La hiperinflación ya está aquí

Definición: la hiperinflación es la situación en la que las autoridades monetarias aceleran la expansión de la cantidad de dinero hasta el punto de que les resulta imposible recuperar el control.

Termina cuando la moneda fiduciaria del Estado acaba por no valer nada. Es una crisis en evolución, no solo un acontecimiento culminante.

Resumen

Este artículo define la hiperinflación en términos sencillos y deja claro que la mayoría de los gobiernos, si no todos, ya han condenado sus monedas sin respaldo a la destrucción por hiperinflación. Las pruebas son cada vez más evidentes.

El fenómeno se debe al exceso del gasto público sobre los ingresos fiscales, que ya se ha descontrolado en EE. UU. y en otros países. La primera oleada del coronavirus solo ha servido para hacer el problema más obvio a quienes ya habían comprendido que la fase expansiva del ciclo del crédito bancario estaba llegando a su fin, y, al combinarse con las consecuencias económicas de la guerra arancelaria entre China y Estados Unidos, estamos condenados a repetir las condiciones que condujeron al crac de Wall Street de 1929-32.

Para los historiadores de la economía, esto debería ser una obviedad. El hecho es que la base impositiva, que se cuantifica mediante el PIB, medida según la verdadera tasa de pérdida de poder adquisitivo del dólar y confirmada por el ritmo acelerado de aumento del dinero en sentido amplio durante los últimos diez años, ha ido disminuyendo bruscamente en términos reales, mientras los compromisos de gasto público siguen aumentando.

En este artículo se documenta para el dólar, pero las mismas dinámicas hiperinflacionarias afectan a casi todas las demás monedas fiduciarias.

Introducción

Durante los últimos diez años he librado dos cruzadas para llamar la atención sobre asuntos que considero de interés público. A partir de 2011 escribí una serie de artículos sobre la política de China respecto al oro, país que llevaba acumulando oro físico desde 1983. La idea de que el oro se movía de Occidente a Oriente llegó a entenderse ampliamente y se convirtió casi en un cliché. La segunda cruzada consistió en informar al público de que el ciclo económico o comercial era solo el síntoma de un ciclo del crédito bancario, que inevitablemente termina en una crisis de contracción del crédito.

Ahora es el momento de una nueva campaña, sobre un tema del que he estado escribiendo en los últimos meses: informar al público en general de que sus gobiernos y sus monedas fiduciarias están ya en un estado de hiperinflación. No es algo que quede en un horizonte lejano, como muchos podrían pensar; ya está aquí.

¿Qué es la hiperinflación?

Para entender por qué la hiperinflación ya está con nosotros, hay que saber en qué consiste. No es la subida de los precios, ni una situación que se da cuando los precios aumentan por encima de una tasa predeterminada: la subida de los precios es consecuencia tanto de la inflación como de la hiperinflación. Como dijo Milton Friedman, la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario, aunque lo estropeó al continuar: «…en el sentido de que se produce, y solo puede producirse, por un aumento de la cantidad de dinero más rápido que el de la producción».[i] Se equivocó en esa última parte, al confundir el efecto sobre los precios con el aumento de la cantidad de dinero. Cuando incluso los llamados monetaristas son imprecisos sobre la inflación, y no digamos sobre la hiperinflación, no es de extrañar que la confusión del público esté tan extendida.

Solo puede haber una definición de hiperinflación, y es la que aparece arriba en el titular, que no encontrarás en ningún manual. Ni siquiera hay una definición en La acción humana de von Mises, solo de la inflación, y es más una descripción que una definición. Y como se trata de un fenómeno relativamente reciente, propio de las monedas fiduciarias sin respaldo, los economistas clásicos nunca definieron la hiperinflación por separado de la inflación. Tampoco es posible distinguir la diferencia entre inflación e hiperinflación por su grado.

Echa un vistazo al M1 de EE. UU., la cantidad de dinero en sentido estricto en la economía estadounidense, que se muestra en la figura 1.


