La batalla de Mises contra el socialismo monetario

Han pasado más de 20 años desde el colapso del comunismo en Europa del Este y la Unión Soviética.

Cabría pensar que el resto del mundo aprendió de ello una lección evidente: que la economía de libre mercado ofrece el mejor medio para el avance de la riqueza humana, el nivel de vida y la felicidad general.

En cierta medida, así es: Europa del Este es sin duda un lugar más libre y próspero que bajo los regímenes socialistas. En todo el mundo occidental, en las décadas de 1980 y 1990 se puso de moda la desregulación y la liberalización económica, y se lograron ciertos avances en algunos países, sobre todo en la privatización de industrias antes estatales y en la reducción del poder sindical. Estos cambios se personificaron mejor en la primera ministra británica Margaret Thatcher y en el presidente estadounidense Ronald Reagan. No en vano "Reaganomics" y "thatcherismo" entraron en el léxico político.

Por tanto, no sorprende que, en los años posteriores a la convulsión financiera de 2007-08, socialdemócratas, socialistas y comunistas "reformados" señalen la liberalización y los libres mercados como culpables de todo lo que aqueja a las economías, y afirmen que fueron la causa de la burbuja y de la posterior recesión de la primera década del tercer milenio.

Por plausible que esta explicación pueda parecer a algunos, es simplemente errónea. Pues si bien el capitalismo puede haber florecido en ciertos sectores de la economía durante las últimas tres décadas, sobre todo en las industrias electrónica e informática, hay un sector crucial de la sociedad donde el control gubernamental y la planificación central no han retrocedido, sino que se han ampliado hasta el punto de que el Estado es más dominante que en cualquier otro momento desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Es el ámbito del dinero y la banca. En todo el mundo occidental los bancos centrales controlan la oferta monetaria, fijan los coeficientes de reservas de los bancos, establecen los tipos de interés y regulan el sector financiero. La mayoría de los economistas piensa que esto es correcto y apropiado. Por eso es vital que no se olviden las lecciones de Ludwig von Mises y sus seguidores; de lo contrario, corremos el riesgo de dirigirnos hacia una crisis económica que haga que 2008 parezca un juego de niños.1

Ludwig von Mises fue el miembro más destacado de la escuela austriaca de economía de su tiempo. Su trabajo en el campo de la teoría monetaria se basa en los estudios de Carl Menger, fundador de la Escuela Austriaca, cuya teoría del dinero se expuso por primera vez en el libro Principios de economía, de 1871.2

La contribución de Mises a la economía fue posible porque fundamentó de manera constante su pensamiento en la teoría subjetiva del valor desarrollada por primera vez por Menger. Es esta constatación de que los fenómenos económicos se derivan de las valoraciones subjetivas de las personas y de las acciones guiadas por ellas lo que distinguió a Menger de los otros "padres" de la Revolución Marginalista, Jevons y Walras, y lo que hasta hoy distingue a la escuela austriaca de todas las demás.

El dinero es el medio de intercambio común.3 Es un bien que se utiliza en el intercambio entre individuos no porque se desee por su valor de uso, sino porque puede intercambiarse por bienes que se quieren para el consumo o para la producción. El dinero no surgió por decreto del gobierno ni por mandato de un rey poderoso.4 Más bien, nació del trueque, a medida que los individuos fueron comprendiendo que podían alcanzar mejor sus fines intercambiando los bienes que llevaban al mercado por otros bienes que no querían por sí mismos, pero que tenían una mayor comerciabilidad. El problema de la doble coincidencia de deseos propio del intercambio directo, es decir, la necesidad de encontrar a alguien que ofrezca lo que uno quiere y que a su vez quiera lo que uno ofrece, se fue superando gradualmente a medida que más y más personas empezaron a intercambiar sus bienes por bienes más comerciables. Al hacerlo, estos bienes más comerciables volvían a serlo todavía más debido a esa demanda adicional, y se producía un proceso gradual de selección entre ellos hasta que solo los más comerciables seguían siendo demandados por su comerciabilidad. Es decir, hasta que se establecía un dinero en una sociedad determinada.

