Cada vez hay más señales de que la desaceleración económica global es real. Como ocurrió en 1929, la combinación del punto álgido del ciclo del crédito con el proteccionismo comercial de la Ley arancelaria Smoot-Hawley presenta condiciones similares a las actuales y plantea potencialmente un serio desafío económico para el sistema de monedas fiduciarias posterior a Bretton Woods. Por eso, debemos considerar las consecuencias si la política monetaria no consigue contener la recesión incipiente y esta se convierte en una depresión en toda regla. La complacencia ante los mercados rotos ya no es una opción: la subida de los precios del oro y del bitcoin apunta a una nueva ronda de devaluación monetaria para evitar que se corrijan las distorsiones del mercado. Este artículo explica por qué este desenlace podría socavar por completo las monedas fiduciarias y analiza, en este contexto, las alternativas del bitcoin y el oro.
Introducción
Nunca en toda la historia registrada los mercados financieros han estado tan distorsionados en todas partes. En nuestra época hemos visto cómo la URSS y también la China de Mao intentaban prescindir por completo de los mercados y fracasaban, tras haber matado de hambre y asesinado a millones de sus ciudadanos en el proceso. Los romanos iniciaron un largo periodo de devaluación de la moneda, que fue de Nerón a Diocleciano, quien fijó los precios en piedra (el origen de la expresión inglesa «written in stone») en un intento inútil de controlarlos. Aunque el Imperio romano era el mundo conocido de la época, estaba limitado básicamente al Mediterráneo y a Europa. Posteriormente se han registrado más de cincuenta casos de colapso monetario total, la gran mayoría en los últimos cien años, que han provocado el hundimiento de todas las sociedades implicadas.[i]Y ahora podríamos enfrentarnos a un colapso de alcance global, el mayor de todos.
Nos hemos acostumbrado a los ciclos de expansión del crédito, impulsados por la banca de reserva fraccionaria al menos desde la Bank Charter Act de 1844, que legalizó dicha práctica. Los bancos centrales le dieron un impulso adicional a partir de la década de 1920. Estamos tan habituados que ahora esperamos que los bancos centrales emitan y controlen nuestro dinero, y solo nos preocupamos de verdad cuando pensamos que pueden perder el control. En su empeño por cumplir el mandato que se han atribuido, los bancos centrales intervienen cada vez más con cada ciclo crediticio.
Nuestra complacencia se extiende a los precios, especialmente en lo que respecta al intercambio y la valoración de los activos de capital. Hay ahora unos 13 billones de dólares en bonos emitidos con rendimientos negativos. Rara vez reflexionamos a fondo sobre esta rareza, pero los rendimientos negativos nunca son consecuencia de una fijación de precios de mercado libre de distorsiones monopolísticas. El BCE, el Banco de Japón y el Banco Nacional de Suiza imponen tipos de interés negativos, al igual que el Riksbank sueco y el Nationalbank danés. El BCE controla la moneda y las finanzas de la mayor área económica del mundo, y el Banco de Japón las de la tercera mayor economía nacional. En Dinamarca, los prestamistas hipotecarios llegan a ofrecer hipotecas con rendimiento negativo: en otras palabras, a los daneses se les paga por contratar préstamos con tipos de interés negativos.[ii] Los bonos del Estado a diez años emitidos por Alemania, Japón, Suecia e incluso Francia tienen rendimientos negativos. Todos los bonos del Estado daneses tienen rendimientos negativos.
Los rendimientos negativos ponen la preferencia temporal patas arriba. La preferencia temporal se refiere al hecho de que preferimos la posesión presente a la futura, por razones obvias. Por eso, cuando nos desprendemos de nuestro dinero lo hacemos siempre con un descuento respecto a lo que esperamos recibir, lo cual se refleja en un tipo de interés positivo. La idea de que alguien ceda dinero para recibir menos en una fecha futura es sencillamente una locura.
