La última tirada de dados geopolítica de Biden

En una guerra fría que continúa, Estados Unidos ya está a la defensiva. Todavía está por ver cuánto tardará la administración Biden en darse cuenta de que sus pocas victorias serán pírricas e inasumibles, y de que, con solo no responder a la provocación estadounidense, la alianza entre China y Rusia saldrá vencedora.

La visión que Halford Mackinder tuvo hace un siglo de un superestado euroasiático, asentado entre el Volga y el Yangtsé, se está haciendo realidad. Los comentaristas suelen no entender por qué; no se debe a la superioridad militar, sino a una simple cuestión económica. Mientras la economía estadounidense sufre una inflación posterior al confinamiento y una crisis existencial del dólar, la economía china experimentará un auge gracias al aumento del consumo interno, que es un objetivo oficial del gobierno, y al aumento de las exportaciones, consecuencia del estímulo de Estados Unidos a la demanda de los consumidores y de su creciente déficit presupuestario.

La alianza chino-rusa ya domina o controla la Isla Mundial de Mackinder, definida como Eurasia y toda África. Las naciones del sudeste asiático que en teoría están en la esfera de influencia de EE. UU. están firmemente ligadas a la economía de la alianza, y las rutas de la seda terrestre y marítima vinculan de forma similar a la UE y a los estados de los océanos Índico y Pacífico occidental, respectivamente. En total, más de la mitad de la población mundial ya no comparte los intereses económicos y monetarios de los 328 millones de estadounidenses.

Este artículo resume el contexto de la situación geopolítica a la que se enfrenta la administración Biden y concluye que, en la actual guerra fría contra el poder combinado de Rusia y China, Estados Unidos fracasará en sus objetivos políticos, no por falta de poder militar, sino por fuerzas económicas.

Introducción

Ahora que la administración Biden se ha asentado, es el momento de reevaluar la política estadounidense hacia Rusia, China y el panorama asiático en general. ¿Será una continuación de las políticas de la administración Trump o hay algo nuevo en marcha? Dado que siguen en sus puestos en el Pentágono funcionarios anteriores a la presidencia de Trump, parece poco probable que haya mucha distensión: la guerra fría sigue adelante.

Antes de adentrarnos en la geopolítica, debemos tener cuidado de definir una posición neutral desde la que observar los acontecimientos. No se puede ser objetivo en estas cuestiones si se justifica la invasión no autorizada de un territorio extranjero para eliminar a un enemigo público declarado, como hizo Estados Unidos con Osama Bin Laden, y luego se condena a Rusia por intentar asesinar a un antiguo oficial del KGB que vivía en Salisbury, o, ya puestos, el descuartizamiento de un periodista en la embajada saudí en Turquía. Hay que ser consciente de que esto forma parte establecida de lo que Kipling llamó el Gran Juego, y siempre ha sido así.

Actos de este tipo son producto de Estados y de sus agentes, que actúan por encima de cualquier ley y, por tanto, pueden ignorarla. Debemos quitarnos de la cabeza la idea de que hay buenos y malos: en las operaciones en el exterior, todos se comportan de la misma manera. Debemos descartar las justificaciones nacionalistas. Tampoco podemos creer la propaganda de ningún Estado en materia de geopolítica, y menos aún en una guerra fría. Hay que saber que nuestras noticias se gestionan cuidadosamente por nosotros. En la medida de lo posible, debemos partir de los hechos y utilizar la deducción razonada.

Ya estamos en condiciones de plantear una pregunta importante: la nueva administración Biden ve el statu quo de EE. UU., con su hegemonía del dólar, como un derecho incuestionable, y su posición como hegemón mundial es vital para... ¿qué? ¿El beneficio del mundo, o el beneficio de EE. UU. a costa del mundo? Para responder, debemos considerarlo desde el punto de vista del complejo militar y de inteligencia de EE. UU.

El problema al que nos enfrentamos es que el Pentágono se institucionalizó por completo en la gestión de la seguridad exterior de Estados Unidos tras la segunda guerra mundial. Cuando los soviéticos extendieron su esfera de influencia a los tres grandes continentes subdesarrollados, Asia, África y Sudamérica, había motivos para defender el capitalismo y la libertad, o al menos la libertad en el sentido estadounidense, manteniendo del lado propio a las naciones menores. Esto se hizo por medios legítimos y, a menudo, execrables, por conveniencia.

