Angela Merkel dijo el miércoles pasado ante el Bundestag que, a falta de un acuerdo sobre la crisis de deuda de la eurozona, «nadie debería dar por sentados otros cincuenta años de paz y prosperidad en Europa: si fracasa el euro, fracasa Europa».
Quizá esto resuma los temores de Alemania, nacidos de la experiencia, y sería un error descartar su declaración, como han hecho muchos comentaristas, por mera retórica. Todo el concepto de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, precursora original de la Unión Europea, consistía en unir a Alemania y a sus vecinos en una unión comercial y política que evitara futuras guerras entre ellos.
La UE ha traído paz y prosperidad a Alemania. Es razonable concluir, como hace Merkel, que la destrucción del euro revertirá el proceso político. La política europea de posguerra se ha basado en gran medida en estas dos premisas. Pero la declaración de Merkel encierra un punto más profundo, olvidado en nuestro mundo moderno de monedas fiduciarias: en la historia, las mayores amenazas para la paz y la estabilidad social han estado normalmente asociadas a la degradación de la moneda. Y en esto, la desdichada experiencia de Alemania ha quedado arraigada en la psique de su pueblo.
El gasto de Alemania en los preparativos y los primeros años de la Primera Guerra Mundial se financió únicamente con inflación monetaria, e incluso en 1917 el 85 % del coste se pagaba con papel moneda nuevo. Esto fue consecuencia del consejo económico de la época, procedente sobre todo de Georg Knapp, quien creía que el dinero es un producto del Gobierno y debe estar libre de otras restricciones. Para el Káiser era como tener a un economista keynesiano moderno asesorando hoy a un gobierno de que tiene derecho a financiarse mediante inflación monetaria. Por tanto, no es de extrañar que un Káiser ambicioso, al que se había enseñado cómo financiar la expansión de Alemania atacando a sus vecinos, lo hiciera realmente.
Las consecuencias sociales de imprimir dinero están plenamente respaldadas por la teoría económica de la Escuela Austriaca y por las lecciones de la historia. Se reduce a un hecho simple: cualquier electorado puede ser movilizado patrióticamente para la guerra, siempre que no tenga que pagarla. Y esa es la mentira que hay detrás de la inflación monetaria. Si imprimes dinero para financiar una guerra en lugar de subir los impuestos, durante un tiempo nadie nota el coste.
Alemania ha pasado por esta lección dos veces en el último siglo, así que su gente entiende instintivamente el caos que resulta de ella. Es el resto de Europa, con la posible excepción de Austria, la que lo ha olvidado. Digámoslo, pues, alto y claro: el dinero sólido es la mejor garantía de paz, mientras que el dinero fiduciario es una condición previa del caos.
Así que Angela Merkel tiene razón, pero será difícil resistir la presión de otros países de la eurozona y del G20. Han depositado su confianza en un fondo de rescate ampliado que contaría en parte con el apoyo de los socios comerciales asiáticos de la UE, un fondo que, si llega a ponerse en marcha, lo hará a costa del dólar. El problema surgirá si también se espera que lo financie el Banco Central Europeo, algo que por ahora muchos dan por supuesto, pero que no se ha debatido. Cualquier inyección importante de dinero del BCE en el fondo será extremadamente polémica en Alemania, por lo que no debería darse por hecha.