Lo más difícil en economía… es explicar la subida de los precios

Los comentarios de los medios dejan claro que existe una considerable confusión sobre las causas de la subida de los precios y sus consecuencias para los tipos de interés. Hay ya señales de que el relato oficial sobre estas cuestiones es, en el mejor de los casos, engañoso.

Quienes han protegido su patrimonio invirtiendo en activos financieros ya no cuentan con el viento de cola de la bajada de los tipos de interés. Las burbujas financieras están estallando. Entender las causas y, por tanto, poder evaluar las pérdidas probables se está volviendo urgente para cualquiera que esté comprometido con los mercados financieros.

Este artículo explica la inflación en su contexto adecuado, que es la pérdida de poder adquisitivo de las monedas emitidas por los Estados, para que se comprendan mejor las condiciones actuales. Analiza las falsas creencias que sustentan las políticas monetarias en cuanto a las causas de la subida de los precios al consumo y a la gestión de los tipos de interés.

Concluye que estamos empezando a vivir lo peor de dos mundos a la vez: mientras la burbuja financiera se desploma, en previsión de una depreciación acelerada de las monedas fiduciarias y como respuesta a ella, los precios de todo, desde las materias primas hasta los bienes terminados, se dispararán a medida que se materialice un auge de colapso (crack-up boom).

El papel del dinero

Por primera vez en décadas, la inflación llena los titulares. La prensa popular está llena de relatos de penurias de los más desfavorecidos de la sociedad. Unos costes energéticos más altos, unos alimentos más caros, unos impuestos al alza: todo ello contribuye a infligir dificultades. En las encuestas de opinión, los políticos se enfrentan a la ira de quienes sufren. Los comentaristas financieros no comprenden bien la situación: reaccionan religiosamente a las estadísticas del gobierno y muchos concluyen que se trata de estanflación, una situación en la que la economía se estanca mientras los precios suben.

Según los macroeconomistas, esta combinación no puede explicarse de forma adecuada porque atraviesa la relación entre oferta y demanda: dicen que una economía estancada o una recesión representa una demanda insuficiente, y que una demanda insuficiente lleva a una caída de los precios. Entonces, ¿cómo pueden subir los precios en una economía estancada? Esto es lo que hoy se enseña a los estudiantes de economía, y el hilo de este analfabetismo económico recorre todo, desde la política monetaria hasta las conversaciones en la mesa durante la cena.

Hasta que Keynes la convirtió en un arma, quizá los economistas podían estar de acuerdo en una cosa: que la función del dinero es la de medio de intercambio, de modo que lo ganamos a cambio de nuestro trabajo y lo gastamos para adquirir las cosas que necesitamos y deseamos y que no producimos nosotros mismos. Esta división del trabajo sigue vigente cuando ahorramos. El dinero es entonces un crédito por nuestra producción que aún no se ha gastado. La intención siempre es gastarlo, o dárselo a otra persona para que lo gaste en el futuro, por ejemplo prestándolo, mediante una herencia o incluso pagándoselo al gobierno para que lo reparta en forma de ayudas sociales.

El concepto de poder adquisitivo del dinero es bastante sencillo: es lo que se puede obtener a cambio de él. Pero lo que viene a ser lo mismo, el valor de cambio objetivo, quizá necesite una explicación más detallada. En términos simples, cuando cambiamos dinero por bienes, el intercambio queda registrado en el precio de los bienes medido en dinero, y no en el precio del dinero medido en bienes. Decimos que una barra de pan tiene un precio, no que lo tenga el dinero con el que se compra. Y el valor de una barra de pan es puramente subjetivo, es decir, que la persona que considera comprarla le asigna su propio valor al decidir si la compra. Aunque su decisión consiste en valorar la barra de pan más o menos que el dinero, le resulta imposible decidir a menos que dé por supuesto que el valor de cambio del dinero es un factor constante que le permite cambiarlo por otros bienes, o incluso por otro tipo de pan.

