que sus homólogos de todas partes, los políticos italianos se han rodeado de economistas que les dicen a todo que sí, formados a expensas del Estado para justificar las intervenciones estatales en la economía. Se ha convertido en un círculo de retroalimentación que acaba en inestabilidad económica, crisis y, finalmente, colapso.
El pensamiento de grupo de Carney
Lord Hague, aunque respetado como político británico de primer nivel, al menos no interviene en las políticas monetarias ni fiscales de Italia. Potencialmente mucho más peligroso es quien tiene la mano en el timón monetario, Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra. Esta semana pronunció un discurso en Liverpool en el que atribuyó el fracaso de sus políticas monetarias a todo el mundo menos al Bancoii. Dijo que los políticos deben fomentar una globalización que funcione para todos. ¿De verdad? ¿Cómo piensan hacerlo? Culpa a los economistas por no haber reconocido «las realidades de los beneficios desiguales del comercio y la tecnología». Pero, sin duda, todos sabemos que los economistas del establishment, incluidos los del propio Banco, tienen un historial inigualable de equivocaciones. Esperar que de pronto demuestren dotes de previsión es el triunfo personal de Carney de la esperanza sobre la realidad. Carney reprende a las empresas por no pagar impuestos. Es el clásico argumento de «la culpa es de otro», e ignora el hecho fácilmente demostrable de que el dinero que el sector privado emplea en busca de beneficios es productivo, mientras que entregárselo al gobierno es un despilfarro. El Estado puede desear que se paguen más impuestos, pero eso es contraproducente.
El gobernador afirma entonces que la política monetaria del Banco ha sido «muy eficaz» y que «los datos no respaldan la idea de que el periodo de tipos bajos haya beneficiado a los ricos a costa de los menos ricos». Es evidente que no ha sido capaz de relacionar la pérdida de poder adquisitivo de los salarios fijos de los trabajadores con menores ingresos y de los pensionistas que dependen de los intereses con el hecho de que las bolsas se disparen hasta máximos históricos gracias a los tipos de interés reprimidos y a las inyecciones de dinero mediante la expansión cuantitativa. Sí, señor Carney, mis amigos de clase media les ha ido muy bien con sus inversiones y propiedades, gracias a la inflación monetaria, pero siguen pagando a sus jardineros y empleadas del hogar más o menos los mismos salarios depreciados.
Esto es relevante no solo para la mala gestión de la economía del Reino Unido, sino también para la de Europa. Carney recibió, con razón, numerosas críticas por amenazar falsamente con el infierno y la condena económicos en caso de que se votara a favor del Brexit. Esto presupone que todo en Europa va considerablemente mejor que en Gran Bretaña por su cuenta, y confirma que sus homólogos europeos, que defendían la misma postura, entienden la situación económica tanto como él. Carney se equivocó todo lo que se podía, pero no ha habido ningún mea culpa.
Si el señor Carney y Lord Hague quieren criticar los acontecimientos económicos actuales, deberían empezar por comprender bien los efectos negativos de la intervención fiscal y monetaria. Deberían darse cuenta de que sostener empresas extintas reduciendo el coste del endeudamiento y apoyándolas con contratos públicos es ludita y destructivo. Y, sobre todo, deberían comprender que la gente corriente que se ocupa de sus asuntos es infinitamente adaptable, tiene una capacidad notable para soportar las tonterías del gobierno y del banco central, y aportaría sus impuestos con mucha más eficacia si simplemente se le permitiera seguir con sus negocios sin tener que padecer la microgestión del gobierno y del banco central.
iVéase http://www.telegraph.co.uk/news/2016/12/05/euro-has-trapped-poor-countries-like-italy-failed-experiment/
iiConferencia Roscoe en la Universidad John Moores. Véase http://www.bankofengland.co.uk/publications/Documents/speeches/2016/speech946.pdf
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