La falacia de que los salarios impulsan la demanda

En los últimos meses, los tertulianos, decepcionados por la falta de recuperación económica, han puesto la atención en los salarios. Si los salarios pudieran crecer, dicen, habría más demanda de bienes y servicios: sin crecimiento salarial, las economías seguirán estancadas.

Equivale a un llamamiento poco concreto a estimular la demanda agregada continuando con la expansión de la oferta monetaria, o incluso acelerándola. Es el mismo razonamiento que hay detrás de la distribución monetaria «desde un helicóptero» de Bernanke. Por desgracia para estos ilusos, las disciplinas de los mercados no se pueden eludir. Si das más dinero a todo el mundo sin un aumento equilibrado de la oferta de bienes, no hay forma más segura de estimular la inflación de precios, hundir el poder adquisitivo de una moneda y perder todo el control sobre los tipos de interés.

El error de fondo es no entender que las personas que administran sus recursos producen cosas para poder comprar cosas. Ese es el orden de los acontecimientos: primero se gana y después se gasta. Ninguna maniobra monetaria puede cambiar este hecho básico. Al contrario, ampliar la cantidad de dinero siempre acabará devaluando la riqueza y la capacidad de ingresos de la gente corriente, esas mismas personas a las que se anima a gastar, y destruirá la actividad económica genuina en el proceso.

Esta es la razón por la que el estímulo monetario nunca funciona, salvo durante un breve periodo, si el público se deja engañar por el proceso y mientras lo haga. Las empresas, propiedad de gente corriente y dirigidas por ella, ya no se dejan engañar: recompran sus propias acciones en lugar de invertir en nueva producción porque saben que invertir en producción no da rentabilidad. Es la respuesta lógica de las empresas a la destrucción de la riqueza de sus clientes mediante la depreciación de la moneda.

Permíteme resumir la depreciación de la moneda con un aforismo:

«Imprimes dinero para robar la riqueza de la gente corriente
para dárselo a los bancos, que lo prestan a las empresas
para que fabriquen sus productos
que los clientes comprarán con dinero devaluado por la impresión.»

Es una propuesta circular tan ridícula como el movimiento perpetuo, y sin embargo los bancos centrales nunca parecen cuestionarla. El estímulo monetario fracasa en cada ciclo de crédito, cuando la destrucción de riqueza queda al descubierto por la subida de los precios. Pero en este ciclo de crédito el engaño fue tan evidente para el público general que fracasó desde el principio.

Los últimos cinco años han visto cómo la experiencia demolía por completo toda creencia en la posibilidad de gestionar la demanda agregada. La desafortunada consecuencia de este fracaso es que los banqueros centrales ya no ven alternativa a mantener las cosas como están, porque el sistema financiero se ha vuelto terriblemente sobreapalancado y probablemente no sobreviviría de todos modos a la subida de los tipos de interés que conlleva una recuperación económica genuina. Es casi seguro que la inflación de precios superaría con creces el objetivo del 2 %, lo que obligaría a los bancos centrales a subir los tipos de interés, sumiría a los bonos y a las acciones en un mercado bajista severo y pondría en peligro las finanzas públicas. El sistema financiero está simplemente demasiado apalancado para sobrevivir a una recuperación impulsada por el crédito.

Japón, que ha acelerado la depreciación monetaria del yen a un ritmo sin precedentes, se encuentra atrapado en esta situación. En todo caso, el ritmo de su deterioro económico va en aumento. La explicación es sencilla y confirma lo obvio: la depreciación monetaria empobrece a la gente corriente. Lejos de impulsar la economía, nos está llevando rápidamente a una recesión global.

La solución no es subir los salarios.

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