Pero la caída del Muro de Berlín y la muerte de Mao Zedong hicieron que las funciones militares y de inteligencia estadounidenses resultaran en gran medida superfluas, salvo en los asuntos más directamente relacionados con la defensa nacional. Pero está en la naturaleza de los departamentos gubernamentales y de sus contratistas del sector privado hacer todo lo posible por conservar tanto la influencia como los presupuestos, y el argumento de que surgirán nuevas amenazas siempre resulta difícil de resistir para los políticos. ¿Y qué hacen los estatistas de un departamento gubernamental cuando han asegurado su supervivencia? Su conservación del poder sin un verdadero propósito degenera en objetivos militares alternativos. Y desde el primer presidente Bush, todos siguieron firmemente la línea oficial.

El presidente Trump fue el primer presidente en bastante tiempo que no inició compromisos militares en el extranjero. Sus intentos de reducir las operaciones en el exterior encontraron una fuerte resistencia por parte de los servicios de defensa e inteligencia. Y sus esfuerzos por lograr una distensión con Corea del Norte se recibieron con desdén, incluso con horror, en Langley.

Sea cual sea la verdad en estos asuntos, es sumamente improbable que no se abuse del poder que confiere la capacidad de iniciar encubrimientos incuestionables, gestionar la información, subvertir Estados extranjeros y llevar a cabo operaciones secretas de inteligencia. La proliferación y el arraigo de las teorías de la conspiración, cuyo origen se atribuye a ciberataques y desinformación rusos, es consecuencia de que el propio gobierno tuerza continuamente la verdad hasta el punto de que amplios sectores de la población empiezan a creer que es propaganda de su propio gobierno.

Esto nos lleva al cambio de administración. Como senador, Biden se interesó por los asuntos exteriores desde finales de los años setenta, formó parte del Comité de Relaciones Exteriores del Senado desde 1997 y después llegó a presidirlo. Tratándose de un político con tanta trayectoria en este ámbito, es casi seguro que el establishment del Pentágono considera a Biden una persona de confianza; es decir, un presidente que probablemente respaldará el papel de Langley en la fijación de las prioridades geopolíticas y de defensa. Sin duda, para ellos es un cambio bienvenido respecto al presidente Trump, que no seguía la línea oficial.

Políticas para contener la amenaza rusa

A pesar del caso Navalny, Putin sigue siendo incuestionable como líder ruso, tras haber emergido de la agitación postsoviética en la que el caos y el crimen organizado eran el pan de cada día. Ningún líder occidental ha tenido un pasado político tan duro, y Putin es un superviviente, un hombre fuerte que mantiene el control firme. Esto importa a Estados Unidos y a la OTAN en lo que respecta a sus políticas en Ucrania, el Cáucaso, Siria, Irán y Turquía. Cualquier intento de Estados Unidos de zanjar asuntos pendientes en Ucrania (ya se está gestando una disputa a tres bandas entre Rusia, Alemania/UE y EE. UU. por los gasoductos Nord Stream, que privan a Ucrania de los ingresos por tránsito) probablemente conducirá a enfrentamientos con Rusia sobre el terreno. Además, Rusia firmó un pacto de cooperación militar con Irán en 2015. Como un gato con un ratón, Putin juega con Turquía, interesada en tender gasoductos hacia el sur de Europa, y la empuja a alejarse de la OTAN. El interés de Rusia en Siria es mantenerla fuera de la esfera de influencia de Estados Unidos, algo que, con la ayuda de Turquía, ha logrado.

Desde hace tiempo, los analistas militares nos dicen que estamos en una ciberguerra con Rusia, a la que acusan de interferir en las elecciones y de promover teorías conspirativas; la elección presidencial estadounidense de noviembre pasado es la acusación más reciente. Como ocurre con todas estas acusaciones, no se ofrece ninguna prueba, solo declaraciones de fuentes gubernamentales con un historial de ser poco precisas con la verdad. Sea cual sea la verdad, las ciberguerras están estrechamente entrelazadas con la propaganda.

Desde el cambio de milenio, los ataques contra Rusia han consistido en interrumpir los pagos en dólares y, con menor importancia, en sancionar a personas cercanas a Putin. La amenaza monetaria se justificó originalmente por la invasión rusa de Ucrania en 2014, que provocó el desplome del rublo y una subida de los tipos de interés. La nueva guerra fría había tomado un giro financiero. La respuesta de Rusia fue reducir en lo posible la dependencia de su economía del dólar: el banco central vendió reservas en dólares y las sustituyó por oro. También creó un nuevo sistema de pagos para reducir su dependencia del sistema interbancario de pagos SWIFT.