Pero debemos ir un paso más allá y explicar que, a pesar del uso que la economía keynesiana hace del dinero como instrumento de gestión macroeconómica, el dinero no tiene más uso que el de medio de intercambio. El valor que damos a un medio de intercambio es el valor de uso previsto de las cosas que se pueden obtener con él. Evidentemente, este es un factor subjetivo en la mente de quienes usan el dinero, y por tanto este valor de uso depende de factores psicológicos.

De forma igualmente independiente de su valor de uso, su valor de cambio también es subjetivo. Es decir, tiene que haber confianza en que el dinero que uno posee será aceptado por otros a cambio de bienes. Al combinar los valores de uso y de cambio, el poseedor del dinero puede considerarlo de manera objetiva a la hora de intercambiarlo por bienes. Esto permite comparar entre sí los valores de los bienes, considerando el medio de intercambio como el factor común, u objetivo, de la comparación.

Al dar automáticamente por supuesto el valor objetivo del dinero en las transacciones, se permite a los individuos entender que puedan producirse cambios en el poder adquisitivo del dinero, siempre que sigan aceptando tanto su valor de uso como su valor de cambio. Como lo expresó Ludwig von Mises en su Teoría del dinero y del crédito:

«El elemento central del problema económico del dinero es el valor de cambio objetivo del dinero, popularmente llamado su poder adquisitivo. Este es el punto de partida necesario de toda discusión, pues solo en relación con su valor de cambio objetivo resultan manifiestas esas propiedades peculiares del dinero que lo han diferenciado de las mercancías».[i]

Como afirmó Mises, es solo un punto de partida. Pero es a partir de ahí cuando empieza la desinformación. Cuando el nivel general de precios sube, se suele llamar inflación. La palabra, en este contexto, es incorrecta. La inflación es algo que les ocurre a los globos. En este contexto es un aumento de la cantidad combinada de dinero, moneda y crédito, que tenderá a aumentar los precios si todo lo demás permanece igual.

Un aumento del nivel general de precios refleja la caída del poder adquisitivo del dinero. El poder adquisitivo del dinero puede caer por dos motivos, uno de los cuales es la dilución del dinero mediante un aumento de su cantidad o de la cantidad de sus sustitutos en forma de moneda y crédito. Pero el motivo más importante de su caída son los cambios en el valor de uso previsto de las cosas que se pueden obtener con él. Es decir, si una población cree que el poder adquisitivo del dinero va a caer, al alterar a favor de los bienes la relación de preferencia entre la liquidez monetaria y la propiedad de bienes, el poder adquisitivo del dinero efectivamente caerá. Así que incluso la idea de que la subida de precios refleja siempre inflación monetaria es incorrecta.

La deflación es otro pecado lingüístico. La deflación es algo que ocurre cuando se deja salir el aire de un globo, o cuando las expectativas no se cumplen. En el lenguaje habitual de los economistas, es la caída de los precios. No: la caída de los precios es la consecuencia de un aumento del poder adquisitivo del dinero, que puede producirse bien por una contracción del total de dinero, moneda y crédito, bien cuando una población decide que, en el margen, es preferible mantener una mayor cantidad de dinero, moneda y crédito a aumentar su stock de bienes.

Ahora debemos examinar con mayor profundidad la relación entre el dinero y los precios.

La economía del dinero sólido difiere de la del dinero fiat

Los economistas del siglo XX basaron sus conceptos de dinero y crédito en los conocimientos adquiridos bajo los patrones oro de Gran Bretaña, Europa y Estados Unidos antes de la Primera Guerra Mundial, y en aspectos importantes no han revisado sus nociones al adaptar la teoría al mundo de divisas puramente fiduciarias que nos ha tocado vivir desde el final de Bretton Woods.

