El 20 de marzo George Osborne, el canciller británico, presentará su presupuesto. Hasta ahora ha hecho un valeroso intento de limitar el gasto del sector público, sobre todo en comparación con otros ministros de finanzas que tardaron en adoptar la austeridad.
Ha reducido el gasto del sector público respecto a lo que habría sido de otro modo, pero no ha logrado recortar la cifra total. Su estrategia actual para controlar el déficit presupuestario depende cada vez más de una mayor recaudación fiscal, derivada de una combinación del crecimiento económico previsto y de una recaudación de impuestos más agresiva.
Puede que no sea consciente de que esto es demasiado optimista. Lo asesora un Tesoro formado por economistas que creen que, mediante la modelización económica y el perfeccionamiento continuo del método, mejorará su control sobre el resultado deseado. Por tanto, es menos probable que los errores del pasado se repitan en el futuro. Este enfoque es la clave para entender el método de previsión en el que se basan las hipótesis presupuestarias de Osborne, y es completamente erróneo.
Keynesianos y monetaristas comparten la creencia de que los modelos matemáticos son una valiosa herramienta de previsión. Para que esto sea cierto, las transacciones individuales de consumo y de capital en el futuro, así como los precios a los que se realicen, tienen que poder calcularse: es evidente que no es así. Hay que incorporar el efecto económico de los futuros avances tecnológicos y de otro tipo; pero ¿cómo puede saberse? Hay que evaluar la demanda futura de bienes británicos por parte de compradores extranjeros, sobre la que nadie tiene control alguno. Hay que predecir los tipos de cambio futuros frente a la libra esterlina, un punto delicado en este momento, con la libra cayendo en picado.
El hecho de que distintos modelos económicos lleguen a conclusiones similares refleja que comparten supuestos y construcción, no que haya una confirmación independiente de las tendencias económicas futuras. En su lugar, debemos usar la razón.
Al quitar recursos económicos al sector privado mediante los impuestos y la degradación monetaria, se reduce el potencial de progreso económico. Al seguir apoyando y promoviendo actividades preferidas del sector público (la función primordial de todo departamento gubernamental), se asegura que los recursos queden atados a una producción que el propio mercado no elegiría respaldar. Al regular hasta eliminar la libertad de elección del consumidor, se ahogan las eficiencias básicas del libre mercado.
Las políticas económicas represivas de hoy garantizan que el futuro económico decepcionará. En consecuencia, se sobrestiman los ingresos fiscales futuros, así como cualquier reducción de los costes del sector público asociada a la recuperación económica. Si algunas de las mentes más lúcidas del Tesoro sospechan esto, su instinto será aumentar aún más los impuestos para proteger las finanzas del gobierno.
Mientras tanto, se acumulan nubarrones, con la libra esterlina bajo presión. Quizá tenga más que ver con el fracaso de la política monetaria para rescatar la economía y con la probabilidad de que el Banco de Inglaterra opte por una flexibilización aún mayor que con los nervios previos al presupuesto. Cabe preguntarse cuántos de esos modelos econométricos incorporaban una caída del 7 % frente al dólar estadounidense y al euro desde Año Nuevo. En cualquier caso, una crisis de la libra apenas es un contexto propicio para un presupuesto, y deja a George Osborne en una esquina muy difícil.