A continuación se presenta la transcripción de la «Conferencia Adam Smith» que di el 19 de febrero en una reunión privada en Londres.
Durante mucho tiempo, los gobiernos han estado redistribuyendo los ingresos y la riqueza de las personas en nombre de la equidad. Se ocupan de los desempleados, los enfermos y los ancianos. El Estado provee. Puedes confiar en el Estado. El resultado es que casi todos los habitantes de los países avanzados dependen ahora del Estado.
Por desgracia, los ciudadanos se están quedando sin riqueza accesible. Tras agotar nuestro dinero, los gobiernos son ahora ellos mismos insolventes. Empezaron a imprimir dinero en un intento equivocado de gestionar nuestros asuntos por nosotros y ahora tienen que imprimirlo solo para sobrevivir. El desenlace final e inevitable será que todas las grandes divisas de papel se volverán inservibles.
Para apreciar la magnitud de estos problemas, debemos entender los errores de las políticas económicas y monetarias. Empezaré por la economía.
Los economistas modernos se refugian en dos zonas de confort: la evidencia empírica y las matemáticas. Afirman que, como algo ha ocurrido antes, volverá a ocurrir. La debilidad de este enfoque es sustituir los caprichos de la naturaleza humana por el precedente. Nunca podemos estar seguros de la causa y el efecto. Después de todo, la acción humana es subjetiva y, por tanto, intrínsecamente impredecible.
A los matemáticos les gusta pensar que la economía es una ciencia física y no una escurridiza ciencia social. La economía es una rama de la psicología humana. Es claramente absurdo aplicar las matemáticas a la psicología humana.
El resultado es que gran parte del buen trabajo de los economistas clásicos como Adam Smith ha sido destruido por la economía moderna. Los economistas clásicos explicaron las ventajas de eliminar los aranceles y los gremios. Esta revelación fue decisiva para la revolución industrial. Después llegó Marx, que convenció a la gente de que la economía era un interés de clase, de que los economistas del libre mercado promovían los intereses del empresario burgués en perjuicio del trabajador. Eso se convirtió en la justificación del comunismo y el socialismo. Keynes y quienes le siguieron nunca refutaron como es debido las falacias marxistas. Nunca participaron en lo que se conoció como el debate sobre el cálculo socialista.
No se suele apreciar que Keynes era marcadamente socialista. En las observaciones finales de su Teoría general, Keynes espera la eutanasia del rentista (o ahorrador) y que el Estado acabe aportando los recursos para la inversión de capital. Quería que el Estado controlara los beneficios.
Keynes era sobre todo un matemático. Keynes era tan poco economista como Karl Marx, cuyas creencias llevaron a la destrucción económica de Rusia y China, o como John Law, que arruinó a Francia con falacias similares a las de Keynes.
Los errores del keynesianismo son tantos que el gran economista austriaco von Mises dijo que la única afirmación verdadera que salió de la escuela neobritánica de Cambridge fue «a largo plazo todos estamos muertos».
Permitidme definir la economía en el nivel más simple. Dividimos nuestro trabajo. Cada uno de nosotros es consumidor, empresario, ya sea por un salario o por un beneficio, y ahorrador para el futuro. Invertimos los ahorros para mejorar la producción. Cada uno desempeña estas tres funciones en las proporciones que elige como individuo, e interactuamos con otros que hacen lo mismo. Intercambiamos nuestros bienes a precios acordados mutuamente, usando el dinero para facilitar el intercambio. Usamos el dinero para llevar la cuenta, y ese dinero tiene que ser sólido para que nuestros cálculos signifiquen algo. Juntos somos la propia sociedad, cada uno aportando cosas que otros quieren y por las que pagarán.
El Estado no tiene ningún papel en este proceso. Al contrario, es un coste para la sociedad, porque toma parte de nuestro gasto y de nuestros ahorros para mantenerse. Cuanto más toma el Estado, mayor es la carga. Destruye la riqueza potencial de la sociedad. Pero no se ha detenido ahí. El socialismo obliga a la inmensa mayoría de las personas a renunciar al ahorro y a depender de que el Estado provea. Los gobiernos de todas partes están ahora cargados de obligaciones que no pueden cumplir de ninguna manera.
En lo que respecta al dinero, nuestros errores se remontan a la Ley de Bancos de 1844 (Bank Charter Act).
