Por qué China debería eliminar todos sus aranceles comerciales

Soy un hombre de aranceles. Cuando personas o países vienen a saquear la gran riqueza de nuestra nación, quiero que paguen por el privilegio de hacerlo. Siempre será la mejor manera de maximizar nuestro poder económico. Ahora mismo estamos recaudando miles de millones de dólares en aranceles. HAGAMOS RICA A AMÉRICA OTRA VEZ

Tuit de @realDonaldTrump, 10:04 EST, 4 de diciembre de 2018


Economistas de casi todas las corrientes teóricas entienden de forma generalizada que los aranceles comerciales son una mala idea, pero el presidente Trump ha dejado clara su postura. La clase política, normalmente empujada por los intereses creados de los capitalistas de amiguetes, siempre cae en el proteccionismo comercial. La guerra arancelaria del presidente Trump es solo el último ejemplo, y coincide, casualmente, con una tendencia que se remonta a la introducción de los bancos centrales. Abordaré esta coincidencia más adelante en este artículo.

También sorprende que la dirigencia china entre en una guerra arancelaria cuando afirma defender el libre comercio. Quizá no termine de entender por qué importa el comercio sin aranceles y, como Trump, piense que un superávit comercial es simplemente función de precios más baratos. Este error confunde cómo surgen los saldos comerciales con la rentabilidad que procede de unos costes más bajos en jurisdicciones extranjeras. Esa es una cuestión distinta. A China le convendría mucho más responder a los aranceles de Trump eliminando todos los suyos y, de hecho, desafiando a las empresas estadounidenses a ver si son capaces de ganar cuota de mercado en China frente a los fabricantes y proveedores de servicios locales.

¿Y si lo consiguen? Pues la economía china se beneficiará de obtener bienes y servicios que otro puede proporcionar mejor, lo que libera recursos económicos para un uso más eficiente, adecuado y productivo. La idea de fondo es que los aranceles son un impuesto tanto sobre el consumo como sobre los insumos de producción, y frenan el desarrollo económico. Los aranceles son una autolesión. Condenamos que los adolescentes se autolesionen, pero no cuando lo hacen los gobiernos.

Este artículo explica por qué China se beneficiaría enormemente de la abolición de sus propios aranceles, como cualquier país que siga políticas comerciales sin aranceles. La otra cara de la moneda, la escalada arancelaria, es la autopista hacia la ruina económica. El primer paso para desarrollar este argumento es recordar la evidencia empírica: el terrible daño que los aranceles causaron a la economía mundial tras la Primera Guerra Mundial y las espantosas consecuencias financieras y económicas cuando culminaron en la Ley arancelaria Smoot-Hawley de 1930 en Estados Unidos.

Las historias de la inflación monetaria y de los aranceles están estrechamente vinculadas

La expansión tanto del crédito bancario como del mercado de letras comerciales en Estados Unidos durante la década de 1920 se sumó a la inflación monetaria y de precios de la Primera Guerra Mundial. A pesar de la expansión monetaria acumulada, Estados Unidos logró mantener un patrón oro convertible hasta 1933. Del mismo modo, otros países que volvieron a un patrón oro de posguerra (como el Reino Unido) lo hicieron con los tipos de convertibilidad de antes de la guerra, sobre bases de dinero en circulación enormemente ampliadas. Todos tuvieron que acabar devaluando. Otras divisas europeas simplemente se habían hundido en 1924.

La oferta monetaria en EE. UU. aumentó un 73 % entre 1913 y 1919, y los precios al por mayor se duplicaron. En el Reino Unido, la oferta monetaria aumentó un 144 % y los precios al por mayor subieron un 157 %.[i] Fue a partir de estas bases elevadas como continuó la expansión del dinero en circulación durante los años veinte. Aunque solemos recordar los avances económicos derivados de la extensión de la electricidad y la fabricación de automóviles, pasamos por alto los considerables desequilibrios monetarios. Los desequilibrios monetarios generan desequilibrios de precios, que conducen a flujos comerciales y de capital políticamente indeseables. Los gobiernos y los bancos centrales intentan sofocar los síntomas, y esa fue la razón de fondo de la cooperación entre Benjamin Strong, en la Fed, y Montague Norman, en el Banco de Inglaterra, durante aquella década.

