Los graves errores de las estadísticas estáticas

La medida del verdadero carácter de un hombre es lo que haría si supiera que nunca lo van a descubrir. Lord Macaulay escribió esto hace casi doscientos años. Su aforismo resulta especialmente oportuno para los políticos modernos, y también para el propio Estado moderno, que se supone que es desinteresado en favor del bien común. Podemos estar seguros de que, cuando una persona pasa de estar fuera a estar dentro de la maquinaria del Estado, deja de representar al pueblo y pasa a representar al Estado. Es de suponer que hay excepciones honorables a esta regla, pero, a bote pronto, cuesta pensar en alguna en la política contemporánea.

El fracaso en la prueba del verdadero carácter de un político llega mucho más hondo. Una vez que el Estado lo acoge, tiene a su alcance las herramientas de la propaganda y la desinformación. Puede avivar el nacionalismo para que un país entero se alinee con él. Algunos habremos leído El príncipe de Maquiavelo, esa obra maestra de las artes políticas, que enseña al gobernante cómo conservar y explotar el poder político. Pero muy pocos conocemos del todo las artes mucho más oscuras de la degradación monetaria. Ya no es tan burda como reducir el contenido de plata del denario o emitir billetes sin el oro que los respalde. No: con toda la panoplia de tesorerías, bancos centrales y departamentos de estadística, la degradación monetaria es hoy más sutil y sirve de tapadera al fraude supremo que el Estado comete contra su población.

Empieza con inexactitudes terminológicas, como que hace falta una caída del tipo de cambio para estimular la economía o, dicho de otro modo, que una inflación del dos por ciento estimula el gasto. Esto justifica la degradación monetaria. Continúa con la negación de todo lo establecido y entendido antes de Keynes, en particular la ley de Say[i]. Y, una vez sentadas las bases de la nueva economía patrocinada por el Estado, hemos pasado a manipular los resultados.

La mayoría de la gente sabe que las estadísticas pueden manipularse hasta volverse carentes de sentido, y sin embargo la comunidad financiera se aferra a sus decimales como si fueran el mismísimo evangelio. Los modelos informáticos, además, nos dicen con una precisión sospechosa qué aumento del PIB (siempre es un aumento) cabe esperar dentro de dos o tres años.

Todo es una patraña. Y no se trata solo de que, si entra basura, sale basura. Una economía dinámica, en evolución continua, sencillamente no se puede modelizar, ni siquiera con inteligencia artificial, porque el modelo no puede reproducir la progresión cambiante de la acción humana. Un modelo no puede saber qué comprarán realmente los consumidores mañana. Ni qué cantidades de cada producto, algunos aún sin inventar, querrán los consumidores dentro de un año. Ni siquiera los propios consumidores lo saben.

Aun así, la comunidad financiera en su conjunto parece ignorar que las estadísticas estáticas de los econometristas son solo una instantánea de un momento anterior y no pueden reproducir una economía en constante evolución. Y quienes introducen la basura buscan, en su mayoría, los resultados que desean. Los econometristas, además, se han refugiado en la estandarización de sus modelos informáticos. Esto pretende dar credibilidad a un proceso falso, pero lo único que significa es que los propios errores ahora están estandarizados.

No solo se paga a toda una industria por modelizar ficción, sino que los economistas y los econometristas no son ya poco más que chamanes de nuestro tiempo. Nosotros, los miembros de la población corriente, somos los primos.

En el centro de todo este sinsentido estadístico está el PIB. No es más que una cifra monetaria total: la cantidad de dinero que se registra como gastada por los consumidores en los productos incluidos en él durante un período determinado. Excluye partidas que, según nuestros estadísticos estáticos, deben excluirse. A veces se reajusta, siempre con la perspectiva que da el paso del tiempo. Es más, como medida de la producción económica, el PIB dista mucho de ser una cifra bruta, porque excluye la producción de los bienes y servicios, como los componentes, la maquinaria y el transporte, que se utilizan en la producción de los productos finales.

La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos ha reconocido en parte este punto, y ahora estima trimestralmente la producción bruta (GO) para incluir las transacciones entre empresas registradas. El efecto es que la cifra del PIB estadounidense se más que duplica.[ii] Así pues, incluso si viviéramos en el mundo estático que se corresponde con el análisis estadístico, el PIB no logra captar la actividad económica.

