La psicología del consenso sistémico

Todos conocemos bien cómo las posturas establecidas rechazan el cambio. No tiene nada que ver con los hechos. La mentalidad de las autoridades suele estar completamente cerrada a cualquier razonamiento en los grandes asuntos. Para entender por qué, debemos comprender la psicología de masas que hay detrás del consenso sistémico. Es el motor lejano que mueve el generador que produce la electricidad que nos empuja a desastres repetitivos pese a las pruebas previas de que eran evitables, e incluso alimenta la locura de la corrección política.

Olvida el argumento y fíjate en la psicología

Un prejuicio humano poco examinado es el motivo por el que las élites dirigentes se aferran con frecuencia a sus convicciones mientras rechazan un debate razonable. Quien cuestiona la sinrazón del sistema se arriesga a que sus motivos sean difamados y atacados personalmente. Hay muchos ámbitos de gobierno en los que esto se comprueba claramente.

Con demasiada frecuencia, el liderazgo se basa en creencias dominantes, con la mente totalmente cerrada a cualquier prueba de que pueda estar equivocado. Incluso Galileo fue obligado por la Inquisición en 1633 a retractarse de su evidencia científica de que la Tierra giraba alrededor del Sol, una proposición perfectamente razonable y lógica, aunque novedosa, para una mente independiente. Pero hasta 1992 el Vaticano no le perdonó haber tenido razón.

Habían pasado 359 años, y mucho después de que a Galileo ya le importara. Por fortuna, cuando la postura establecida se aparta de los hechos, rara vez sobrevive tanto tiempo. El socialismo, la economía, el cambio climático y el Brexit muestran las mismas opiniones inmóviles, aisladas de contradicciones incómodas. Esto no quiere decir que el sistema deba ser sentencioso. El gobierno democrático, en el mejor de los casos, intenta mantenerse neutral y reflejar un equilibrio de opiniones. Pero hay momentos en que pierde de vista el terreno firme y acaba subvertido por la psicología de sus propias creencias asentadas pero infundadas.

El debate sobre el Brexit es un ejemplo clásico de psicología por encima de la razón: pocos partidarios de permanecer o de salir han cambiado de opinión desde el referéndum de 2016. Los partidarios de permanecer con más influencia son, en general, quienes han trabajado en el gobierno durante los cuarenta y cinco años en que Gran Bretaña ha ido transfiriendo cada vez más poder político a Bruselas. Otros creen con vehemencia que formar parte de una unidad económica mayor es más seguro que exponerse a los mercados libres. También hay quienes creen que el Brexit afectará directamente a sus vidas y temen la incertidumbre. Sean cuales sean sus razones, su instinto subconsciente es buscar protección en un establishment tutelar en lugar de arriesgarse con una propuesta de base comercial.

El propósito de este artículo no es debatir el Brexit ni ninguna otra política gubernamental, sino explicar la psicología del consenso sistémico. El Brexit es solo un ejemplo de un fenómeno más amplio y sirve como caso de actualidad. Este artículo amplía el alcance del trabajo de Pierre Desrochers y Joanna Szurmak, ambos de la Universidad de Toronto, que examinaron el vínculo de largo recorrido entre las teorías de la superpoblación y el cambio climático.[i] Sostengo que su tesis también es aplicable a otros casos de debate humano en los que los factores psicológicos inhiben la razón. El Brexit será nuestro caso de estudio, por ser de actualidad, pero haré referencia a otros ejemplos cuando proceda.

Las propuestas del Brexit

Hay dos proposiciones principales en las que los partidarios del Brexit basan su argumento. La primera es la pérdida de la soberanía británica, con lo que se refieren al derecho del electorado británico a decidir su futuro colectivo. Tradicionalmente, esto ha sido competencia de la democracia parlamentaria de Gran Bretaña: un Parlamento elegido promulga toda la legislación, que luego los tribunales aplican mediante el derecho penal y civil. Estos derechos democráticos establecidos se han ido transfiriendo cada vez más a un ejecutivo no elegido en Bruselas. Es cierto que existe un Parlamento Europeo al que el electorado británico envía representantes, pero no puede iniciar legislación ni, a efectos prácticos, ejercer control sobre el ejecutivo. El remoto ejecutivo de Bruselas también está por encima de los parlamentos nacionales e impone normas que deben incorporarse a las leyes nacionales. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea es el tribunal supremo y anula a los sistemas jurídicos nacionales.