Durante la Primera Guerra Mundial, los gobiernos requisaron la producción, lo que eliminó la competencia extranjera. Cuando el comercio internacional se reanudó tras la guerra, ya no era así, y los empresarios se encontraron con competidores extranjeros cuyos costes estaban en monedas que se depreciaban rápidamente. Como es natural, presionaron para obtener aranceles que blindaran sus mercados nacionales. Esto condujo a la Ley de Aranceles de Emergencia de 1921 en Estados Unidos, consolidada en el arancel Fordney-McCumber de 1922. Los demás países respondieron aumentando sus propios aranceles, y la contracción del comercio internacional fue un factor significativo en los colapsos de divisas que sufrieron a principios de 1924 Austria, Bulgaria, Alemania, Grecia, Rusia y Polonia. Y como la contracción del comercio hizo prácticamente imposible que estos países pagaran sus deudas de guerra a Estados Unidos, los supuestos beneficios de la protección comercial tuvieron un enorme coste de capital para el propio país.

En 1922, los aranceles de importación de EE. UU. iban del 7 % al 68 %, con una media del 38 %. Aunque buena parte de Europa estaba deprimida tras la guerra, en 1926 sus economías y su empleo se habían recuperado a pesar de estos aranceles, que habían dejado de ser una protección suficiente para las empresas estadounidenses. En 1930, la Ley Arancelaria Smoot-Hawley elevó los aranceles de importación en todos los ámbitos hasta una media del 60 %.[ii]

Dada la historia de empresarios estadounidenses que colaboraron con los políticos en favor de la protección comercial, no debería sorprendernos que Donald Trump, un presidente empresario, haya reintroducido aranceles para proteger a las empresas estadounidenses. Sus mensajes en Twitter lo dicen todo. Su ignorancia económica y su motivación política reproducen fielmente las del senador Smoot y el representante Hawley. Además, la falta de voluntad de aprender de la historia resulta deprimentemente familiar, y el desenlace se ha vuelto desalentadoramente predecible.

En 1930, las reacciones de los socios comerciales de EE. UU., que siguieron a Smoot-Hawley subiendo también sus aranceles proteccionistas, fueron igualmente predecibles y económicamente ilógicas. Los precios de las materias primas habían empezado a caer anticipándose al colapso del comercio. Esto tuvo un efecto devastador en los agricultores estadounidenses, que habían sido una de las razones centrales de los aranceles en todos los debates comerciales del Congreso, incluso antes de la Primera Guerra Mundial.

La bolsa estadounidense se hundió a finales de 1929, antes de la primera votación importante de la Ley Smoot-Hawley, el 31 de octubre. Los operadores veían hacia dónde iba la situación y anticiparon correctamente los efectos económicos. Curiosamente, los políticos atribuyeron el desplome bursátil a una falta de confianza empresarial que se curaría con una rápida aprobación de la Ley Smoot-Hawley.[iii]

Los optimistas podrían argumentar que las lecciones de las décadas de 1920 y 1930 fueron la primera vez que los efectos negativos de los aranceles resultaron evidentes para los políticos y para el público en general, y que por tanto es improbable que se repitan. No es así. En mayo de 1930, un mes después de que el Congreso aprobara Smoot-Hawley, una petición firmada por más de mil economistas pidió al presidente Hoover que la vetara. El establishment económico actual está igualmente unido contra los aranceles, pero, en todo caso, el presidente Trump es menos receptivo a la persuasión en materia comercial que lo fue el presidente Hoover.[iv]

Hoy, las bolsas parecen estar al borde del precipicio mientras Estados Unidos apunta a China con aranceles. El lunes hubo un rally de alivio de un solo día en las bolsas, que reflejaba el aplazamiento de noventa días de los nuevos aranceles de EE. UU. contra China. Pero los precios de las acciones no se sostuvieron y han iniciado lo que podría convertirse en un pánico financiero devastador, que replicaría la destrucción de valor en Wall Street en octubre de 1929.

La historia de insensatez política de hace noventa años sugiere que el amor por los aranceles está tan arraigado en la psique de la clase política que se ignorará la evidencia empírica. Insinúa que estamos al principio de una guerra arancelaria que continuará, más que cerca de un acuerdo, y que las consecuencias económicas de la política comercial amenazan con llevarnos a una repetición de la Gran Depresión.