Este proceso se ha repetido varias veces a lo largo de la historia. Bienes tan dispares como los cigarrillos y los metales preciosos se han utilizado como dinero. El sistema monetario y financiero actual, aunque hoy está casi por completo bajo el control de los gobiernos, surgió de un proceso de selección de siglos que comenzó antes de la Edad Clásica de la Antigüedad. Las formas de dinero más antiguas que conocemos son los espetones de hierro que usaban los griegos: los óbolos.

Los óbolos tenían muchas de las características de una "buena" forma de dinero: eran duraderos, divisibles y portátiles. Y tenían un alto valor de uso independiente de su función como medio de intercambio. Sin embargo, el hierro fue sustituido pronto al descubrirse materiales aún mejores para el uso monetario: el oro y la plata. Estos tenían un valor de uso todavía mayor, eran más duraderos porque no se oxidaban y podían someterse fácilmente a pruebas de pureza. La plata se usaba para las pequeñas transacciones cotidianas, mientras que el oro se empleaba para las grandes compras y en el comercio al por mayor.5

Este dinero primitivo eran simples trozos de metal. La acuñación de moneda se inventó como un medio sencillo de comprobar la pureza del metal: la impronta de las monedas era una garantía de la ceca de que la moneda contenía la cantidad y la calidad adecuadas del metal precioso en cuestión.6

No necesitamos profundizar demasiado en la historia de cómo los gobernantes y los gobiernos se arrogaron el privilegio de ser los únicos emisores de moneda. Antes del nacimiento de Cristo, la acuñación era en todo el mundo clásico un monopolio del gobierno. El problema de este monopolio era que permitía a los gobiernos practicar sin freno el fraude de la adulteración: mezclaban la plata o el oro con un metal común y sellaban la moneda como si fuera de metal precioso puro, estafando así al público.7

Puede parecer una objeción grave a todo esto que las monedas que se utilizan hoy en el mundo carecen de valor de uso independiente. Al parecer, existen por decreto del gobierno y por eso se denominan dinero fiduciario. Mises admitió la posibilidad de que existiera algo así como el dinero fiduciario, aunque dudaba (en 1912) de que hubiera existido alguna vez.8 Lo que en aquel momento podría llamarse dinero fiduciario era propiamente dinero de crédito: derechos sobre un dinero-mercancía subyacente, como, por ejemplo, los billetes del Banco de Inglaterra después de que Gran Bretaña suspendiera la convertibilidad en metálico durante las guerras napoleónicas.

Nuestro actual régimen de dinero fiduciario surgió del sistema de Bretton Woods, que todavía se basaba en el oro, aunque no de una forma tan directa como la que existía antes de la Primera Guerra Mundial. De 1944 a 1971, los dólares eran derechos sobre el oro de Fort Knox y de otros depósitos, aunque solo los bancos centrales extranjeros podían ejercerlos. Es difícil decidir si las monedas europeas anteriores a 1971 pueden considerarse dinero fiduciario o algún tipo de dinero de crédito, dado que, aunque no estaban vinculadas directamente al oro, lo estaban indirectamente a través de su vínculo fijo con el dólar. Sin embargo, no hay duda de que, tras Bretton Woods, todas las monedas son dinero fiduciario, aunque evolucionadas a partir de los dineros de crédito y de mercancía de épocas anteriores.

Mises demostró que el dinero es un fenómeno de mercado. Cualquier material solo adquiere curso como dinero a consecuencia de su uso comercial. Incluso el papel moneda fiduciario del gobierno solo es dinero mientras se acepte como tal en el libre intercambio.

Por importantes que sean estas ideas básicas, las aportaciones de Mises no terminaron ahí. Pues derivado del desarrollo del dinero, y casi igual de importante, está todo el mundo de la economía financiera, de los bancos, los préstamos y los depósitos, y también en este campo Mises hizo contribuciones relevantes que lo llevaron a formular por primera vez la teoría austriaca del ciclo económico.