La teoría monetarista evolucionó a partir de las observaciones de David Ricardo a comienzos del siglo XIX, y el debate sobre el dinero, la moneda y el crédito se libró después con dureza entre las escuelas de la moneda y de la banca hasta la Bank Charter Act de 1844. Pero el patrón oro tuvo como consecuencia que otorgó una estabilidad subyacente a la acción humana en torno al dinero, lo que permitió que se desarrollara la teoría monetarista. Permitió a los agentes económicos combinar los valores subjetivos de uso y de cambio en un valor objetivo para la moneda, como se ha descrito más arriba. Si se retira el ancla de la verdadera moneda, la divisa queda expuesta a perder su objetividad.

Los economistas, en sus reflexiones teóricas, no solo han prestado una atención insuficiente a la diferencia entre el dinero, con sus sustitutos creíbles, y una divisa fiduciaria sin respaldo, sino que la mayor parte del mundo académico tampoco entiende el crédito, como demuestran las descripciones incorrectas del funcionamiento del sistema bancario.[ii]

Si bien el ciclo de creación y contracción del crédito bancario es común a los sistemas monetarios sólidos y a los no sólidos, un sistema respaldado por monedas de oro difiere sustancialmente, en su efecto sobre el nivel general de precios, de uno basado en una divisa puramente fiduciaria. Seguro de que puede cambiar la divisa por moneda de oro cuando lo desee, el público no suele alterar la relación entre sus preferencias por la divisa y la propiedad de bienes, salvo cuando le tientan a ello las variaciones del crédito que provocan cambios en los tipos de interés. Por eso, a lo largo de todos los altibajos del crédito bancario, los precios al por mayor tendieron a bajar gradualmente entre la introducción oficial del soberano de oro británico en 1820 y 1897. El nivel general de los precios al por mayor cayó un 17 %, impulsado enteramente por el progreso industrial y tecnológico, a pesar del aumento de las existencias de oro en superficie (véase la Figura 3 más abajo, con el índice compuesto de precios del Reino Unido).

Después de 1897, los precios empezaron a subir, reflejo del aumento sin precedentes de la oferta de las minas de oro, cuando la producción sudafricana comenzó a afectar al poder adquisitivo del dinero. Desde 1886, la producción minera mundial anual pasó de unas 157 toneladas estimadas a 702 toneladas en 1913, lo que supuso algo más del doble de las existencias registradas en superficie.[iii] Bajo esta influencia, el nivel general de precios aumentó casi un 13 %. Pero el hecho de que este aumento de precios fuera pequeño en comparación con el incremento de las existencias de oro en superficie se explica en parte por la expansión de las existencias de oro no monetario que no entraban en las reservas del sistema bancario, en parte por la tendencia de la población británica a aumentar su ahorro, atraída por unos costes de financiación mayorista que subieron del 2 % en 1897 al 3,6 % en 1913, y en parte por las mejoras en los métodos de producción.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, más del 80 % de la flota mercante mundial en servicio se había construido en Gran Bretaña, un símbolo del éxito económico británico en el contexto global tras la introducción de su patrón de moneda de oro en 1820. Pero ese fue el punto álgido, y tras la Gran Guerra debemos seguir los precios fijados bajo los patrones monetarios de Estados Unidos, un régimen de cambio en oro fijado en 20,67 $ la onza. En la caída de posguerra, los precios al por mayor en EE. UU. bajaron un 44 %, pero después se estabilizaron hasta 1930. Reflejo de un colapso del crédito bancario, la depresión hizo caer los precios hasta los niveles anteriores a la Primera Guerra Mundial.

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Tras la devaluación del 40 % del dólar a comienzos de 1934, hasta 35 $ por onza de oro, los precios subieron con fuerza, alimentados por la combinación de la prohibición de poseer oro en el país y un aumento de las cantidades de dinero en sentido amplio (M3), que había crecido un 260 % hacia 1947.[i]

Según el acuerdo de Bretton Woods de 1944, los bancos centrales extranjeros podían cambiar libremente dólares por oro, lo que se reflejó en la estabilidad de los precios de las materias primas, la energía y las materias primas básicas, cotizados en dólares. El petróleo crudo costaba 2,57 $ por barril en 1950 y en 1968 solo había subido a 3,07 $. La estabilidad de los precios de la energía y las materias primas contribuyó a que los precios al por mayor aumentaran solo gradualmente en ese periodo, a pesar del incremento de la cantidad de dinero y crédito, que desde 1947 había crecido otro 287 %. En la práctica había dos patrones: un dólar fiduciario nacional y un patrón de cambio dólar-metal precioso entre gobiernos.