La Ley de Bancos otorgó al Banco de Inglaterra el monopolio de la emisión de billetes, respaldados por oro y deuda pública. No logró impedir que otros bancos emitieran crédito bancario. Esto dio lugar a ciclos económicos impulsados por el crédito, que resultaron socialmente desestabilizadores y echaron leña al fuego de las distintas corrientes de comunismo y socialismo que surgieron a finales del siglo XIX.
El respaldo en oro de los billetes del Banco de Inglaterra se fue erosionando poco a poco a partir de finales de la década de 1890, y varios países, entre ellos Gran Bretaña, lo abandonaron por completo durante el periodo de entreguerras. En Bretton Woods se adoptó un patrón de cambio oro para los bancos centrales. Y finalmente, en agosto de 1971, el presidente Nixon abandonó el oro por completo.
Desde entonces, la expansión de la masa monetaria no ha dejado de crecer de forma exponencial. Ahora se necesita la flexibilización cuantitativa para mantener el ritmo de impresión, no vaya a ser que los tipos de interés empiecen a subir.
Desde la década de 1920 se ha recurrido a la política monetaria para gestionar una economía global cada vez más inestable. La ironía es que esta inestabilidad tiene su origen en la propia expansión del dinero y del crédito. La contrapartida del crecimiento de la masa monetaria y del crédito bancario es la deuda. Son pocos los activos que no están gravados con esta deuda. Los precios de los activos necesitan cada vez más dinero y crédito para sostenerse. Es un proceso finito, que terminó con la crisis crediticia hace cinco años.
Ese es el contexto. Ahora analizaré la situación actual, cinco años después de la crisis crediticia. Hay cuatro problemas interrelacionados que no tienen solución: la economía, los bancos, las finanzas públicas y la demografía.
Las economías avanzadas se han ido debilitando progresivamente por la intervención del Estado y el dinero poco sólido. Están sometidas a tal nivel de impuestos y regulación que el laissez-faire apenas existe ya.
El gasto público suele rondar el 50 % del PIB en las economías avanzadas; a veces más, a veces menos. Para las empresas productivas es como correr un maratón con un burócrata a la espalda que te dice cómo tienes que correr.
La mala asignación de los recursos económicos, resultado de décadas de creciente intervención estatal, no puede continuar indefinidamente. Las empresas han dejado de invertir, y por eso las reservas de efectivo de las grandes compañías son tan elevadas. El dinero ya no se invierte en producción, sino que va a parar a burbujas de activos: las puntocom, la vivienda y, ahora, con los tipos de interés en cero, los bonos del Estado y las acciones. Estos periodos de auge han ocultado el malestar de fondo. No puede haber recuperación económica. Nuestro corredor de maratón, cargado con su burócrata, está por fin derrumbándose bajo el peso.
La carga del Estado es ya demasiado grande para poder sostenerse.
Los bancos tienen un apalancamiento de entre 25 y 30 veces, algo que no supone problema si se puede salir de las dificultades creciendo. Ya no es así. Son vulnerables a las deudas incobrables existentes pero aún no reconocidas, y ahora también a una caída de los precios de los bonos del Estado. Para provocar el colapso de los bancos basta con que no haya recuperación económica. Si hay una recesión, será más rápido. Basta con una subida de los tipos de interés, que reduzca el valor de las garantías. Basta con una caída de los precios de los activos.
Después está el sistema bancario en la sombra, que según el Banco de Pagos Internacionales supera los 60 billones de dólares, de los cuales 9 billones corresponden al Reino Unido. Si un banco de inversión quiebra, el sistema bancario en la sombra podría hacer prácticamente imposible aislar a los demás.
Otra área de riesgo es la exposición transfronteriza. Los préstamos transfronterizos en Europa ascienden a 3,5 billones de euros. Francia suma 1,2 billones, Italia 700 000 millones y España 500 000 millones. Estos son solo los riesgos evidentes. Gran parte de esto es transfronterizo dentro de la eurozona, lo que significa que un impago en cualquiera de esos tres países arrasaría con seguridad el sistema bancario europeo y, después, el de todos los demás.
Para que esto no ocurra, los bancos centrales tienen que poner a disposición fondos ilimitados en forma de crédito y dinero en estado puro. Como dijo Mario Draghi, lo que sea necesario. Su solución es imprimir suficiente moneda fiduciaria para salvar el sistema.