El error de fondo en la construcción del PIB es confundir la contabilidad con la economía. Llevar las cuentas permite a una empresa medir sus beneficios, estimar los impuestos que debe y valorar sus activos. Se incluye todo lo que hace la empresa. Por tanto, se puede calcular su rentabilidad sobre el capital empleado y compararla con otras inversiones alternativas. Pero ningún empresario da por sentado, con ligereza, el primer día de un nuevo ejercicio que las ventas crecerán un x% a lo largo del año. Puede fijar objetivos para sus empleados, pero eso no es lo mismo. Tiene que hacer evolucionar su producto o servicio para satisfacer a sus clientes, cuyas necesidades y deseos pueden cambiar, y sus ventas dependerán de su éxito. Controla sus costes, comercializa sus productos y espera vender.

Los estadísticos del Estado se equivocan de raíz al proyectar el PIB como si fuera una especie de plan de negocio colectivo. Es solo una imagen parcial, y se utiliza para intentar proyecciones que ninguna empresa intentaría.

La elaboración de estadísticas oficiales siempre sirve para respaldar los objetivos del propio Gobierno, que no son los mismos que los de la sociedad, ni siquiera los mismos que un interés nacional siempre mal definido. Por ejemplo, el deseo de reducir al mínimo posible la tasa de inflación registrada oficialmente está sin duda relacionado con el deseo de minimizar los pagos ajustados a la inflación, defraudando a quienes habían recibido la promesa de protección frente a los efectos de la degradación de la moneda sobre los precios.

El PIB es realmente el truco más cruel que se ha jugado a la sociedad. Se presenta como el criterio de medida de nuestras perspectivas colectivas, pero es un impostor estadístico. Es una finta para distraernos de aquello para lo que realmente se usa, que es proporcionar fondos a su creador y gestor. Sí, el Estado, a sabiendas o sin saberlo, utiliza el PIB para recaudar dinero para sí mismo.

Imaginemos, por un momento, una economía en la que el Estado controla la emisión de dinero. No es muy difícil, porque es la situación actual. Supongamos ahora que el Estado, a través de su banco central, emite un nuevo tramo del dinero en circulación. Con toda la flexibilización cuantitativa de los últimos años, que no es más que el banco central del Gobierno emitiendo más dinero, también es fácil de imaginar. Lo que hemos imaginado, es más, definido, es una fuente de ingresos para el Estado. Y no solo eso: el dinero adicional inyectado en la economía aumenta, manteniéndose todo lo demás igual, el total monetario del PIB.

El importe de ese aumento no es difícil de calcular a ojo, en principio. Si en el año anterior el PIB es de cien unidades monetarias, que es el total del dinero gastado por todos los consumidores en ese año, y representa su renta una vez descontado el dinero apartado como ahorro. Si el Estado emite diez unidades monetarias más, estas se pueden añadir a la renta total de los consumidores, menos las sumas que van a la cadena entre empresas (que solo se recoge en la GO), menos las sumas que van a actividades financieras y otras excluidas del PIB, y menos cualquier aumento del ahorro. Además, es probable que parte de esas diez unidades monetarias adicionales se gaste en el extranjero, lo que se refleja en un aumento del déficit comercial. Quizá nuestro PIB registrado haya pasado de 100 unidades monetarias a 103, una vez restados estos ajustes.

Como por arte de magia, la economía ha crecido un tres por ciento, y todos nos lo creemos.

Veamos con más detalle adónde va este dinero adicional, para evaluar los beneficios fiscales para el Estado, empezando por todas esas actividades empresariales intermedias de la cadena entre empresas. Esta es, en términos generales, la diferencia entre la GO y el PIB. Absorbe el gasto público en infraestructuras y en el mantenimiento de propiedades del Estado por parte de entidades no gubernamentales, así como el gasto en defensa. En teoría, todos los suministros de bienes y servicios del sector privado al Gobierno se proporcionan dentro de la cadena entre empresas, y solo los salarios de los empleados de los proveedores, una vez deducidos los impuestos sobre la renta y el empleo, se registran en el PIB como gasto de los consumidores.

