La última batalla de los mercados libres

La precipitada carrera del gobierno británico hacia los mercados libres ha fracasado, y de forma estrepitosa. El establishment de Whitehall y Westminster ha vuelto y se ha realineado con el consenso gubernamental internacional. Los partidarios socialistas de la redistribución de la riqueza, los intervencionistas y los partidarios de permanecer en la UE contrarios al Brexit son ahora quienes definen la política del gobierno. En Reino Unido, los mercados libres han muerto. 

Los ciudadanos de otras naciones occidentales deberían tomar nota de lo ocurrido. La sustitución de Kwasi Kwarteng como Canciller del Exchequer por Jeremy Hunt, un hombre del establishment al que se considera una apuesta segura, garantizará previsiblemente que el Estado siga ejerciendo su autoridad sobre sus electores. El problema de fondo, que el electorado ya no puede permitirse a su gobierno, se pierde entre el ruido.

Debemos renunciar a toda esperanza de que se revierta unas políticas gubernamentales rapaces que despojan continuamente a los electores de su libertad y de su riqueza personal. Con una crisis financiera que se aproxima con rapidez y que ya se espera de forma generalizada, el gobierno del Reino Unido redoblará sus políticas contrarias al mercado y al dinero sólido. Cabe esperar más subvenciones de precios y más controles de precios, pagados, por supuesto, con aún más degradación de la moneda.

No se trata solo del Reino Unido. Todas las economías avanzadas se acercan al punto final de las políticas contrarias al mercado de sus gobiernos. El statu quo global ya solo puede ser desafiado por los mercados. La subida de los tipos de interés, impulsada por el hundimiento del poder adquisitivo de las principales monedas fiduciarias, está provocando ese desafío y desencadenando una crisis financiera y monetaria global. 

El destino de los mercados financieros ya empieza a ser evidente, con un descenso imparable del valor de los activos. La contracción de los mercados de derivados OTC está en sus primeras fases, un factor que el público en general desconoce, pero que tendrá enormes consecuencias. El crédito bancario al sector no financiero también está en la línea de fuego, lo que conducirá con certeza a una caída del PIB mundial. Y podemos estar seguros de que los responsables políticos de todas partes harán todo lo posible por rescatar el sistema en quiebra con nuevas rondas de expansión cuantitativa.

Bienvenido a un panorama dominado por los errores acumulados del establishment global, que van a golpearnos todos a la vez. ¿Y el regreso a los mercados libres? No antes de que haya pasado mucha agua política e intelectual bajo el puente.

Un obituario por los mercados libres     

Tras una larga enfermedad, el pasado viernes se anunció en Londres la muerte de los mercados libres. La libertad de mercado venía siendo reprimida cada vez más desde la Primera Guerra Mundial. En su estado comatoso, el último hilo de vida se extinguió con el cese del Canciller del Exchequer británico, Kwasi Kwarteng, y la reversión de unas políticas mal ejecutadas que pretendían liberar la economía británica del creciente control estatal. Es posible que también destituyan a la Primera Ministra, quizá incluso antes de que se seque la tinta de este artículo.

No hay duda sobre el destino de este último intento de volver a los mercados libres. Lo mató el «blob», un término apropiado para designar al amorfo establishment de Westminster (los políticos) y Whitehall (la administración pública) que trató de impedir el Brexit. Lo más llamativo fue la actitud colectiva del Partido Conservador en el Parlamento, que ahora queda expuesto como plenamente socialista al apoyar la redistribución fiscal de quienes tienen y sus empresas hacia quienes no tienen, y totalmente intervencionista en sus políticas contrarias al mercado. El legado de Margaret Thatcher quedó atrás hace mucho.

Que Liz Truss sobreviva o no a este golpe es ya irrelevante para el rumbo del gobierno. El «blob» preferiría deshacerse de ella para poder perseguir sin trabas su agenda de mayor control estatal sobre la población, mayor integración con los gobiernos europeos e incluso una reversión del Brexit. Salvo que ocurra algo inesperado, solo falta enterrar definitivamente la libertad individual.