Desde la crisis bancaria, las finanzas de los gobiernos se han deteriorado drásticamente y sus deudas se han disparado. Ningún país, salvo algunos de la zona euro, ha logrado recortar el gasto público, y solo lo hicieron los que estaban sometidos a una presión financiera extrema y no podían imprimir dinero. Lo cierto es que en todas partes el gasto público está cada vez más comprometido por ley en pensiones, servicios sociales y sanidad, lo que hace extremadamente difícil recortarlo.
Hasta hace poco se daba por hecho que la recuperación económica generaría los impuestos necesarios para equilibrar las cuentas. Eso no ha ocurrido, ni puede ocurrir. En la zona euro, los gobiernos se llevan ya, de media, más de la mitad de los ingresos de cada trabajador y los emplean de forma improductiva. Tomemos el caso de Francia. El gasto público es el 57 % del PIB. La población es de 66 millones, de los cuales unos 25 millones son población activa ocupada y 17 millones trabajan en el sector privado productivo. Los impuestos recaudados sobre esos 17 millones financian el bienestar de 66 millones. Los impuestos sobre esos 17 millones pagan todas las finanzas del gobierno. El sector privado está simplemente sobrecargado y se está asfixiando.
Los tipos de interés a los que se endeudan los gobiernos son totalmente artificiales, hechos artificiales por su propia intervención en los mercados de deuda. Se están financiando imprimiendo dinero para comprar su propia deuda. En el momento en que esto termine, y terminará, el dinero saldrá de los bonos, de las acciones e incluso de los inmuebles cuyos precios se han apoyado en los tipos de interés bajos. La presión al alza sobre los tipos de interés tendrá que atenderse con aún más impresión de dinero, porque los gobiernos no pueden permitirse pagar tipos más altos, ni ver caer el valor de los activos del sector privado. La inflación de precios provocará una crisis real, quizá a finales de este año.
Las poblaciones de Estados Unidos, el Reino Unido, Japón y Europa están envejeciendo. Esto es una mala noticia para las finanzas de los gobiernos. Cuando alguien se jubila, deja de pagar el impuesto sobre la renta y se convierte en un coste. El desempleo alto también es costoso, porque los desempleados no financian los pasivos futuros. El profesor Kotlikoff, de la Universidad de Boston, ha calculado que en el ejercicio fiscal de 2012 el valor actual neto de los pasivos futuros del gobierno estadounidense aumentó en 11 billones de dólares hasta los 212 billones. Toda la economía estadounidense es de solo 15 billones. Europa está peor, mucho peor: tiene más pensionistas en proporción a la población activa, tasas de desempleo altas y un gobierno grande en relación con el sector privado, que es el que lo financia todo. El Reino Unido, teniendo en cuenta estos factores, está algo peor que Estados Unidos. Japón tiene peores tasas de natalidad y mayor longevidad. Allí venden más pañales para adultos con incontinencia que para recién nacidos. La solución, ya hoy, es emitir cantidades crecientes de moneda sin respaldo sólido.
Los problemas económicos del mundo llevan mucho tiempo gestándose. En el siglo XX, primero Marx y luego Keynes persiguieron falacias económicas, y la política monetaria tomó un rumbo equivocado con la Bank Charter Act de 1844. La sustitución progresiva del dinero sólido por moneda fiduciaria ha destruido el cálculo económico y la riqueza del sector privado. Estas políticas fueron deliberadas. Nos hemos quedado sin riqueza accesible que transferir de los particulares a los gobiernos. Esa es nuestra verdadera situación.
Los gobiernos seguirán intentando salvarse a costa de sus ciudadanos y, en el proceso, destruirán la riqueza que quede.
Solo puede haber un desenlace: la quiebra de los gobiernos. Esto significa que sus monedas fiduciarias perderán inevitablemente todo su poder adquisitivo.
¿Cuándo? Me temo que antes de lo que la mayoría cree. Japón ya está entrando en el agujero negro, y su moneda empieza a desplomarse. El Reino Unido está al borde del precipicio y no puede permitirse más caídas de la libra sin desencadenar el aumento de la inflación que forzará una subida de los tipos de interés y una espiral hacia la insolvencia. Europa podría caer en cualquier momento. Estados Unidos es probablemente el mejor de un grupo muy malo, pero incluso su economía tiene mala pinta.