La financiación de este gasto la proporciona, en primer lugar, la expansión del crédito bancario y, en segundo lugar, los pagos del Gobierno por el trabajo realizado. Dado que la expansión del crédito bancario actúa como multiplicador de la parte de esas diez unidades monetarias adicionales que se asigna a tal fin a través del sistema financiero, los beneficios fiscales para el Estado, procedentes del impuesto de sociedades y de los salarios adicionales que se pagan como resultado, son sustanciales. 

A los empleados de toda la cadena entre empresas, incluidos innumerables subcontratistas, se les retiene el impuesto sobre la renta de sus salarios. Gastan la mayor parte, si no la totalidad, de sus salarios en bienes y servicios, lo que genera impuestos sobre las ventas. La aplicación de parte de nuestras diez unidades monetarias adicionales al sector financiero también genera más beneficios para el Gobierno. Los bancos pueden crear crédito adicional sobre esa base, de modo que, si los bancos absorben cinco de las nuevas unidades monetarias, pueden crear otras cuarenta o cincuenta. Los precios de los activos se inflan, lo que genera impuestos sobre las plusvalías. Otros impuestos que se obtienen del uso de este crédito bancario aún más ampliado son sustanciales, en particular cuando los bancos también se enfrentan a impuestos sobre beneficios excesivos y se ven obligados a pagar sanciones por faltas pasadas, no frente al Estado, sino frente a sus clientes.

Los beneficios fiscales de la expansión de la moneda emitida por el Estado son distintos en el caso del dinero adicional que acaba en el extranjero. Este dinero paga importaciones adicionales, consecuencia inevitable de que la mayor cantidad de dinero no se gaste en productos nacionales, que escasean como resultado de la inflación monetaria.

Existe el riesgo de que los fabricantes extranjeros vendan la moneda obtenida a cambio de sus propias monedas emitidas por sus Estados. De este modo, un mayor déficit comercial ejerce presión a la baja sobre el tipo de cambio, lo que eleva los costes de los insumos y, por tanto, los precios de todos los bienes y servicios. Por supuesto, en lugar de perder el dinero nuevo haciendo que el banco central lo compre a cambio de divisas, el Gobierno siempre puede pedir prestado el dinero que creó, para poder gastarlo todo de nuevo. Y los aranceles impuestos a las importaciones recuperan impuestos sobre este elemento de la expansión monetaria, al igual que otros impuestos sobre las ventas.

Aunque podemos debatir las cantidades, vemos que hay importantes beneficios fiscales para las finanzas del Estado derivados de expandir la cantidad de dinero base. El Estado es diez unidades monetarias más rico, se generan impuestos por encima de la moneda creada y el PIB ha aumentado un tres por ciento. Y mientras los estadísticos del Gobierno registren por debajo de lo real la inflación de precios, los mercados financieros y el público en general se dejan engañar y creen que la economía ha crecido. Es un truco maravilloso: robar el diez por ciento del dinero de todos, más que duplicarlo con impuestos y convencer a las desdichadas víctimas de que están bastante mejor.

Detener el estímulo

Hemos descrito los efectos de una única expansión de la base monetaria y los beneficios que genera para el Estado. Entonces, ¿qué ocurre si el estímulo se detiene y los efectos iniciales se disipan? Entonces nos encontramos en la cara oculta de la luna.

Los keynesianos nos decían que los efectos estimulantes de una expansión monetaria derivada de la financiación del déficit conducirían a la recuperación económica y al retorno de la confianza, de modo que el estímulo podría detenerse y el presupuesto del Gobierno volvería al superávit. Esta visión representa el colmo de la ingenuidad.

Si el Gobierno deja de aumentar la cantidad de base monetaria, lo primero que ocurre es que los bancos comerciales empiezan a verse sobrepasados, porque todo ese crédito entre empresas y al consumo continúa, como el coyote de los dibujos animados que no se ha dado cuenta de que acaba de pasar el borde del precipicio. Inevitablemente, los costes de endeudamiento, que se habían suprimido durante la expansión monetaria, suben, y el ciclo del crédito amenaza con entrar en su fase de crisis.

El dinero extra que el Estado genera mediante la depreciación de la moneda y los impuestos adicionales asociados también desaparecen. Es propio de la naturaleza de las cosas que los gobiernos se acostumbren a gastar cantidades cada vez mayores, de modo que sus costes habrán aumentado, en parte por la depreciación anterior y en parte por la expectativa de que la financiación continúe. Pero lo peor de todo es que, incluso suponiendo que los bancos dejen de expandir el crédito de forma ordenada, el crecimiento del PIB se vuelve nulo, porque el PIB es solo un total monetario y no hay dinero adicional.