Gráfico 25

La evolución de la inflación monetaria anualizada, desde menos del 6 % antes de la crisis de Lehman, hasta el 9,6 % posterior hasta marzo de este año, y el 65 % en las treinta semanas transcurridas desde entonces, se aprecia con claridad en el gráfico. Si las autoridades monetarias tuvieran el conocimiento, el mandato, la autoridad, la capacidad y el deseo de dejar de inflar la moneda, no lo describiríamos como hiperinflación, sino que lo consideraríamos un breve periodo de inflación excepcional antes de volver a políticas de dinero sólido.

Pero el dinero sólido fue descartado de forma rotunda en 1971, cuando se abandonó definitivamente el acuerdo de Bretton Woods de la posguerra; no es que el régimen monetario de entonces fuera más sólido de lo que la hoja de parra de Adán era una prenda de vestir. Porque lo cierto es que el dinero sólido en Estados Unidos se abandonó, podría decirse, mucho antes, con la fundación de la Fed en Jekyll Island antes de la Primera Guerra Mundial.

Como medio para financiar los déficits públicos, la inflación se puede detener recortando el gasto público o subiendo los impuestos, o ambas cosas. Pero ahora, a un aumento puntual del 65 % del dinero en sentido estricto le va a seguir otra expansión masiva que ya está en camino. La esperanza es que eso baste, igual que se esperaba que bastara el aumento original del 65 % del M1 para asegurar que a una recesión en forma de V le siguiera un retorno a la normalidad.

Las autoridades monetarias siempre ven las primeras fases de una hiperinflación como la única política posible. Se convencen de que no tiene consecuencias, o de que pueden controlarse. Un ejemplo del género es un artículo de Michael T. Kiley, economista sénior de la Fed.[ii] En agosto concluyó que la falta de margen para seguir bajando los tipos de interés frente al coronavirus exige una flexibilización cuantitativa de hasta el 30 % del PIB, es decir, 6,5 billones de dólares, para compensar la falta de margen de maniobra en los tipos de interés. Kiley escribe que entre finales de febrero y finales de junio se habían aprobado unos 3 billones de dólares, lo que deja otros 3,5 billones por llegar. Si suponemos que el estímulo completo de 6,5 billones se aprueba para febrero del próximo año, el aumento reflejado en el dinero en sentido estricto podría más que duplicarlo.

Kiley escribió su artículo antes de que comenzara la segunda ola de coronavirus. Modelaba una contracción económica, medida en PIB real, de solo el 10 % en el segundo trimestre (en realidad, el 9,5 %; no debe confundirse con la tasa anualizada, que fue del 32,9 %). Pero, como señalé en el artículo de la semana pasada, con una inflación monetaria a este ritmo, un dólar de febrero pasado no es lo mismo que un dólar inflado de febrero próximo, diluido, según las cifras de Kiley, en 6,5 billones de dólares. La consecuencia son desplazamientos intertemporales extremadamente dañinos, como describe el efecto Cantillon, por los cuales, en última instancia, tanto los trabajadores productivos como los más pobres de la sociedad pierden ahorros, salarios y prestaciones de la seguridad social por la pérdida de poder adquisitivo del dólar, en beneficio del gobierno, sus agencias y las grandes empresas.

En su modelo económico, Kiley aplana la curva de Phillips, al parecer en un intento de buscar un resultado preferido. La curva de Phillips pretende reproducir gráficamente la relación entre inflación y desempleo, con la idea de que un aumento de la inflación de precios va acompañado de una reducción del desempleo. Aplanarla equivale a suponer que, en un nivel considerado de pleno empleo, los precios no subirán tanto como se había modelado antes. Pero una cosa es pronosticar esa relación cuando el «estímulo» inflacionario es de unos pocos puntos porcentuales, cuando podría decirse que el público es más consciente del efecto estimulante de la inflación monetaria que del efecto de dilución sobre el dinero, y otra muy distinta cuando es tan drástico como hoy.

