Los beneficios fiscales del libre comercio

Los gobiernos occidentales tienen un problema primordial: han alcanzado o superado los límites de la fiscalidad, justo cuando los costes de bienestar fijados por ley se aceleran. Los departamentos del Tesoro de todos los estados del bienestar son muy conscientes de este problema, para el que no hay una solución aparente. La recuperación económica, tan constantemente pronosticada desde la gran crisis financiera, apenas se ha materializado y ha agravado el problema.

Hay, si los economistas del Tesoro lograran entenderlo, una solución en el libre comercio.

Uno de los principales economistas y partidarios del Brexit del Reino Unido, Patrick Minfordi, elaboró un artículo interesante que planteaba este asunto. Recibió poca cobertura en la prensa, y la poca que tuvo fue extremadamente negativa. Trading on the Future fue el único ejercicio de modelización económica que mostró beneficios significativos del libre comercio para Gran Bretaña.ii

Este es el titular del Independent (19 de abril): «El único estudio económico que muestra beneficios del Brexit queda desacreditado por ser "doblemente engañoso"». El establishment, que no está en sintonía con el libre comercio, discrepó con firmeza y, presumiblemente, se sintió obligado a proteger su posición.

El problema del artículo del profesor Minford es que, por la práctica macroeconómica habitual, se vio obligado a modelizar la economía en distintos escenarios. Así, el debate pasa a ser sobre qué modelo es el correcto, y no sobre qué teoría económica lo es. Todos conocemos el viejo dicho de los modelos informáticos: si entra basura, sale basura. Por eso, defender los supuestos estadísticos acaba siendo poco más que una riña. Y si todos los modelos menos uno coinciden, ¿quién va a tomarse en serio al discrepante?

Esto desvía la atención de los excelentes argumentos que el profesor Minford expone al margen de su modelo, y que en general concuerdan con el sentido común. En este contexto, el sentido común es una teoría económica bien razonada y expresada en términos que cualquiera puede entender. Que el estamento macroeconómico la abandonó hace tiempo es un tema que resultará familiar a mis lectores.

El profesor Minford sostiene que el libre comercio reduce los precios en beneficio del consumidor. Si se eliminan los aranceles, es una obviedad. Al fin y al cabo, un arancel es un impuesto sobre el consumo, y si no se aplica, los precios serán más bajos. Además, es probable que la competencia que se genera al abrir un mercado nacional a más fabricantes extranjeros haga bajar aún más los precios. El consumidor se beneficia del libre comercio y, con el mismo salario, puede comprar más bienes y servicios.

El impulso que supone para la economía la bajada de los precios al consumo es un resultado excelente, con claros beneficios fiscales. Pero un momento: ¿no son los precios más altos, el objetivo de la política monetaria, lo único que hace que el consumidor compre? El profesor Minford, para las personas corrientes e inteligentes, tiene sentido. Pero para los economistas del establishment, en sus torres de marfil, esto es nada menos que una insurrección contra sus queridos supuestos.

Lo ridículo de la postura del establishment sobre los precios se ilustra fácilmente. Imagina que tu supermercado ofrece a sus clientes latas de alubias cocidas a mitad de precio. Es de suponer que espera aumentar sus ventas de latas de alubias lo suficiente como para aumentar sus beneficios. Y, efectivamente, vuelan de las estanterías. Según las teorías basadas en creencias de los economistas del establishment, esto no debería ocurrir. Si el supermercado quiere estimular la compra de latas de alubias, debería subir los precios para convencer a los clientes de que compren antes de que vuelvan a subir. Es, sin duda, un tema digno de un Lewis Carroll moderno.

Con este tipo de pensamiento extendido en los pasillos del poder, debería resultar evidente por qué hay que tomarse en serio los argumentos del profesor Minford. Debemos alejarnos de las opiniones basadas en modelos económicos alimentados con basura. Además, los ministros directamente implicados en el Brexit y en las negociaciones comerciales parecen más inclinados por instinto que sus colegas del Tesoro a pensar en la línea del profesor Minford. Hay un argumento que se puede ganar.

La tesis es muy sencilla y tiene un buen precedente histórico. A mediados del siglo XIX, el gobierno británico derogó las Leyes del Grano y después eliminó todos los aranceles comerciales, sin esperar a que otros países redujeran los suyos. Con alimentos más baratos, el trabajador medio ya no trabajaba solo para alimentarse, sino que le quedaba algo de dinero del salario para comprar otras cosas. En consecuencia, mejoró el nivel de vida de la gente corriente y, con él, aumentó el empleo en la industria manufacturera.