Todavía se vuelve más extraño. El Gobierno francés tiene una deuda aproximadamente igual al PIB de Francia y, según cualquier análisis, no es un riesgo crediticio muy bueno, pero ahora los prestamistas le pagan por endeudarse. Solo el cuarenta por ciento de su economía constituye la base tributaria productiva de un Gobierno derrochador que castra a las empresas. Un observador independiente que evaluara la deuda pública francesa tendría dificultades para clasificarla como grado de inversión en el sentido propio del término. Pero no así los mercados de bonos, ni las agencias de calificación a las que hoy siguen servilmente los inversores.
Hay varias explicaciones para esta locura. Además de la complacencia y la psicología equivocada de los inversores, la distorsión más evidente es la regulación. Los inversores, en particular los fondos de pensiones y las aseguradoras, están obligados por sus reguladores a invertir casi todos sus fondos en inversiones reguladas. Sus responsables de cumplimiento normativo, que en la práctica son burócratas al servicio del Estado, controlan el proceso de decisión de inversión. Los gestores de carteras se han convertido en simples pelele, que gestionan el capital con poca opción más que cumplir.
Además, con sus balances muy apalancados, los bancos con licencia estatal que cumplen Basilea II y III también son arrinconados hacia activos «sin riesgo», que según los reguladores son la deuda pública. Las agencias de calificación se prestan a la ficción. Por ejemplo, Moody's califica a Francia con Aa2, de alta calidad y sujeta a un riesgo crediticio muy bajo. Y esto se aplica a un país sin moneda propia que inflar para pagar su deuda. ¿Lo bastante bajo para rendimientos negativos? ¿Lo bastante bajo para que te paguen por endeudarte?
En Japón, la ratio de deuda pública sobre PIB supera ya el 250 %. El Banco de Japón mantiene un tipo objetivo del -0,1 % y el rendimiento del bono del Estado a 10 años es del -0,16 %, de modo que la curva de rendimientos es negativa incluso en terreno negativo. Y la cosa no acaba ahí: el Banco de Japón compró el año pasado 5,6 billones de yenes (52 000 millones de dólares) en ETF de renta variable. Con ello, su inversión total en renta variable asciende a 29 billones de yenes (271 000 millones de dólares), el 5 % de la Primera Sección de la Bolsa de Tokio. Las compras del año pasado absorbieron todas las ventas de extranjeros de acciones japonesas, por lo que claramente buscaban manipular el mercado de valores, más que ser una maniobra monetaria de otro tipo.
No es solo el Banco de Japón: el Banco Nacional de Suiza también lo ha hecho. Según su Informe y Cuentas Anuales, a finales de 2018 tenía 156 000 millones de francos suizos en renta variable de todo el mundo (159 000 millones de dólares), el 21 % de sus reservas exteriores. Vemos hacia dónde se dirige ahora la política de reservas de los bancos centrales y no deberíamos sorprendernos si las compras de acciones se convierten en un medio generalizado de manipular las bolsas y ampliar la base monetaria.
Los fondos soberanos, fondos públicos que deben su origen a la inflación monetaria a través de los mercados de divisas, han invertido en total casi 2 billones de dólares en renta variable cotizada.[iii] Aunque esto es solo el 2,5 % de la capitalización bursátil total de los valores cotizados en todo el mundo, son un elemento significativo en la fijación de precios marginales, más en unos mercados que en otros.
Entre ellos, los bancos centrales y los fondos soberanos, que compran acciones en cantidades crecientes, amplían el alcance de la flexibilización cuantitativa. El precedente ya existe. Los economistas de la comunidad de los bancos centrales tienen ahora una base para redactar eruditos artículos neokeynesianos sobre el asunto, lo que da cobertura a los responsables políticos para dar pasos aún más radicales en sus intervenciones.
Con todos estos métodos, el control estatal de los fondos regulados del sector público y privado, junto con la expansión del crédito bancario, ha abaratado el endeudamiento público, y parece que los Gobiernos pueden ahora emitir cantidades ilimitadas de deuda con rendimiento cero o negativo. Mientras se introduzca suficiente dinero y crédito por un extremo de la picadora de carne, sale financiación gratuita por el otro. No importa la destrucción causada a inversores clave del sector privado, como los fondos de pensiones, cuyos déficits actuariales ya están en crisis: eso es un problema para más adelante. No importa la destrucción de las finanzas de los fondos de seguros, donde las primas suelen complementarse con los buenos rendimientos de las carteras de bonos. Basta con culpar a las aseguradoras por cobrar primas más altas.