Debemos resistir la tentación de aceptar una relación matemática entre los precios de los bienes y servicios y la tasa de empleo, como la que predice la curva de Phillips. Sea cual sea el nivel de empleo, la producción se ajusta debido a la división del trabajo. Al rechazar la ley de Say, los economistas modernos no se dan cuenta de que producción y consumo avanzan o retroceden, en líneas generales, a la par. Salvo por el engaño temporal que sufren los usuarios de la moneda ante los efectos iniciales del estímulo monetario, no existe una relación duradera entre la cantidad de dinero y el empleo.

Los errores que introducen los economistas matemáticos mediante artificios como la curva de Phillips ocultan desde el principio las consecuencias de las políticas basadas en sus previsiones. En consecuencia, las recomendaciones de los economistas sénior de la Fed, que usan modelos económicos basados en supuestos macroeconómicos, dan una falsa tranquilidad a los comités a los que asesoran. Además, la tasa anualizada del déficit presupuestario desde marzo fue de unos 4,4 billones de dólares, financiados íntegramente mediante expansión monetaria y muy superiores a lo que cubre la caída de los ingresos fiscales.

Si estas condiciones persisten en el nuevo año fiscal, algo que parece cada vez más seguro, el cálculo de Kiley de otros 3,5 billones de estímulo subestima el problema. Según un artículo de opinión de Allister Heath publicado hoy en el Daily Telegraph, Larry Summers, el economista estadounidense y acérrimo partidario de la inflación, cree que el coste de la covid-19 alcanzará el 90 % del PIB de EE. UU., sustancialmente más que la estimación del 30 % de Kiley. Quizá sea exagerado, pero ¿podemos imaginar que el próximo paquete de estímulo, y sin duda el que le siga, restablecerá la normalidad y encaminará con firmeza el déficit presupuestario hacia el equilibrio? Si la respuesta es no, entonces ya estamos ante una hiperinflación.

Prescindir de los supuestos de los economistas matemáticos

El error de la curva de Phillips fue no entender por qué hay un punto en el curso de la inflación en el que los usuarios de la moneda sospechan que los precios seguirán subiendo, y se produce un desplazamiento desde la liquidez personal y el ahorro hacia el gasto de consumo. Que ese punto llegue inevitablemente a partir de cierto momento no significa que se puedan predecir ni el punto ni el efecto posterior sobre el nivel general de precios: eso depende de la acción humana, de la respuesta impredecible de cada individuo a unas circunstancias cambiantes.

La curva de Phillips no es el único error a la hora de entender los efectos de la inflación monetaria. Al comprobar que la relación entre la expansión del dinero y su efecto sobre el poder adquisitivo variaba, los economistas matemáticos introdujeron un factor variable para que la ecuación que describe la relación del dinero con los precios siempre cuadrara. La ecuación monetaria es la siguiente:


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Pero al introducir un factor variable V para que la ecuación siempre cuadre, se anula la utilidad de la propia ecuación: cualquier cosa con dos lados desiguales puede convertirse en una ecuación mediante este artificio. La imaginación de los monetaristas pasa por alto esta verdad dando a la variable un nombre peyorativo. Al llamarla «velocidad del dinero», crea una imagen de la circulación del dinero. A partir de ahí es fácil suponer que, si el dinero está infrautilizado, la velocidad de circulación baja y se declara que la economía se estanca, y que, si su velocidad de circulación aumenta, se debe a que el dinero se demanda y circula con mayor eficacia. Así, una velocidad a la baja se asocia con una caída de los precios, para los que el PIB nominal es el indicador indirecto (P x T en la ecuación), y una velocidad al alza se asocia con una subida de los precios y del PIB. Este concepto tiene graves defectos, pero explica los preceptos fundamentales de la política monetaria actual.

Las consecuencias de los cambios en las preferencias relativas

El PIB nominal no es solo el otro lado de la ecuación monetaria. Es también la producción total, y el otro lado de la producción total es la suma del consumo y del consumo diferido. La forma correcta de considerar el dinero no es a través de la ecuación monetaria y del supuesto papel de la velocidad, sino mirar el PIB nominal como el total de los ingresos y beneficios de todos y, a la vez, como la suma de sus gastos y su ahorro neto. Solo entonces podemos considerar el impacto de los cambios en la cantidad de dinero sobre los precios.

