Los reguladores financieros y el libre mercado

La gran intuición de Adam Smith fue que en una transacción comercial ambas partes se benefician. Antes de su época, se creía generalmente que en un intercambio de bienes una parte solía ganar lo que la otra perdía.

El error consistía en malinterpretar el valor: es distinto para cada persona. El vendedor da más valor al dinero que al producto que vende por él, y el comprador da más valor al producto que a su coste; de lo contrario, el trato no se haría.

A los amantes de la regulación no parece que les entienda la noción de interés propio ilustrado de Adam Smith. Creen que los capitalistas sin principios roban el óbolo de la viuda. La proliferación de la regulación, sobre todo en Europa, donde todo debe estar regulado, es en este sentido una negación completa de todo el progreso económico desde los tiempos del mercantilismo.

La regulación a menudo frustra sus objetivos, algo que me quedó claro hace muchos años. Conocí al director general de un negocio de apuestas con diferencial (spread betting) cuando se debatía si debía regularse como actividad de inversión. Él daba la bienvenida a la regulación, porque daría más credibilidad a su negocio, a pesar de ser por definición juego. Tenía razón: por eso todo el que trabaja en servicios financieros de cara al público quiere regulación. Mejora su credibilidad.

Sin regulación, la reputación de una empresa es su activo más valioso. Una empresa regulada no tiene ese problema, siempre que cumpla las normas. La regulación sustituye la necesidad primordial de proteger la reputación, y la empresa ya no se preocupa únicamente por sus clientes: el reglamento tiene prioridad. Y cuanto más sustituye la regulación a la reputación, menos importan los clientes. En ningún sitio es esto más evidente que en los servicios financieros.

En los años ochenta, cuando se abolió en Londres la capacidad única y se permitió a las empresas de valores actuar a la vez como corredores y como creadores de mercado, se pretendía resolver el conflicto de intereses mediante la interposición de una muralla china. Hoy casi nunca oímos ese término, pero esta separación fingida entre la intermediación y la creación de mercado relega los intereses de los clientes. Como era previsible, estos se han convertido en carne de cañón para la cartera de negociación, donde reside la verdadera rentabilidad. Y luego está el escandaloso ejemplo de MF Global, a la que, según parece, el regulador ha permitido apostar y perder el dinero segregado de sus clientes.

Los reguladores dan por hecho que el público es ingenuo y necesita protección. Se han colocado en una posición en la que todo tipo de empresas pueden burlarlos, empeñadas en utilizar y adaptar las normas en su propio beneficio y a costa de sus clientes. Estas empresas presionan para modificar las normas con el tiempo en su favor y se escudan en una respetabilidad regulatoria, como han comprobado, a su costa, los clientes tanto de MF Global como de Bernie Madoff.

¿Dónde está la protección? Adam Smith debe de estar revolviéndose en su tumba.

Volver a los análisis de Goldmoney