Rusia ha sobrevivido a todos los ataques financieros y ahora está mejor protegida frente a ellos en el futuro. Uno a cero para los rusos. Pero el coste ha quedado oculto: la inversión occidental se ha limitado sobre todo a la procedente de la UE (dirigida en particular a las industrias del petróleo y el gas). Al ser el país fundamentalmente una cleptocracia, el progreso económico está muy limitado. Además, como Rusia es el mayor exportador de energía del mundo, la política occidental de descarbonización supone una amenaza a medio y largo plazo que conducirá a la desaparición de su ventaja competitiva única. Por estas y otras razones, Rusia se ha vuelto hacia China como socio y como protector económico. A cambio, Rusia es rica en recursos, proveedora de energía y, por tanto, de gran valor para China.

La costumbre de Rusia de asesinar a destacados disidentes en suelo extranjero ha sido su mayor error. Tras el asesinato de Litvinenko, pasaron años hasta que se restablecieron por completo las relaciones diplomáticas con el Reino Unido. Se pensó que las muertes de varios oligarcas rusos en suelo británico en los últimos años eran obra del crimen organizado y no se atribuyeron al Estado ruso. Pero el torpe intento de asesinato de Serguéi Skripal en Salisbury por parte de agentes del GRU hace tres años difícilmente llevará a un acercamiento en un futuro próximo.

La alianza geopolítica entre Rusia y China

Uno de los primeros en identificar la importancia geopolítica de los recursos de Rusia fue Halford Mackinder, en un artículo para la Royal Geographical Society en 1904. Más tarde lo desarrolló hasta convertirlo en su teoría del Heartland. Mackinder sostenía que quien controlase el Heartland, que se extendía desde el Volga hasta el Yangtsé, controlaría la «Isla Mundial», término con el que designaba a toda Europa, Asia y África. Más de un siglo después, la teoría de Mackinder encuentra eco en las dos naciones que lideran la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS).

La idea de fondo es que América del Norte y del Sur, Gran Bretaña, Japón y Australasia son, en última instancia, periféricas y menos importantes que la Isla Mundial de Mackinder. Hubo un tiempo en que la primacía británica y después la estadounidense superaron esa importancia, pero puede que ya no sea así. Si la visión de Mackinder sobre la importancia primordial de los recursos sin explotar es acertada, Rusia está en posición de convertirse, junto con China, en la alianza nacional más poderosa del planeta.

La OCS es el mayor desafío planteado hasta ahora al poder económico y la supremacía tecnológica de Estados Unidos. Y Rusia y China están claramente decididas a abandonar el dólar. Todavía no sabemos qué lo sustituirá. Sin embargo, el hecho de que el banco central ruso y casi todos los demás bancos centrales y gobiernos de la OCS lleven tiempo aumentando sus reservas de oro podría ser una pista importante sobre cómo ven el futuro del dinero transasiático los representantes de tres mil millones de euroasiáticos, casi la mitad de la población mundial.

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En términos de PIB per cápita, Estados Unidos va muy por delante. Pero también es el país más endeudado a nivel nacional. La diferencia con la OCS se da en la paridad de poder adquisitivo, que resta importancia a los precios de mercado. Aunque los precios varían mucho según la región, el coste de los bienes en la OCS es, de media, considerablemente inferior al de EE. UU. y la UE, de modo que, en términos de PPA, el PIB de la OCS es notablemente mayor que el de EE. UU. o la UE.

La inclusión de la UE en la Figura 1 es un guiño posterior al Brexit al hecho de que ya no puede darse por sentado que la UE esté en la esfera de influencia de EE. UU. Los lazos comerciales con la OCS, tanto por la dependencia energética de Rusia como por las terminales ferroviarias de la ruta de la seda en varios Estados de la UE, son claramente el futuro comercial de la UE. La UE avanza en sus planes para agrupar las fuerzas nacionales bajo una bandera común, lo que, al darles una identidad de la UE, solo puede aflojar los vínculos de la OTAN con Estados Unidos. Aunque no supone una amenaza activa para el poder de EE. UU., cabe imaginar a la UE manteniéndose al margen en una guerra fría cada vez más intensa.