La evidencia empírica es que un patrón puro de moneda de oro se asocia con una ligera caída de los precios a lo largo del tiempo. Los compromisos que restringen la capacidad de los agentes económicos de cambiar libremente oro por divisa eliminan la estricta disciplina sobre el emisor, lo que conduce inevitablemente a una pérdida de poder adquisitivo. Al dar a los extranjeros, a través de sus bancos centrales, acceso a un patrón de cambio en metal precioso, el acuerdo de Bretton Woods preservó una estabilidad general de precios para los insumos de materias primas y energía. Pero eso no duraría, debido a la expansión de la divisa y el crédito en dólares, no solo en el ámbito interno sino también para financiar guerras, en particular las de Corea y después Vietnam. Se recurrió a una mayor expansión de la divisa a medida que Estados Unidos establecía presencias militares por todo el mundo libre, e inevitablemente esta expansión degradante impondría tensiones sistémicas entre los patrones interno fiduciario y exterior en metal precioso. Esto condujo al fracaso del pool del oro de Londres a finales de la década de 1960 y, después, al fin del acuerdo de Bretton Woods en agosto de 1971.

Al final de Bretton Woods siguieron enormes subidas de precios por parte de los países exportadores de energía y materias primas, a quienes se les había retirado el patrón de cambio en metal precioso. Con Arabia Saudí a la cabeza, los miembros de la OPEP buscaron una compensación suficiente para convencerles de mantener depósitos en dólares, y el precio del petróleo saltó a 32,50 $ por barril en diciembre de 1979, más de diez veces el nivel de 1968, de 3,07 $.

Para apreciar plenamente las consecuencias de la desmonetización de las divisas hasta su condición fiduciaria, debemos referirnos ahora al cambio en el poder adquisitivo del dólar fiduciario frente al propio dinero, es decir, el oro. Sabemos que, bajo un patrón de cambio ilimitado en moneda de oro, la divisa opera como sustituto del oro y la relación entre el nivel de tenencias públicas de reservas monetarias y la propiedad de bienes es intrínsecamente estable, reflejo de la confianza en la divisa. Pero en esas circunstancias de dinero sólido, la expansión de la divisa y del crédito llevaba a una caída correspondiente de su poder adquisitivo. En otras palabras, la teoría cuantitativa del dinero era una descripción adecuada de la relación de precios.

Esto nos permite utilizar el precio del oro como indicador aproximado entre el caso del dinero sólido y el de las divisas fiduciarias. De unos 35 $ teóricos, el precio del oro se sitúa esta semana en 1850 $. Eso supone una caída del poder adquisitivo de la divisa en dólares frente al dinero legítimo del 98,1 %.

Cabe señalar que no afirmamos que ninguna medida concreta del alza de precios haya subido en la proporción recíproca de esa cifra. Pero, claramente, la pérdida de poder adquisitivo de una divisa puramente fiduciaria juega en otra liga distinta de las fluctuaciones bajo un patrón de cambio en oro. Y si observamos la variación de la cantidad de oferta monetaria M3, llegamos a una conclusión similar respecto a la degradación del dólar. En 1971, el M3 de EE. UU. se registró en 638,3 miles de millones de dólares, y la cifra de febrero de este año es de 21 812. Eso supone una degradación del 97,1 %.