Este triste desenlace basta para convertir en anarquistas a los libertarios frustrados, que desean el colapso de todo el podrido sistema, cuanto antes mejor. Por suerte o por desgracia, el avance del control estatista y la supresión de los mercados libres casi ha llegado a su límite. Una crisis financiera de proporciones gigantescas acecha entre bambalinas y, en opinión de este analista, tiene bastantes posibilidades de eliminar por completo los ingresos de todos los estados rapaces al hundir sus monedas fiduciarias. Pues con su autoritarismo han generado una ignorancia económica y catalláctica que sin duda los llevará a su destrucción.

Como dijo Ludwig von Mises en un ensayo titulado Una crítica del intervencionismo escrito en 1930, 

«Solo los inflacionistas ingenuos podrían creer que el gobierno puede enriquecer a la humanidad mediante dinero fiduciario. El gobierno no puede crear nada; sus órdenes ni siquiera pueden expulsar nada del mundo de la realidad, pero sí pueden expulsar del mundo de lo permitido. El gobierno no puede hacer al hombre más rico, pero sí puede hacerlo más pobre.»

Además de su atenta dedicación a la teoría económica válida, la autoridad de la tesis de Mises procedía de su experiencia en los años de posguerra, cuando presenció de primera mano la economía y la política de la hiperinflación austriaca, seguida de cerca por la alemana. En el siglo transcurrido desde entonces hemos olvidado la lección. Al parecer, también lo han hecho los pueblos austriaco y alemán, cuyos antepasados sufrieron la destrucción catastrófica de su riqueza. Es más, es casi seguro que, cuando el colapso de la moneda sea un hecho, ignoraremos las consecuencias posteriores tan vívidamente descritas en Camino de servidumbre, de Hayek. Esa obra relató los probables acontecimientos políticos que siguen al empobrecimiento de las masas por parte de un gobierno mediante la inflación.

Pero solo podemos considerar una cosa a la vez. Nacido de la ignorancia estatista y la arrogancia intelectual, el desprecio actual de los gobiernos por los derechos y las libertades individuales de sus pueblos es responsable de la crisis económica y catalláctica que tenemos ante nosotros. Nuestros líderes políticos, que ocultan su ataque coordinado contra la libertad de todos, empiezan a darse cuenta de que su mandato termina en crisis. Como las de un coche al que le han fallado de repente los frenos mientras baja a toda velocidad por una cuesta, las palancas del poder ya no funcionan.

Cada vez se habla más de organizar un reinicio. Se espera que el actual sistema en quiebra sea sustituido por otro que permita a las clases políticas y burocráticas conservar su poder y su control. En su nuevo reinicio incluso planean quitar a los bancos comerciales el control total del crédito bancario mediante la introducción de monedas digitales de banco central. Dicen que una CBDC se usará para controlar y dirigir nuestro gasto con vistas a un mayor efecto económico. Quienes gocen del favor de las autoridades recibirán más crédito estatal, mientras que a quienes no lo gocen, como los sospechosos de evasión fiscal, se les negará. Algunos dicen que nos implantarán chips como a los perros y nos rastrearán por nuestros actos. Si esto parece exagerado, estos planes encuentran eco en el Foro Económico Mundial, uno de cuyos acólitos nos dijo que no tendremos nada y seremos felices. 

Debemos descartar estas fantasías utópicas de políticos intervencionistas socializantes que buscan saltar del barco de su actual sistema fallido. Carecen del atractivo ideológico del marxismo, necesario para persuadir a la intelectualidad y a las clases medias. Nunca superarán el nacionalismo, nunca lograrán que sus sufridas poblaciones los apoyen. En cambio, solo inspiran teorías conspirativas. 

El sistema político actual mezcla intenciones socialistas con políticas intervencionistas. Pero como políticas se distinguen claramente. El socialismo busca lograr sus fines tomando el mando de los factores de producción: eso era lo que pretendía Marx. Pero los gobiernos occidentales no tienen actualmente la intención de nacionalizar grandes sectores de la industria. Lo que desean es regularlos, dejando la propiedad en manos privadas. Es el intervencionismo lo que ha acabado con los mercados libres.

