Mi padre, que en su día fue ministro de Educación en el gobierno de Kenia, solía contar la historia de una crisis olvidada hace mucho tiempo, en la que los dirigentes del sistema educativo solo podían volverse hacia él y preguntarle: «Ministro, ¿qué hacemos?». La gracia de la historia es que todos ellos eran académicos de alto rango con una gran formación, mientras que mi padre había dejado el colegio a los 16 años sin ninguna titulación. A él le divertía.
En la última semana hemos visto quizá tres casos de lo mismo: comités de expertos sin ideas, a pesar de sus intelectos formidables. Me refiero a la declaración de Ben Bernanke en Jackson Hole, que no dijo nada; a la intervención de David Cameron en las preguntas al primer ministro, cuando se vio reducido a ese viejo «remedio» de siempre contra el estancamiento económico (construir más viviendas); y después, el jueves, a Mario Draghi, que recurrió a ganar tiempo reduciendo con palabras los costes de endeudamiento de España e Italia a cambio de la promesa condicionada de comprar algunos bonos. Ninguno tenía nada nuevo que ofrecer.
El Comité Federal de Mercado Abierto, los altos funcionarios de Whitehall y el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo están todos intelectualmente a la deriva. Se han engañado a sí mismos con falacias keynesianas y creen que hay que reavivar los «espíritus animales». «Espíritus animales» es un código para no entender el propósito fundamental de los mercados libres. En lugar de eso, los gobiernos y los bancos centrales culpan a la irracionalidad de los mercados e intentan gestionarlos para promover el crecimiento económico. Luego se preguntan por qué todo sale mal.
Esta es la situación real: las valoraciones irreales de los activos, resultado de los tipos de interés cero, han estrangulado el progreso. Fíjate: progreso, no crecimiento; es deliberado. El resultado es que los mercados ya no funcionan con eficacia, por lo que es imposible que la economía avance. Los gobiernos y los bancos centrales no pueden afrontar esta realidad, porque los activos sobrevalorados son la garantía de niveles récord de deuda acumulados durante los últimos 50 años, fruto de la expansión del crédito bancario autorizada por los gobiernos.
Las autoridades diagnostican mal los problemas económicos porque creen en estadísticas económicas totalmente falaces. La más importante de ellas es el producto interior bruto, y me alegró ver que Toby Baxendale, del Cobden Centre, señalaba precisamente esto. Yo voy más allá al denunciar el PIB: no es más que una cifra monetaria total que la intervención del gobierno puede inflar y que no guarda relación alguna con el progreso económico. Si el PIB se hubiera inventado antes, sin duda Rudolf Havenstein, presidente del Reichsbank entre 1920 y 1923, habría proclamado un crecimiento económico espectacular, basado únicamente en una impresión de dinero que iba por delante de la inflación de precios. Sabemos cómo acabó aquello. Eso es crecimiento estadístico, no progreso económico. Piénsalo, porque es exactamente lo que hacen hoy los banqueros centrales, y lo hacen pasar por política económica responsable.
Los mercados necesitan liquidar las existencias, los activos sobrevalorados y la deuda insostenible. Llegar a ese punto diluyendo el problema mediante la inflación, que es en esencia lo que hacen los bancos centrales, solo destruye el ahorro necesario para un auténtico progreso económico. Es una política confusa que pretende hacernos ricos destruyendo riqueza. Resulta extraordinario que este hecho tan simple haya escapado a la capacidad mental conjunta de todos esos miembros de comités y funcionarios tan cualificados.