Perspectivas para 2013 de Alasdair Macleod

Nunca había afrontado la perspectiva de un nuevo año con tanta inquietud como ahora, al pensar en lo que nos depara 2013. Abundan los riesgos sistémicos que, de por sí, no son la historia principal, sino solo hitos en el camino hacia la destrucción final de las divisas, a menos que los gobiernos recobren de algún modo el juicio.

Para entender los peligros de 2013, primero expondré su contexto antes de enumerarlos uno por uno. Ninguna lista de este tipo puede ser exhaustiva ni seguir un orden temporal, pero todos sus elementos tienen la misma raíz: la acumulación a largo plazo de una carga de deuda insostenible.

Es una historia que empezó con el final de la Primera Guerra Mundial e implica un mundo que sustituyó el laissez-faire por la motivación política en los asuntos económicos y monetarios, y que pasó de crear riqueza a destruirla en nombre del bien común. Esto era lo que movía a Keynes. En las notas finales de su Teoría general lo dijo claramente: esperaba la «eutanasia del rentista» (un término para referirse al ahorrador con el que pretendía transmitir desdén), que sería sustituido por «el ahorro comunitario por medio del Estado, mantenido a un nivel que permita el crecimiento del capital hasta el punto en que deje de ser escaso». Los monetaristas que dirigen los bancos centrales comparten con Keynes este objetivo y actúan como el instrumento mediante el cual se destruyen los ahorros y se consigue que el capital deje de ser escaso.

No entraré en la teoría del ciclo económico, salvo para decir que la manipulación de sus economías y de sus monedas fiduciarias por parte de gobiernos y bancos centrales ha conseguido aplazar las quiebras y la liquidación de las malas inversiones acumuladas, hasta el punto de que ya no se puede sostener su coste. En 2007-2008, la deuda acumulada era demasiado grande para unas economías distorsionadas, lastradas y debilitadas. Y no es un problema de un solo país, porque se ha convertido en un problema general. Estados Unidos, el Reino Unido y los países de la zona euro llegaron juntos a este punto terminal, mientras que Japón llevaba tiempo esperando a que lo alcanzaran. Solo estas naciones suponen cerca de la mitad del PIB mundial. Los bancos a los que se debe toda esta deuda están interconectados financieramente y también vinculados a bancos de países donde la burbuja de deuda no es tan aguda.

Que todas las naciones sigan el mismo camino hacia la destrucción es el resultado de la coordinación internacional que domina cada vez más la política global desde la Conferencia de Bretton Woods de 1944. La respuesta a la crisis financiera de 2008 fue incorporar a más participantes, de modo que el G20 se convirtió en el foro de coordinación económica internacional posterior a la crisis. Nunca en la historia moderna habíamos visto a tantos gobiernos de acuerdo en cometer los mismos errores; y, dada la interconexión subyacente de sus bancos, es difícil ver cómo cabe el disenso.

Durante los últimos cinco años, el sistema bancario mundial ha lidiado con un capital insuficiente, garantías sobrevaloradas y una tendencia subyacente a que los balances se deflacten. Sus respectivos gobiernos, a través de los bancos centrales, están respaldando a estas instituciones insolventes inundándolas de deuda soberana y de dinero fiduciario, y manipulando los mercados de crédito para mantener las valoraciones. Si se eliminan estas distorsiones, vemos que la economía del sector privado sigue contrayéndose cuatro años después de que estallara la burbuja del crédito, un hecho que queda oculto por la expansión tanto del gasto público como del dinero fiduciario. De lo contrario, los balances de los bancos se habrían contraído y habrían borrado su capital agregado, en algunos casos varias veces.

Por lo general, los gobiernos no se dan cuenta de que están en medio de un colapso económico. La manipulación del crédito, del dinero y de los precios ha hecho imposible el cálculo económico. En este sentido, hay poca diferencia entre el comunismo de los Estados fallidos del pasado y las economías reguladas y planificadas de hoy, salvo quizá en el grado de intervención del Estado. Como ocurrió con la Unión Soviética, la gente corriente, al actuar en su propio interés, acabará provocando la caída de sus gobiernos. Es inevitable que suceda, a menos que los gobiernos den marcha atrás.