Es imposible cuantificar en qué medida esto se refleja en el nivel general de precios al consumo. La construcción de un índice de precios tiene una considerable subjetividad y la experiencia de cada persona es distinta, por lo que, en este contexto, los índices gubernamentales de precios al consumo no sirven para este fin. Solo podemos decir una cosa: la estrecha relación entre el M3 y el precio del oro en dólares a lo largo del tiempo sugiere que las preferencias de liquidez del público no han cambiado de forma sustancial desde el final de Bretton Woods. Pero, en lugar de impulsar al alza la totalidad de los precios de los productos, la aplicación de cantidades monetarias adicionales ha inflado sin duda el valor de los activos financieros que no figuran en el índice de precios al consumo.

Por lo tanto, debemos ser conscientes de dos consecuencias. La expansión de las cantidades combinadas de divisa y crédito bancario no solo ha llevado a una caída del poder adquisitivo de las divisas fiduciarias, sino que también ha dado lugar a una burbuja financiera y a una creciente especulación que deja en la sombra excesos anteriores, como la aventura del Misisipi de John Law y la burbuja de los Mares del Sur. Es un fenómeno global que solo puede asociarse a la financiarización de la divisa y del crédito. Y una de sus características es la supresión de los tipos de interés hasta el límite del cero y, en el caso de otras divisas de importancia sistémica, hasta un territorio negativo antinatural.

La falacia de los tipos de interés

Los bancos centrales quieren que creamos que los tipos de interés son el precio del dinero y que, al gestionar ese precio, pueden gestionar la demanda de dinero. Si bien un empresario que hace un cálculo de inversión en relación con su producción ve sin duda el interés como un coste empresarial, un inversor lo ve de una manera muy distinta. Para él, el interés es una compensación por perder la posesión de su dinero, una compensación por el riesgo de prestar y una compensación por cualquier cambio esperado en el poder adquisitivo de su dinero hasta que se lo devuelvan.

Cuando el dinero es sólido, es decir, cuando no se espera ningún deterioro de su poder adquisitivo, el tipo de interés, antes de tener en cuenta el riesgo de préstamo, es una función de la oferta de ahorro fijada en el contexto de la preferencia temporal, que es la compensación que los ahorradores esperan por la pérdida temporal de la posesión del dinero.

Pese a que las autoridades llevan décadas negándolo, la definición legal de dinero es metálica, y normalmente se entiende que se refiere al oro, porque fue el patrón oro el que se impuso sobre la plata. Una moneda de oro en nuestro poder no paga ningún interés. Solo cuando se cambia por crédito, que es una promesa de devolvérsela al prestamista, entra en juego el interés. La figura 1 muestra cómo ha variado este para los préstamos al Gobierno británico, que en el caso del crédito en libras esterlinas puede considerarse el tipo libre de riesgo de contraparte, frente a, por ejemplo, un préstamo a una empresa. El periodo abarca desde la acuñación de los primeros soberanos, que se convirtieron en la moneda del patrón oro en 1820, hasta el año anterior al abandono del acuerdo de Bretton Woods.

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Sin ningún orden concreto, los factores que hay que considerar son la disponibilidad de moneda metálica, la volatilidad del precio de la deuda, la expansión y la contracción del crédito en circulación, el riesgo de guerra, el riesgo político y la suspensión del patrón metálico. 1817 fue dos años después de la derrota de Napoleón en Waterloo y, a medida que Gran Bretaña prosperaba con la revolución industrial posterior, el rendimiento fue cayendo hasta un mínimo en 1897. Las variaciones del rendimiento fueron especialmente notables antes de la Ley Bancaria de 1844 (Bank Charter Act), lo que refleja un ciclo de expansión y contracción del crédito bancario; después, la volatilidad de los tipos de interés se reflejó probablemente más en los tipos de los depósitos bancarios que en el rendimiento de los Consols, considerados «libres de riesgo».