El dinero es simplemente una forma de intermediación entre la producción y el consumo de bienes. Las personas mantienen cierto grado de liquidez monetaria personal que, cuando el dinero es estable, no varía mucho en conjunto. Esta liquidez no debe confundirse con el ahorro, que, al ser consumo diferido, no se mantiene principalmente por su liquidez sino por los rendimientos previstos. La liquidez personal se mantiene en reserva para el consumo personal.

El nivel general de liquidez personal es el resultado de las experiencias recientes sobre el valor del dinero en términos de bienes, modificadas por las expectativas de cualquier cambio en el valor relativo de los bienes futuros. Así, si la gente piensa que el precio de un bien puede subir, tenderá a comprarlo antes de lo que lo haría en otro caso, y si espera que baje, tenderá a retrasar su compra. En condiciones monetarias generalmente estables, por eso unos precios suben y otros bajan.

El problema surge si, por la razón que sea, la gente en su conjunto prevé una subida del nivel general de precios. En ese caso, modificará la relación entre su liquidez monetaria y los bienes a favor de los bienes en general, lo que hará bajar el poder adquisitivo del dinero y subir el nivel general de precios.

El efecto de los cambios en el nivel general de liquidez personal es potencialmente una influencia más importante sobre el nivel de precios que la propia cantidad de dinero. Debería ser evidente que, si la mayor cantidad de dinero en circulación simplemente se atesora, no habrá ningún efecto sobre el nivel general de precios. Por otro lado, si el público decide abandonar una moneda emitida por el Estado, esta perderá todo su poder adquisitivo, con independencia de la cantidad en circulación.

El abandono de una moneda emitida por el Estado por parte del público pone fin a todas las hiperinflaciones y, una vez iniciado el proceso, tiende a ser rápido. En la Alemania de Weimar, se dijo que esta huida hacia los bienes y fuera del dinero comenzó en mayo de 1923 y duró hasta mediados de noviembre. En las otras naciones europeas que sufrieron el colapso de sus monedas a principios de la década de 1920, el proceso final fue igualmente rápido.



La forma del colapso monetario actual

Lo primero que hay que considerar es la relación actual entre la cantidad de dinero y la economía. La masa monetaria M3 en dólares estadounidenses, la definición más amplia de dinero, ha aumentado junto con el PIB de EE. UU.: en julio pasado el M3 se situaba en 18,327 billones de dólares[iii], mientras que el PIB del segundo trimestre se estimaba en 19,52 billones[iv]. La estrecha relación entre ambas cifras se explica porque el total del PIB nominal se infla con los aumentos de la cantidad de dinero. La coincidencia nunca es perfecta, porque siempre hay algún gasto de consumo que está sujeto a estimaciones, a revisiones futuras o que simplemente el PIB no recoge. A todo ello podemos sumar el error estadístico. Además, al comienzo de la inflación habría existido un nivel base del PIB, cuando el dinero era sólido, a partir del cual se produjeron las inflaciones posteriores.

El grado de pérdida de poder adquisitivo del dólar se subestima deliberadamente en las estadísticas oficiales. En origen, la política buscaba reducir el coste que suponía para el gobierno de EE. UU. y para otros gobiernos la indexación introducida tras la década de 1970, marcada por la inflación de precios. Es notable que rara vez se cuestione la supresión estadística de los cambios en el nivel general de precios, que ya han adoptado todas las economías avanzadas. En consecuencia, se ha ignorado la magnitud de la caída del poder adquisitivo de las monedas fiduciarias, con consecuencias importantes, al menos para los gobiernos y sus bancos centrales, que ocultan así las pruebas de los fracasos de las políticas monetarias y económicas.