Este es el argumento básico del artículo del profesor Minford. No hace falta un modelo informático para entenderlo. Pero para el gobierno, la ventaja más importante es que repetir el experimento de las Leyes del Grano en la economía moderna actual producirá mayores ingresos fiscales gracias a los beneficios económicos. El profesor Minford estima que esto generará un aumento del 7,3 % de los ingresos fiscales del Tesoro británico, que en otro artículo cifró en 47 500 millones de libras, incluidos los pagos anuales de 8000 millones a la UE que dejarán de realizarse. Esto resuelve el déficit presupuestario del Reino Unido, que en el último ejercicio fiscal fue ligeramente inferior a esa cifra, 46 600 millones de libras, aunque se espera que sea algo mayor en el ejercicio actual.

Cabría pensar que el Tesoro daría la bienvenida al libre comercio por este motivo, pero parece que los asesores del Canciller siguen atrapados en el pensamiento de grupo del establishment económico, las opiniones que modelizaron incorrectamente un desastre económico tras el Brexit. Sin embargo, eso podría cambiar, sobre todo ante el incentivo de mayores ingresos fiscales. Si yo fuera asesor del Tesoro de Su Majestad, ese sería el aspecto del Brexit que promovería.

Si el Tesoro se suma por completo, y cuando lo haga, toda la polémica del Brexit en el ámbito del gobierno debería terminar. Y, como sostiene el profesor Minford, el Reino Unido puede hacer poco respecto a la futura política comercial de la UE hacia él, lo que hace que unas negociaciones largas y detalladas resulten algo inútiles. Si quieren ahorcarse, es cosa suya.

En ningún sitio es esto más evidente que en el debate sobre los controles fronterizos entre Irlanda del Norte y la República. Una política de libre comercio implicará que no haya controles fronterizos en el lado británico. Ayer mismo, el gobierno británico confirmó que esa es su intención. Si la República de Irlanda decide instalar puestos de aduanas y dividir Irlanda en dos, en contra de su antiguo deseo de unir el Norte y el Sur, que así sea.

Errores a lo Trump

El hecho de que el libre comercio maximice los ingresos del Estado tiene también importantes implicaciones para Estados Unidos, donde el presidente Trump tiene una fuerte inclinación hacia el proteccionismo. Esto va en contra de los beneficios del libre comercio, que maximiza la recaudación fiscal. Sin embargo, este año, una vez más, hay que elevar los techos de deuda, y los crecientes pasivos futuros del Estado del bienestar se están convirtiendo rápidamente en un problema de hoy. Si aplicamos el sentido común, sabemos que el libre comercio aumenta la actividad económica y, con ello, maximiza la recaudación fiscal; por tanto, el proteccionismo comercial no es la manera de lograr el objetivo declarado del presidente Trump de hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande.

Desde el punto de vista fiscal, debería estar claro que las prácticas comerciales restrictivas equivalen a pegarse un tiro en el pie. Una cosa son los sentimientos y los eslóganes pegadizos, y otra muy distinta el mercantilismo de los gobiernos. Estados Unidos ya ha pasado por esto, en los años treinta, cuando la ley arancelaria Smoot-Hawley, impulsada por un sentimiento muy al estilo de Trump en aquella época, empeoró considerablemente una situación ya mala.

Su introducción supuso un aumento de los costes de fabricación, al subir los aranceles de más de 20.000 productos importados, muchos de ellos esenciales para la producción. Al mismo tiempo, los precios de consumo se desplomaban en la fase de crisis del ciclo del crédito. Al ampliar la brecha entre los costes de producción y los precios de consumo, la ley Smoot-Hawley hizo que la depresión fuera más profunda y más larga de lo que habría sido en otro caso.

En aquella época, los precios de las materias primas se medían en oro, mediante el patrón de cambio dólar-oro a 20,67 dólares por onza. Si los precios de las materias primas vuelven a desplomarse, se reflejará en el aumento del poder adquisitivo del oro, no en el del dólar, que estará en caída libre. El dólar se hundirá porque podemos estar seguros de que la Fed redoblará sus esfuerzos por expandir la cantidad de dinero en dólares, ya que ese es el mandato que le ha dado el Gobierno.

A escala global, el libre comercio se está imponiendo

Han quedado atrás los días en que Estados Unidos, o la UE en este caso, imponían el proteccionismo comercial a todos los demás. Las normas de la OMC, que son la base para el comercio no regulado por acuerdos, no difieren sustancialmente del libre comercio: una carga arancelaria media del cuatro o cinco por ciento sobre los productos manufacturados. Es mucho menos que la volatilidad de las divisas. Estas son las condiciones que han permitido que prosperen los mercados emergentes, no solo mediante el comercio con las economías avanzadas, sino cada vez más entre ellos. En consecuencia, han adquirido mucha más importancia en relación con los países desarrollados en el contexto global. Norteamérica, la UE y Japón representan actualmente alrededor del 54 % del PIB de la economía mundial, frente al 72 % en 2000. Estados Unidos, por sí solo, ha pasado del 31 % a menos del 25 % del PIB mundial en el mismo período.