No digo esto por pesimismo. Lo digo porque abordo la economía sin emociones y sin sesgos políticos. Lo digo porque he examinado nuestra verdadera situación económica y monetaria aplicando, en la medida de mis posibilidades, una teoría apriorística sólida a nuestra situación actual.
Gracias.
Por desgracia, los ciudadanos se están quedando sin riqueza accesible. Tras agotar nuestro dinero, los gobiernos son ahora ellos mismos insolventes. Empezaron a imprimir dinero en un intento equivocado de gestionar nuestros asuntos por nosotros y ahora tienen que imprimirlo solo para sobrevivir. El desenlace final e inevitable será que todas las grandes divisas de papel se volverán inservibles.
Para apreciar la magnitud de estos problemas, debemos entender los errores de las políticas económicas y monetarias. Empezaré por la economía.
Economía
Los economistas modernos se refugian en dos zonas de confort: la evidencia empírica y las matemáticas. Afirman que, como algo ha ocurrido antes, volverá a ocurrir. La debilidad de este enfoque es sustituir los caprichos de la naturaleza humana por el precedente. Nunca podemos estar seguros de la causa y el efecto. Después de todo, la acción humana es subjetiva y, por tanto, intrínsecamente impredecible.
A los matemáticos les gusta pensar que la economía es una ciencia física y no una escurridiza ciencia social. La economía es una rama de la psicología humana. Es claramente absurdo aplicar las matemáticas a la psicología humana.
El resultado es que gran parte del buen trabajo de los economistas clásicos como Adam Smith ha sido destruido por la economía moderna. Los economistas clásicos explicaron las ventajas de eliminar los aranceles y los gremios. Esta revelación fue decisiva para la revolución industrial. Después llegó Marx, que convenció a la gente de que la economía era un interés de clase, de que los economistas del libre mercado promovían los intereses del empresario burgués en perjuicio del trabajador. Eso se convirtió en la justificación del comunismo y el socialismo. Keynes y quienes le siguieron nunca refutaron como es debido las falacias marxistas. Nunca participaron en lo que se conoció como el debate sobre el cálculo socialista.
No se suele apreciar que Keynes era marcadamente socialista. En las observaciones finales de su Teoría general, Keynes espera la eutanasia del rentista (o ahorrador) y que el Estado acabe aportando los recursos para la inversión de capital. Quería que el Estado controlara los beneficios.
Keynes era sobre todo un matemático. Keynes era tan poco economista como Karl Marx, cuyas creencias llevaron a la destrucción económica de Rusia y China, o como John Law, que arruinó a Francia con falacias similares a las de Keynes.
Los errores del keynesianismo son tantos que el gran economista austriaco von Mises dijo que la única afirmación verdadera que salió de la escuela neobritánica de Cambridge fue «a largo plazo todos estamos muertos».
Permitidme definir la economía en el nivel más simple. Dividimos nuestro trabajo. Cada uno de nosotros es consumidor, empresario, ya sea por un salario o por un beneficio, y ahorrador para el futuro. Invertimos los ahorros para mejorar la producción. Cada uno desempeña estas tres funciones en las proporciones que elige como individuo, e interactuamos con otros que hacen lo mismo. Intercambiamos nuestros bienes a precios acordados mutuamente, usando el dinero para facilitar el intercambio. Usamos el dinero para llevar la cuenta, y ese dinero tiene que ser sólido para que nuestros cálculos signifiquen algo. Juntos somos la propia sociedad, cada uno aportando cosas que otros quieren y por las que pagarán.
El Estado no tiene ningún papel en este proceso. Al contrario, es un coste para la sociedad, porque toma parte de nuestro gasto y de nuestros ahorros para mantenerse. Cuanto más toma el Estado, mayor es la carga. Destruye la riqueza potencial de la sociedad. Pero no se ha detenido ahí. El socialismo obliga a la inmensa mayoría de las personas a renunciar al ahorro y a depender de que el Estado provea. Los gobiernos de todas partes están ahora cargados de obligaciones que no pueden cumplir de ninguna manera.
El dinero
En lo que respecta al dinero, nuestros errores se remontan a la Ley de Bancos de 1844 (Bank Charter Act).
La Ley de Bancos otorgó al Banco de Inglaterra el monopolio de la emisión de billetes, respaldados por oro y deuda pública. No logró impedir que otros bancos emitieran crédito bancario. Esto dio lugar a ciclos económicos impulsados por el crédito, que resultaron socialmente desestabilizadores y echaron leña al fuego de las distintas corrientes de comunismo y socialismo que surgieron a finales del siglo XIX.