Todavía nos queda por delante la batalla arancelaria entre EE. UU. y la UE. Quedó en suspenso mientras se trataba con China, y podemos estar seguros de que Trump volverá a ese asunto a su debido tiempo. La propia UE es muy proteccionista y, por tanto, un trapo rojo para el toro de Trump. Solo podemos esperar que las amenazas crecientes nunca se materialicen en acciones. Pero es una esperanza nacida de la desesperación. Si se deja en manos de los políticos, lo más probable es que los aranceles solo sigan subiendo.

Esta vez, la agricultura y el dinero son diferentes

Hay dos diferencias significativas entre el periodo de 1920-1930 y la actualidad que conviene mencionar. La primera es que los precios del grano y de las tierras de cultivo se vieron aún más debilitados por la sobreproducción, debida a la rápida adopción de la mecanización y de nuevos pesticidas. Los precios de todos los productos agrícolas se desplomaron y empobrecieron a los agricultores de todo el mundo. Las condiciones del Dust Bowl de la década de 1930 remataron el trabajo y acabaron con los agricultores de Norteamérica.

La segunda diferencia está en el dinero. La caída de la demanda de materias primas durante la Gran Depresión provocó un hundimiento de los precios de las materias primas, medidos en dólares. En aquel momento, para el público, los dólares eran sustitutos del oro, ya que podían canjearse por oro a 20,67 dólares la onza. Por lo tanto, el desplome de los precios reflejaba un mayor poder adquisitivo del oro, y la respuesta política final fue anular la convertibilidad del dólar en 1933 y, después, devaluarlo un 40 % en enero del año siguiente.

Si sufrimos una repetición de la recesión provocada por el comercio de la década de 1930, se medirá en las divisas fiduciarias de hoy. Como mínimo, sabemos que los bancos centrales compensarán cualquier tendencia a la baja de los precios inflando la oferta monetaria. Eso ya es política oficial. La inflación monetaria no resolverá los problemas de fondo, solo servirá para ocultarlos. Los bancos centrales intentarán mantener un equilibrio al estilo de Blondin, caminando por la cuerda floja, entre la cantidad de dinero y la estabilidad de los precios. Esto no puede lograrse sin subir tanto los tipos de interés como el coste del endeudamiento de los gobiernos, y por ello debemos concluir que una recesión económica provocada por los aranceles amenazará con socavar el dólar y todas las divisas fiduciarias vinculadas a él.

Por qué los desequilibrios comerciales no tienen nada que ver con los precios

Es hora de abordar la teoría que subyace a los desequilibrios comerciales. Hemos visto la evidencia empírica: los políticos se dejan convencer con facilidad de que el exceso de importaciones sobre exportaciones se debe a una competencia desleal. Incluso las empresas estadounidenses tienden a ubicar su producción en los lugares más baratos para maximizar sus beneficios, y a menudo cierran sus operaciones en lugares más caros para reducir costes. Esto ha irritado al presidente Trump cuando se queja de los déficits comerciales.[v]Pero la razón de los desequilibrios comerciales no tiene nada que ver con un comportamiento antipatriótico ni con la competencia en precios. Es inherente a las monedas fiduciarias.

Podemos deducir que, en un régimen de dinero sólido, es decir, uno en el que los pagos se aceptan en oro o en sustitutos del oro con respaldo íntegro, los desequilibrios comerciales solo pueden ser menores y temporales, porque las importaciones tienen que pagarse con dinero real e inflexible, ganado para poder gastarlo después. No se pueden crear dinero y crédito de la nada para pagar importaciones. Si surge un déficit comercial, el oro sale del país y, en consecuencia, los precios internos de los bienes bajan. Las comunidades con precios más altos tenderán a comprar a las de precios más bajos, y los fabricantes tenderán a vender a las comunidades con precios más altos.

De este modo, el oro que fluye entre comunidades iguala las preferencias de cada una por el oro frente a los bienes y, por tanto, tanto el comercio como los precios se autoajustan hacia un nivel común.