La figura 2 compara el aumento acumulado del nivel general de precios medido por el IPC y el índice Chapwood, que se compone de «los 500 principales artículos en los que los estadounidenses gastan sus dólares después de impuestos en las 50 ciudades más grandes del país».[v] Las cifras de inflación de precios de Chapwood utilizadas en el gráfico son el promedio aritmético de las cincuenta ciudades, y los últimos datos corresponden a finales de junio de 2020. Además, se incluye el crecimiento de la masa monetaria M3.



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Debería quedar claro que los cambios en el nivel general de precios son un concepto teórico que no se puede medir, porque es distinto para cada individuo. Por tanto, un promedio no es más que una indicación, incluso suponiendo que los intereses particulares no manipulen los datos. Teniendo esto presente, el efecto acumulado sobre los precios del IPC oficial de las ciudades durante los últimos diez años es una subida de solo el 19 %, frente al índice Chapwood, que subió un 159 %, es decir, un 10 % anual compuesto aproximadamente. Como confirmación de que las cifras de Chapwood se acercan más a la realidad, vemos que el M3 en dólares diluyó el dólar al aumentar un 109 % en el período.

El menor aumento del M3 en dólares respecto al del índice Chapwood sugiere que, además de la dilución del poder adquisitivo del dólar en un sentido general, las tenencias de dinero también se han reducido en relación con los bienes de compra habitual del índice Chapwood. En otras palabras, los consumidores parecen mostrar en su gasto una preferencia relativa por sus compras habituales frente a las menos habituales. Esto podría interpretarse como prueba de las primeras etapas de una reducción de los saldos de dinero en favor de las compras cotidianas. Es incompatible con la versión oficial en la que se basa la política monetaria, según la cual las autoridades monetarias y sus epígonos se engañan a sí mismos creyendo que la inflación de precios está contenida por el objetivo anual del dos por ciento, y algunos incluso afirman que la inflación de precios ha desaparecido para siempre.

La figura 3 ilustra además la ineficacia de la política monetaria al expresar el PIB en precios de 2010 ajustado por el IPC (la versión estatal del PIB real), por el índice Chapwood y, por último, por la masa monetaria M3.



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Las autoridades monetarias afirman que antes de la crisis del coronavirus habían estabilizado la economía estadounidense tras la crisis de Lehman. Medida por el IPC, a finales de 2019 la economía había crecido casi un 22 % durante nueve años «en términos reales». Pero como el IPC es una medida muy subestimada de la inflación de precios, la verdad es otra. El índice Chapwood y el M3 en dólares nos dicen que, ajustado según estas medidas, el PIB se ha reducido a menos de la mitad, de 15 241 000 millones de dólares a 6818 y 7309 miles de millones respectivamente, tomando como base dólares de 2010.

Para ser claros, el PIB es simplemente un total monetario de todas las transacciones registradas. No nos dice nada sobre su calidad, ni indica el grado de progreso económico, o su ausencia. Como siempre, ha habido ganadores y perdedores. Solo podemos concluir, en términos muy generales, que la contracción de los valores reales ha puesto de manifiesto el fracaso de las políticas monetarias y económicas.

Donde realmente importa es para los gobiernos y para el poder adquisitivo de los impuestos que recaudan.

Un gobierno socializador moderno nunca reduce su gasto, y los déficits presupuestarios surgen de la reticencia a subir los impuestos para igualarlos con el gasto. Prima facie, es una prueba de una hiperinflación emergente, en la medida en que la pérdida de poder adquisitivo de la moneda está provocando la caída del valor real de la recaudación fiscal, mientras que al mismo tiempo se es consciente de que subir los impuestos perjudicaría a la producción, al consumo y, por tanto, a las finanzas públicas.

Entonces llegó el coronavirus, un golpe inesperado al PIB nominal, del que depende la recaudación de los gobiernos. Y ahora tenemos una segunda ola de covid-19, cuyas consecuencias económicas solo pueden adivinarse. No olvidemos que, antes de todo esto, el pasado septiembre surgió una crisis de liquidez, evidenciada por el fallo del mercado de repos en dólares, lo que indicaba, con toda probabilidad, el final de la expansión del crédito bancario. Y también debemos recordar que la guerra arancelaria entre las dos mayores economías del mundo detuvo de golpe el crecimiento del comercio internacional.