Estar en la UE supone para el electorado británico la pérdida de la rendición democrática de cuentas. Los partidarios del Brexit dicen que es sencillamente un hecho. Salir de la UE y volver a la plena rendición de cuentas parlamentaria sería regresar a una democracia de larga tradición, que casi todo el mundo considera la mejor forma de gobierno.

Se podría decir que la segunda cuestión importante es la menor de las dos: si las perspectivas económicas de Gran Bretaña son mejores dentro del área aduanera de la Unión Europea o fuera de ella. La evidencia empírica es que Gran Bretaña tuvo un éxito espectacular en el siglo XIX al eliminar todas las barreras comerciales y los aranceles y no tener acuerdos comerciales, y que debió su posición global anterior a la Primera Guerra Mundial casi por completo al comercio sin restricciones. Los partidarios del Brexit afirman que la economía respalda lo empírico: el comercio de bienes con la UE representa solo el 8 % del PIB británico y disminuye en relación con el comercio de bienes con el resto del mundo.

Resulta interesante que los economistas del Gobierno y quienes los apoyan no abordan del todo la cuestión económica, y que solo el European Research Group (ERG), partidario del Brexit, plantea seriamente el argumento económico. No parece deberse al enfoque de los medios. Más bien, el establishment económico perdió credibilidad a pie de calle al pronosticar un hundimiento económico en caso de Brexit. Estaba claro que el Tesoro británico, el Banco de Inglaterra y el FMI fijaron los datos de entrada de sus modelos económicos de modo que un resultado del referéndum favorable al Brexit fuera desastroso. En cambio, la inversión extranjera ha aumentado, desmintiendo las predicciones de que las empresas europeas y extranjeras se marcharían. La economía del Reino Unido está ahora en pleno auge, a pesar de la incertidumbre sobre las negociaciones del Brexit.

En contraste con la crítica constructiva del ERG, los partidarios de permanecer han recurrido continuamente a tácticas de miedo, como afirmar que Calais cerrará a los barcos de Dover (lo han negado las autoridades portuarias de Calais). Dicen que se verán amenazados todos los vuelos del Reino Unido a la UE y los que atraviesen territorio de la UE (algo ridículo, pues va contra el derecho aeronáutico internacional, y además el control de tráfico aéreo británico ya controla los vuelos transatlánticos hacia Europa). Dicen que se retendrán los medicamentos para el NHS (¿en serio?). Y así sucesivamente. Todo lo que ha hecho el establishment partidario de permanecer es usar el miedo como sustituto del debate.

Los partidarios de permanecer tampoco han abordado nunca de forma adecuada la cuestión de la rendición democrática de cuentas, presumiblemente porque saben que no pueden ganar ese debate. En su lugar, la eluden. Lógicamente, dados los hechos comprobables sobre democracia y economía, y tras dos años para considerar ambas cuestiones, cabría pensar que un número cada vez mayor de ellos aceptaría que su postura original era insostenible y la revisaría. Pues no. Siguen tan firmes como siempre, igual que el Vaticano y su larga negación del descubrimiento de Galileo.