El largo camino hacia el fracaso final

Sobre todo desde los confinamientos por la covid, se ha puesto de moda que los políticos nos digan que «sigamos la ciencia». Pero ¿y si la ciencia es errónea? ¿Y si los políticos han elegido una teoría que les conviene, en lugar de haber considerado debidamente su validez? Esto es lo que ha ocurrido en el campo de la economía, empezando por las políticas intervencionistas.

La historia de estos errores es tan larga como la existencia de las clases gobernantes. En su forma moderna comenzó en Estados Unidos en la década de 1920, cuando la Fed empezó a gestionar el crédito, lo que culminó en el desastroso auge y caída de 1927—1932. Mientras la Fed manipulaba el crédito, Herbert Hoover, como secretario de Comercio, intentaba manipular la economía. Se convirtió en el primer presidente verdaderamente intervencionista, tras suceder al laissez-faire de Calvin Coolidge. En 1928, se atribuye a Coolidge haber dicho de Hoover: «Ese hombre me ha ofrecido consejos no solicitados durante los últimos seis años, todos ellos malos».

Las políticas intervencionistas de Hoover fueron tan malas que fue desalojado del cargo en 1932 por una victoria aplastante de Franklin Roosevelt, quien se limitó a redoblar la intervención económica de Hoover. La depresión se prolongó porque se obstaculizó el proceso de destrucción creativa, la redistribución del capital hacia usos más productivos. Y ello a pesar de una devaluación del dólar del 40 % en 1934, que, al contrarrestar la caída de los precios, pretendía ser un estímulo protokeynesiano.

Si se contempla la situación económica desde un punto de vista estatista, la evidencia era que, pese a accionar todas las palancas del poder, la depresión continuaba. En ese momento, si no antes, los políticos recurren a los asesores. Naturalmente, como político eliges asesores que comparten tu premisa básica de intervencionismo. Y si intervienes, necesitas poder medir los resultados. Así nació la econometría durante la depresión de los años treinta, que pretendía medir lo que no se puede medir. Solo hacía falta entonces un argumento económico creíble, y lo proporcionó Keynes.

Hijo de un profesor universitario de Cambridge, John Maynard Keynes fue un autor reconocido en el ámbito de la economía. Formaba parte del elegante círculo de Bloomsbury y desarrolló una exitosa carrera en el Tesoro británico como uno de sus principales asesores económicos. Pero su disciplina intelectual era la matemática. Siendo matemático y estando en el corazón del establishment, es comprensible que buscara una nueva forma, basada en las matemáticas, de promover el papel del Estado en los asuntos económicos. La tarea que se impuso fue derribar la razón de ser y la supremacía de los mercados libres, sustituyendo la teoría de la división del trabajo recogida en la ley de Say. Así se creó la macroeconomía, que de algún modo se elevaría por encima de los mezquinos prejuicios de ahorradores y empresarios. De eso trataba su Teoría general, publicada en 1936.

Como han demostrado los acontecimientos, la nueva ciencia macroeconómica de base matemática de Keynes tenía graves defectos. Con la autorización de Keynes, los gobiernos accionan sus nuevas palancas de poder económico para lograr beneficios a corto plazo, lo que acaba provocando crisis a medio y largo plazo. No importa: con los gobiernos al mando de la educación, la nueva economía keynesiana, matemática, se promovió con exclusión de la clásica, que pocos economistas formados en el sistema estatal consideran hoy relevante.

El error está en considerar la economía una ciencia natural, sujeta a las leyes de las matemáticas, y no una ciencia humana con raíces en la psicología. Y cada vez que los mercados cuestionan este error, la respuesta estatista es imponer más restricciones a las personas. En política monetaria, la primera etapa fue la retirada gradual y, finalmente, total del dinero del pueblo, legalmente el oro, de cualquier papel en la moneda y el crédito controlados por el Estado. Esto permitió un alejamiento gradual y luego acelerado de las políticas monetarias sólidas, cuando los presupuestos públicos se financiaban íntegramente con impuestos, hacia una parte cada vez mayor (y cada vez más rápida) de las finanzas del Estado financiada mediante inflación monetaria. Y no se trata solo del gasto interno: también está la financiación de costosas aventuras militares en el extranjero. Pero mediante una combinación de reasignación de ingresos fiscales recaudados nominalmente para otras prioridades y de financiación por medios inflacionarios, se pueden llevar a cabo políticas exteriores que los contribuyentes no permitirían en una democracia verdadera.