La OCS nació en 2001 como una alianza de seguridad entre Rusia y China, que incorporaba a los «estanes» situados al este del mar Caspio. Surgida de una organización anterior, el Grupo de los Cinco de Shanghái, se creó para combatir el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Sigue siendo una plataforma para ejercicios militares conjuntos, pero no se ha celebrado ninguno desde 2007 y se ha transformado en una asociación económica laxa.

Desde el Grupo de los Cinco de Shanghái original, la OCS incluye ahora a India y Pakistán. Tienen estatus de observador Afganistán, Bielorrusia, Irán y Mongolia. Estos países pueden asistir a las conferencias de la OCS, pero su participación es muy limitada. Entre los socios de diálogo figuran Armenia, Azerbaiyán, Camboya, Nepal, Sri Lanka y Turquía. Estos países pueden participar activamente en las conferencias de la OCS, y este estatus se considera un paso previo a la plena adhesión. Egipto y Siria han solicitado el estatus de observador, e Israel, Irak y Arabia Saudí han solicitado ser socios de diálogo. Aparte de las naciones del sudeste asiático, que de todos modos están dominadas por una diáspora china, los miembros de la OCS y su influencia abarcan casi toda la Isla Mundial de Halford Mackinder, con la excepción de la Unión Europea.

Esta es la realidad a la que se enfrenta la hegemonía estadounidense: hay veintiún países de Asia en una alianza no estadounidense o a punto de unirse a ella. Todas las demás naciones europeas y asiáticas están dentro de la esfera de influencia de la OCS a través del comercio, aunque no estén afiliadas políticamente. Cada vez es más difícil definir qué naciones están sin duda en el bolsillo de EE. UU., aparte de sus socios de los cinco ojos (Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda). Este simple hecho impone severas limitaciones a la acción de EE. UU. contra China y, en menor medida, contra Rusia.

Es exagerado sugerir que un ataque contra un Estado miembro es un ataque contra todos. Su cooperación es fundamentalmente económica y no militar; salvo, como se ha dicho antes, que la función original de la OCS sigue siendo eliminar el terrorismo, el separatismo y el extremismo. De hecho, India y Pakistán están enfrentadas por Cachemira, y China e India mantienen disputas fronterizas en el Himalaya. Pero los intentos de, por ejemplo, EE. UU. de arrancar a India de la OCS generarán sin duda problemas mayores y quizá una respuesta de los demás miembros.

¿Con quién te alineas?

Otras naciones de todo el mundo tienen una elección. En líneas generales, consiste en alinearse con Estados Unidos, alinearse con China y Rusia, o mantenerse en la barrera. Ya hemos concluido que los intereses económicos de la UE tras el Brexit la están convirtiendo en un país que se queda en la barrera, en lugar de seguir dentro de la esfera de influencia estadounidense. Naturalmente, toda el África subsahariana y Sudamérica empezaron manteniéndose en la barrera hasta que se endeudaron cada vez más con China. Todavía tienen dirigentes dispuestos a aceptar dinero de cualquiera de las dos grandes potencias hegemónicas, Estados Unidos o la alianza china, pero en ese juego los chinos llevan la delantera. Su demanda aparentemente insaciable de materias primas, energía y construcción de infraestructuras hace que los políticos locales estén comprados y sigan estándolo. Si Estados Unidos ofreciera más dinero, los políticos de esas naciones sin duda lo aceptarían. Pero eso difícilmente haría que cambiara su lealtad política, que seguiría estando con China.

Esta forma de diplomacia estadounidense alcanzó su apogeo en los años cincuenta y sesenta, cuando Estados Unidos pudo superar a soviéticos y chinos en la concesión de «ayuda», buena parte de la cual acabó en los bolsillos de los políticos. Esto fue especialmente cierto con el dinero del petróleo que los bancos estadounidenses reciclaron en préstamos a gobiernos sudamericanos a finales de los setenta. Los chinos no son tan descuidados con el dinero: cuando construyen un puente en una isla del Caribe, intervienen directamente, aportando financiación, gestión y parte de la mano de obra, y los políticos locales solo reciben a cambio prestigio electoral.