Esta es ahora la cuestión clave: ¿estamos entrando en una nueva fase de capitalismo dirigido con baja inflación, o nos estamos precipitando hacia una megacrisis, posiblemente destructiva para todo el sistema?
Si ocurre lo segundo, hay mucho que puede salir terriblemente mal. El Banco de Pagos Internacionales, el banco central de los bancos centrales, desde luego está preocupado. Solo esta semana publicó su informe económico anual, en el que decía: «la política monetaria ya no puede ser el principal motor del crecimiento económico». Claramente silbando para darnos ánimos, pide reformas estructurales para impulsar el gasto público en infraestructuras. Traducido, el BPI dice que poco más se puede lograr relajando la política monetaria, así que presidentes y primeros ministros, ahora os toca a vosotros. Podéis generar ahorros haciendo el Gobierno más eficiente y podéis gastar más en infraestructuras.
Mientras el BPI se lava las manos ante el problema, la historia y la razón nos dicen que una mayor implicación del Estado en los resultados económicos solo empeorará las cosas. Es propio de la burocracia gubernamental ser económicamente derrochadora, porque su fin principal no es el uso eficiente de los recursos de capital. Y aunque el resultado, ya sea un nuevo tren de alta velocidad o un puente a ninguna parte, pueda ser visible, no tiene en cuenta el verdadero coste para la economía de desviar recursos económicos de aquello que realmente se demanda.
Presta atención al mensaje del ciclo del crédito
Los inversores optimistas deberían tener en cuenta que ya estamos muy avanzados en el camino de nuestro declive económico, lo que da una falsedad fundamental a las valoraciones financieras. Tras la crisis de Lehman, la expansión del dinero y del crédito alimentó la inflación de los activos y creó la ilusión de unas mejores perspectivas para las empresas. La supresión de los tipos de interés fue el cebo para que las empresas invirtieran en producción. El déficit presupuestario del gobierno generó un gasto adicional como estímulo añadido. Los economistas del gobierno dicen que todo se debe a reavivar esos espíritus animales. Pero han estado animando a las empresas a perseguir un espejismo que, a medida que se avanza hacia él, parece siempre un poco más lejos, hasta que por fin desaparece del todo. Las empresas que confiaron en el espejismo del Estado descubren ahora que no era más que una ilusión.
Para quienes luchamos por preservar nuestros ahorros, lo que importa de verdad es el efecto de la inflación monetaria sobre los precios financieros. El poder adquisitivo de la moneda en la que medimos nuestros ahorros es una consideración que se suele descuidar, y que cobra aún más importancia en épocas de alta inflación monetaria. Por desgracia, es un efecto que no se puede medir, pero eso no impide que los estadísticos nos convenzan de que sí pueden. Aunque los analistas financieros las aceptan sin reservas, las estadísticas oficiales de inflación de precios han restado importancia al empobrecimiento progresivo de los consumidores productivos causado por la degradación monetaria. Desde que se adoptó esta deshonrosa manipulación de las estadísticas, los gobiernos se enfrentan a una disyuntiva clara: o confiesan el engaño y protegen la moneda de una mayor degradación, o, como todos los emperadores romanos posteriores a Nerón, siguen corrompiendo la moneda mientras haya ingenuos que crean en ella.
La creciente deshonestidad de la manipulación estadística a lo largo del tiempo es un factor adicional que hay que tener en cuenta al observar los sucesivos ciclos del crédito. Forman parte de una política de ocultar que están empeorando, cuando la versión oficial es otra: los responsables políticos afirman estar mejorando su control sobre los excesos de los mercados, suprimiendo las pruebas que indican lo contrario.
Los ciclos del crédito han ido empeorando en general, al menos desde la crisis inflacionaria de los años setenta, que siguió al abandono del Acuerdo de Bretton Woods en 1971. Los bancos centrales han degradado cada vez más sus monedas a lo largo de los sucesivos ciclos del crédito, hasta acumular un inevitable colapso apocalíptico. El que se aproxima podría ser global y total, el abuelo de todos ellos.