El «blob», el establishment que controla los gobiernos, impone ahora su autoridad mediante el miedo a las consecuencias de apartarse de su pensamiento de grupo. El control de este «blob» amorfo se extiende a la cooperación internacional con organizaciones estatistas similares. Las reuniones del G20 son el súmmum de la sincronización del pensamiento de grupo: las reuniones entre líderes, así como las reuniones subsidiarias entre ministros de Finanzas y banqueros centrales, coordinan en el escenario mundial un control estatal acordado de común acuerdo. Cualquier líder que no siga el guion recibe condena. 

Este fue el destino de Liz Truss y de su entonces canciller, Kwasi Kwarteng. El FMI denunció enseguida su apuesta por los mercados libres y su inclinación por las políticas hayekianas. Joe Biden se mostró desdeñoso, rompiendo el tabú de no opinar sobre las políticas económicas de otro país. El arzobispo de Canterbury intervino con su visión del establishment. Y de pronto vemos que la mayoría de los diputados conservadores, temiendo perder sus escaños, han rechazado de forma abrumadora este intento de volver a los mercados libres.

Podemos señalar que la libertad no es colectiva, sino personal. Toda libertad es libertad individual, como dijo una vez el presidente Coolidge. Pero hoy esta verdad evidente está profundamente enterrada. La realidad política es que nos hemos adentrado demasiado en la madriguera del intervencionismo como para volver atrás sin afrontar graves consecuencias económicas. Los deseos estatistas de dominar los mercados libres han llevado a creencias interesadas, a un error sobre error (un «pig-on-pork»), y a esfuerzos cada vez más intensos por mantener el control. No es solo Gran Bretaña: es toda nación occidental la que avanza por un camino común que conduce inexorablemente hacia una versión financiera de la destrucción mutua asegurada.

La vuelta al statu quo anterior

El nuevo canciller del Exchequer, Jeremy Hunt, nombrado a toda prisa, ha revertido casi todas las propuestas de recorte fiscal de Kwarteng. Su cláusula de salida fue tranquilizar a los mercados. Y, en efecto, los rendimientos de los gilts cayeron con fuerza al principio y la libra se recuperó. Al menos a muy corto plazo, se estimó que esto había ahorrado al gobierno 20.000 millones de libras en costes de intereses, suponiendo que se mantenga la caída inicial del 0,4 % en el rendimiento del gilt a 10 años.

Esto no es tanto una prueba de que los mercados tengan razón, sino que simplemente confirma que el mundo de la inversión está dominado por agentes keynesianos que ven el riesgo en ese contexto. Pero no pueden ignorar una nueva tendencia de tipos de interés al alza y de retirada del crédito de la banca comercial, que empuja a los activos financieros hacia un mercado bajista irresoluble. Los inversores en bonos temen ahora intensamente cualquier cosa que altere sus halagüeñas suposiciones: de ahí su reacción de pánico ante el presupuesto de Kwarteng y su alivio ante su reversión por parte de Hunt.

Dejando a un lado estos sentimientos a corto plazo, lo que hace Hunt es volver al statu quo anterior: la deriva continua hacia una mayor carga fiscal y un gasto público cada vez más elevado como proporción del conjunto de la economía. En sus promesas a los diputados hemos oído declaraciones similares de anteriores cancilleres una y otra vez: 

«Somos un país que financia sus promesas y paga sus deudas y, cuando eso se cuestiona, como ha ocurrido, este Gobierno tomará las difíciles decisiones necesarias para garantizar que haya confianza en nuestras finanzas nacionales. Eso significa decisiones de una dificultad asombrosa».