Seis factores psicológicos                                      

La negación de algo cada vez más evidente tiene que deberse a la psicología humana. En el capítulo 6 de la obra de Desrochers y Szurmak se identifican seis factores, que iremos viendo uno por uno para entender mejor la psicología del debate. Los enumero bajo los siguientes encabezados (difieren ligeramente del original):

El triángulo de hierro de la crisis

El Brexit supone una amenaza para las instituciones que deben su existencia a la pertenencia continuada de Reino Unido a la UE. Un buen ejemplo son los quangos[ii] británicos, que se coordinan con unos 53 quangos de la UE en Bruselas. Los quangos británicos administran en el Reino Unido la normativa de la UE por delegación. No rinden cuentas políticamente y pueden ejercer un poder considerable. El Brexit, con su promesa de mercados más libres, es una amenaza fundamental para su existencia, en primer lugar porque cortará relaciones operativas de largo recorrido con Bruselas y, en segundo lugar, porque los «quango-cratas» se oponen a los mercados libres por la propia naturaleza de su empleo. También está en juego su futuro laboral personal.

Estos «quango-cratas» son el origen de unos ochenta documentos gubernamentales sobre el impacto de una salida sin acuerdo, que abarcan sectores que van desde la banca hasta la investigación nuclear. Cada documento ha presentado deliberadamente el peor escenario de perturbaciones y costes, sin mencionar posibles beneficios. Como dijo el ensayista H. L. Mencken hace cien años,

«…el objetivo de la política práctica es mantener a la población alarmada (y, por tanto, clamando por que la guíen a un lugar seguro) con una serie interminable de duendes malignos, la mayoría imaginarios».[iii]

Estos quangos y otros emplean a expertos muy cualificados para elaborar análisis independientes sobre las consecuencias del Brexit. Se pretende que el público quede impresionado por su aparente neutralidad. Es de suponer que ninguno de esos expertos independientes admite que el Brexit sea positivo; no es lo que se les encarga. Los «quango-cratas» luchan por su propia supervivencia y se muestran vehementemente a la defensiva.

Y luego están los medios, siempre rápidos en informar de una posible crisis, pero que no equilibran sus informaciones cuestionando de forma rigurosa la postura estatista. Los «quango-cratas» que están detrás de todo rara vez, o nunca, son llamados a rendir cuentas, al ser funcionarios que solo responden ante los ministros. Si se interroga al ministro, este se limita a repetir el consejo de sus expertos, que, al venir de los expertos, no se discute.

Las preguntas se reservan para quienes plantean el desafío, los partidarios del Brexit, que ocupan la posición de advenedizos, el bando que quiere derribar el orden establecido. La cadena estatal, la BBC, señala con facilidad los aspectos negativos dignos de titular que le sirven en bandeja los expertos del Gobierno. Pero, en su «información equilibrada», se muestra por naturaleza escéptica ante cualquier cosa que los partidarios del Brexit ofrezcan como respuesta, y su mensaje positivo nunca puede ser tan noticiable ni creíble como esa serie interminable de duendes malignos del Estado.

Esta trinidad, este triángulo de hierro, como lo llaman Desrochers y Szurmak, se compone por tanto de los intereses del establishment actual, el fomento del miedo al cambio y la gestión de los medios. Es un círculo de retroalimentación de carrera profesional y proteccionismo, impulsado por la psicología de los argumentos atrincherados, que es nuestro siguiente tema.

1.    La psicología de los argumentos atrincherados

Un enfoque racional para asimilar y comprender información nueva consistiría en abordarla de forma lógica y sin sesgos. Es evidente que esto no ocurre. Nuestro cerebro sigue conectado como en la época de los cazadores-recolectores, cuando nuestras decisiones se basaban en elegir entre luchar o huir. Por eso tenemos una tendencia natural a aferrarnos a una posición protegida cuando ya se ha vuelto insostenible.

Imagina que formas parte de una comunidad de cavernícolas primitivos y que luchar o huir pasa a ser una decisión de grupo. Nos apoyamos unos a otros en la incertidumbre mucho después de que haya pasado el punto crítico, y rompemos filas cuando huir ya es la única opción. Es supervivencia mediante la defensa mutua hacia dentro, no el ataque. Es la psicología profunda que hay detrás del pensamiento de grupo, o la psicología de los argumentos atrincherados. Conduce al borde del abismo de la crisis.