Con este conocimiento seguro, podemos pasar a describir cómo surgen los desequilibrios comerciales en un régimen de dinero fiduciario. Dependen de los ritmos relativos de expansión del dinero y del crédito entre una moneda y otra, porque los desequilibrios comerciales siguen teniendo que pagarse, pero siempre con el dinero fiduciario y flexible de hoy. Esto conduce a la siguiente identidad de la contabilidad nacional:

(Importaciones – Exportaciones) @ (Inversión - Ahorro) + (Gasto público – Impuestos)

En otras palabras, un déficit comercial es el resultado neto de un déficit en la combinación de ahorro y déficits presupuestarios. Con más precisión, se aplica tanto al capital como a los bienes sin distinción y queda recogido en las estadísticas de la balanza de pagos. Este es un punto importante, dada la gran cantidad de dinero que circula por el sistema financiero global y que no está asociada a liquidaciones comerciales.

Si consideramos un país con déficit en la balanza de pagos, la falta de ahorro para la inversión siempre se cubre con una expansión del dinero y del crédito bancario. Si intervienen entradas de capital del exterior, darán lugar a que el banco central suministre la moneda, o a que esta se origine mediante una expansión previa o simultánea del crédito bancario. En cualquier caso, el banco central está dispuesto a garantizar que no haya una fuga neta de los mercados monetarios mediante la gestión tanto de los tipos de interés como de su propio balance.

Por tanto, es evidente que, en todas las circunstancias, el déficit de ahorro de la identidad contable nacional anterior debe cubrirse con expansión monetaria.

Del mismo modo, un déficit presupuestario solo puede conducir a una expansión de la oferta monetaria, que normalmente implica la emisión de letras del Tesoro o instrumentos similares a corto plazo. Cuando se emiten bonos del Estado, los bancos los suscriben utilizando sus balances. Cuando entidades no financieras y ahorradores compran bonos del Estado, o bien desvían ahorro neto de la inversión del sector privado (que se compensa con expansión monetaria, como se ha descrito antes), o bien aumentan su ahorro reduciendo el consumo. Reducir el consumo personal a favor del ahorro exige tipos de interés más altos, que se evitan mediante inyecciones de liquidez del banco central.

Además, una vez obtenidos los fondos, el Gobierno los gasta, devolviendo dinero a la circulación pública. Si ha recurrido al ahorro, ese ahorro se convierte en gasto público. Si no, los compradores de bonos del Estado solo tienen un recurso: la expansión monetaria o crediticia. Por tanto, lo mires como lo mires, un déficit presupuestario aumenta la cantidad de dinero.

Un análisis similar se aplica a una nación con superávit en la balanza de pagos. En este caso, la expansión monetaria es menor que el aumento del ahorro, lo que se refleja en un superávit de la balanza de pagos. Por lo tanto, al considerar los desequilibrios comerciales, los precios no tienen nada que ver. Los precios solo influirán en el origen de la oferta, no en la demanda.

Definir el origen de los desequilibrios comerciales a través del marco de la contabilidad nacional se confirma al verlo desde otro ángulo. La división del trabajo nos dice que fabricamos cosas y prestamos servicios para ganar el dinero con el que comprar las demás cosas que necesitamos y acumular algo de ahorro. Esto sigue siendo cierto cuando somos el sustento de una familia cuyos otros miembros no trabajan por dinero. También lo es del dinero ganado y transferido a otros a través de organizaciones benéficas y del Gobierno. Las prestaciones por desempleo y los pagos de asistencia social tienen que ser ganados por alguien.

Esto describe una economía en la que el dinero sólido es el agente temporal que convierte la producción en consumo. Supongamos ahora que se introduce más dinero en la economía, no ganado por nadie como se ha descrito, sino creado de la nada. En consecuencia, más dinero empieza a perseguir la misma cantidad de bienes.

Naturalmente, la introducción de dinero adicional hará subir los precios internos. Durante un tiempo, los bienes importados seguirán disponibles a los precios antiguos. La oferta de estos bienes debe proceder de países menos afectados por la demanda alimentada por la inflación. En la práctica, otros países también inflan sus monedas, por lo que los diferenciales de precios pasan a ser una cuestión relativa. Además, los ciudadanos de algunas naciones ahorran habitualmente más que otros y, mientras el volumen de su ahorro aumente en relación con su oferta monetaria, habrá bienes y servicios disponibles para exportar a otras comunidades.

