Olvídate de la velocidad de circulación del dinero

Si hay un concepto que ilustra la diferencia entre un enfoque macroeconómico descendente y la realidad de la vida cotidiana, es la velocidad de circulación del dinero. Compara las siguientes afirmaciones:

«El desplome de la velocidad es testimonio de la considerable asignación errónea de capital provocada por los regímenes de dinero fácil de los últimos 20 años». Nota de análisis de un bróker; y

«Los economistas matemáticos se niegan a partir de la demanda y la oferta de dinero de los distintos individuos. En su lugar introducen la noción espuria de velocidad de circulación según el modelo de la mecánica». Ludwig von Mises, La acción humana.

El objetivo de este artículo no es discrepar de la conclusión del bróker, sino examinar la base sobre la que se formula.

La idea de velocidad de circulación a la que se alude surgió de la teoría cuantitativa del dinero, que vincula los cambios en la cantidad de dinero con los cambios en el nivel general de precios. Esto se recoge en la ecuación de cambio. Sus elementos básicos son el dinero, la velocidad y el gasto total, o PIB. La siguiente es la más sencilla de las diversas formas en que se ha expresado:

Dinero x Velocidad de circulación = Gasto total (o PIB)

Suponiendo que podamos cuantificar tanto el dinero como el gasto total, obtenemos la velocidad. Pero eso no nos explica por qué puede variar la velocidad. Lo único que sabemos es que tiene que variar para que la ecuación cuadre. Igualmente podría decirse que dos magnitudes totalmente inconexas pueden meterse en una ecuación matemática, siempre que se incluya una variable cuya única función sea hacer que la ecuación siempre cuadre. En otras palabras, la ecuación de cambio en realidad no nos dice nada.

Esto plantea un problema a los analistas, que no resuelve la actual dependencia de las estadísticas y los modelos informáticos. El dudoso regalo de los estadísticos es su supuesto progreso en la cuantificación de la economía, hasta el punto de que en la London School of Economics una máquina llamada MONIAC (monetary national income analogue computer) empleó la mecánica de fluidos para modelizar la economía del Reino Unido. Este y otros modelos informáticos más recientes otorgan una credibilidad injustificada a la idea de que la economía se puede modelizar, de que se pueden explicar derivaciones como la velocidad y de que se pueden extraer conclusiones válidas.

La crítica de Von Mises se basa en la lógica del filósofo de que la economía es una ciencia social y no una ciencia física. Por tanto, las relaciones matemáticas deben limitarse estrictamente a la contabilidad y no confundirse con la economía, o, como él la llamaba, la acción humana. Por desgracia, el concepto de velocidad está hoy tan arraigado en nuestra forma de pensar que este punto fundamental suele escapársenos. De hecho, lo mismo ocurre con el PIB, es decir, con el lado derecho de la ecuación de cambio.

El PIB es solo una identidad contable: nada más. Pone al mismo nivel la ginebra y las pelotas de golf al reducir ambas a un valor monetario. Los estadísticos seleccionan lo que se incluye, de modo que está sesgado a favor de los bienes de consumo y en contra de la inversión de capital. Y, lo que es crucial, no nos habla de una economía en constante cambio, formada por éxitos, fracasos y necesidades y deseos humanos difíciles de prever, que en conjunto constituyen el progreso económico. Y como su composición está sesgada y no dice nada sobre el progreso, el valor de esta estadística está enormemente exagerado.

La única certeza aparente en la ecuación de cambio es la cantidad de dinero, suponiendo que esté toda registrada. Nadie parece tener en cuenta el dinero no registrado, como la banca en la sombra, pero lo dejaremos pasar. Si el dinero es sólido, como lo era cuando se ideó la teoría cuantitativa del dinero, cabría suponer que un aumento de su cantidad tendería a elevar los precios. Así ocurrió tras la importación de oro y plata del nuevo mundo por parte de España en el siglo XVI y tras los auges de la minería del oro en California y Sudáfrica. Pero relacionar un aumento de la cantidad de oro con los precios en general es, como mucho, un resumen de varios factores distintos que determinan la relación de precios entre el dinero y los bienes.