Este es un resumen muy breve de la crisis global, y, al estar plenamente comprometidos con las falacias keynesianas, a los gobiernos les resulta enormemente difícil dar marcha atrás. A más largo plazo, el gasto público en sanidad y bienestar también se está disparando fuera de control. Además, los intentos de reducir los déficits presupuestarios persistentes mediante mayores impuestos al sector privado solo deprimirán la actividad económica y reducirán la recaudación. La mayoría de los economistas, los neoclásicos que malinterpretan la base misma de su disciplina, parecen incapaces de comprender el origen de un problema que ellos mismos han ayudado a crear a los gobiernos.

Riesgos sistémicos en 2013

Bancos


Los bancos están interconectados a través de préstamos interbancarios y transfronterizos. También los vinculan el riesgo de contraparte en derivados y la hipoteca (rehipoteca) de garantías fuera de balance. Las garantías son siempre propiedad de otra persona, que se usa y reutiliza con beneficio sin su participación y, a menudo, sin su conocimiento. El nivel de capital bancario que respalda los pasivos dentro y fuera de balance es insuficiente para cubrir las pérdidas ocultas, el contagio sistémico o una nueva recaída de la economía mundial. Las pérdidas ocultas son las encubiertas por anteriores cambios en las normas contables y las derivadas de malas inversiones aún no reconocidas. Los riesgos sistémicos incluyen los impagos soberanos, las caídas significativas del valor de las garantías y la quiebra de contrapartes en los mercados de derivados. Y la recesión del sector privado, que no aparece en las estadísticas nacionales, continúa.

Los bancos se han convertido en instituciones corrompidas, siempre al borde de la quiebra. Se sirven a sí mismos y a sus gobiernos a costa de sus clientes. Aun así, seguirán siendo rescatados por los bancos centrales mediante más expansión monetaria y por garantías estatales, sin importar el coste. Esto será especialmente peligroso para los países cuyos balances bancarios son muy grandes en relación con su PIB, como el Reino Unido y Suiza.

Países soberanos


La economía de EE. UU., además de afrontar la crisis inmediata del abismo fiscal, está atrapada entre los efectos económicamente destructivos de la subida de impuestos y el rápido aumento de los costes sanitarios y de bienestar social. La recuperación económica de la que dependen las previsiones de déficit futuro se aleja por unas políticas económicas y monetarias erróneas, y hay poca disposición a abordar el gasto obligatorio. Por tanto, las perspectivas son de deterioro de las finanzas públicas y de una posible necesidad de subir los tipos de interés antes de lo esperado para frenar los inevitables efectos inflacionistas de una impresión de dinero acelerada.

La eurozona está claramente en una crisis financiera y económica. El BCE está dispuesto a hacer todo lo necesario para evitar que los problemas de Grecia se repitan en otros lugares, pero casi con seguridad es demasiado tarde. La carga del sistema del euro sobre Alemania, los Países Bajos, Finlandia y Austria es demasiado grande para que puedan soportarla, y cabe esperar una creciente discrepancia política en este año electoral en Alemania. En 2013 deberíamos ver cómo los problemas combinados de España, Italia y Francia empiezan a minar el valor de su deuda soberana. Sus bonos están sobrevalorados y deben su posición sobre todo a las normas del Comité de Basilea sobre adecuación del capital y a una confianza equivocada en el BCE. El sistema bancario de la eurozona está infracapitalizado y, con supuestos realistas, ya está en quiebra.

En Japón, el Banco de Japón afronta dificultades irreconciliables. Con un billón de yenes de deuda pública (un cuatrillón en la escala inglesa), el nuevo gobierno obliga ahora al BoJ a financiar su déficit continuado por medios monetarios. Además, los ahorradores están ahora desahorrando a un ritmo acelerado, lo que provoca un déficit comercial creciente. Japón parece entrar por fin en la fase final de su colapso económico, que comenzó con el fin de su burbuja hace exactamente 24 años.

