Las perspectivas del dinero

En mi opinión, este nuevo episodio de turbulencias en los mercados financieros es el preludio del fin definitivo de la moneda gubernamental.

Si estoy en lo cierto, de los acontecimientos actuales surgirá un colapso, largamente esperado, del poder adquisitivo y del propio concepto de moneda fiduciaria. El objetivo de este artículo es explicar por qué la teoría monetaria predice un colapso de las monedas.

La cuestión central de la inestabilidad actual de los mercados es la validez de la moneda fiduciaria; es decir, las formas de dinero emitidas y sancionadas por cada gobierno, sin más respaldo que la confianza en la solvencia de esos gobiernos y la imposición legal de su uso. Los riesgos que nos imponen a todos se pondrán de manifiesto algún día tanto por la rapidez con que caiga el poder adquisitivo de cada dinero fiduciario como, inevitablemente, por su comparación con el poder adquisitivo más estable del oro. En esencia, la conciencia de los peligros del dinero poco sólido irá calando poco a poco en todos los agentes económicos.

Hasta ahora, o al menos desde los tiempos en que el dinero fiduciario se podía cambiar libremente por oro, los bancos centrales han logrado imponernos sus monedas como dinero, en un principio con el argumento de que eran sustitutos del oro. Esa ficción se abandonó definitivamente en 1971. Desde entonces, el poder adquisitivo de las monedas fiduciarias nunca ha sido cuestionado seriamente, salvo en unos pocos casos extremos, como Zimbabue y Venezuela. Ni siquiera la crisis financiera de hace ocho años, cuando hubo que rescatar a los bancos con cantidades ilimitadas de dinero y crédito adicionales, amenazó con un colapso de las monedas fiduciarias.

La crisis actual ha comenzado mientras se hacen esfuerzos decididos por evitar que aumente el poder adquisitivo de las principales monedas, hasta el punto de recurrir a tipos de interés negativos. Ninguna de las políticas de los bancos centrales parece haber funcionado. El creciente poder adquisitivo del yen, pese a todos los intentos por reducirlo, es el ejemplo más claro del fracaso rotundo de un banco central a la hora de lograr sus objetivos monetarios. Lo mismo puede decirse del BCE y del euro, una moneda aún más sintética que las que sustituyó. Está claro que los bancos centrales fijan la política monetaria más por esperanza que por una verdadera conciencia de su propia impotencia.

Dan una importancia excesiva a la evidencia empírica. Por eso los gráficos y las estadísticas son tan importantes para ellos y para todos sus epígonos. Cuando no entiendes algo y no puedes explicarlo, recurres a las llamadas pruebas. Y cuando muy poca gente tiene una comprensión razonable de lo que es el dinero, puedes confiar en que la evidencia empírica no se cuestione. Para la política monetaria, esto nos dice dos cosas: los bancos centrales no tienen ni idea de teoría monetaria y, en caso de una segunda crisis sistémica, la experiencia de la última los llevará por mal camino.

La evidencia empírica actual refleja el rescate del sistema bancario mundial en 2008/09. Los monetaristas neoclásicos se preocuparon al principio por la posibilidad de una deflación de precios tras el rescate del sistema bancario, y por eso los banqueros centrales ampliaron el dinero en sentido estricto en cantidades sin precedentes para contrarrestar la deflación del crédito, real y prevista. Se pretendía que fueran medidas a corto plazo, que se sustituirían por políticas monetarias más normales en cuanto pasara la crisis inmediata. Ocho años después, esas medidas a corto plazo siguen vigentes.

El impacto en el precio del oro

Tras el shock de Lehman, que provocó una huida temporal hacia el dinero y la deuda pública a corto plazo, el poder adquisitivo de las monedas respecto al del oro aumentó, y el precio del oro cayó de 930 a 690 dólares. Después, cuando se hizo evidente que la expansión monetaria había logrado frenar las fuerzas deflacionistas, esta tendencia se invirtió y llevó el precio del oro a más de 1900 dólares. Eso cambió en septiembre de 2011, tras una intervención concertada de los bancos centrales para suprimir el precio del oro.

La relación entre el dólar y el oro ha vuelto a girar, lo que indica que la marea de la confianza se está moviendo en contra de las monedas. El poder adquisitivo de las monedas medido frente al del oro está cayendo ahora. Si las cotizaciones de los grandes bancos sirven de indicio, estamos ante una crisis bancaria en gestación. La decisión del Reino Unido de abandonar la UE mediante referéndum apunta a la desintegración política de Europa. La creciente volatilidad del mercado nos dice que otra crisis sistémica podría ser inminente, y los bonos del Estado reflejan una huida continua hacia la seguridad.

El Banco de Inglaterra ya ha anunciado que se pondrán a disposición de los bancos otros 250.000 millones de libras en apoyo monetario, y que los principales bancos centrales han acordado líneas swap adicionales. Podemos tomarlo como prueba de que los bancos centrales, basándose en la evidencia empírica, preparan una nueva ronda de expansión monetaria como solución a cualquier crisis futura, reafirmados en su convicción de que es poco probable que el riesgo para la credibilidad de sus divisas llegue a ser un problema.

No es eso lo que nos dice el oro cuando se cotiza en esas divisas. Para entender por qué se equivocan los banqueros centrales y en qué, tenemos que considerar algunos puntos fundamentales sobre cómo funciona realmente el dinero.