Quienes no estamos envueltos en la ilusión de la teoría monetaria moderna ni en las tonterías keynesianas y monetaristas siempre hemos sabido que algún día ocurriría. El colapso del Acuerdo de Bretton Woods fue un episodio dentro de un ciclo mayor de intervención gubernamental y fracaso. Von Mises sabía que ocurriría y explicó por qué en su obra The Theory of Money and Credit (Teoría del dinero y del crédito), publicada por primera vez en alemán hace más de cien años. Diez años antes de que sucediera, predijo el colapso del marco y de otras monedas europeas a principios de la década de 1920. Desde entonces, hemos demostrado que, colectivamente, hemos aprendido poco.
Es como vivir en las laderas de un volcán sabiendo que, con certeza, entrará en erupción algún día. Los optimistas apuestan a que la creciente montaña de deuda con rendimientos negativos no es la tarjeta de presentación del apocalipsis.
La protección comercial y el ciclo del crédito
Hasta ahora, he descrito los preocupantes desequilibrios de los mercados financieros, que en este ciclo crediticio se manifiestan en cantidades crecientes de deuda con rentabilidad negativa. Pero el año pasado surgió un problema adicional a raíz de los aranceles comerciales estadounidenses, que ahora coinciden con el techo del ciclo crediticio.
Ya he escrito sobre esto antes, así que aquí solo resumiré el punto principal.[iv] En 1929, la Ley de Aranceles Smoot-Hawley se promulgó al final de la expansión crediticia de los años veinte, y fue la combinación de ambas lo que transformó las condiciones igualmente benignas de los años veinte, similares a las de hoy, en el crac de 1929 y la depresión que le siguió. Sin duda, hubo otros factores que empeoraron la situación más de lo que habría ocurrido de otro modo, principalmente los desastrosos intentos del presidente Hoover de intervenir en la economía. Hoy la intervención del gobierno es mucho más generalizada y puede empeorar aún más las cosas.
No debe darse por hecho que las bolsas actuales caerán nueve décimas partes, como ocurrió entre 1929 y 1932. A través del dólar, en aquella época los precios se medían en la práctica en oro, al tipo fijo de 20,67 dólares por onza. Hoy las divisas son totalmente fiduciarias, y el precio de cualquier activo financiero reflejará los cambios de valor tanto por el lado del dinero como por el del propio activo. Sin embargo, es probable que las acciones se liquiden en una caída seria. A ello se suma hoy un posible problema con los ETF, en los que el único vínculo de los inversores es con unas bolsas alcistas y no con inversiones concretas. En cuanto el público se dé cuenta del cambio en las condiciones del mercado, cabe esperar que liquide los ETF que replican índices.
Según todas las apariencias, en sus primeros compases el final de un largo periodo de expansión crediticia está resultando para los inversores no peor que una caída normal, nada que la política monetaria no pueda arreglar. Es ciertamente posible que se vuelva a aplazar el problema una vez más. Si eso fracasa, una segunda fase de la psicología de los inversores anticipará una profundización de la recesión global y la constatación de que la política monetaria no logra detenerla. Entonces los mercados de renta variable deberían empezar a caer en serio. Cabe esperar que los precios de la vivienda les sigan, quizá con fuertes descensos dado el apalancamiento de la deuda hipotecaria. Hasta aquí, lo convencional.
Si esto ocurre, casi con seguridad nos asomaremos a un abismo financiero. Ya lo hemos visto antes: en enero de 1975 en el Reino Unido, tras una caída de la bolsa del 73 % desde su máximo de 1972. Hubo un momento similar en Estados Unidos en 2002, cuando Alan Greenspan le dio la vuelta. Y durante la gran crisis financiera hubo otro momento, aún fresco en nuestra memoria. Siempre, la solución fue que el establishment, formado por el gobierno, su banco central, los bancos comerciales y los fondos de pensiones y de seguros, actuara de forma conjunta entre bastidores para restaurar la confianza. Podemos estar seguros de que se volverá a intentar la coerción gubernamental para lograr la misma recuperación de la confianza si se da la situación.