Investigadores de la Universidad de Cornell han examinado el fenómeno.[iv] Descubrieron que «los participantes prefieren aprender información de fuentes de su propio grupo y coinciden más con los miembros de su grupo en cuestiones morales y políticas». Esto lleva el pensamiento de grupo al terreno de la persistencia, donde la opción de huir hace tiempo que pasó y las opiniones existentes se atrincheran más. La conciencia de la situación real se ve comprometida por la ignorancia de uno mismo respecto a los defectos del conocimiento y el juicio del grupo. Incluso tiene nombre: el efecto Dunning-Kruger.[v]

A esta ignorancia de uno mismo se suma la sobrestimación que hace un grupo de su comprensión de los asuntos controvertidos, lo que genera la ilusión del «sesgo de comprensión». Cuantos más miembros de un grupo debaten un asunto, más se refuerza ese sesgo. Se ven pruebas del sesgo de comprensión en la política en general, sobre todo cuando las opiniones se funden con el tiempo en distintas ideologías políticas. En Estados Unidos, los demócratas son tan capaces intelectualmente como los republicanos, y sin embargo los dos partidos se han refugiado en sesgos de comprensión muy distintos. También lo vemos con el Brexit, donde la reacción del establishment ante un ataque al statu quo político se atrinchera cada vez más.

Los argumentos atrincherados se ven reforzados por el realismo ingenuo. Un realista ingenuo da por hecho que él mismo es racional y no tiene sesgos al asimilar y evaluar los hechos, y supone además que quienes no llegan a las mismas conclusiones son ignorantes, sesgados o ambas cosas. El realismo ingenuo es producto de un falso consenso, según el cual quienes coinciden con el realista ingenuo se consideran más racionales que quienes no. Los argumentos atrincherados y el realismo ingenuo se convierten en la fuerza impulsora del razonamiento motivado.

2.    Razonamiento motivado

Creemos de forma natural en la investigación científica y damos por hecho que todos esos doctores de las mejores universidades realizan experimentos por las mismas razones que nos enseñaron en el colegio, en las clases de química. Por desgracia, la motivación de la comunidad científica, tanto en las ciencias naturales como en las sociales, no es tan pura. Los científicos son personas y necesitan ganarse la vida, algo mucho más fácil si siguen el sesgo de confirmación general. Fuera del mundo académico, un científico necesita un puesto remunerado, reconocimiento y publicar con frecuencia en revistas de prestigio. Con demasiada frecuencia, este razonamiento motivado da como resultado que se supriman buenas ideas y que se presenten datos deficientes para respaldar malas ideas.[vi]

Quien mejor lo resumió fue John Ioannidis, profesor de medicina en la Universidad de Stanford:

«Los científicos de un campo determinado pueden tener prejuicios simplemente por su creencia en una teoría científica o por su compromiso con sus propios hallazgos… Los investigadores de prestigio pueden suprimir, mediante el proceso de revisión por pares, la aparición y difusión de hallazgos que refuten los suyos, condenando así a su campo a perpetuar un falso dogma. La evidencia empírica sobre la opinión de los expertos demuestra que es extremadamente poco fiable.»[vii]

Es cierto que el profesor Ioannidis escribía sobre la investigación en las ciencias naturales, pero los métodos y la evidencia empírica se extienden también a las ciencias sociales. Describe bien los trabajos de investigación publicados por los bancos centrales y por los profesores de economía de las universidades. También es característico de los compartimentos de opinión estancos de los departamentos gubernamentales.

Esta semana tenemos incluso un ejemplo de refutación de hallazgos. Un profesor de filosofía moral de Oxford va a lanzar una revista de «ideas controvertidas» en la que los investigadores pueden publicar ideas de forma anónima. Citando al profesor Jeff McMahan en un artículo del Daily Telegraph del martes: «Veo una tendencia creciente, dentro y fuera del mundo académico, a intentar suprimir las opiniones que no gustan y tratarlas como perversas e indecibles, en lugar de confrontarlas y refutarlas.»