Ignorar el verdadero origen de los desequilibrios comerciales fue un defecto importante de la economía keynesiana, que dio lugar a multitud de otros problemas. La adopción de dinero poco sólido para cubrir los déficits presupuestarios y de ahorro está en el centro de todo. Por eso no es casualidad que estos desequilibrios hayan aumentado a la par que el poder de los bancos centrales. Resulta extraordinario que, pese a una teoría económica básica incontestable, Keynes concibiera prescindir por completo de los ahorradores y que el Estado proporcionara capital barato a los empresarios.[vi] En esto, Keynes fue claramente un matemático sin un dominio fundamental de su propia materia; de lo contrario, no habría negado la verdad de la identidad matemática anterior. En cambio, decidió desacreditar la ley de Say, que definía la división del trabajo, y luego ignorar las consecuencias de la gestión estatal de los resultados económicos con dinero poco sólido.

Los beneficios del libre comercio

A la luz de la teoría económica razonada, debería ser obvio que China comete un grave error al responder al autoperjuicio de Trump perjudicándose también a sí misma. Ni siquiera merece la pena entrar en diálogo con la locura, porque lo único que fomenta es más locura. En lugar de eso, China debería eliminar todos los aranceles y dejar que sus consumidores y empresas compitan libremente con los extranjeros.

Fue quizá una idea radical, promovida por primera vez en Gran Bretaña por David Ricardo, que demostró los beneficios de la ventaja comparativa (1817), y retomada después por la Anti-Corn Law League con Richard Cobden y John Bright (1836-38). Convencieron de las virtudes del libre comercio a Robert Peel, primer ministro en aquel momento. El resultado fue la derogación de las Leyes de Granos (1846), que convirtió el comercio sin aranceles en la política nacional de Gran Bretaña a partir de entonces.

En consecuencia, Gran Bretaña se convirtió en la nación más poderosa del planeta, a pesar de su pequeño tamaño. Antes de la Primera Guerra Mundial, nada menos que el 80 % de todos los barcos a flote se había construido en Gran Bretaña, con el Clyde, Belfast y el Tyne como grandes centros de construcción naval. Gran Bretaña se benefició de haber reunido un Imperio con el que comerciar, pero en el centro de este éxito estaba el libre comercio.

Los chinos deberían tomar nota. También habrán sido testigos de los notables éxitos de Hong Kong y Singapur tras la rendición de Japón en 1945. Su éxito se debió por completo a unos mercados libres que disfrutaban de un comercio sin aranceles impulsado por sus propias diásporas, mientras los gobiernos se abstenían de intervenir. Por tanto, es ilógico que China juegue al juego de Trump. Es mucho mejor dejar que él destruya el potencial de Estados Unidos con aranceles desacertados, como ejemplifica el tuit de Trump que encabeza este artículo. Al fin y al cabo, en el gran juego de la geopolítica, el camino más rápido y seguro de China para elevar con rapidez el nivel de vida y la riqueza de su propio pueblo pasa por la destrucción que sus enemigos se infligen a sí mismos y por evitar los mismos errores.




[i] Melchior Payli, The Twilight of Gold, p.33, citado en Lessons from the Great Depression de T. Rustici.

[ii] Frank Taussig, The Tariff History of the United States (Nueva York, Augustus Kelly 1967)

[iii] Thomas Rustici, Lessons from the Great Depression, pp. 80 (Capitalism Works Publishing 2005)

[iv] Hoover se opuso al proyecto de ley Smoot-Hawley, calificándolo de cruel, extorsionador y detestable, pero aun así lo firmó.

[v] Véase Bob Woodward, Fear (Simon & Schuster 2018), para una descripción de las facciones comerciales en la Casa Blanca. Peter Navarro, director de Política Comercial e Industrial de Trump, es fuertemente proteccionista, igual que Robert Lighthizer (representante de Comercio de EE. UU.) y Wilbur Ross (secretario de Comercio). El secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, dedica una energía considerable a frustrar este proteccionismo comercial.

[vi] J. M. Keynes, General Theory of Employment, Interest and Money, Notas finales II.

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