Quien preste atención a las consecuencias económicas de todos estos acontecimientos solo puede concluir que, además de la brecha ya creciente entre el gasto público y la recaudación, los gobiernos no solo tienen que rescatar sus bases tributarias de un golpe puntual o doble del coronavirus, sino que seguirán nuevas rondas de expansión inflacionista a un ritmo creciente. Únicamente en términos de cantidades de dinero, la hiperinflación ya está muy arraigada en el dólar estadounidense y en el resto de monedas fiduciarias sujetas a las mismas dinámicas políticas y fácticas.

Cuando el público despierte…

Muy pocos son conscientes de que la hiperinflación ya está aquí; la mayoría de la gente solo se da cuenta cuando las consecuencias sobre los precios resultan evidentes. Y, como hemos señalado, no es un proceso lineal, donde

M x V = P x T.

V, o velocidad, debe sustituirse por el factor humano, en el que las preferencias cambian entre mantener una reserva de liquidez en dinero y comprar bienes. La huida final hacia los bienes es un proceso rápido que, una vez iniciado, es imposible detener. Hemos visto que la relación entre la subida de los precios, medida por el índice Chapwood, y el aumento del M3 en dólares sugiere que las primeras fases de la preferencia por mantener dinero están disminuyendo en favor de los bienes de compra habitual: el proceso parece haber estado en marcha sutilmente durante varios años.

Los escépticos de la hipótesis de la hiperinflación podrían argumentar que el Tesoro de EE. UU. posee más de 8000 toneladas de oro y podría detener el deterioro en cualquier momento volviendo a un patrón oro. Cabría esperarlo, pero nada indica que los responsables tengan la más mínima idea de la situación real. Además, tras haber descartado el oro como respaldo del dólar hace cuarenta y nueve años, es inconcebible que la Fed y el Tesoro quieran volver atrás voluntariamente. Es más, si estoy en lo cierto y el Estado chino no solo controla los mercados de oro físico, sino que posee una reserva sustancial de metal precioso no declarada, restablecer el papel monetario del oro se vería como entregar un enorme poder a los enemigos de Estados Unidos. Además, mientras quede algún valor en el dólar, es probable que los extranjeros los cambien por oro en el Tesoro estadounidense.

Y eso sin contar con que los macroeconomistas neokeynesianos tendrían que reciclarse, librándose de todas sus falacias. No, es más probable que el podrido barco USS Dólar se hunda con toda su tripulación.

Mientras tanto, la Fed anunció el 23 de marzo una inflación monetaria ilimitada. Poco después, China empezó a acelerar la venta de dólares para acumular materias primas, mostrando el cambio de comportamiento que cabe esperar del conjunto del público estadounidense cuando se dé cuenta de que lo que cae es el dinero y no que suba el precio de todo. ¿Marcó el 23 de marzo, tras el cual se dice que China empezó a deshacerse de dólares a un ritmo mayor a cambio de materias primas, el comienzo de la huida final hacia los bienes?

Es ciertamente posible, en cuyo caso la hiperinflación del dólar y de la mayoría de las demás monedas de papel acabará probablemente en un colapso final e inesperado del poder adquisitivo en cuestión de pocos meses.







[i] Friedman (1970) The Counter-Revolution in Monetary Theory.

[ii] Kiley, Michael T. (2020). “Pandemic Recession Dynamics: The Role of Monetary Policy in Shifting a U-Shaped Recession to a V-Shaped Rebound”, Finance and Economics Discussion Series 2020-083. Washington: Board of Governors of the Federal Reserve System, https://doi.org/10.17016/FEDS.2020.083

[iii] https://fred.stlouisfed.org/series/MABMM301USM189S

[iv] https://www.bea.gov/news/2020/gross-domestic-product-third-estimate-corporate-profits-revised-and-gdp-industry-annual

[v] Véase www.chapwoodindex.com

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