A finales del siglo XIX, los descubrimientos de oro en Sudáfrica empezaron a afectar al poder adquisitivo del dinero. Desde 1886, la producción minera mundial anual pasó de unas 157 toneladas estimadas a 702 toneladas en 1913, lo que supuso algo más del doble de las existencias estimadas sobre la superficie. La convertibilidad se suspendió en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, y le siguió un patrón lingote en 1925 que estuvo vigente hasta 1932. Fue una época de volatilidad de los tipos de interés, afectada por el colapso de las divisas europeas y de sus economías, las intervenciones tanto en los mercados de metales preciosos como en los tipos de interés, el auge estadounidense de los años veinte y la depresión posterior, los conflictos laborales y la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, el rendimiento de los Consols alcanzó un mínimo del 2,6 % antes de subir por encima del 9 % cuando el pool del oro de Londres fracasó a finales de los sesenta. Esta subida de los rendimientos de posguerra reflejó el declive de Gran Bretaña frente a Estados Unidos bajo una fiscalidad punitiva, un socialismo agresivo y una libra esterlina fiduciaria que coqueteaba cada vez más con la crisis.

Incluso con un patrón de moneda de oro, los datos indican que los tipos de interés pueden variar considerablemente. Pero la figura 2 muestra que no guardan correlación con la tasa de inflación.

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La tasa de inflación utilizada es la variación anual del nivel de precios al por mayor, y el coste de endeudamiento mayorista representa los tipos a plazo en ausencia de primas de riesgo. La falta de cualquier correlación arroja serias dudas sobre la política monetaria actual de los bancos centrales. En cambio, la correlación se da entre el nivel de precios y los costes de endeudamiento, como muestra la figura 3. Ilustra la relación entre el nivel general de precios y los tipos de interés en mercados que, en general, son libres de fijar esa relación.

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Keynes, que no logró explicarla, la bautizó como la paradoja de Gibson. La explicación de la correlación es que los productores deben estimar el precio final de su producción en sus cálculos. Unos precios más altos les permiten pagar un tipo de interés más alto en su búsqueda de beneficios, de modo que sus agentes en el sistema bancario pueden subir los tipos de los depósitos para atraer a los ahorradores a prestar en lugar de gastar. El error de Keynes fue suponer que los tipos de interés los fijaban los ahorradores, que retenían la oferta de ahorro por codicia de unos ingresos «no ganados», en lugar de las empresas como resultado de sus cálculos de beneficio.

Tras mediados de los setenta, en el Reino Unido la correlación terminó mientras el índice de precios seguía disparándose. Los tipos de interés nominales, medidos por los Consols, se mantuvieron altos y alcanzaron inicialmente un máximo de más del 15 % a finales de 1973, cuando la inflación de precios se había disparado hasta el 26 % y el FMI rescató a Gran Bretaña de su crisis. La crisis de inflación de precios de Estados Unidos no se materializó hasta finales de la década, cuando la Fed por fin subió el tipo de los fondos federales por encima del 19 %. A partir de entonces, los bancos centrales fueron ganando cada vez más control sobre los mercados a medida que se aceleraba la financierización de las principales economías occidentales.

Ese periodo parece estar acabando: los mercados desafían a los bancos centrales en su intento de mantener bajos los tipos de interés, mientras que la pérdida de poder adquisitivo de las divisas se ha acelerado. Los mercados parecen estar reafirmándose.

Ahora nos enfrentamos a una subida de los precios

La invención de la macroeconomía, surgida de la Teoría general de Keynes y de su negación de la ley de Say, tuvo por objeto establecer y justificar una gestión estatista de las economías en detrimento de los mercados libres. El interés propio de los gobiernos y de sus agencias, en forma de bancos centrales, nos ha llevado a la situación actual. El establishment ha gastado por encima de sus ingresos y ha manipulado los tipos de interés para ocultar las consecuencias. Las pruebas de la mala praxis económica se han suprimido mediante la gestión estadística. La macroeconomía ha llegado ya al final de su recorrido y, con sus adeptos haciendo la vista gorda ante el efecto de la cantidad de dinero, parece que estamos al borde de un sumidero monetario.