Es una sarta de tonterías sin sentido. Conviene señalar que «financiar nuestras promesas y pagar nuestras deudas» se consigue degradando la moneda. Y el uso de «difícil» como adjetivo se ha convertido en un cliché que todos los ministros del Gobierno emplean repetidamente, privando a la palabra de su significado. 

A la declaración de Hunt le siguió un comunicado del Tesoro en el que se anunciaba que se ordenaría a todos los ministerios encontrar ahorros en su gasto, y que sanidad y defensa no quedarían exentas. ¿Cuándo no hemos oído eso antes? Hunt anunció además la creación de un nuevo consejo asesor económico formado por economistas independientes. Podemos estar seguros de que, si algún miembro nombrado no es keynesiano (un monetarista, por ejemplo), estará condenado a quedar en minoría, lo que hará irrelevantes sus discrepancias. Podemos tener la certeza de que en el Tesoro, en línea con el Banco de Inglaterra, prevalecerá un pensamiento de grupo keynesiano común.

Estas son las acciones de un supuesto hombre del sistema competente, un partidario de permanecer en la UE que pidió un segundo referéndum para revertir el Brexit. Como supuesta persona de confianza, seguro que se entiende bien con el otro nombrado como persona de confianza, Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra. Entre los dos, es probable que garanticen que la visión del sistema prevalezca sin que nadie la cuestione, y que cualquier deriva hacia los mercados libres se frene estrictamente.

El contexto económico del giro de Hunt escapa al control de cualquier gobierno, porque, impulsado por la subida de los precios y de los tipos de interés, el crédito bancario se está contrayendo a escala mundial y seguirá socavando no solo el valor de los activos financieros, sino también los préstamos bancarios a agentes no financieros. 

La reversión de la política de Hunt es cortoplacismo, un realineamiento con las políticas económicas y monetarias de otros gobiernos de Europa y Norteamérica. El estrangulamiento de la actividad del sector privado seguirá intensificándose. Gran Bretaña está condenada a hundirse, junto con sus homólogos internacionales, en una depresión financiera, una caída total de la producción, niveles de desempleo propios de una depresión y, si prevalece el imperativo político de evitar todo esto mediante financiación inflacionaria, la destrucción final de la moneda.

Puede que no hubiera sido muy distinto si el presupuesto de Kwarteng se hubiera mantenido. Pero al menos merecía la pena intentarlo.

La subida de los tipos de interés hará colapsar al sistema

Mientras los tipos de interés estuvieron en descenso a largo plazo, las consecuencias del creciente dominio del Estado parecían inofensivas. Dicho sin rodeos, mientras la caída de los tipos hacía subir cada vez más el valor de los activos financieros, la comunidad inversora mundial hizo gustosamente la vista gorda ante las inevitables consecuencias de la macroeconomía keynesiana. Los inversores se conformaban con comprar deuda pública sabiendo que la política monetaria respaldaba su valor.

Ahora que las consecuencias inflacionistas han llegado por fin, en forma de precios de consumo y de producción que se disparan, el hechizo de los tipos de interés cero y negativos se ha roto, y los inversores se enfrentan a pérdidas crecientes y a una generalizada pérdida de confianza en el futuro.

Los bancos entran en una fase de subida de tipos y caída del valor de los activos con balances excesivamente apalancados. Los consejeros de los bancos tienen el deber de proteger a sus accionistas de estas nuevas circunstancias. Han empezado a hacerlo reduciendo su exposición a activos financieros, en particular bonos y obligaciones de préstamos garantizados (CLO). También han reducido su exposición a las cuentas de margen que los especuladores utilizan para apalancar sus ganancias.

Empezamos a ver cómo se reduce la actividad en la montaña de 600 billones de dólares de derivados OTC. Bancos en dificultades, como Credit Suisse, están eliminando mesas de negociación y, como parte de su reestructuración, se dice que busca vender su unidad de productos estructurados.[i] Aunque se encuentra en sus primeras fases, la retirada de la oferta de papel OTC tendrá efectos profundos en los mercados y las materias primas. Los participantes del mercado tendrán que adaptarse a otras estrategias de cobertura del riesgo. Y la retirada de la oferta de papel de energía y materias primas desviará la demanda hacia las existencias físicas, lo que elevará aún más los precios. El incumplimiento de las llamadas de margen se convertirá en un problema grave. 