Las monedas y los billetes son dinero, pero existe otro tipo de dinero, lo que Mises llamó sustitutivos del dinero. Hoy consisten principalmente en las cuentas corrientes y los depósitos a la vista en los bancos, aunque en épocas anteriores los billetes de banco también eran sustitutivos del dinero. Un sustitutivo del dinero es, en esencia, solo un derecho sobre dinero. Son utilizables por la naturaleza peculiar del dinero como bien económico que nunca se consume con el uso, sino que solo se intercambia. Un derecho seguro sobre el dinero puede desempeñar todas las funciones del dinero propiamente dicho mientras se acepte como derecho seguro.9 Es el carácter peculiar de los sustitutivos del dinero lo que permite a los bancos crear medios fiduciarios: derechos sobre dinero que no están respaldados por dinero real depositado en los bancos.10

La creación de medios fiduciarios y el sistema de reserva fraccionaria en que se apoya pueden existir en el mercado libre. Un banco puede aumentar fraudulentamente la cantidad de derechos sobre dinero por encima de lo que tiene en custodia, o puede haber cierta confusión sobre la naturaleza jurídica de los depósitos, lo que lleve a los bancos a crear más derechos de los que pueden respaldar.11

En un entorno de banca libre, la cantidad de medios fiduciarios que un banco puede emitir es siempre muy limitada. Y es que, aunque los derechos sobre dinero emitidos por el banco son sustitutivos perfectos del dinero entre sus propios clientes, no ocurre lo mismo con los clientes de otros bancos. Cuando un cheque o un billete de banco se presenta en un banco competidor, este procurará canjearlo por dinero base en el banco emisor con gran rapidez. Por tanto, incluso si se permite la reserva fraccionaria, en un régimen de banca libre habrá limitaciones severas a la cantidad de medios fiduciarios que cualquier banco pueda crear.12

La creación de medios fiduciarios tiene efectos más graves que el simple hecho de exponer a un banco al riesgo de quiebra. Afecta a toda la estructura de capital de la economía y a los tipos de interés. Cuando un banco emite un lote de medios fiduciarios, lo hace normalmente en forma de préstamos a empresas. Esto hace bajar los tipos de interés, abarata el endeudamiento de los empresarios y los anima así a emprender proyectos e inversiones que no habrían sido rentables con el tipo de interés más alto anterior a la creación de medios fiduciarios. En palabras de Mises, se crea una brecha entre el tipo de interés monetario y el tipo de interés de equilibrio o natural.13 Cuando un banco inicia la expansión del crédito y ofrece tipos de interés más bajos, los demás bancos no tienen más remedio que seguirle o serán expulsados del negocio. El punto crucial es que, al reducir así artificialmente el tipo de interés, los bancos crean la ilusión de que hay más fondos disponibles para la inversión de los que realmente existen.

Este proceso de expansión del crédito tarda cierto tiempo en completarse. Si, por ejemplo, las reservas se reducen a la mitad, pasa un tiempo hasta que todo ese dinero y esos medios fiduciarios adicionales se filtran a través de los bancos hasta los sectores no bancarios de la economía. Pero una vez completada la expansión, el tipo de interés subirá hasta su nivel «natural» y la gente se dará cuenta de repente de que no hay crédito suficiente para que los empresarios terminen todos los proyectos que habían iniciado. O bien una depresión limpia el sistema de estas malas inversiones, o bien una nueva ronda de expansión del crédito por parte de los bancos aplazará la depresión y dará a los empresarios tiempo para completar sus proyectos.

Sin embargo, este proceso no puede continuar indefinidamente. En algún momento tiene que llegar una depresión; de lo contrario, la cantidad de medios fiduciarios crecerá tanto que desencadenará una inflación creciente hasta que toda la economía quede finalmente arruinada, al refugiarse la gente en valores reales en un «boom de derrumbe».14 Esto ocurre cuando el público se convence de que los precios de todas las mercancías subirán de forma sustancial. Si esto sucede, todo el mundo intentará comprar tanto como pueda lo antes posible, y reducirá al mínimo sus tenencias de efectivo.