Una revista de ideas controvertidas anónimas es una respuesta oportuna a la omnipresente corrección política en Oxford, a la que las autoridades universitarias son demasiado débiles para resistirse. Demuestra que, en nuestras mejores universidades, los estudiantes aprenden rápido el poder de manejar una agenda para controlar a sus compañeros y tutores, que parecen incapaces de resistirse. Estos son los líderes y administradores del mañana, que probablemente usarán las mismas tácticas en sus futuras carreras, conscientes de que deben controlar la agenda.

La pequeña rebelión del profesor McMahan confirma que el proceso de revisión por pares no se utiliza para el fin para el que fue diseñado, sino para contener la disidencia en el campus, lo que respalda lo que dice el profesor Ioannidis. El razonamiento motivado, como la corrección política, consiste en construir un tema teórico central.

3.    El tema teórico central

Una de las formas en que los expertos refutan las pruebas contrarias es aferrarse a un tema teórico central. Recuerdo un intercambio de correos electrónicos que mantuve en 2016 con un conocido periodista financiero, que se detuvo en seco cuando él declaró:

«En mi opinión, la tasa de ahorro global récord (27 %) es la causa de fondo de nuestros problemas. Hay que encontrar la manera de reorientarla hacia el consumo para reequilibrar la economía global.»

En otras palabras, se atiene a un tema teórico central. Evidentemente, no estaba dispuesto a debatir por qué opinaba que la tasa de ahorro global récord era la causa de fondo de nuestros problemas. No juzgamos si es correcto, solo que lo sostiene, que lo da por supuesto. Estaba señalando que no cambiará de postura, así que seguir debatiendo no tiene sentido. Esto es válido para toda la economía financiada por el Estado, que esta opinión refleja. Se han escrito numerosos trabajos para justificar esta postura. Pero si el profesor Ioannidis tiene razón en que la evidencia empírica muestra que la opinión de los expertos es extremadamente poco fiable, algo que parece confirmarse en los campos de la economía y la teoría monetaria, eso explica las mentes cerradas a un debate equilibrado. Mientras se mantenga un tema teórico central, resulta casi imposible derribarlo.

La determinación de este periodista de aferrarse a su tema central keynesiano es su carné de socio de la élite ungida.

4.    La élite ungida

Todos queremos pertenecer, marcar la diferencia, mejorar la sociedad. Sabemos que para lograrlo hay que tener influencia, y que la mejor manera de conseguirla es unirse a una causa que cuenta con el respaldo del establishment y promoverla. No hay nada como esa sensación reconfortante de recibir una invitación abierta a los salones de los grandes y los buenos. Las figuras conocidas que tienen este acceso usan su fama y su posición para ungirse junto a la élite y seguir con su carrera mientras jueguen el juego.

La expresión es del economista y teórico político Thomas Sowell, actualmente Senior Fellow de la Hoover Institution, en la Universidad de Stanford. La acuñó en su libro de 1995, de título conciso, The Vision of the Anointed: Self-congratulation as a basis for social policy (La visión de los ungidos: la autocomplacencia como base de la política social).

Todos nos hemos topado con ello, aunque quizá no reconozcamos la verdad que hay detrás del fenómeno: el experto independiente al que los medios recurren con frecuencia para que opine en un campo especializado. Estos expertos dependen de que los informen personas del entorno del gobierno. Adoptan y conservan el manto de experto por derecho propio, pero nunca se aclara que deben su estatus mediático casi por completo a que proyectan fielmente las intenciones de la élite. Si son lo bastante necios como para volverse críticos, dejan de estar ungidos de inmediato y lo saben.

Se aplica por igual a los expolíticos y a los periodistas. Si, por ejemplo, el corresponsal financiero de un periódico nacional no sigue el juego, corre el riesgo de que lo dejen fuera de las reuniones informativas de fondo de la élite, tanto en el ministerio de finanzas como en el banco central, mientras sus colegas de otras publicaciones siguen siendo invitados. «Ese periodista del Daily Screech no es de fiar. Mejor no incluirlo en nuestras sesiones informativas confidenciales». La amenaza de exclusión es la forma más segura que tiene la élite de asegurarse de que prevalezca su mensaje.