Si el intento de restaurar plenamente la confianza no pasa de ser un arreglo a corto plazo, las finanzas públicas se deteriorarán aún más y se recurrirá a la inflación monetaria en cantidades aún mayores que las vistas hasta ahora. Inundadas de dinero fiduciario, la mayoría de las economías experimentarán entonces una inflación de precios creciente que las estadísticas oficiales ya no podrán camuflar. Para proteger las divisas y reflejar la creciente preferencia temporal de los mercados, seguirán sin duda tipos de interés más altos.
En un entorno así, el sistema bancario mundial estará sometido a una enorme tensión y el riesgo de fallo sistémico aumentará. Aunque nunca es demasiado tarde para buscar alternativas a los depósitos en el sistema bancario, es mucho mejor hacerlo antes de que se vea una crisis en el horizonte. Si las finanzas mundiales basadas en dinero fiduciario se deterioran hasta convertirse en una crisis sistémica, la mayoría de la gente se verá sorprendida, pues habrá confiado en que el Estado regulara a banqueros codiciosos y a capitalistas amiguetes de todo tipo.
Por desgracia, la complacencia y la ignorancia no sirven de defensa ante los tribunales de la experiencia humana. Las dos reservas de valor alternativas, con las que se puede sacar dinero de un banco sin hacer cola para obtener efectivo físico, son la compra de criptomonedas seguras como el bitcoin y el dinero metálico: oro y plata. Sus precios ya están subiendo, quizá porque reflejan que se acorta la probabilidad de que ocurran los acontecimientos catastróficos aquí descritos.
Por este motivo, deberían interesarnos tanto los méritos como las limitaciones de ambos.
Bitcoin, el rey de las criptomonedas
Los más previsores entre nosotros ya habrán contratado algún tipo de seguro frente a la inevitable calamidad que von Mises describió hace más de cien años. Tradicionalmente, esto ha significado tener exposición a metales preciosos en la cartera. Pero en los últimos años hemos observado una evolución interesante. La descentralización de la información a través de internet ha socavado el control que los gobiernos ejercen sobre los medios de comunicación, en particular en lo relativo al dinero.
El creciente número de millennials que buscan ahora la verdad sobre el dinero es un fenómeno nuevo. Buscan alternativas a la moneda emitida por los Estados y son la fuerza impulsora de las criptomonedas. La invención de un rival digital, el bitcoin, junto con otras criptomonedas, tiene profundas implicaciones para la aceptación pública, hasta ahora incuestionada, de la moneda fiduciaria.
Keynes escribió:
«No hay medio más sutil ni más seguro de destruir las bases existentes de la sociedad que corromper la moneda. El proceso pone en juego todas las fuerzas ocultas de la destrucción y lo hace de una manera que ni un hombre entre un millón es capaz de diagnosticar.» (Las consecuencias económicas de la paz, 1919).
Con los nuevos millennials, la ignorancia de las masas, de la que dependen los gobiernos que emiten moneda, se está erosionando de forma inesperada. A través de su interés por las criptomonedas, han conocido los inconvenientes de las monedas fiduciarias y, aunque su apoyo incondicional al bitcoin y similares pueda cuestionarse, son conscientes de que los gobiernos corrompen las monedas a su costa. Por este motivo, las criptomonedas, en particular el bitcoin, suponen una amenaza significativa para las monedas estatales.
La consecuencia puede ser una aceleración del colapso de las monedas fiduciarias. La confianza en ellas ya se está poniendo a prueba, como puede deducirse de la evolución del precio del bitcoin. Además, si los bancos comerciales llegan a verse amenazados de forma sistémica, cabe esperar que los millennials cambien cantidades cada vez mayores de depósitos en moneda fiduciaria por cantidades cada vez menores de bitcoin.