Hasta ahora, las empresas no financieras, la economía real (Main Street) frente a Wall Street, han comprobado por lo general que sus banqueros se muestran reacios a conceder préstamos y líneas de descubierto. Pero los bancos están tan apalancados, sobre todo en Europa, Japón y Reino Unido, que la contracción del crédito bancario acabará por minar sus PIB. Es inevitable que les sigan otras redes de banca comercial menos apalancadas. 

El PIB se contrae porque el crédito bancario comercial, en forma de depósitos de clientes, liquida casi todos los pagos de las transacciones registradas en el PIB, con la excepción de una proporción relativamente pequeña de pagos liquidados en billetes, que a nuestros efectos puede ignorarse. Cuando el crédito bancario empleado en el PIB se contrae, el propio PIB también se contrae. Es la contracción del crédito bancario lo que provoca la caída del PIB, no una reticencia de los agentes económicos a actuar. Sean cuales sean las políticas económicas y monetarias, la contracción del crédito bancario se manifiesta en una recesión profunda. Se convierte en un hecho que se cumple a sí mismo, con unos banqueros que actúan cada vez más como un grupo. 

La subida inicial de los tipos de interés que se está produciendo ahora deja al descubierto las malas inversiones, y la información comercial de los banqueros les advierte de que las condiciones de concesión de préstamos se deterioran. Por tanto, se sienten aún más desanimados a conceder financiación y tratarán de liquidar los préstamos a las empresas en general. Lo que empieza como una política prudente de contención del riesgo degenera rápidamente en un pánico de los banqueros, impulsado por el temor a perder todo el capital de los accionistas. Y cuanto mayor es el apalancamiento del balance, mayor es el miedo.

Ante una rápida contracción del crédito bancario, es seguro que las élites del poder de todo el mundo coordinarán sus acciones para intentar salvar los valores de mercado y compensar la contracción del PIB. Con un alto grado de confianza, podemos prever que reintroducirán la expansión cuantitativa, ofrecerán garantías de préstamos a los bancos, rescatarán a los bancos en quiebra y redoblarán la apuesta por mantener bajos los tipos de interés. Ya están gestionando los precios y subvencionando la producción en el sector energético, y es probable que esas medidas se extiendan a otros productos de consumo. Incluso podrían intentar reprimir la tenencia de oro. En resumen, harán lo que haga falta para que sobreviva el statu quo financiero y no financiero.

Las élites gubernamentales necesitan tomar estas medidas para sobrevivir. El factor común de estas políticas será una depreciación acelerada de las monedas fiduciarias emitidas por los gobiernos. Es una tendencia que ya se aprecia. La libra esterlina, el euro, el yen y el yuan chino se están deslizando frente al dólar, la moneda de reserva mundial. 

Pero la fortaleza del dólar es una ilusión, porque su depreciación también está en marcha. La intención de la Fed de aplicar un endurecimiento cuantitativo será abandonada en breve: al fin y al cabo, estas no son precisamente las condiciones para que contraiga el crédito. En cambio, junto con los demás grandes bancos centrales, la Fed tratará de sustituir el crédito bancario comercial en contracción por un crédito bancario central en expansión y de dar apoyo a los mercados de bonos en caída libre. Y cuando los observadores vean que la Fed coordina sus políticas con los demás bancos centrales, su condición de refugio seguro como moneda de reserva mundial quedará al descubierto tal como es: una moneda fiduciaria más que se enfrenta a una inflación infinita.

Después del apocalipsis monetario

Tras el colapso de las monedas fiduciarias, ¿resurgirá el liberalismo libertario de su tumba? La política sugiere que es poco probable, pero hay resultados positivos. Aunque una moneda pierda casi toda su utilidad como medio de pago, seguirá siendo útil como mecanismo para distribuir su sustituta. Vincularla, aunque sea de forma tenue, al dinero legal, que hoy es únicamente el oro físico, cabe esperar que estabilice la situación. Las políticas económicas y monetarias posteriores determinarán entonces si una moneda sustituta perdurará.