Desde la etapa de Alan Greenspan en la Fed, si no antes, la importancia de sostener el valor de los activos como condición esencial para mantener la confianza en la economía ha sido el eje central de la política oficial. La producción de bienes se ha desplazado a Asia, donde la mano de obra es más barata y el tiempo hasta la producción es considerablemente menor. Las economías occidentales, vaciadas de contenido, se han apoyado cada vez más en las actividades financieras para llenar el hueco dejado por la producción, y la tendencia de caída de los tipos de interés desde principios de los ochenta ha impulsado el valor de los activos financieros en un mercado alcista de largo plazo. Ha sido una situación en la que ganan todos para los grandes bancos, que dependen cada vez más de los activos financieros como garantía de los préstamos, en lugar de activos productivos.

Aunque no pueda verificarse debidamente, resulta sin duda creíble sostener que la inflación de la burbuja financiera ha sustituido, en cierta medida, a la inflación de los precios de los bienes. Hasta qué punto puede ser cierto ha condicionado sin duda la política monetaria, hasta el extremo de que todos los del pensamiento dominante, desde los responsables políticos hacia abajo, ya no creen que los cambios en la cantidad de moneda y crédito importen en relación con los precios de consumo.

Pero importan. La expansión de los déficits presupuestarios a niveles sin precedentes durante la pandemia y por otros motivos ha envilecido el dólar y las monedas aliadas, con la consiguiente aceleración de las caídas de su poder adquisitivo. Y, por último, en un pacto suicida político, Estados Unidos está llevando a sus aliados a una guerra de sanciones contra el mayor exportador de materias primas del mundo: Rusia. Debería recordarnos el poder que ejerció la OPEP sobre los precios de la energía cuando, con el fin de Bretton Woods, se le negó la posibilidad de convertir dólares en oro.

 Si los que el presidente Putin llama «inamistosos» detuvieran en seco la expansión de la moneda y el crédito, sus monedas se estabilizarían. Pero eso no va a ocurrir, debido a los errores conceptuales keynesianos y a la realidad política. En consecuencia, los precios seguirán subiendo y existe ahora un riesgo creciente de que entre en juego el segundo factor de la relación entre dinero y precios.

Para que las monedas fiduciarias tengan validez para sus usuarios se requiere una confianza fundamental en el poder y la autoridad de los gobiernos que fijan la política monetaria. Si esa confianza desaparece, las preferencias a favor de una moneda se erosionan hasta el punto de que ningún consumidor sensato quiere conservarla.

Nos encontramos ahora en un punto importante de ese camino hacia la extinción. Los tipos de interés suben de forma inexorable y los participantes del mercado apenas empiezan a entender que las previsiones oficiales, según las cuales tras uno o dos años de tipos algo más altos los precios volverán a subir al 2 % fijado como objetivo del IPC, son propaganda. La burbuja financiera, que llevaba décadas inflándose, está ahora implosionando.

Es hora de considerar la respuesta de los responsables políticos. Una vez descartada la teoría cuantitativa del dinero, vemos que la implosión de la burbuja financiera exige que los bancos centrales aumenten el ritmo de expansión de la moneda y respalden la expansión del crédito bancario, rescatando a toda la red de banca comercial si hace falta.

Estamos a punto de vivir lo peor de dos mundos a la vez: mientras la burbuja financiera se derrumba, en previsión de una degradación acelerada de las monedas fiduciarias y como respuesta a ella, los precios de todo, desde las materias primas hasta los bienes terminados, se dispararán a medida que se materialice un «crack-up boom».


[i] Véase Some Tables of Historical US Currency and Monetary Aggregates Data — Federal Reserve Bank of St Louis Working Paper 2003-006A.

[i] Capítulo 1: El concepto del valor del dinero.

[ii] Para una descripción de cómo funciona el sistema bancario y de la creación de crédito bancario, véase https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/building-a-better-banking-system

[iii] Estimaciones de un estudio de James Turk: https://www.goldmoney.com/research/goldmoney-insights/the-aboveground-gold-stock

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