Lo vimos desmoronarse cuando Donald Trump asumió la presidencia. La élite ungida quedó fuera, junto con sus compinches de los medios. En su lugar, el presidente Trump está ocupado creando su propia élite ungida, y excluye de las sesiones informativas confidenciales a los medios favoritos de la élite anterior, a los que acusa de difundir noticias falsas.

La élite ungida, derrocada por el optimismo relativamente alcista del presidente Trump, prometía un alivio frente a las perspectivas pesimistas de ser gobernados por una administración Clinton. Este es nuestro último tema.

5.    Optimistas frente a pesimistas

Los optimistas, que ven el vaso medio lleno, y los pesimistas, que lo ven medio vacío, no se reparten por igual entre los dos lados de una cuestión. En la práctica, el establishment y quienes tienen una posición en la sociedad se muestran protectores y pesimistas ante el cambio, mientras que los forasteros de mentalidad comercial tienden a adoptar una visión más expansiva y optimista.

Los psicólogos nos dicen que los humanos tenemos dos personalidades. Una mitad de nosotros protege lo que tiene y nos da una sensación de lugar, propiedad y hogar. La otra mitad es un viajero en busca de nuevos horizontes, relaciones con el extranjero y comercio. La periodista y activista Jane Jacobs (de Nueva York y después de Toronto) identificó y describió estos dos patrones de preceptos morales como los síndromes del guardián y del comerciante.[viii]

Tenemos una combinación distinta de estas características como individuos, comunidades e incluso naciones. Los dos síndromes muestran caracteres diferentes, y por eso unos somos aventureros y otros, caseros. Las relaciones comerciales son abiertas y se premia la honradez en los negocios, mientras que los guardianes son protectores y prefieren la lealtad. Los comerciantes rehúyen la fuerza y llegan a acuerdos voluntarios, mientras que los guardianes rehúyen el comercio y hacen gala de su destreza. Los comerciantes colaboran, compiten y respetan los contratos, mientras que los guardianes son excluyentes, se toman la venganza y respetan la jerarquía. Los comerciantes están abiertos a la inventiva y la novedad, mientras que los guardianes esperan obediencia y disciplina. Y así sucesivamente.

Las actividades de los comerciantes abarcan el trabajo de fabricar y comerciar, mientras que los guardianes son los dirigentes políticos, los administradores, los educadores y los garantes de la ley. Los dos síndromes explican con claridad las distintas mentalidades y obligaciones sociales del sector privado frente a los gobiernos. También podemos ver dónde se sitúa esta división en el debate del Brexit. Es claramente una división entre los partidarios del Brexit, que ven con optimismo las oportunidades comerciales que ofrece, y los partidarios de permanecer, pesimistas guardianes del statu quo. No es de extrañar que, pese a que el Gobierno del Reino Unido prometió llevar a cabo el Brexit, en realidad esté haciendo todo lo posible por comprometerlo.

Conclusiones

Como señalan Desrochers y Szurmak, el consenso más duradero hoy, desde Malthus en adelante, se ha desarrollado en torno a la población y el cambio climático. Es el único tema al que los dos científicos aplicaron su investigación, pero demuestra que la psicología del debate no es solo un fenómeno moderno. También es útil para explicar otras cuestiones humanas controvertidas. Una de ellas es la cuestión marxiana: ¿tiene el Estado supremacía sobre su pueblo? Es el socialismo frente al libre mercado, el tutor frente al comercio. ¿Por qué condenamos el nacionalsocialismo y no a su primo cercano, que persigue la extrema izquierda? Uno es un tema teórico central y arraigado, respaldado por la élite ungida; el otro no lo es.

