La relación entre el dinero y los precios

La teoría cuantitativa del dinero y su ecuación de cambio, que la acompaña, se aceptan en general como la definición de la relación entre el dinero y los precios.

La ecuación se ha expresado de varias maneras, siempre con la «velocidad de circulación», una variable imprescindible para que la ecuación cuadre.

Pocos discrepan de la premisa sencilla de que un aumento de la cantidad de dinero tiende a elevar los precios; el error está en intentar vincular esa relación de forma matemática, porque pasa por encima de lo que ocurre en realidad. No todos los precios suben al mismo tiempo, ni lo hacen de manera uniforme. Además, la ecuación de cambio no puede distinguir entre las variaciones de precios que proceden de la demanda de bienes y las que proceden de cambios en la preferencia por el dinero, dos efectos que pueden producir resultados muy distintos. Estas incógnitas quedan, en la práctica, englobadas en ese cajón de sastre que es la velocidad de circulación.

La teoría apriorística nos indica dónde está el error. Las personas eligen cómo repartir sus ingresos entre el consumo actual y el ahorro para el futuro. Lo máximo que pueden hacer sin endeudarse es gastar sus ingresos una sola vez. En la práctica, la mayor parte de los ingresos se destina al consumo, pero una parte se aparta para el ahorro, y ese ahorro se presta, a través de intermediarios financieros, a empresas para invertir. El ahorro acaba gastándose en bienes de capital y en capital circulante, en lugar de en consumo inmediato, pero se gasta igualmente.

Si aumenta la cantidad de dinero, lo gastan quienes lo reciben primero, pero se aplica la misma regla: solo pueden gastarlo una vez. El modo en que se gaste ese aumento determina qué precios tenderán a subir. Además, la demanda de bienes puede cambiar a medida que varían la cantidad de moneda y el crédito bancario, y los consumidores también pueden modificar su preferencia por el dinero acumulando o desacumulando solo cantidades marginales de efectivo. Son estos factores los que rigen la relación entre el dinero y los precios. Por tanto, el número de veces que una unidad de cuenta circula durante un periodo dado es una pista falsa.

Las falacias que sustentan la ecuación de cambio quedan más al descubierto en el caso de una moneda fiduciaria, que, a diferencia del oro, carece por completo de valor intrínseco. Lo que permite comprar depende de su aceptación interna como sustituto del dinero entre quienes la usan en sus transacciones, y de su valor externo en los mercados de divisas, fijado por quienes no la usan. Su poder adquisitivo se reduce a una cuestión de confianza y nada más; por eso la velocidad carece de sentido.

Pensemos en la drástica caída del poder adquisitivo de la corona islandesa en octubre de 2008. Según la ecuación de cambio, el fuerte aumento de los precios internos que siguió tendría que ser resultado de una expansión de la cantidad de dinero o de una aceleración de la velocidad de circulación, o de ambas. Lo que ocurrió en realidad fue simplemente un desplome del poder adquisitivo de la corona que se originó en los mercados y que no tuvo nada que ver con ninguna ecuación monetaria.

La velocidad es un invento de los economistas para cuadrar una ecuación sacada de su propia imaginación, en lugar de entender que el poder adquisitivo de las monedas fiduciarias actuales depende únicamente de la confianza que se deposita en ellas. Y, como no tienen valor intrínseco, la propia teoría cuantitativa es una explicación del todo inadecuada de la relación entre el dinero fiduciario y los precios.

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