En mi último artículo concluí que hay todas las señales de que el dinero se está desplazando de actividades puramente financieras a activos como la vivienda. El pensamiento convencional es que estamos asistiendo a la formación de otra burbuja inmobiliaria y que, junto con los bonos y las acciones, todas estas burbujas acabarán mal.
Un examen objetivo de la evidencia pone en duda este planteamiento. Solo hay una burbuja real: la de las principales divisas, que se están inflando de forma alarmante y coordinada. La subida de precios de diversas clases de activos es consecuencia de estas burbujas monetarias y no constituye una burbuja en sí misma. La distinción es importante, porque representa las primeras etapas de una tendencia acelerada de pérdida de poder adquisitivo de las divisas, y no una subida de los precios de los activos, como se suele suponer.
Por desgracia, esta distinción la entiende mal la intelectualidad económica neoclásica, que en esencia ve la inflación como una subida de precios y no como una depreciación de la divisa. Peor aún, cree que se trata de una relación que puede controlar, pese a que todas las evidencias indican lo contrario.
El camino por el que la inflación monetaria erosiona el poder adquisitivo de una divisa lo describió Richard Cantillon, quien salió de la burbuja del Misisipi de John Law como el plebeyo más rico del mundo. La desigual propagación de la subida de precios tras la introducción de dinero y crédito adicionales se conoce hoy como efecto Cantillon. Pero Cantillon escribía sobre mayores cantidades de moneda de plata; hoy hablamos de moneda fiduciaria sin ningún valor intrínseco. Esto significa, y es crucial, que además de esperar una caída del poder adquisitivo del dinero adicional, que persigue la misma cantidad de bienes, tenemos que lidiar con una moneda de papel cuyo valor, al depender por completo de la percepción de los usuarios, puede llegar a desplomarse del todo.
Debemos tenerlo presente mientras seguimos cómo la burbuja monetaria se va deshaciendo: sale del sistema puramente financiero, pasa por la vivienda y otros activos de capital, llega a manos de beneficiarios secundarios como agentes inmobiliarios, abogados, fontaneros y carpinteros, y de ahí a las de beneficiarios terciarios, y así sucesivamente. Esto es un misterio para los neoclásicos, que se sorprenderán al comprobar, en primer lugar, que el PIB, al ser simplemente el total monetario de todas las transacciones económicas registradas, crecerá más deprisa de lo que esperan, sin una reducción material del desempleo. Y, en segundo lugar, les desconcertará la rapidez con que su divisa fiduciaria pierde poder adquisitivo.
La resistencia del establishment económico a entender estos pocos hechos sencillos hace probable que tarde demasiado en subir los tipos de interés para frenar la demanda de dinero. Seguirá pendiente del coste de financiar los déficits públicos y del daño a los balances bancarios por la caída de los precios de los bonos, además de las pérdidas potencialmente aterradoras de los derivados de permutas de incumplimiento crediticio. Esta resistencia indicará a los mercados que los bancos centrales ya no tienen el control.
Por eso es tan importante entender que los problemas proceden del lado monetario, unos problemas que parecen destinados a agravarse. Algunos activos, como los bonos de renta fija, sufrirán mucho, mientras que otros prosperarán. Entender esta diferencia enriqueció mucho a Cantillon, que cambió papel por oro. No entenderla empobreció a John Law, que fue el Keynes de su época.