El pensamiento de grupo global que actualmente coordina e impulsa las políticas económicas y monetarias no sobrevivirá a un colapso de las divisas. Tampoco lo harán, cabe decir, las creencias económicas keynesianas que nos han llevado a este desastre. La evidencia de la Francia del siglo XVIII, que vivió el colapso de la livre de John Law en 1720, es que su protokeynesianismo quedó desacreditado. Y no fue hasta la Revolución francesa de 1789 cuando el nuevo gobierno revolucionario, pese a las dudas generalizadas en el Parlamento francés, recurrió a la emisión de assignats para afrontar la inminente bancarrota del Estado revolucionario. Muy pronto dejaron de tener valor.

Como se demostró tanto en Alemania en 1923 como en Hong Kong tras el colapso del yen militar japonés, el único uso de una divisa desacreditada es facilitar la distribución pública de su sustituta. Hablando a ojo, podríamos ver un millón de unidades de moneda fiduciaria refijadas a una onza de oro. Si recordamos que, jurídicamente, el oro es dinero y la divisa no es más que crédito, la tarea consiste en convertir una divisa en un sustituto de dinero sólido. Pero es probable que eso solo ocurra como último recurso, cuando las autoridades monetarias no tengan otra opción.

Al principio, el público querrá que cualquier plan tenga éxito. El 15 de noviembre de 1923, la combinación de una equivalencia nominal de un billón de reichsmarks alemanes por un rentenmark, respaldada por la promesa de que la cantidad de rentenmarks sería estrictamente limitada, bastó para estabilizar la situación monetaria. Pero no hay garantía de que hoy funcionen los intentos estatistas de restablecer la confianza en la divisa. Una diferencia clave con la Alemania de 1923 es el nivel de compromisos estatales obligatorios de redistribución de la riqueza e intervención. Cualquier gobierno que quiera que un nuevo régimen monetario se mantenga tendrá que abolirlos.

En lugar de eso, los inflacionistas podrían verse tentados a limitarse a quitar ceros a la divisa, como hizo Turquía en enero de 2005 al sustituir un millón de liras antiguas por una lira nueva. En aquel momento, Turquía todavía podía obtener fondos en divisas extranjeras a pesar de la caída de la suya. Pero la situación monetaria de Turquía era totalmente distinta de la que afrontamos ahora, en la que todas las grandes divisas occidentales se enfrentan a un colapso coordinado por el pensamiento de grupo. 

Conviene señalar dos cosas sobre un reinicio monetario global. La primera es que, pese a la creencia actual de que será una función del gobierno, lo provocarán los mercados, que reflejan las acciones de la gente corriente. Por tanto, el abuso de las divisas por parte de los gobiernos será rechazado con firmeza. La segunda es que hay que admitir que algunas naciones lograrán estabilizar sus divisas mejor que otras. Y algunos países recurrirán a un nacionalismo intenso, una reacción instintiva descrita por Hayek en Camino de servidumbre. 

Al destruir la capacidad de las naciones para financiar guerras por medios inflacionistas, quizá Estados Unidos y otros cambien sus políticas exteriores y dejen de entrometerse en asuntos que no les incumben. Por encima de todo, las divisas fiduciarias facilitan las guerras. Sin descartar la advertencia de Hayek, en conjunto cabe esperar que la desaparición de las divisas fiduciarias contribuya a un mundo más pacífico. 

Y en cuanto a que los mercados libres resurjan como el ave fénix de las cenizas de la destrucción de las divisas fiduciarias, eso no se puede dar por sentado. Es demasiado pronto para plantearse una resurrección de la economía práctica, del dinero sólido o del progreso económico basado en mercados libres.

 

 

 


 


[i] Véase https://www.zerohedge.com/markets/credit-suisse-reportedly-readying-capital-raise-restructuring-announcement-looms

 

 

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