El error que a menudo cometen quienes observan el bitcoin es descartarlo como dinero por ser volátil. Lo que importa no es su uso como medio de pago, sino su capacidad de almacenar valor totalmente protegido de la intervención gubernamental gracias a su libro de contabilidad distribuido. Con su continua depreciación de la moneda y su control cada vez más estricto sobre el uso de las monedas fiduciarias, los gobiernos han creado y alimentado la demanda de bitcoin. Y en cuanto a la seguridad, el bitcoin y su cadena de bloques han resistido todos los intentos de vulnerarlos. Las debilidades se encuentran en diversos proveedores de servicios, no en el bitcoin ni en su cadena de bloques.
Aunque han mostrado interés por la cadena de bloques, las instituciones financieras apenas ahora empiezan a prestar atención al bitcoin en sí, y crece la presión para que se acepte como activo de inversión. Los contratos de futuros regulados sobre bitcoin ya se negocian en Comex y, cuando otras clases de activos ofrezcan rendimientos insuficientes, la presión para que las instituciones financieras inviertan en bitcoin debería seguir aumentando.
Aunque nadie puede predecir cómo evolucionarán realmente los precios del bitcoin, ya se vislumbra que su historia aún tiene mucho que contar. Resulta interesante que su reciente y espectacular movimiento de precio se haya producido en un momento en que el riesgo de una recesión económica global y más profunda parece aumentar. Todavía no es una prueba tangible de que el bitcoin pueda acelerar la transferencia de valor fuera del dinero fiduciario y, con ello, socavarlo, pero da que pensar.
El oro, el único dinero que sobrevive a todo
A lo largo de toda la historia, su escasez, su atractivo y su estabilidad química nos dicen que el oro es la forma más segura de dinero. Solo en las economías avanzadas de Occidente, donde hemos caído durante décadas en la propaganda gubernamental según la cual el oro ya no tiene un papel monetario, se han olvidado sus cualidades probadas como dinero por excelencia.
Es lógico pensar que, a medida que el poder adquisitivo de las monedas emitidas por los Estados se ve cada vez más amenazado por la sobreemisión, la amnesia colectiva de Occidente dará paso a una reevaluación del oro como protección probada frente al colapso de las monedas fiduciarias. A pesar del entusiasmo que han generado criptomonedas seguras como el bitcoin, el oro sigue siendo el refugio preferido de quienes se preocupan por un mundo posfiduciario incipiente, un mundo en el que incluso internet y las comunicaciones móviles corren el riesgo de sufrir interrupciones, lo que dejaría las criptomonedas temporalmente inservibles como dinero para transacciones.
Antes de un colapso de las monedas fiduciarias, el argumento más poderoso a favor tanto del bitcoin como del oro es su capacidad de conservar valor. Esto no es lo mismo que su función como moneda, que cobra más importancia después, cuando el bitcoin no puede competir con el oro. La transferencia de la propiedad de bitcoin está limitada a un ritmo diario de unas 500 000 operaciones y ya se acerca a esa capacidad. Por este motivo, nunca podrá sustituir a las formas convencionales de intercambio instantáneo, a diferencia de una moneda de oro. Solo el oro (y, además, la plata) ofrecerá tanto la reserva de valor como las funciones de pago en efectivo que exigirá un mundo posfiduciario. El suministro físico de oro se volverá central en su relación de precio con las monedas fiduciarias en declive, por lo que es esencial evaluar correctamente las existencias de oro disponibles como moneda en un mundo posfiduciario.
El oro como dinero puede considerarse dividido en dos categorías. Por un lado están las reservas en manos de los bancos centrales, que serán necesarias para respaldar las emisiones de billetes y el dinero electrónico cuando el componente fiduciario de las reservas pierda todo su valor. Por otro lado están las barras y monedas de oro en manos del público. Ambas cantidades parecen similares, como demuestra el siguiente análisis.
De un total de existencias de oro físico sobre la superficie que en Goldmoney estimamos en unas 176 000 toneladas[v], quizá un 60 % se destina a joyería y usos industriales, lo que deja 70 400 toneladas, de las cuales 34 024 toneladas figuran como reservas oficiales.[vi] Sin embargo, es casi seguro que naciones como China poseen oro no declarado y, al mismo tiempo, no todas las reservas oficiales son metal precioso físico, sino metal precioso permutado y cedido en préstamo, por lo que se contabiliza dos veces. Supongamos, de forma simplista, que estas dos cantidades se compensan. Eso deja unas 36 376 toneladas estimadas en manos del público en forma de barras y monedas, que, junto con las reservas oficiales, podemos considerar la oferta monetaria de oro.
