El miércoles pasado la Fed sorprendió a la mayoría al decidir no reducir sus estímulos. Lo que no se suele apreciar es que, una vez que un banco central empieza a usar la expansión monetaria como remedio universal, le resulta extremadamente difícil dejar de hacerlo. Esta es la razón básica por la que la Fed no ha llevado adelante esa idea, y por la que lo más probable es que nunca lo haga.
Es una afirmación contundente. Pero piensa en esto: Paul Volcker se enfrentó al mismo dilema en 1979, cuando fue nombrado presidente de la Fed. Al subir los tipos de interés para frenar la inflación contaba con dos cosas a su favor que su sucesor no tiene: la inflación ya superaba el 10%, de modo que era una prioridad evidente, y, algo importante, la deuda del sector privado respecto al PIB era mucho menor que hoy. Fue una decisión difícil en su momento casi duplicar los tipos de interés. Hoy, con una inflación oficial baja y un endeudamiento del sector privado alto, sería extremadamente difícil.
Hasta que la inflación oficial repunte, resulta mucho más cómodo fingir que no será un problema, lo que describe razonablemente bien el enfoque de la Fed. En su lugar, se fija como objetivo las tasas de desempleo, partiendo de que la inflación de precios está ligada a la utilización de la capacidad productiva, que a su vez está ligada al empleo.
Hay una cosa segura en la vida, además de la muerte y los impuestos: si se expande la cantidad de dinero, los precios acaban subiendo; o, más exactamente, el poder adquisitivo del dinero degradado cae. El problema es cómo medir la degradación de la moneda, y este ha sido un tema de intenso debate desde que surgieron las monedas fiduciarias. Esto me ha llevado a proponer una nueva medida del dinero, que, por sugerencia de James Turk, llamo Cantidad de Dinero Fiduciario (FMQ, por sus siglas en inglés). Su finalidad es darnos una medida del dinero fiduciario que nos permita evaluar el peligro de hiperinflación de una moneda. En breve publicaré un documento que explicará la metodología.
El principio que hay detrás es señalar las desviaciones respecto a la tendencia a largo plazo del crecimiento de la moneda, para alertarnos tanto de crisis monetarias como de inflación excesiva. El enfoque consiste en deshacer la progresión histórica desde la plena convertibilidad en oro hasta el estado actual de ausencia de convertibilidad. Nuestro oro se depositó primero en nuestros bancos y, desde allí, en el banco central. A cambio de nuestros depósitos de oro se nos han emitido billetes y monedas y créditos en forma de depósitos en el banco, y nuestro banco tiene igualmente depósitos en el banco central.
Por tanto, la FMQ se compone de la suma de billetes y monedas, más todos los depósitos accesibles, más los depósitos de nuestro banco en el banco central. El siguiente gráfico lo ilustra para el dólar estadounidense.
La línea de puntos es la tasa de tendencia exponencial a largo plazo, y resulta evidente de inmediato que la FMQ está ahora en hiperinflación. Actualmente haría falta una contracción de depósitos de 3,6 billones de dólares para devolver esta medida de la cantidad de moneda a su tendencia.
Esto resume con exactitud el problema al que se enfrenta la Fed. Debemos entender que se encuentra en una posición casi imposible, que se remonta a su respuesta monetaria a la crisis bancaria. Ni siquiera Paul Volcker habría podido sacarnos de esta. Una vez que la adicción al dinero débil alcanza este ritmo, no hay solución sin amenazar con derribar todo el sistema.