La teoría del dinero y su poder adquisitivo

Para preparar nuestra mente de cara a una comprensión completa de la teoría monetaria, debemos descartar desde el principio la idea de que el análisis estadístico sea relevante. No lo es, porque no hay constantes. Las estadísticas válidas requieren al menos una constante, normalmente el poder adquisitivo del dinero. En todo el campo de la economía, y no digamos ya del dinero, no existe ninguna. El poder adquisitivo del dinero es en gran medida independiente de su cantidad, y depende de una aceptación fluctuante de que es intercambiable por bienes. Los monetaristas charlatanes que creen en la ecuación de cambio, a pesar de toda la evidencia de que no funciona, pasan por alto los factores subjetivos que hacen que algo sea considerado dinero.

Cuando nos proponemos entender el dinero, debemos reconocer que actúan tres influencias principales, además de la aceptación general de que una forma concreta de dinero es intercambiable por bienes. Está el valor subjetivo de los bienes por los que se plantea un intercambio, están las fluctuaciones en las cantidades relativas de bienes y de dinero en el proceso de intercambio, y está el equilibrio de deseos relativos del conjunto de la población por aumentar o reducir la cantidad de dinero que mantiene, en relación con los bienes. Todos estos factores dependen de la decisión, imposible de conocer, de cada uno de los agentes económicos, y fluctúan en consecuencia.

Esta verdad evidente amenaza continuamente con socavar la función misma de cualquier forma concreta de dinero, que para ser aceptable para las partes de una transacción debe tener un valor comúnmente aceptado, aunque una de las partes desee el dinero más que la otra a un precio determinado. El economista von Mises describió este valor comúnmente aceptado como el valor de cambio objetivo del dinero. Es lo único en lo que pueden ponerse de acuerdo las partes de una transacción. Un dólar es un dólar, un euro es un euro, y así sucesivamente, aunque unas personas deseen estas formas de dinero más o menos que otras.

Hasta ahora solo hemos tratado una de las cuatro dimensiones del problema del dinero. Una segunda dimensión es que la demanda de algunos bienes es siempre mayor que la de otros, de modo que el poder adquisitivo del dinero será distinto para cada bien y clase de bien por el que se intercambia. Nunca basta con suponer, por ejemplo, que el precio de la vivienda sube únicamente por la demanda de vivienda. También sube porque la gente valora menos el dinero que el ladrillo y el cemento. Si lo pensamos, esta verdad debería ser evidente. Pero vale igualmente para cualquier otro bien por el que se intercambie una forma concreta de dinero, y es demasiado simplista suponer que los cambios de precio proceden solo del lado de los bienes.

Una tercera dimensión que hay que considerar es que los productos y las cantidades de bienes y servicios comprados ayer no serán los mismos que los comprados mañana. Además de reiterar que las estadísticas son del todo irrelevantes para entender el dinero, podemos añadir que lo que se comprará con dinero mañana, y en qué proporciones, no se puede predecir, salvo quizá con algunas generalizaciones amplias, como que la gente comprará alimentos, usará energía y disfrutará de algo de tiempo de ocio. Tales obviedades carecen de valor práctico para entender la teoría monetaria, e inhabilitan el uso de índices de precios y de agregados como el producto interior bruto.

La cuarta dimensión es la del tiempo. La inyección de dinero en una economía comenzará en un punto, normalmente los bancos que crean préstamos, o los gobiernos mediante gasto sin financiación. Por tanto, el dinero entra en una economía de forma desigual, y beneficia a unos a costa de otros. Esto se conoce como efecto Cantillon, y la comunidad económica neoclásica lo ignora por completo.

El problema actual

A estas alturas el lector ya debería entender por qué son inútiles los intentos de discernir el poder adquisitivo futuro del dinero, y por qué las políticas monetarias de los bancos centrales nunca tienen éxito, salvo quizá por puro azar.

Como si las cuatro dimensiones mencionadas arriba no fueran suficientes, hay un problema más. La mayor parte del dinero fiduciario no lo producen los bancos centrales, como se suele suponer, sino los bancos comerciales, que crean dinero al concederlo en préstamo. El crédito bancario es, en esencia, dinero temporal y se extingue con regularidad en los ciclos de crédito. Es la evidente posibilidad de que este crédito bancario se contraiga lo que más preocupa a los banqueros centrales. Cuando el crédito bancario se contrae, quiebran las empresas que dependen en exceso de la deuda para cubrir sus necesidades de capital y las compañías que se han endeudado para financiar una producción no rentable. Esta es la fase de caída del ciclo de crédito. En las últimas décadas, esa caída se ha ido aplazando una y otra vez, pero no ha desaparecido.

El fracaso de las políticas monetarias de los bancos centrales parece haber llegado a un punto de inflexión. Es lo que nos indican las cotizaciones de los bancos de importancia sistémica. Es lo que nos indica la desintegración política de Europa, sobre la que se sustenta el nuevo euro sintético. Es lo que nos indica el callejón sin salida de los tipos de interés permanentemente en cero o negativos. Es lo que nos indican los bonos del Estado, con precios desorbitados. Es lo que nos indica ahora el mayor indicador de todos, el precio del oro.

Creo que el punto de inflexión marca el inicio de un descenso potencialmente catastrófico del poder adquisitivo de las monedas de papel que no están respaldadas por oro canjeable. La confianza en los emisores de papel moneda y su solvencia, y no las deficiencias conocidas o sospechadas de las finanzas comerciales, es el último puntal podrido que sostiene el sistema. Es fácil ver cómo una nueva ronda de expansión monetaria concebida para salvar el sistema bancario mundial de su némesis conducirá, no a un desenlace al estilo de Lehman, sino a un colapso de las monedas de papel.

Esto, aparte de la previsión implícita para el oro en el penúltimo párrafo, es la única afirmación realmente subjetiva de este artículo sobre un tema realmente subjetivo.

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