El respaldo en oro de los billetes del Banco de Inglaterra se fue erosionando poco a poco a partir de finales de la década de 1890, y varios países, entre ellos Gran Bretaña, lo abandonaron por completo durante el periodo de entreguerras. En Bretton Woods se adoptó un patrón de cambio oro para los bancos centrales. Y finalmente, en agosto de 1971, el presidente Nixon abandonó el oro por completo.
Desde entonces, la expansión de la masa monetaria no ha dejado de crecer de forma exponencial. Ahora se necesita la flexibilización cuantitativa para mantener el ritmo de impresión, no vaya a ser que los tipos de interés empiecen a subir.
Desde la década de 1920 se ha recurrido a la política monetaria para gestionar una economía global cada vez más inestable. La ironía es que esta inestabilidad tiene su origen en la propia expansión del dinero y del crédito. La contrapartida del crecimiento de la masa monetaria y del crédito bancario es la deuda. Son pocos los activos que no están gravados con esta deuda. Los precios de los activos necesitan cada vez más dinero y crédito para sostenerse. Es un proceso finito, que terminó con la crisis crediticia hace cinco años.
Ese es el contexto. Ahora analizaré la situación actual, cinco años después de la crisis crediticia. Hay cuatro problemas interrelacionados que no tienen solución: la economía, los bancos, las finanzas públicas y la demografía.
La economía
Las economías avanzadas se han ido debilitando progresivamente por la intervención del Estado y el dinero poco sólido. Están sometidas a tal nivel de impuestos y regulación que el laissez-faire apenas existe ya.
El gasto público suele rondar el 50 % del PIB en las economías avanzadas; a veces más, a veces menos. Para las empresas productivas es como correr un maratón con un burócrata a la espalda que te dice cómo tienes que correr.
La mala asignación de los recursos económicos, resultado de décadas de creciente intervención estatal, no puede continuar indefinidamente. Las empresas han dejado de invertir, y por eso las reservas de efectivo de las grandes compañías son tan elevadas. El dinero ya no se invierte en producción, sino que va a parar a burbujas de activos: las puntocom, la vivienda y, ahora, con los tipos de interés en cero, los bonos del Estado y las acciones. Estos periodos de auge han ocultado el malestar de fondo. No puede haber recuperación económica. Nuestro corredor de maratón, cargado con su burócrata, está por fin derrumbándose bajo el peso.
La carga del Estado es ya demasiado grande para poder sostenerse.
Los bancos
Los bancos tienen un apalancamiento de entre 25 y 30 veces, algo que no supone problema si se puede salir de las dificultades creciendo. Ya no es así. Son vulnerables a las deudas incobrables existentes pero aún no reconocidas, y ahora también a una caída de los precios de los bonos del Estado. Para provocar el colapso de los bancos basta con que no haya recuperación económica. Si hay una recesión, será más rápido. Basta con una subida de los tipos de interés, que reduzca el valor de las garantías. Basta con una caída de los precios de los activos.
Después está el sistema bancario en la sombra, que según el Banco de Pagos Internacionales supera los 60 billones de dólares, de los cuales 9 billones corresponden al Reino Unido. Si un banco de inversión quiebra, el sistema bancario en la sombra podría hacer prácticamente imposible aislar a los demás.
Otra área de riesgo es la exposición transfronteriza. Los préstamos transfronterizos en Europa ascienden a 3,5 billones de euros. Francia suma 1,2 billones, Italia 700 000 millones y España 500 000 millones. Estos son solo los riesgos evidentes. Gran parte de esto es transfronterizo dentro de la eurozona, lo que significa que un impago en cualquiera de esos tres países arrasaría con seguridad el sistema bancario europeo y, después, el de todos los demás.
Para que esto no ocurra, los bancos centrales tienen que poner a disposición fondos ilimitados en forma de crédito y dinero en estado puro. Como dijo Mario Draghi, lo que sea necesario. Su solución es imprimir suficiente moneda fiduciaria para salvar el sistema.
Las finanzas públicas.
Desde la crisis bancaria, las finanzas de los gobiernos se han deteriorado drásticamente y sus deudas se han disparado. Ningún país, salvo algunos de la zona euro, ha logrado recortar el gasto público, y solo lo hicieron los que estaban sometidos a una presión financiera extrema y no podían imprimir dinero. Lo cierto es que en todas partes el gasto público está cada vez más comprometido por ley en pensiones, servicios sociales y sanidad, lo que hace extremadamente difícil recortarlo.
