Hay una clase de dinero que se crea y se destruye constantemente: el crédito bancario.
El crédito bancario se crea cuando un banco presta dinero a un cliente; se convierte en dinero porque el cliente dispone de ese crédito para ingresarlo en otras cuentas bancarias y pagar a sus acreedores. No es dinero creado por un banco central; es dinero que los bancos comerciales crean de la nada para prestarlo. Su contracción se produce cuando se devuelve o si un cliente incumple el pago.
La reciente y brusca caída de los mercados bursátiles está provocando dos niveles de contracción del crédito bancario. Los préstamos de los intermediarios a inversores especuladores se están deshaciendo desde niveles récord, en particular en China y también en EE. UU., donde en julio alcanzaron un máximo histórico de 487 000 millones de dólares. Después está el efecto secundario, que probablemente se active si los precios de las acciones siguen cayendo, cuando se liquidan las acciones mantenidas como garantía de préstamos. Es entonces cuando la caída de las cotizaciones puede ser tan destructiva para el crédito bancario y, como advirtió el economista estadounidense Irving Fisher en 1933, puede producirse un ciclo más amplio de liquidación de garantías que conduzca a una depresión económica.
El temor a un ciclo creciente de liquidación de deuda es siempre una gran preocupación para los banqueros centrales, por lo que evitar que se produzca el efecto secundario descrito es su máxima prioridad. La política macroeconómica se centra en asegurar que el crédito bancario crezca de forma continua, así que desde la crisis de Lehman cualquier tendencia del crédito bancario a contraerse se ha compensado con la creación de dinero por parte de los bancos centrales. El hecho evidente de que los mercados bursátiles hayan perdido ahora impulso alcista y parezcan correr el riesgo de un colapso que se retroalimente será visto por los banqueros centrales con una alarma creciente.
Por esta razón, muchos inversores creen que nunca se permitirá un mercado bajista y que el peso conjunto de los bancos centrales, los fondos de estabilización cambiaria y los fondos soberanos se invertirá para sostener los mercados. Hay algunos indicios de que esta es, de todos modos, la dirección que toma la intervención estatal, por lo que la compra de acciones respaldada por el Estado es un paso lógico siguiente.
El riesgo de este razonamiento es que las autoridades aún no estén dispuestas a intervenir de esta manera. Cuando el índice S&P 500 se redujo a la mitad tras la última crisis financiera, la posterior recuperación pareció producirse sin compras significativas de acciones por parte del Gobierno de EE. UU. En lugar de ello, el Gobierno estadounidense podría seguir recurriendo a remedios monetarios más convencionales: más flexibilización cuantitativa, revertir los intentos actuales de subir los tipos de interés y quizá intentar también imponer tipos de interés negativos. Si en el futuro la presión verbal del Estado que acompañe a estas medidas no impide que el mercado bajista siga su curso, la próxima ronda de flexibilización cuantitativa tendrá que ser mucho mayor que cualquier cosa vista hasta ahora.
Por otra parte, si los Estados intentan acabar con el mercado bajista comprando acciones, tendrá que ser mediante una intervención masiva en el mercado, dirigiendo dinero «lanzado desde helicópteros» a los inversores y manipulando las alternativas para hacerlas relativamente menos atractivas. En cualquier caso, la sacudida que hemos visto hasta ahora en las bolsas es una llamada de atención para los economistas y comentaristas convencionales que creen en la tranquilidad de las estadísticas oficiales, que parecen diseñadas para convencernos a todos de que el crecimiento económico está siempre a punto de llegar.
Desde la crisis de Lehman, los inversores han comprado este argumento alcista con exclusión de cualquier riesgo probable de que llegue un mercado bajista. En consecuencia, cantidades considerables de dinero especulativo están comprometidas con el concepto de un mercado alcista perpetuo garantizado por el Estado; así, si las fuerzas destructivas de la realidad llegan a intervenir, el potencial de una fuerte caída de las cotizaciones será mucho mayor que antes.
Mientras tanto, el crédito bancario mundial parece estar ya contrayéndose en mercados clave, como China, en cuyo caso los fundamentos globales se están deteriorando sin duda. Siendo así, harán falta cantidades cada vez mayores de dinero de nueva emisión de los bancos centrales para perpetuar la ilusión de que los mercados suben y de que la economía sigue creciendo, con o sin compras de acciones dirigidas por el Estado.
Este artículo se publicará una semana antes de la decisión de la Fed sobre los tipos de interés de septiembre, que podría traducirse en una pequeña subida, pero es hora de dejar a un lado el dilema de la Fed sobre los tipos y pensar más allá, en las consecuencias económicas más amplias de la inflación monetaria necesaria para asegurar un mercado alcista perpetuo.
Los puntos de vista y opiniones expresados en el artículo son los del autor y no reflejan necesariamente los de GoldMoney, salvo que se indique expresamente. Tenga en cuenta que ni GoldMoney ni ninguno de sus representantes ofrecen asesoramiento financiero, jurídico, fiscal, de inversión ni de ningún otro tipo. Dicho asesoramiento debe solicitarse a una persona u organismo independiente y regulado que esté debidamente cualificado para ello. Cualquier información facilitada en este artículo se proporciona únicamente como comentario general sobre el mercado y no constituye asesoramiento. GoldMoney no aceptará responsabilidad alguna por ninguna pérdida o daño que pueda derivarse directa o indirectamente del uso de dicha información o de la confianza depositada en ella.