En nuestro ejemplo, el PIB se queda ahora estancado en 103 unidades monetarias por segundo año, lo que supone crecimiento cero. Obviamente es más complicado que eso, porque el dinero puede fluir desde la economía financiera no registrada hacia el PIB registrado. Al principio, es probable que el crédito bancario se redirija de la primera al segundo, lo que se refleja en una caída de los precios de los activos y una mejora de las condiciones empresariales. Pero cuando eso se detiene, el crédito se invierte y el desplome nos alcanza.

Por este motivo, es imposible retirar el estímulo monetario de una cantidad de base monetaria siempre creciente y cada vez más acelerada sin consecuencias adversas para esa estadística engañosa que es el PIB. Entonces el problema es que la continua transferencia de riqueza al Estado mediante la depreciación de la moneda empobrece a la población. Cuanto más dura, más riqueza se destruye, hasta que no queda nada que el Estado pueda saquear.

Esta verdad trasciende incluso el ciclo del crédito. En todo caso, la fase de crisis del ciclo crediticio da inicio a una nueva secuencia de depreciación monetaria aún mayor, ya que los bancos centrales se aseguran de que no quiebre ningún banco. Además, tras una crisis crediticia, la recaudación fiscal cae y los pasivos del Gobierno aumentan. Los gobiernos necesitan más dinero. La respuesta, siempre, es emitir mucha más moneda nueva que la vez anterior.

Para detenerlo hacen falta una combinación de desesperación pública y talla de estadista. Pero una vez que se ha abandonado el camino del dinero sólido, es muy difícil volver a él. Se necesita valor para decir la verdad sobre cómo el Estado ha engañado a su gente y para decirle que todas esas promesas de bienestar, sanidad y educación no se pueden cumplir. Decirles, después de que el Estado los haya despojado de su riqueza, que tendrán que valerse por sí mismos no es para lo que se elige a los políticos modernos.

La solución se complica aún más porque ninguno de los expertos comprende por qué todo va mal. Porque la verdad es que no son conspiradores malvados que intentan robar a la gente en beneficio del Estado, sino creyentes en un ideal socializante común.

La resistencia a aceptar que la causa de la miseria económica es el dinero no sólido lleva a la gente a buscar otras soluciones, normalmente un repliegue hacia un mayor autoritarismo, tal como Hayek describió con tanta lucidez en su Camino de servidumbre.[iii]

La advertencia de Hayek terminaba con la disciplina siendo planificada frente a un pelotón de fusilamiento. Pretendía ser una llamada de atención para quienes en 1940 pasaban del socialismo blando hacia el fascismo. Cabe esperar que en los próximos años surja algo que impida que los Estados democráticos actuales roben a sus poblaciones antes de que se llegue tan lejos. Pero, aun así, leer la advertencia de Hayek ya debería hacer saltar las alarmas sobre la pérdida de libertad personal hoy en día. 

Macaulay tenía sin duda razón en su observación del carácter humano, en especial respecto a los políticos actuales, que creen que no los van a descubrir. Y hasta que no seamos plenamente conscientes de que aquellos a quienes hemos elegido ya no representan los intereses de la población, sino los del propio Estado, los políticos seguirán comportándose como si sus electorados fueran meramente una fuente de fondos para pagar los objetivos del Estado. Hasta que, claro está, se les acabe por fin nuestro dinero.



[i] La ley de Say, que vincula la producción y el consumo a través de la división del trabajo, tuvo que descartarse para dar al Estado un papel supererogatorio en la economía.

[ii] La producción bruta (GO) solo se incluyó tras las presiones de Mark Skousen, economista de la escuela austriaca. E incluso entonces, Skousen criticó a la BEA por no incluir unos 7,6 billones de dólares de gasto entre empresas, que en 2016 habrían elevado la GO a 40 billones de dólares, frente a un PIB de 18,7 billones. Véase https://en.wikipedia.org/wiki/Gross_output

[iii] El Instituto Hayek de Viena publica un resumen útil del libro de Hayek en inglés y alemán. Véase http://www.hayek-institut.at/produkt/der-weg-zur-knechtschaft-readers-digest/

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