La verdad sobre el PIB

"Puedo probar cualquier cosa con estadísticas, excepto la verdad" – George Canning

El aforismo de Canning es tan válido hoy como cuando él era primer ministro de Gran Bretaña en 1817. Por desgracia, los economistas convencionales ignoran por completo su sabiduría. En ningún sitio es más importante este error que al definir la actividad económica, donde el abuso de las estadísticas alcanza niveles que habrían sorprendido incluso a Canning.

Hoy describimos la economía como si estuviera en uno de dos estados: crecimiento o recesión. Llegamos a un juicio sobre su situación tomando la suma total de las transacciones seleccionadas por los estadísticos y deflactando después ese total con una tasa de inflación ideada por ellos bajo dirección política directa o indirecta. Así se crea el producto interior bruto nominal, que se ajusta y se denomina PIB real.

Los errores del método fomentan un sesgo hacia un aumento general de la tendencia del PIB al subestimar la tasa de inflación de los precios. De ahí hay un paso corto hasta asociar la subida de precios únicamente con un aumento de la actividad económica. También se deduce, a partir de estos supuestos, que hay que evitar a toda costa la caída de los precios.

Suposiciones, suposiciones, todo son suposiciones. Conducen a una conclusión ridícula: que la caída de los precios es prueba de una caída de la demanda, de una recesión o incluso de una depresión. Otro de los aforismos de Canning decía que no hay nada tan sublime como la verdad. Aquí no hay nada de sublime. Si lo hubiera, la mejora del nivel de vida de todos gracias a la bajada de los precios de las comunicaciones, del acceso a los datos y de la tecnología de nuestros hogares y de nuestra vida cotidiana no habría podido producirse en absoluto.

Pues se ha producido, y la bajada de los precios de los productos de las mayores corporaciones del sector privado del planeta demuestra que son a la vez populares y buenas para el negocio. Además, la disyuntiva inflación/deflación en la que creen firmemente los macroeconomistas descartaría lógicamente el empobrecimiento de la gente en las hiperinflaciones. Si la subida de los precios es buena para la economía, ¿cómo es que todo el mundo era tan infeliz en la República de Weimar alemana en 1923, o en Zimbabue hace quince años? Seguramente, a medida que se acelera la inflación, el nivel de felicidad debería subir......

Tampoco aquí hay nada de sublime.

El error se acumula sobre el error. Entonces, ¿qué es el crecimiento económico? No es lo que sugiere el nombre: es simplemente un aumento del valor monetario total de las transacciones estadísticamente admisibles. No hay en ello ningún juicio cualitativo: los gobiernos pueden inflar, y normalmente inflan, la cifra del PIB con burocracia innecesaria y con proyectos que pocos consumidores estarían dispuestos a pagar con su propio dinero. Además, un aumento del PIB solo se produce si se ha incrementado la cantidad de dinero y de crédito bancario y luego se ha aplicado a la parte de la economía que cubren expresamente las estadísticas de los estadísticos.

Esto es lo que ocurre cuando entra en la economía dinero nuevo o crédito bancario nuevo. Los bancos crean dinero de la nada y lo prestan a un cliente favorecido. El cliente lo gasta antes de que los precios se ajusten y se beneficia plenamente de unos precios que no tienen en cuenta la creación del dinero nuevo. Solo entonces los precios de los bienes comprados con ese dinero nuevo reflejarán la demanda adicional que se ha materializado aparentemente de la nada, y este efecto sobre los precios se va extendiendo después, siempre un paso por detrás del dinero nuevo que se gasta. La gran mayoría de los consumidores se encontrará con que los precios ya han subido en su contra, sin ninguna compensación en sus ingresos o, si están jubilados, en el valor de sus pensiones y ahorros. Así pues, el resultado final es que se ha transferido riqueza, de forma gradual, desde los más débiles de la sociedad hacia arriba, hasta los primeros receptores del dinero nuevo.

A medida que el dinero nuevo se extiende poco a poco por una comunidad, los precios tienden a subir. Si pudiera registrarse el efecto, se vería que, en términos reales, la actividad económica adicional derivada de la depreciación de la moneda se disipa gradualmente en precios más altos. Es un aumento de la demanda a corto plazo que luego se revierte. En un mundo estadístico perfecto, el PIB real reflejaría fielmente ese efecto. Por desgracia, tenemos que lidiar con los intereses creados de los estadísticos y de quienes les pagan, y también con lo inapropiado de aplicar un método estadístico más adecuado para medir en ciencias naturales como la física que en una ciencia social imprecisa, parecida a la psicología.

En lugar de tener en cuenta estos efectos temporales de la inflación monetaria sobre los precios, se da por supuesto que un aumento de la cantidad de dinero y de crédito conduce sin más a subidas de precios. Si todo lo demás permanece igual, al final lo hace, pero todo lo demás nunca permanece igual. Mucho más importante es la preferencia relativa del público entre el dinero y los bienes. El dinero conserva su papel de dinero solo porque la gente lo acepta como tal. Las monedas fiduciarias, que no tienen valor para ningún otro fin, corren un riesgo continuo de quedarse sin valor. La condición para que una moneda fiduciaria conserve algún valor es que se mantenga la demanda de ella, de modo que siempre sea escasa.

Suponiendo que se cumpla esa condición, el factor más importante que determina el nivel del poder adquisitivo del dinero es el equilibrio marginal entre las preferencias de la gente por él y por los bienes. En la práctica, y dado que el gobierno garantiza un monopolio para su moneda fiduciaria, este equilibrio suele ser estable y tolera grandes cambios en la cantidad de dinero y de crédito en circulación sin alterarse de forma radical.

Si esta preferencia marginal pasa de los bienes de consumo al dinero, los precios de los bienes tenderán a bajar. Esto quedó ilustrado de forma dramática durante la crisis financiera de 2008/09. Lo contrario también es cierto, cuando la preferencia marginal se aleja del dinero y se dirige hacia los bienes. Es esta condición la que lleva a las hiperinflaciones, y no la rápida expansión de la cantidad de dinero, como se suele suponer, aunque la expansión monetaria suele formar parte inseparable de dicha condición.

Ahora debería ser evidente que la planificación económica mediante la política monetaria nunca puede tener éxito. Aun suponiendo que los planificadores estén dotados de una presciencia que no tienen y que ningún modelo económico puede darles, parece que no son conscientes de que los conceptos de crecimiento y recesión no equivalen al progreso económico ni a su ausencia. Para medir este sustituto tan deficiente se apoyan en lo único que, como observó con ironía Canning, puede decirles todo menos la verdad.

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