Las consecuencias de la supresión de los tipos de interés

Décadas de supresión de los tipos de interés han dado lugar a trampas de deuda tanto en el sector público como en el privado, que acabarán destruyendo la confianza en las monedas fiduciarias. Esto conduce a tipos de interés más altos, mucho más altos, y la huida hacia el oro no ha hecho más que empezar.

A lo largo de la historia europea ha existido una aversión a los tipos de interés. Durante los últimos dos milenios, esta se reflejó en las prohibiciones cristianas (y musulmanas) de la usura. Pero un prestamista cobra interés por una buena razón. Un prestamista cede la posesión de dinero o crédito a otra persona y pierde la posibilidad de convertirlos en bienes para su propio consumo. Eso merece una compensación, y los economistas lo llaman preferencia temporal. Además, existe el riesgo de que el prestatario no cumpla con la obligación de devolver lo prestado. Eso también tiene un valor. Lo cierto es que la compensación que corresponde a quien presta dinero solo puede decidirse caso por caso entre prestamista y prestatario.  

Por tanto, la idea de que esto deba ser controlado por un banco central es fundamentalmente errónea. Los bancos centrales no solo son del todo inadecuados para esta tarea por su propia naturaleza, sino que además actúan en favor de los gobiernos en dos aspectos importantes. Proporcionan el marco de tipos de interés para la fijación del precio de la deuda pública. Y, para asegurar que los ingresos fiscales sean constantemente favorables al gobierno, intentan gestionar la actividad económica del sector privado.

En consecuencia, los bancos centrales soportan una presión política para suprimir los tipos de interés en todo momento. Esto genera la distorsión más importante de una economía moderna, al fomentar la creación de deuda por motivos distintos de su uso productivo. Cuanto mayor es la supresión, mayor es la distorsión. Quizá conozcamos las empresas zombi que no sobrevivirían sin deuda barata continua, pero el problema es mucho más profundo y distorsiona todo el sistema económico de producción.

También provoca una transferencia de riqueza del ahorrador al prestatario, que, convenientemente para el banco central que aplica la supresión, no puede cuantificarse. Y el principal beneficiario de esta transferencia de riqueza es el gobierno.

La supresión de los tipos de interés tiende a alterar el equilibrio entre el consumo inmediato y el ahorro, porque desincentiva a los ahorradores. Si se reduce el nivel de ahorro, aumenta el consumo inmediato. Si aumenta el consumo inmediato, sube el nivel general de precios. Vemos que la supresión de los tipos de interés empieza a tener consecuencias imprevistas. Pero quizá el problema más agudo hoy en día es el de la deuda pública.

La deuda pública aumenta como consecuencia de la supresión de los tipos de interés. Es el resultado de que un banco central persiga los dos objetivos mencionados antes. Desde el punto de vista de un gobierno, mientras los tipos de interés estén suprimidos, es libre de endeudarse en cantidades cada vez mayores, porque el coste del endeudamiento está suprimido y se facilita la financiación de déficits presupuestarios cada vez mayores.

Esto crea otra distorsión. La financiación de estos déficits llega en un momento de propensión decreciente al ahorro, debido a la supresión de los tipos de interés. La deuda pública se financia cada vez más mediante la creación de nuevo crédito, en lugar de recurrir al fondo de ahorro, que supone el reciclaje del crédito existente. Inevitablemente, esta dilución de la moneda conduce a una caída del poder adquisitivo de la unidad en la que se denomina todo el crédito. Y un poder adquisitivo en descenso lleva a una tendencia al alza de los tipos de interés a medida que disminuye la confianza en el valor de la moneda. 

De la supresión de los tipos de interés se derivan, inevitablemente, posteriores subidas de los tipos de interés.

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