El dinero sólido ofrecía la ventaja de que se utilizaba a través de las fronteras nacionales, donde se expresaba en moneda local. En el modelo ideal de dinero sólido, sin banca de reserva fraccionaria, los desequilibrios comerciales eran mínimos porque se liquidaban en oro. Las salidas de oro reflejaban precios demasiado altos en comparación con otras naciones comerciales, y las entradas de oro reflejaban precios demasiado bajos. El arbitraje garantizaba que, descontados los costes de transporte, los precios se igualaran, y las comunidades disponían por sí mismas la cantidad de dinero que necesitaban. La ecuación de cambio, propuesta por primera vez por David Ricardo, era superflua.

Hoy ya no tenemos dinero sólido, cuyo poder adquisitivo estaba regulado por las preferencias humanas a través de las fronteras nacionales. En su lugar tenemos monedas fiduciarias, emitidas libremente por los bancos centrales, cuyo poder adquisitivo se formaliza en los mercados de divisas, además del crédito bancario creado de la nada. Una moneda fiduciaria es un caso especial. Su poder adquisitivo varía continuamente, incluso hasta perderlo por completo. La verdad es que la utilidad de una moneda fiduciaria depende por entero de las opiniones subjetivas de los usuarios individuales, expresadas a través de los mercados, y nada tiene que ver con una relación mecánica de cantidades. En este sentido, basta la mera posibilidad de una emisión ilimitada de moneda, o un cambio en la percepción de la solidez financiera del emisor, para desestabilizarla.

A los emisores de moneda siempre les sorprende que el poder adquisitivo de una moneda fiduciaria caiga más deprisa que su ritmo de expansión. Siguen adelante financiando déficits mediante inflación monetaria hasta que es demasiado tarde. Fue lo que ocurrió con las primeras inflaciones monetarias en Francia, incluida la aventura del Misisipi de John Law en 1618, los Continentals estadounidenses en 1781, los mandats territoriaux franceses en 1786 y Alemania en 1923.

La única manera de entender la relación entre el dinero y los precios es dentro de un marco humano. La cantidad de una moneda fiduciaria se amplía primero sin que el público lo advierta, salvo porque suben los precios de ciertas materias primas, o los precios en los centros financieros y sus alrededores aumentan porque los banqueros y los oficios afines tienen más dinero que gastar. Cuando la gente ve que los precios empiezan a subir de forma más generalizada, empieza a comprar más bienes de los que necesita, sabiendo que los precios están subiendo.

En el actual sistema de dinero fiduciario, la gente lleva años haciéndolo, hasta el punto de que la mayor parte de la población de la mayoría de los países ha abandonado por completo el ahorro y ahora se endeuda para gastar. Es una situación que puede persistir durante muchos años, moderada por ciclos de expansión crediticia variable, antes de que se produzca una huida final hacia los bienes y fuera del dinero por completo. Durante ese colapso final del poder adquisitivo, en palabras del propio Von Mises: «Los economistas matemáticos no aciertan a comprender la relación causal entre el aumento de la cantidad de dinero y lo que llaman velocidad de circulación».[i]

Según la ecuación de cambio, así no deberían funcionar las cosas. El orden de los hechos es que primero aumenta la cantidad de dinero y luego suben los precios, porque la lógica monetarista sostiene que los precios suben como resultado del dinero adicional que se gasta, no como resultado del dinero que aún no se ha gastado (la situación en que la gente anticipa subidas de precios). Con una teoría mecánica no cabe la subjetividad.

Por tanto, es absurdo concluir que la velocidad sea una señal vital de algún tipo. El monetarismo es, como mínimo, un trabajo aún en curso hasta que los monetaristas descubran por fin que la velocidad no es más que un factor para que su ecuación cuadre. Al analista del bróker citado más arriba le habría convenido limitar su afirmación a que los regímenes de dinero fácil de los últimos 20 años son responsables de la considerable asignación errónea de capital, omitiendo por completo lo de la velocidad.

Quizá sea un pequeño desliz en el camino hacia una conclusión sensata, pero es indicativo de la falsa mecanización del comportamiento humano por parte de los macroeconomistas modernos. Sin embargo, conviene señalar también que es imposible conciliar el concepto de velocidad de circulación con un hecho sencillo de la vida cotidiana: cobramos nuestro sueldo una vez y lo gastamos. Eso es una velocidad constante, más o menos, de uno.



[i] Ludwig von Mises; La acción humana, capítulo 17.8 «La anticipación de los cambios esperados en el poder adquisitivo».


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