En sentido estricto, es un error incluir la joyería de Asia (donde se encuentra la mayor parte) como parte de la oferta monetaria del oro. Aunque puede convertirse fácilmente en efectivo a un valor cercano al de fundición, en la práctica no se conserva con ese fin. El flujo de oro hacia la joyería suele ser unidireccional: es más probable que se utilice como garantía en las casas de empeño asiáticas para financiación puente y gasto de capital, con la intención de recuperarlo a cambio de dinero fiduciario. Por lo tanto, salvo en caso de una catástrofe económica postapocalíptica, la joyería de oro no forma parte del flujo monetario del oro. Precios del oro significativamente más altos pueden cambiar esto, pero por ahora la joyería de oro debe considerarse como la ven sus propietarios: un activo fiable que se conserva y se transmite a las siguientes generaciones.
La razón de insistir en este punto es que los analistas utilizan erróneamente las estimaciones de las existencias totales sobre la superficie como oferta monetaria del oro. Eso confunde una reserva de valor con dinero disponible para transacciones, la misma confusión que lleva a los defensores de las criptomonedas a considerar el bitcoin una moneda en circulación. El bitcoin solo puede circular dentro de las limitaciones de un libro de contabilidad distribuido, por lo que su condición teórica se parece más a una forma de joyería digital, atesorada y no destinada a gastarse.
Ahora podemos comparar el valor del oro que circulará como moneda con el total de efectivo y depósitos bancarios en monedas fiduciarias en todo el mundo. Las búsquedas en internet indican que el dinero fiduciario mundial suma unos 80 billones de dólares, mientras que la cantidad de oro monetario, tal como la hemos redefinido, vale a los precios actuales 3,2 billones de dólares, una proporción de 25 veces. Y eso es antes de cualquier nueva expansión del dinero fiduciario que se emita para intentar contener una crisis crediticia en desarrollo.
Conclusión
Es muy probable que la reciente fortaleza tanto del oro como del bitcoin esté relacionada con un cambio en la percepción del riesgo para la economía mundial. En las últimas semanas se ha hecho cada vez más evidente que la coincidencia del final de la fase expansiva del ciclo crediticio con el proteccionismo comercial ha dañado muy gravemente el comercio mundial, y los efectos se están extendiendo ya a las economías nacionales. Siendo así, podemos esperar una nueva aceleración de la inflación monetaria. Mientras apoya las finanzas públicas mediante nuevas rondas de expansión cuantitativa, el efecto de transferencia de riqueza de la inflación monetaria socavará cada vez más la economía productiva.
Por eso los precios del oro y del bitcoin podrían resultar ser una señal de alerta temprana de una aceleración del ritmo al que las monedas fiduciarias perderán poder adquisitivo. Si las principales naciones, a través de sus bancos centrales, no logran proteger sus monedas, estas dos alternativas a las monedas fiduciarias apenas habrán empezado a subir.
[i] Consulta https://object.cato.org/sites/cato.org/files/pubs/pdf/workingpaper-8_1.pdf
[ii] Actualmente, un -0,31 % fijo durante el resto del año. Consulta https://www.thelocal.dk/20160628/brexit-gives-danes-new-record-for-cheap-home-loans
[iii] Consulta https://www.swfinstitute.org/transactions
[iv] Consulta https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/trade-wars-a-catalyst-for-economic-crisis
[v] Extrapolado a partir de un artículo escrito por James Turk y Juan Castañeda en 2012. Consulta https://www.goldmoney.com/https://gm-media-library.s3.eu-west-1.amazonaws.com/theabovegroundgoldstock_95031cfc8c.pdf
[vi] El World Gold Council estima que la media de diez años de la demanda de joyería e industrial absorbió el 61 % de la oferta mundial procedente de minas y de chatarra. Consulta https://www.gold.org/about-gold/market-structure-and-flows
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