El mes que viene habrá un acontecimiento geopolítico decisivo: India, Pakistán, Irán y Mongolia se convertirán en miembros de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Con ello, la población de los miembros de la OCS ascenderá a unos 3050 millones de personas. Deberíamos prestarle atención porque la OCS pretende prescindir del dólar estadounidense para la liquidación del comercio.
Las naciones que se incorporarán en septiembre figuran actualmente como Estados observadores, y el único que quedará será Afganistán, que presumiblemente se unirá cuando pueda desvincularse de la OTAN. Los Socios de Diálogo, definidos como los Estados que comparten los objetivos y principios de la OCS y desean desarrollar relaciones mutuamente beneficiosas, incluyen a Bielorrusia, Sri Lanka y Turquía. Turquía resulta de especial interés porque lleva mucho tiempo siendo miembro de la OTAN. Esperaba entrar en la UE, pero quedó claro que eso nunca iba a suceder. En cambio, bajo el liderazgo de Recep Erdoğan, Turquía se está acercando a la OCS.
Erdoğan fue reelegido a principios de este mes por una cómoda mayoría y será interesante ver con qué rapidez evoluciona el nuevo alineamiento de Turquía. Erdoğan debe de ser consciente de que Asia está en auge mientras la UE declina; en ese caso, a Turquía, como Estado de primera línea, le conviene más unirse a la OCS.
La influencia de la OCS se extiende más allá de sus fronteras, ya que las diásporas china e india pueblan buena parte del resto del sudeste asiático. Los miembros de la OCS, en particular China e India, son además los mayores consumidores de energía de Oriente Medio. Y como son quienes firman los cheques más grandes, tienen primacía sobre Occidente; así, el giro del petrodólar hacia Asia se está gestando. China también tiene bien atado el África subsahariana, donde se asegura minerales vitales como el cobre de Zambia.
También debemos considerar por qué Rusia está impulsando con tanta energía el ritmo de desarrollo de la OCS, y no es solo para escapar de las sanciones económicas de Occidente, como piensan muchos observadores. En el fondo, la OCS gira en torno a los recursos y la producción de bienes: Rusia controla los recursos de Asia y China los convierte en bienes.
Una de las primeras personas en identificar la importancia geopolítica de los recursos de Rusia fue Halford Mackinder, en un artículo para la Royal Geographical Society en 1904. Más tarde lo desarrolló en su Teoría del Heartland. Mackinder sostenía que quien controlara el Heartland, que se extendía desde el Volga hasta el Yangtsé, controlaría la «Isla Mundial», su término para Europa, Asia y África. Más de un siglo después, la teoría de Mackinder resuena en la OCS.
La idea de fondo es que Norteamérica y Sudamérica, Gran Bretaña, Japón y Australasia son, en última instancia, menos importantes que la Isla Mundial de Mackinder. Hubo un tiempo en que la primacía británica y luego la estadounidense pesaban más que su importancia, pero ya no es así. Si Mackinder acierta sobre la importancia primordial de los recursos sin explotar, Rusia, con el respaldo de los miembros de la OCS, está en posición de convertirse en la nación más poderosa de la tierra.
La OCS es el mayor desafío lanzado hasta ahora contra el poder económico estadounidense, y Rusia y China están claramente decididas a deshacerse del dólar. Aún no sabemos qué lo sustituirá. Sin embargo, el hecho de que el Banco Central de Rusia y casi todos los demás bancos centrales y gobiernos de la OCS hayan estado aumentando sus reservas de oro podría ser una pista importante sobre cómo ven el futuro del dinero transasiático los representantes de 3000 millones de euroasiáticos.