En el fondo no hay un imaginario yin y yang entre el gobierno y su pueblo, sino ideales enfrentados: el del Estado tutor y el de las costumbres comerciales de los gobernados. Y si crees que puedes argumentar contra el tutor, piénsalo de nuevo: te ignorarán. En algunas jurisdicciones incluso acabas en la cárcel.

La existencia y la ampliación de la intervención estatal se explican ahora desde un punto de vista psicológico. De ahí se deriva mucho más. El nacionalismo, la economía, las divisas y todo aquello sobre lo que los mercados libres han perdido el control han quedado subsumidos en un síndrome del tutor, y se han perdido para el libre albedrío de quienes pagan los impuestos.

Es característico de los tutores pesimistas que no aprecian el papel y la importancia del progreso que persigue el síndrome comercial. Los econometristas y economistas pagados por el gobierno incluso lo han borrado de sus libros de texto. Podemos ir más lejos: el Estado tutor no ama el progreso porque significa que la gente se escapa de su control regulatorio hacia nuevas actividades imprevistas. Hay que idear nuevas regulaciones y nuevos impuestos cuando las actividades empresariales y sus beneficios migran fuera de su alcance.

Ninguna cantidad de debate civilizado resolverá estas cuestiones, lo cual es una idea deprimente. Mientras el Estado se aferre a su agenda, el progreso se restringe y se convierte en un retroceso cíclico mediante un ciclo de crédito inducido por el gobierno. E incluso entonces, cuando el retroceso fracasa tanto para el comercio como para el tutor, la reacción del tutor es dar más vueltas al tornillo antiprogreso. En cambio, como los cavernícolas líderes de antaño, el Estado buscará abrazarnos con más fuerza para no morir antes que nosotros.

Con el tiempo, el establishment queda tan rezagado respecto a la realidad que capitula. Al Vaticano le llevó 359 años, a los soviéticos 72 y a los chinos 27. La pertenencia de Gran Bretaña a la UE y a sus predecesoras habrá sido de 46 años en marzo del próximo año, cuando se nos ha dicho que el Brexit será el Brexit.

La capitulación a menudo se convierte en un precipicio. En el caso de la UE, ¿sobrevivirán ella y su moneda a la próxima crisis crediticia global? La crisis crediticia es un suceso recurrente impulsado por la política monetaria de los bancos centrales, cada vez más inestable e impermeable a replantearse nada. La lógica sugiere que podría marcar el fin del pensamiento de grupo del establishment británico, si Gran Bretaña se distancia de un euro que se derrumba. Por otro lado, como nuestros ancestros cavernícolas que se mantenían unidos ante el peligro, quizá el establishment británico abrace a la UE aún con más fuerza en su hora de necesidad.

Pase lo que pase, para los partidarios del Brexit que buscan derrocar la visión del establishment, harán falta más que argumentos razonados. Deben tomar el control de la agenda y desarrollarla para sus objetivos, una lección que deberían haber aprendido como estudiantes rebeldes en la universidad.

Tenlo todo en cuenta, ya que el debate en su conjunto atraviesa esta semana otro punto crítico más.



[i] Véase Population Bombed! de Pierre Desrochers y Joanna Szurmak, publicado por The Global Warming Policy Foundation en 2018

[ii] Acrónimo en inglés de organizaciones gubernamentales nacionales cuasiautónomas.

[iii] Menken (1918): In Defence of Women

[iv] Ceci y Williams (2018): Perspectives on Psychological Science: Who decides what is acceptable speech on Campus?

[vi] Kruger y Dunning (1999): Unskilled and unaware of it: how difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Personal Psychology 77(6) pp 1121-1136.

[i] Philip Ball: The trouble with scientists: http://nautil.us/issue/24/error/the-trouble-with-scientists

[vii] JPA Ioannidis (2005): Why most published research findings are false: PLoS Med 2(8):e214 https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1182327/pdf/pmed.0020124.pdf

[viii] Jane Jacobs (1992): Systems of Survival.


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