Hasta la creación del Banco de Inglaterra en 1694, dinero y moneda eran una misma cosa. El dinero era un activo tangible y ese mismo activo circulaba como moneda.
El dinero adoptaba con mayor frecuencia la forma de monedas de oro o plata, aunque la historia muestra que muchos activos han servido como dinero en distintos momentos. Pero, con independencia de qué «cosa» sirviera como dinero, todas compartían una característica: eran un activo tangible. En consecuencia, el dinero tenía valor en las transacciones porque se percibía que el activo que lo representaba poseía cierta utilidad inherente y, por tanto, era valioso. Es más, era ese activo tangible el que circulaba como moneda. En otras palabras, aunque el dinero adoptaba a menudo formas distintas, siendo las monedas de metales preciosos las más comunes, el activo que hacía de dinero pasaba de mano en mano como moneda corriente.