La manipulación del LIBOR también implica al gobierno

El escándalo del LIBOR ha ocupado los titulares últimamente, y de nuevo se cuestiona hasta qué punto los grandes bancos actúan ya como si estuvieran por encima de la ley; el foco puesto en Barclays oculta el hecho de que probablemente otros bancos sean declarados culpables de la misma infracción.

Esta práctica parece haberse llevado a cabo al menos desde 2005. El escándalo no solo ha acarreado multas, sino que expone a los bancos implicados a reembolsos a clientes y a acciones civiles por importes que podrían ser múltiplos de su capital básico.

Respalda la opinión de que los bancos han perdido de vista sus responsabilidades para con sus clientes. Fue el resultado inevitable del «big bang» de Londres a principios de los años ochenta, cuando los bancos se abrieron paso a empujones en los mercados de negociación de valores y de derivados. La razón por la que la podredumbre empezó en Londres es que la ley Glass-Steagall restringía en Estados Unidos la capacidad de los bancos comerciales para mezclar actividades de inversión y de banca, de modo que Wall Street estaba lista para «mudarse» a Londres. El gobierno conservador del Reino Unido captó la indirecta y obligó a la Bolsa de Londres a abrir su condición de miembro a los bancos.

La autorregulación de los valores se echó por la borda y fue sustituida por la regulación estatal. La banca siguió estando regulada por el Banco de Inglaterra hasta que el gobierno laborista de Tony Blair traspasó esa función a la Financial Services Authority, que para entonces ya regulaba los valores y los seguros. La justificación del control estatal de los servicios financieros es, y siempre ha sido, la protección del público. La realidad ha sido un pacto con el diablo, en el que los intereses del Estado se han canjeado por beneficios para los bancos. El Estado se ha financiado y los bancos se han enriquecido. La idea de que esto se haya podido lograr sin una manipulación del mercado por parte de ambos, trabajando de la mano, es sencillamente ingenua.

Los bancos centrales manipuladores son en realidad los peores infractores: suelen mantener los tipos de interés cientos de puntos básicos por debajo de donde estarían en otro caso, y, en comparación, cualquier cosa que hagan por sí solos los bancos comerciales es una menudencia. Al fin y al cabo, la fijación deliberadamente errónea del coste del endeudamiento es necesaria para generar demanda de dinero y de crédito. Toda manipulación de los tipos de interés tiene ganadores y perdedores, y la idea de que los agentes del Estado puedan manipular los tipos sin tener que responder moralmente por ello no es más que un punto de vista estatista.

La importancia del problema del LIBOR es que obliga a la gente a reflexionar más sobre la naturaleza de la banca moderna: muchos ya se estaban formando la opinión de que está totalmente podrida. Según todos los indicios, Barclays, que ya ha perdido a directivos clave, no fue el mayor pecador. Nos queda la duda de cuántos altos directivos más de otros bancos serán apartados de sus cargos y quién en su sano juicio los sustituirá. El atractivo de ser consejero ejecutivo de un gran banco comercial siempre ha sido el poder; ese poder ya se ha esfumado y hay otras formas de ejercer influencia financiera lejos de los focos.

El resultado probable del LIBOR-gate es que la propia banca esté en declive. La burocracia está ahuyentando el talento y los bancos son cada vez menos rentables. El Gobierno británico, que depende del sistema bancario para financiarse y que respalda todo el sistema, será el perdedor final.

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