Desde hace tiempo opino que rescatar a los gobiernos de la eurozona de sus crisis financieras era una tarea demasiado grande para el Banco Central Europeo, que debería limitarse a mantener en marcha el sistema bancario.
La única esperanza era que los gobiernos se vieran obligados a afrontar la realidad de recortar el gasto público de forma drástica y rápida. Ni siquiera han empezado a abordar este problema fundamental. Como consecuencia, ahora les es imposible refinanciar su deuda a su vencimiento, y menos aún captar dinero nuevo. En su lugar, hay una carrera hacia el efectivo mientras bancos y fondos de inversión libre se preparan para los impagos soberanos.
Las poses en torno a fondos de estabilidad apalancados, impuestos sobre las transacciones financieras, la instalación de gobiernos no electos, los supuestos cambios de tratado y, por último, las propuestas de supervisión fiscal reforzada han acabado convenciendo a los mercados de que el único desenlace son los impagos generalizados de los gobiernos. Ahora no hay alternativa y habrá que gestionar las consecuencias.
La torpe gestión de esta crisis ha debilitado a los bancos de la eurozona hasta el punto de que no pueden suscribir más deuda. Además, el BCE no puede permitirse que la liquidez que proporciona a los bancos europeos desaparezca en nuevos bonos del Estado que acabarán en impago de todos modos. Por tanto, ahora le interesa al BCE que los impagos soberanos se produzcan cuanto antes, a menos que el Fondo Monetario Internacional pueda acudir al rescate, algo que parece cada día menos probable.
Cada vez hay más indicios de que los gobiernos miembros del FMI no respaldan lo suficiente un rescate. La función del FMI, según sus estatutos, es la de prestamista intergubernamental de última instancia, no la de apoyar el despilfarro de los gobiernos. Tras el fracaso de la reunión del G20 de mediados de octubre, no ha habido ningún intento sustancial de rescatar la eurozona. Puede que los teléfonos no paren de sonar, pero no hay ninguna reunión urgente, lo que sugiere que los acontecimientos deben seguir su curso.
Así pues, cuanto antes se produzcan estos impagos, antes podrá el BCE colaborar con los bancos centrales nacionales para rescatar a los principales bancos comerciales de la eurozona. Una vez aceptado este razonamiento, debemos pensar en los candidatos más probables. Sin un orden concreto, son Francia, Italia y Grecia: Francia e Italia porque tienen que refinanciar enormes cantidades de deuda en los próximos meses, y Grecia por motivos evidentes. Quizá menos apremiantes, pero también candidatos probables al impago, son Bélgica, España, Portugal e Irlanda: Bélgica podría caer junto con Francia, y los demás podrían salir adelante con dificultad, pero podrían optar por empezar de cero. Y cuando caiga el primero, los demás lo seguirán sin duda rápidamente.
La secuencia de acontecimientos ya está en marcha. Le seguirán los propios impagos, y el desencadenante probable será el aumento de la rentabilidad de los bonos del Estado francés.
En resumen, hemos llegado al punto en que el interés del BCE exige que los gobiernos de la eurozona caigan en impago, porque un mayor retraso hará más difícil el rescate de la moneda y del sistema bancario. Cabe esperar una coordinación entre el Banco de Pagos Internacionales, la Fed, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón para suavizar la turbulencia de los mercados y respaldar al BCE.