Una vez que la expansión del crédito está en marcha, solo queda saber cuán grande será la depresión que le ponga fin, ya que no hay forma de salir de los problemas mediante la inflación una vez que se ha hinchado la burbuja.15

Debería estar claro que Mises señala el camino hacia unos cimientos sólidos para el sistema monetario y financiero mundial, basados plenamente en las verdades apodícticas de la ciencia económica. Una reforma monetaria misesiana consistiría, sean cuales sean los detalles en cada caso, en dos cambios básicos: primero, se prohibiría a los bancos emitir más medios fiduciarios. Segundo, se impediría a los gobiernos adoptar prácticas inflacionistas. Lo más sencillo es separar por completo al gobierno del ámbito monetario: como debería quedar claro por lo expuesto, no hay motivo para pensar que la intervención del gobierno pueda ser beneficiosa en los asuntos monetarios; y tanto la experiencia histórica como la teoría económica nos enseñan que siempre y en todo lugar es maléfica.

Es dudoso que las reformas fundamentales conforme a la teoría monetaria austriaca sean inminentes. Por eso es más importante que nunca dar a conocer al mundo las leyes económicas básicas que rigen la vida humana. Porque, como escribió el propio Mises, si los hombres hacen caso omiso de las enseñanzas y advertencias de la economía, no anularán la economía; «aplastarán la sociedad y la raza humana».16

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1 Robert Heilbroner reconoció célebremente en 1989 que Mises tenía razón en el debate sobre la imposibilidad del socialismo. Solo cabe esperar que economistas y políticos reconozcan también la verdad de las teorías monetarias de Mises antes de que sea demasiado tarde.

2 C. Menger, Principles of Economics, trad. J. Dingwall y B. F. Hoselitz (Viena, 1871 / Institute for Humane Studies 1976)

3 L. von Mises, The Theory of Money and Credit, trad. H. E. Batson (New Haven: Yale University Press, 1953) p. 29

4 Para lo que sigue, véase Menger, Principles of Economics p. 257 y ss.

5 Mises, Theory of Money and Credit, pp. 62-67

6 Véase J. G. Hülsmann, The Ethics of Money Production (Auburn, AL: The Ludwig von Mises Institute, 2008) p. 35 y ss.

7 Véase M. N. Rothbard, The Mystery of Banking, 2.ª ed. (Auburn, AL: The Ludwig von Mises Institute, 2008) pp. 11-12, para algunos ejemplos de la magnitud de las devaluaciones. Véase también L. von Mises, Human Action, edición para académicos (Auburn, AL: The Ludwig von Mises Institute, 1998) pp. 761-763, sobre el papel de la devaluación de la moneda y la manipulación de precios en el declive de la civilización antigua.

8 Mises, Theory of Money and Credit p. 61

9 Ibid., p. 267

10 Ibid., p. 263 y ss. Las mejores exposiciones actuales de cómo se crean los medios fiduciarios son Rothbard, The Mystery of Banking, y J. Huerta de Soto, Money, Bank Credit and Economic Cycles, trad. M. A. Stroup (Madrid: Unión Editorial, 2006 / Auburn, AL: The Ludwig von Mises Institute, 2009) capítulo 4

11 Rothbard, Mystery of Banking, p. 89

12 Por eso Mises veía con buenos ojos un régimen de banca libre como medio para acabar con los ciclos económicos recurrentes, ya que no confiaba en que el gobierno ejerciera el poder de fijar el coeficiente de reserva legal. Pues si pudiera fijarlo en el 100 %, ¿qué le impediría reducirlo y obtener así los beneficios a corto plazo del ciclo económico? Véase Mises, Human Action, p. 443, que cita a Henri Cernuschi; compárese, no obstante, The Theory of Money and Credit p. 323, donde Mises parece sugerir que la introducción y el uso de medios fiduciarios fue un signo de progreso, pues ayudó a extender la economía monetaria

13 Mises, The Theory of Money and Credit p. 349 y ss.

14 Mises, Human Action pp. 424, 433

15 El fenómeno de la deflación durante la recesión, que algunos sostienen que debe combatirse con inflación, no es en realidad más que una consecuencia de las malas inversiones y del sobreconsumo del auge, y forma parte del reajuste necesario. Véase el Mises Daily de W. L. Anderson «Murray Rothbard and the Deflation Bogey» https://mises.org/mises-daily/murray-rothbard-and-deflation-bogey

16 Mises, Human Action, p. 881

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