Por tanto, hay diferencias fundamentales entre los intentos de mantener a un país dentro de una determinada esfera de influencia hace sesenta años y hoy. Y no cabe duda de que los chinos están ganando la partida. Por tierra, a través del mar de China y del océano Índico, las rutas de la seda y los proyectos asociados están teniendo un impacto considerable en las naciones emergentes, de un modo que no se había visto antes. China ha hecho avanzar el concepto de la Isla Mundial de Mackinder al incorporar a la mayor parte de África a su esfera de influencia. Además del control de la OCS sobre Asia, desde Vladivostok hasta el Mediterráneo, como mayor consumidor de petróleo, la influencia de China sobre Oriente Medio, que suministra poco o nada de petróleo a Estados Unidos, vincula a las naciones de esa región con la OCS.

El contraste con la política exterior de Estados Unidos bajo Trump no podría haber sido mayor. Estados Unidos se volvió autárquico, decidido a repatriar la producción del extranjero. Carecía de una estrategia para contrarrestar las esferas de influencia de China, que crecían con rapidez. Incluso la UE integró elementos importantes de su economía con China y Rusia, y ahora que el único representante de los Cinco Ojos de EE. UU. en la UE la ha abandonado, cabe esperar que esa integración se acelere.

En su lugar, Trump se concentró en atacar a China, su tecnología y Hong Kong. China se enfrentó a aranceles, lo que la llevó a responder en parte de la misma manera. Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei, fue detenida en Vancouver a petición de extradición de EE. UU., con el pretexto de unos pagos relacionados con Irán. Su detención fue el inicio de una campaña estadounidense para excluir a Huawei de los contratos de móviles 5G en Occidente, una presión que acabó llevando al Reino Unido a reducir los contratos de Huawei. Terminó uniendo a la alianza de seguridad de los Cinco Ojos contra la tecnología china con un argumento de «amenaza roja» infiltrada: la tecnología china integrada en los sistemas de comunicaciones occidentales les da la capacidad de espiarnos. El GCHQ británico pasó de afirmar que no había pruebas de software espía integrado en los equipos de Huawei a decir que eran vulnerables a ser utilizados para el espionaje por el Gobierno chino.

Hong Kong

La acumulación de disturbios contra el proyecto de tratado de extradición de Hong Kong con la China continental comenzó en 2019, apoyada e impulsada por la propaganda antichina. Estados Unidos acabó por mostrarse como adversario de China, y ya no solo como un socio comercial preocupado por los desequilibrios comerciales. Y Hong Kong era el punto de presión.

Esto ya había ocurrido antes, en 2014. La dirigencia china estaba segura de que los disturbios de Hong Kong de aquel momento eran obra de los servicios de inteligencia estadounidenses. A continuación se reproduce un extracto traducido de un discurso del general de división Qiao Liang, destacado estratega del Ejército Popular de Liberación, ante el Comité Central del Partido Comunista Chino en 2015:

«Desde el conflicto de las islas Diaoyu y el de la isla de Huangyan, han seguido surgiendo incidentes en torno a China, entre ellos el enfrentamiento con Vietnam por las plataformas petrolíferas 981 de China y el movimiento «Occupy Central» de Hong Kong. ¿Se pueden seguir considerando simples casualidades?

»Acompañé al general Liu Yazhou, comisario político de la Universidad de Defensa Nacional, en una visita a Hong Kong en mayo de 2014. En ese momento oímos que se estaba planeando el movimiento «Occupy Central» y que podía comenzar a finales de mes. Sin embargo, no ocurrió en mayo, ni en junio, ni en julio, ni en agosto.

»¿Qué pasó? ¿Qué estaban esperando?

»Veamos otro calendario: la salida de la Reserva Federal de EE. UU. de la política de flexibilización cuantitativa (QE). EE. UU. dijo que pondría fin a la QE a principios de 2014. Pero mantuvo la política de QE en abril, mayo, junio, julio y agosto. Mientras siguiera en la QE, seguiría imprimiendo dólares en exceso y el precio del dólar no podría subir. Por tanto, tampoco debía producirse el «Occupy Central» de Hong Kong.

»A finales de septiembre, la Reserva Federal anunció que EE. UU. saldría de la QE. El dólar empezó a subir. Entonces estalló el «Occupy Central» de Hong Kong a principios de octubre.