Hasta hace poco se daba por hecho que la recuperación económica generaría los impuestos necesarios para equilibrar las cuentas. Eso no ha ocurrido, ni puede ocurrir. En la zona euro, los gobiernos se llevan ya, de media, más de la mitad de los ingresos de cada trabajador y los emplean de forma improductiva. Tomemos el caso de Francia. El gasto público es el 57 % del PIB. La población es de 66 millones, de los cuales unos 25 millones son población activa ocupada y 17 millones trabajan en el sector privado productivo. Los impuestos recaudados sobre esos 17 millones financian el bienestar de 66 millones. Los impuestos sobre esos 17 millones pagan todas las finanzas del gobierno. El sector privado está simplemente sobrecargado y se está asfixiando.
Los tipos de interés a los que se endeudan los gobiernos son totalmente artificiales, hechos artificiales por su propia intervención en los mercados de deuda. Se están financiando imprimiendo dinero para comprar su propia deuda. En el momento en que esto termine, y terminará, el dinero saldrá de los bonos, de las acciones e incluso de los inmuebles cuyos precios se han apoyado en los tipos de interés bajos. La presión al alza sobre los tipos de interés tendrá que atenderse con aún más impresión de dinero, porque los gobiernos no pueden permitirse pagar tipos más altos, ni ver caer el valor de los activos del sector privado. La inflación de precios provocará una crisis real, quizá a finales de este año.
Demografía de la población
Las poblaciones de Estados Unidos, el Reino Unido, Japón y Europa están envejeciendo. Esto es una mala noticia para las finanzas de los gobiernos. Cuando alguien se jubila, deja de pagar el impuesto sobre la renta y se convierte en un coste. El desempleo alto también es costoso, porque los desempleados no financian los pasivos futuros. El profesor Kotlikoff, de la Universidad de Boston, ha calculado que en el ejercicio fiscal de 2012 el valor actual neto de los pasivos futuros del gobierno estadounidense aumentó en 11 billones de dólares hasta los 212 billones. Toda la economía estadounidense es de solo 15 billones. Europa está peor, mucho peor: tiene más pensionistas en proporción a la población activa, tasas de desempleo altas y un gobierno grande en relación con el sector privado, que es el que lo financia todo. El Reino Unido, teniendo en cuenta estos factores, está algo peor que Estados Unidos. Japón tiene peores tasas de natalidad y mayor longevidad. Allí venden más pañales para adultos con incontinencia que para recién nacidos. La solución, ya hoy, es emitir cantidades crecientes de moneda sin respaldo sólido.
Conclusión
Los problemas económicos del mundo llevan mucho tiempo gestándose. En el siglo XX, primero Marx y luego Keynes persiguieron falacias económicas, y la política monetaria tomó un rumbo equivocado con la Bank Charter Act de 1844. La sustitución progresiva del dinero sólido por moneda fiduciaria ha destruido el cálculo económico y la riqueza del sector privado. Estas políticas fueron deliberadas. Nos hemos quedado sin riqueza accesible que transferir de los particulares a los gobiernos. Esa es nuestra verdadera situación.
Los gobiernos seguirán intentando salvarse a costa de sus ciudadanos y, en el proceso, destruirán la riqueza que quede.
Solo puede haber un desenlace: la quiebra de los gobiernos. Esto significa que sus monedas fiduciarias perderán inevitablemente todo su poder adquisitivo.
¿Cuándo? Me temo que antes de lo que la mayoría cree. Japón ya está entrando en el agujero negro, y su moneda empieza a desplomarse. El Reino Unido está al borde del precipicio y no puede permitirse más caídas de la libra sin desencadenar el aumento de la inflación que forzará una subida de los tipos de interés y una espiral hacia la insolvencia. Europa podría caer en cualquier momento. Estados Unidos es probablemente el mejor de un grupo muy malo, pero incluso su economía tiene mala pinta.
No digo esto por pesimismo. Lo digo porque abordo la economía sin emociones y sin sesgos políticos. Lo digo porque he examinado nuestra verdadera situación económica y monetaria aplicando, en la medida de mis posibilidades, una teoría apriorística sólida a nuestra situación actual.
Gracias.