La elección del presidente Trump, a quien las naciones extranjeras consideran poco partidario de los acuerdos internacionales, como la OTAN, el cambio climático y el resto, o simplemente impredecible, ha aflojado los lazos entre Estados Unidos y sus aliados de siempre. Le dice a Alemania que vender coches en Estados Unidos es injusto y espera que Alemania aplique las sanciones comerciales estadounidenses contra Rusia, un mercado lucrativo y en crecimiento para ella. Hay informes creíbles de que Alemania está tratando extraoficialmente cuestiones comerciales con Rusia, y no deberíamos sorprendernos.

Alemania, ahora que Reino Unido se va, dominará la UE. Es probable que use el libre comercio en su beneficio, vinculada a Bruselas pero sin depender ya de ella para negociar acuerdos comerciales. Las empresas japonesas tienen la mayoría de sus fábricas repartidas por el sudeste asiático, con especial énfasis en China. Es casi seguro que Reino Unido seguirá el modelo asiático tras el Brexit, con la ventaja añadida de los mercados naturales de la Commonwealth.

Por tanto, hay pocas dudas de que Japón, la UE y Reino Unido reorientarán su comercio, alejándolo de unos Estados Unidos aislacionistas y dirigiéndolo hacia una Asia dinámica y el resto del mundo. Si el presidente Trump introdujera una versión moderna de la ley Smoot-Hawley, el efecto sobre el resto del mundo sería relativamente menor, en comparación con lo vivido en los años treinta. Los más perjudicados serán el consumidor estadounidense y el Tesoro de Estados Unidos.

Resulta alarmante que haya elementos poderosos en la administración Trump decididos a usar el comercio como arma en la lucha por la hegemonía global. Ayer mismo (16 de agosto), Steve Bannon (estratega jefe de la Casa Blanca) concedió una entrevista a The American Prospect en la que se le cita diciendo: «Para mí, la guerra económica con China lo es todo. Y tenemos que centrarnos en ello de forma maníaca». Su postura sobre el comercio no podría estar más clara.

No es solo Estados Unidos quien sacrifica el libre comercio; otras naciones avanzadas también lo hacen, por motivos distintos. La resistencia al libre comercio es, en esencia, política. Las grandes empresas, que tienden a ser monopolísticas, presionan a favor del proteccionismo porque no les gusta la competencia. Al fin y al cabo, si tienes una fábrica de simples artilugios en Francia, pagas todos los impuestos sociales y estás atado a prácticas laborales restrictivas, es probable que la competencia extranjera, sin esas cargas de costes, te saque del negocio. No es difícil conseguir que los políticos suban los aranceles y las barreras comerciales para proteger los puestos de trabajo.

Dicho de otro modo, el redespliegue rentable del capital se ha vuelto cada vez más ineficiente en todos los Estados del bienestar. Si ya no se compran componentes, la fábrica de Francia cerrará, a menos que el Gobierno subvencione la producción no rentable, algo que siempre hace. En Asia, si los mercados ya no demandan esos componentes, se reciclan y reasignan los trabajadores para fabricar otra cosa. La liberación de recursos laborales hacia empleos más productivos se recibe con agrado, mientras que en países como Francia se resiste con fuerza. China y los demás países del sudeste asiático tienen una actitud mucho más positiva hacia los negocios y el comercio, y se nota.

El libre comercio, o lo que pasa por tal bajo las normas de la OMC, impulsa hoy la economía mundial, junto con las mejoras en comunicaciones, tecnología y automatización. Los perdedores son quienes no quieren o no pueden adaptarse a esta realidad. La UE se verá obligada a adaptarse, porque Alemania marcará el ritmo. Poco importa que los países europeos que no sigan el paso quiebren: Alemania de todos modos paga las facturas.

Mientras tanto, Estados Unidos, al perseguir sus agendas políticas y geopolíticas, se aísla de ese futuro. Seguirá disminuyendo su cuota del comercio mundial, e incluso lo hará más rápido a medida que el presidente Trump invoque los fantasmas del senador Smoot y del representante Hawley.

i El profesor Minford ocupa actualmente la cátedra de Economía Aplicada de la Universidad de Cardiff. También preside Economists for Free Trade.

ii Publicado por Politeia, abril de 2017. Véase www.politeia.co.uk/category/publications/brexit

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