El Reino Unido afronta problemas similares a los de EE. UU., con impuestos diseñados en la práctica para desincentivar la riqueza, y con unos costes sanitarios y de bienestar social inmanejables. Su gobierno es políticamente débil, con una coalición que impide cualquier intento de pasar de las prioridades sociales a la realidad económica. También está expuesto a un sector financiero y bancario desproporcionadamente grande y con una elevada exposición internacional, en particular a la eurozona, que será una carga insoportable para el Estado si la crisis bancaria se agrava en 2013.

Estad atentos a la evolución de lo siguiente

  • La inflación, que repuntará de forma inesperada si hay un cambio de preferencia del dinero hacia los bienes, con la consecuencia de una estanflación acelerada. Tened en cuenta que los gobiernos suelen subestimar la inflación y que los precios en EE. UU., el Reino Unido y otros países ya suben a un ritmo significativamente más rápido de lo que indican las mediciones del IPC.
  • Los tipos de interés, que quizá tengan que subir antes de lo esperado por la preocupación inflacionista. Si es así, podría comenzar un desplome de los precios de los activos si los mercados descuentan la subida de tipos antes de que ocurra, lo que destruiría la capacidad de los bancos centrales para mantener el control de los precios en los mercados de crédito.
  • Una nueva recesión en la economía del sector privado de EE. UU. (excluido el gobierno).
  • El aumento de los rendimientos de los bonos de España, Italia o Francia.
  • El deterioro de la balanza comercial de Japón y la debilidad del yen.
  • El estallido de las burbujas del mercado de bonos, en particular en EE. UU., el Reino Unido, Alemania, Japón o Francia.
  • Las reuniones de crisis de gobiernos y bancos centrales que no resuelven nada y solo aumentan la comprensión pública de sus insuficiencias.
  • Los mercados de derivados y su exposición al riesgo de contraparte, a la hipoteca y rehipoteca de garantías.
  • Los mercados de la plata, donde los bancos de metales preciosos mantienen grandes posiciones cortas y, por tanto, son vulnerables a un fuerte «short squeeze». Si esto ocurre, también se desencadenará una subida brusca del precio del oro, que posiblemente se extienda a otros metales y más allá.
  • Creciente malestar social.
  • Nuevas restricciones a la libertad personal

¿Hay solución?

Sí, pero es poco probable que se adopte. Lo único que hace falta es que un número suficiente de miembros del G20 deje de destruir riqueza, con el fin de contener los riesgos sistémicos globales a corto plazo. Un gobierno que entienda esto recortará su propio gasto y sus obligaciones, eliminará los impuestos sobre el ahorro y desincentivará que sus ciudadanos dependan de las prestaciones del Estado. Si el Estado deja de prestar servicios de sanidad y educación, los costes para la sociedad se reducirán de forma sustancial y esos servicios se centrarán en ofrecer solo lo que realmente se les pide. Se liberarán recursos innecesarios, que podrán emplearse con mayor eficacia en otros ámbitos.

Un gobierno así aprenderá el valor del dinero sólido y su importancia para el cálculo económico, y avanzará, como política, hacia asegurar un dinero sólido en todo lo que haga. Entenderá que no tiene papel alguno en la trinidad formada por el consumidor, el ahorrador y el empresario, y limitará su función a garantizar que los derechos de propiedad sean inviolables. Prescindirá de su banco central como herramienta para intervenir en los mercados. Los tipos de interés los fijarán los mercados según las necesidades de los usuarios.

Y, sobre todo, eliminará todas las regulaciones gubernamentales, lo que obligará a las empresas a valorar y mejorar su propia reputación, a las personas a tomar sus propias decisiones y a los ahorradores a decidir por sí mismos cuánto ahorrar y con quién invertirlo.

Conclusión


Estamos un año más cerca de una nueva crisis bancaria y financiera, cuyo ritmo se acelera y que cabe esperar que acabe derivando en un colapso de las monedas fiduciarias. Estos riesgos sistémicos aumentaron en 2012, sobre todo en la eurozona, pero también en otros lugares. Ninguna de las soluciones aplicadas en ningún sitio sirvió de nada.

A la vista de lo ocurrido hasta ahora, es menos probable que algún gobierno occidental pueda dar, o vaya a dar, los pasos adecuados para evitar un eventual colapso de su moneda, por lo que es más probable que en 2013 se materialicen fallos sistémicos que en 2012.

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