Vaya, vaya: quién lo hubiera dicho. Primero, el Banco de Pagos Internacionales (BPI) publica un documento que vincula los auges del crédito con el ciclo económico de auge y caída; después, el Adam Smith Institute británico publica un documento de Anthony Evans que recomienda que el Banco de Inglaterra renuncie a sus poderes sobre la política monetaria y avance hacia la banca libre.
Es cierto que el documento del BPI esconde su argumento tras una mezcla de análisis estadístico y matemático, y parece no conocer la teoría austriaca del ciclo económico, ya que no la menciona, ni siquiera menciona a Hayek. ¿Es ignorancia, o reticencia a que lo asocien con chiflados del libre mercado? Como no soy partidario de las teorías de la conspiración, sospecho que es ignorancia.
El documento del Adam Smith Institute no es tan tímido e incluye tanto «dinero sólido» como «austriaco» en el título, aunque el primer comentario en la versión web del comunicado de prensa dice que hablar de propuestas «austriacas» no ayuda. Así que, por desgracia, el prejuicio contra la economía austriaca sigue vivito y coleando, aunque sus conclusiones lo estén cada vez menos. El Adam Smith Institute realiza en realidad un trabajo muy bueno desmontando la economía neoclásica convencional que predomina hoy, y merece felicitaciones por publicar el documento de Evans.
El documento del BPI será el más influyente de los dos en los círculos de política económica, y no es la primera vez que el BPI cuestiona los supuestos macroeconómicos que hay detrás de las acciones de los principales bancos centrales. El BPI se considera el banco central de los banqueros centrales, así que, igual que los simples mortales miramos a la Fed, el BCE, el BoE o el BoJ con la esperanza de que sepan lo que hacen, es de suponer que ellos toman nota del BPI. Uno se pregunta si la nueva política de la Fed de subir los tipos de interés estuvo influida por la opinión del BPI de que los tipos cero no están logrando una recuperación keynesiana y podrían intensificar el síndrome de auge y caída.
Quizá sean solo indicios, pero seguramente los banqueros centrales empiezan ya a sospechar que la política monetaria convencional no es tan buena como la pintan. Como posible alternativa, podrían recurrir al artículo de Anthony Evans, publicado por el Adam Smith Institute. Se les caerá el alma a los pies, porque Evans deja claro que los bancos centrales funcionan mejor como organizaciones mínimas, que suministran dinero mediante operaciones de mercado abierto (OMA) de forma punitiva en lugar de liberal. En lugar de fijar un objetivo de inflación, Evans recomienda fijarlo para el PIB nominal. El planteamiento de Evans es deliberadamente una versión ligera del dinero sólido, porque es más probable que se acepte que un enfoque de dinero sólido en estado puro. Pero mantiene la esperanza de que sea una medida transitoria hacia el dinero sólido propiamente dicho: inicialmente, un enfoque hayekiano más que misesiano.
Fijar un objetivo para el PIB nominal no es una respuesta perfecta. Como señala Evans, los cambios en el gasto público lo distorsionan y, al fijar el objetivo en la producción, puede haber menos control sobre la inflación, si es que «control» fue alguna vez la palabra adecuada. Sin embargo, mis propias investigaciones respaldan en general el enfoque de Evans para gestionar la oferta monetaria. Esto se debe a que, lógicamente, el PIB nominal, que por cierto es imposible de medir con exactitud, es simplemente la cantidad total de dinero empleada en la parte de la economía incluida en el PIB. La razón de que tenga que ser así es que la ley de Say, la ley de los mercados, nos dice que producimos para consumir, y que la producción queda equilibrada por la suma del consumo y el ahorro. Por lo tanto, si se introduce dinero nuevo o crédito bancario en la economía, aumentará temporalmente tanto la demanda como la oferta de bienes, hasta que la extensión de la subida de precios de los bienes afectados anule el efecto.
Al gestionar la oferta monetaria total, un banco central tendría que tener en cuenta las fluctuaciones del crédito bancario y ajustar sus propias operaciones en consecuencia. No hacen falta un MPC, un FOMC ni complicados análisis de las perspectivas de inflación. El verdadero enfoque austriaco consiste en recibir con los brazos abiertos una crisis correctiva, como la forma más eficiente y rápida de deshacer las malas inversiones. Cabe esperar que un objetivo de PIB nominal de unos pocos puntos porcentuales suavice este proceso sin desalentarlo en exceso.
Aunque apoyo el concepto de fijar un objetivo para el PIB nominal, el documento de Evans es necesariamente complicado, pues está escrito para un público que niega la ley de Say. Defiende su tesis con una ecuación de cambio modificada, M+V = P+Y, donde M es la tasa de crecimiento de la oferta monetaria, V es el cambio en su velocidad, P es la tasa de inflación e Y es la tasa de crecimiento de la producción.
Me preocupa que se culpe a la más mínima sugerencia de políticas de dinero sólido de una crisis económica en desarrollo, sin que se haya llegado a adoptar en absoluto. Al mes de que la Fed subiera el tipo de los fondos federales un minúsculo 0,25 %, parece que el mundo entero se desmorona. Los habituales animadores del mercado han declarado ya que esperan que se desarrolle una crisis global, con señales demasiado evidentes para ignorarlas. Los mercados están sobrevalorados en relación con unas perspectivas económicas que se deterioran. El hundimiento de los precios de la energía y las materias primas habla por sí solo. Las tarifas de transporte marítimo y las cotizaciones de las empresas de servicios públicos de EE. UU. (incluidos ferrocarriles y transporte de mercancías) están cayendo. Se acabaron los días de culpar a China de la contracción del comercio mundial: la desaceleración es ahora mucho mayor y más extendida.
Décadas de distorsiones acumuladas en el mercado parecen estar al borde de un gran desmoronamiento, del que se puede culpar en su mayor parte a las políticas monetarias expansivas. Si es así, la crisis bancaria de 2008 fue un preludio, y no la crisis en sí. Casi con toda seguridad, la Fed volverá a bajar los tipos de interés a cero y, a regañadientes, tendrá que plantearse imponer tipos negativos.
Los keynesianos culparán a la Fed de un fracaso total de su política. Argumentarán en retrospectiva, como hicieron tras la crisis bancaria, que la crisis financiera y económica de 2016 empeoró inmensamente porque la Fed subió el tipo de los fondos federales y no inyectó aún más dinero en la economía en un momento tan crucial. Es como decir que los alcohólicos deben beber más para curarse. Los monetaristas dirán simplemente que la Fed se equivocó y que el monetarismo no tuvo la culpa. Ambos culparán a los defensores de un dinero sólido inflexible.
La realidad es que, al aplicar políticas convencionales siguiendo la recomendación de macroeconomistas que piensan todos igual, los bancos centrales han cavado un agujero demasiado profundo para salir de él. Reconocer los méritos de la teoría austriaca del dinero sólido no hará sino sacar a la luz esa realidad antes, y no después.
1. BIS Working Paper 534: Labour reallocation and productivity dynamics: financial causes, real consequences.
2. ASI: Sound money: An Austrian proposal for free banking, NGDP targets, and OMO reforms.
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