»En realidad, las islas Diaoyu, la isla de Huangyan, las plataformas 981 y el movimiento «Occupy Central» de Hong Kong eran todos bombas. La explosión con éxito de cualquiera de ellas habría provocado una crisis regional o un empeoramiento del entorno de inversión en torno a China. Eso forzaría la retirada de una gran cantidad de inversión de esta región, que luego regresaría a EE. UU.»[1]

Probablemente China siga pensando hoy que Estados Unidos organizó de nuevo el descontento en Hong Kong. Es evidente que los chinos creían que Estados Unidos había dirigido en secreto el «Occupy Central» y que, por tanto, volvía a la carga. Además de lo que les contaron sus espías, las protestas estaban demasiado bien organizadas y planificadas para ser espontáneas. Esta vez, el ataque parecía tener más posibilidades de éxito. El plan se coordinó con la presión estadounidense sobre la vinculación del dólar de Hong Kong, en un intento de desestabilizarla, principalmente mediante la amenaza de extender a Hong Kong los aranceles contra China. Por eso, este segundo intento de hacer caer Hong Kong fue más serio.

Hong Kong es fundamental porque es el canal por el que entran en China los flujos de inversión extranjera de cartera. Esto era importante para los estadounidenses, porque el Tesoro de EE. UU. no podía permitirse que los flujos globales de cartera se sintieran atraídos hacia China en un momento en que se necesitaban para invertir en cantidades crecientes de deuda del Tesoro estadounidense. Si se entiende esto, se habrá comprendido gran parte de la urgencia que había detrás del intento de Estados Unidos de desestabilizar Hong Kong.

Qiao Liang expone este mismo argumento en otro punto de su discurso, en el que afirma que las tácticas estadounidenses son consecuencia del fin de Bretton Woods:

«Sin la restricción del oro, EE. UU. puede imprimir dólares a voluntad. Si mantiene una gran cantidad de dólares dentro del país, es seguro que se genera inflación. Si exporta dólares al mundo, el mundo entero ayuda a EE. UU. a gestionar su inflación. Por eso la inflación no es alta en EE. UU.»

Aunque se pueden poner algunos reparos menores a su análisis simplista, no es eso lo importante. Lo que importa es lo que creen los chinos. Fue después de ese segundo intento de Estados Unidos de desestabilizar Hong Kong cuando los chinos concluyeron que debían tomar el control directo y abandonar el tratado por el que Gran Bretaña lo había devuelto a su jurisdicción.

China también comete errores

La estrategia de China al tratar con Estados Unidos ha sido, por lo general, la de responder con lentitud y no provocar nunca. Esto concuerda con lo que dice Sun Tzu en El arte de la guerra sobre las disposiciones tácticas: «Asegurarnos contra la derrota depende de nosotros mismos, pero la oportunidad de derrotar al enemigo la proporciona el propio enemigo».

En general, la estrategia de China ha consistido en negarse a caer en provocaciones. Una posible excepción ha sido Hong Kong, donde se decidió que era más importante proteger la isla frente a nuevos ataques, por encima de los términos del tratado con el Reino Unido. Pero su mayor error fue imponer aranceles comerciales como respuesta, ojo por ojo, a los aranceles estadounidenses. Estados Unidos se estaba aislando a sí mismo con su política arancelaria, y la respuesta de China dio a la administración Trump la excusa para intensificar la guerra comercial, pasando de los aranceles a un ataque contra la tecnología china, que estaba superando a la estadounidense. Eso llevó a que Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei, fuera detenida en Vancouver a raíz de una solicitud de extradición de Estados Unidos, un proceso que esta semana sigue librándose en el Tribunal Supremo de Columbia Británica.

El programa de reeducación de los uigures se está utilizando actualmente como arma contra China. Dado que es improbable que los chinos conviertan lo que originalmente era una política de eliminación del terrorismo musulmán en un enfoque más humano, apenas tienen más opción que impedir el acceso de los periodistas y aguantar. Taiwán se considera igualmente innegociable y, con incluso los británicos enviando un nuevo portaaviones al mar de China Meridional, podría convertirse en un punto de fricción en los próximos meses.

Factores económicos

Antes de la pandemia, y con Estados Unidos apuntando a las exportaciones chinas, la dirección china introdujo políticas para fomentar el consumo interno. Para que esto funcionara, hacía falta que bajara la tasa de ahorro. De hecho, esta viene cayendo desde 2010, cuando según el Banco Mundial alcanzó su máximo, el 51 % del PIB, hasta algo menos del 44 % en 2019. La diferencia entre las tasas de ahorro de China y de Estados Unidos fue el factor determinante de su desequilibrio comercial mutuo.

