Imagino que muchos clientes de GoldMoney leen abundantes comentarios sobre el oro y la economía y se topan con la ley de Say. Su importancia puede no resultar evidente a primera vista.
Jean-Baptiste Say era un empresario y economista francés de poco más de veinte años cuando se asaltó la Bastilla y estalló la Revolución francesa. Aunque lo que recordamos de las lecciones de historia son los terrores desatados por la revolución, es menos conocido el aprieto financiero que atravesaba Francia en los años previos a aquel año fatídico: una combinación de elevada deuda pública y un gran déficit financiero. En los años siguientes, Francia sufrió un inevitable colapso de su moneda.
En ese contexto, Say concluyó que, para entender el comercio, había que prescindir del dinero, porque las personas fabrican productos para adquirir otros productos, o «los productos se pagan con productos». Y también escribió: «El dinero desempeña solo una función momentánea en este doble intercambio; y cuando la transacción se cierra por fin, siempre se descubrirá que un tipo de mercancía se ha cambiado por otro».
Esto fue sabiduría convencional hasta la depresión de los años 30, cuando Keynes cuestionó la proposición de que «la oferta crea su propia demanda». Keynes lo descartó alegando que la Ley de Say «equivale a la proposición de que no existe ningún obstáculo para el pleno empleo» (Teoría general). Recuerda que esto se escribió tras el desempleo masivo que se vivió en la Gran Depresión. Keynes siguió escribiendo que el consumo dependía de «las características psicológicas de la comunidad, que llamaremos la propensión al consumo». En otras palabras, la actividad económica depende de los espíritus animales.
Aquí se ve enseguida un conflicto: Say, que observó una economía funcionando con dinero y sin él, sabía que sin dinero la vida continuaba, aunque la ausencia de un dinero fiable resultara incómoda. Para él, el dinero era solo un facilitador de las transacciones. Para Keynes, el dinero era importante porque da a los gobiernos un medio para estimular la demanda. La Ley de Say es la esencia de los mercados libres, mientras que el keynesianismo es la base de la intervención del gobierno.
La experiencia de los últimos cinco años, con enormes déficits presupuestarios y tipos de interés cero, ha demostrado que el enfoque keynesiano ha fracasado: nadie puede afirmar que los intentos de reavivar nuestros espíritus animales hayan tenido éxito. Y basta pensarlo un momento para ver lo ilógico de estimular la demanda de los consumidores e ignorar la producción.
Por desgracia, todo este gasto en espíritus animales intangibles se viene produciendo desde los años 30 y ha dado lugar a una carga de deuda asfixiante, tanto para los gobiernos como para sus sectores privados. En cambio, cada vez se ve más la inflación del dinero y del crédito bancario como el medio para aplazar un ajuste de deudas que solo puede desembocar en quiebras generalizadas. Al seguir políticas económicas que ignoraron la verdad de la Ley de Say, muchos gobiernos se han metido a sí mismos y a sus ciudadanos en una trampa de deuda de la que no se ve salida.
La Ley de Say volverá a ponerse a prueba si el valor de las divisas cae, como reflejo de las políticas monetarias de los últimos cinco años. Al fin y al cabo, Say hizo su observación tras vivir la hiperinflación del mandat francés en 1796. Pero si la Ley de Say sigue siendo válida, al menos podemos consolarnos pensando que hay vida económica después de la muerte monetaria.