China reconoce que debe dejar atrás un modelo económico basado en las exportaciones. Pero mientras Estados Unidos y otras economías basadas en el estado del bienestar acumulan déficits presupuestarios crecientes, China seguirá teniendo un superávit comercial en aumento. Aunque esto seguirá siendo un problema para los estadounidenses, sin los bienes importados de China la escasez de productos simplemente alimentaría precios más altos, que se sumarían a una expansión monetaria sin precedentes. Esta es la realidad que hay detrás de la guerra fría de los próximos años. Por desgracia, al ser muy keynesiana, es poco probable que la nueva administración Biden acepte el argumento de los déficits gemelos, y pensará que todavía puede imponer sus condiciones en el comercio sin recortar su propio gasto. Pero la figura 1 anterior mostraba que la deuda del gobierno estadounidense ya supera los 28 billones de dólares en relación con el PIB, y solo con los planes de infraestructuras y de transición ecológica de Biden probablemente aumentará de forma notable de aquí al final de este año fiscal.

La combinación de una demanda de los consumidores en aumento y un auge de las exportaciones a Estados Unidos da a China una ventana de expansión económica que solo disfrutan sus vecinos asiáticos. El contraste entre las perspectivas de China y las de Estados Unidos difícilmente podría ser mayor. Solo la economía ya aconseja con fuerza que Estados Unidos no persiga otro objetivo geopolítico que no sea el de retirarse discretamente.

Pero altos cargos estadounidenses siguen actuando como si los chinos debieran rendirse ante Estados Unidos, como quedó patente en las conversaciones de Alaska la semana pasada. Los chinos se mostraron firmes y habrán calculado que su posición es sólida. De nuevo Sun Tzu: «Por tanto, el combatiente inteligente impone su voluntad al enemigo, pero no permite que el enemigo le imponga la suya».

Conclusiones

La presidencia de Biden se enfrenta a retos importantes en la actual guerra fría, y es poco probable que Estados Unidos conserve su estatus hegemónico. Durante la presidencia de Trump, los intentos de frenar el comercio y el desarrollo tecnológico de China no tuvieron éxito y solo han animado a China y a Rusia a mantenerse firmes y a prescindir, en la medida de lo posible, de Estados Unidos y de su dólar.

Sus altos asesores son conscientes, o deberían serlo, de las trampas de la deuda y la inflación que acechan a EE. UU. y también a la UE. Tras las políticas de expansión monetaria acelerada de la Fed anunciadas el pasado marzo, China aumentó sus compras de materias primas y productos básicos, lo que en la práctica indica que las prefiere a la liquidez en dólares. Es probable que esta política se amplíe aún más, dadas las reservas de dólares y de deuda denominada en dólares que China ya posee. Su dilema no es solo el frágil estado de la economía estadounidense, sino también el de la UE, que, en un análisis desapasionado, es un Estado en fracaso tanto económico como político. China no querrá que se le culpe de desencadenar una serie de acontecimientos que hará que todo el mundo busque su olvidada copia de Camino de servidumbre de Hayek.

A medida que los acontecimientos sigan su curso, aumenta el riesgo de un colapso del dólar y de una crisis equivalente en el euro, aunque por motivos distintos. Para que se demuestre la teoría del heartland de Mackinder y para que la alianza de Rusia y China lo controle, tiene que producirse una megacrisis que afecte a los derrochadores impresores de dinero. Toda la historia y la teoría económica a priori confirman que va a ocurrir. El Plan B de la OCS será la continuación del Plan A, surgido del Grupo de los Cinco de Shanghái, y convertirá la Isla Mundial en una unidad autosuficiente que no dependa de la periferia, principalmente de los cinco ojos. En cuanto al dinero, deben abandonar las costumbres occidentales de las monedas estatales sin respaldo. Entre ambos tienen suficiente oro estatal, declarado y no declarado, para respaldar el yuan y el rublo. Si se da a estas dos monedas plena convertibilidad en oro, serán aceptadas en todas partes y sus antiguos enemigos de la guerra fría podrán comerciar para recuperar la prosperidad. EE. UU. tiene, o dice tener, oro suficiente para devolver un dólar en decadencia al patrón oro, pero, para que sea creíble, debe recortar drásticamente el gasto y sus ambiciones geopolíticas, y volver a equilibrar su presupuesto. Con suerte, así terminará la nueva guerra fría.




[1]Véase http://chinascope.org/archives/6458/76

 
 

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